Y en eso llegó Luciani, el mascarón de proa

La locura narcisista de Luciani, impulsada por los órganos de comunicación ¿hegemónicos? que ahora ven rodeado al barrio donde vive Ella al grito de que la Recoleta es de Perón.

Juez Giménez Uriburu y Fiscal Diego Luciani. Personeros del lawfare o guerra judicial contra el Estado de Derecho.

Juez Giménez Uriburu y Fiscal Diego Luciani. Personeros del lawfare o guerra judicial contra el Estado de Derecho.

Por Eduardo Aliverti. Y en eso llegó Luciani. Era o parecía que el Frente de Todos estaba en caída libre, incluyendo la imagen de su líder –entre las huestes propias– por la ambigüedad o contradicciones como miembro de la coalición y, en particular, por el apoyo implícito al empoderamiento de Sergio Massa.Página 12

Más aún: el recorte, diferimiento o ajuste a secas en los presupuestos de áreas como Salud, Educación y Vivienda, empalmado con la ratificación de Gabriel Rubinstein como viceministro, ponían (y ponen) a Cristina en el callejón muy estrecho de las diferencias entre pragmatismo necesario y posibilismo resignado.

Y en eso llegó Luciani, por supuesto que como mascarón de proa del conjunto reaccionario obnubilado por el odio.

Un fiscal con serias dificultades expresivas al volcar el contenido de su acusación, atada a papeles y teleprompter. Y cuya papa en la boca sugiere, precisamente, antes que problemas articulatorios funcionales u orgánicos, la típica falta de convencimiento en lo expuesto. La sobreactuación. El histrionismo de la hipérbole (se sugiere al respecto la magnífica columna de Mario Goloboff, en Página 12 del viernes pasado).

Se esté a favor o en contra de CFK, en lo político propiamente dicho, está fuera de toda duda razonable que la inculpación del fiscal –en lo específico de la causa Vialidad– es un delirio jurídico. O, además, como señala Goloboff y siendo benévolos, una ficción literaria.

Es en las usinas seriamente orgánicas de la derecha (Carlos Pagni, por ejemplo, quien no forma parte del fronting kitsch de la señal televisiva de Macri), desde donde se advierte que lo de Luciani en general, y sobre todo al acusar a un gobierno democrático por asociación ilícita, no tiene más pies ni cabeza que las ensoñaciones del fiscal y sus titanes en el ring.

Es desde ahí donde previenen, quizá tarde, que las cosas podrían concluir tranquilamente en una absolución, o en una condena (muy) menor por fraude a la administración pública. Y en una Cristina victimizada, capaz de reintroducirse con arrojo en el favor popular y electoral. Como Lula: así lo dicen.

Una primera pregunta, que surge ipso facto, es cómo puede ser que la derecha, en su faz más operativa (el Partido Judicial, el Mediático, el “partidario” y las corporaciones a cuyos intereses responden) haya cometido el yerro garrafal de interrumpir al enemigo cuando estaba o estaría equivocándose.

Vale.

Pero sirve asimismo interrogarse si lo de Luciani no funge, acaso, como un punto de equilibrio, de re-armonización (es un decir), para el enfrentamiento entre las bandas cambiemitas.

Aquí se señaló, hace una semana, lo llamativo de que en La Nación+ resaltaran andanzas del precandidato macrista Cristian Ritondo, ligadas a bandas de policías, jueces y abogados bonaerenses, presuntamente asociadas al narcotráfico.

Fue y es, apenas, un botón de muestra.

Carrió ya había activado el ventilador interno con anuencia de Macri, para luego sumarle una denuncia por espionaje contra Patricia Bullrich.

Gerardo Morales, el capanga que gobierna Jujuy, le salió al cruce e imputó a Carrió ser “la Cristina de Juntos por el Cambio”.

El alcalde porteño quedó en el medio sin saber para dónde disparar, entre su necesidad de halconear adjetivos para no aparecer “moderado” y, al mismo tiempo, seguir llamando a una “amplia coalición” que abarque a “peronistas”, a fines de un “70 por ciento del electorado” porque, de lo contrario, “nadie podría gobernar”.

Y tras el error casi increíble del vallado recoleto, a Larreta se lo vio furciero, muy incómodo, en lo que ni siquiera fue una conferencia de prensa. Pero, al cabo, se “rindió” y jugó a endurecer su verba (aunque, como le marcó Clarín en su título central de portada, este domingo, arrugó porque tuvo que retirar a la Policía).

Heidi no había vuelto a aparecer porque tampoco sabía dónde ubicarse con exactitud. En Córdoba, rigen las cuitas de si Schiaretti jugará al cordobesismo “independiente” que perjudica al humorista Luis Juez. En Mendoza, el radical Cornejo recela del correligionario ¿massista? Morales.

Y, tratándose de la provincia de Buenos Aires o, en esencia, de su tercer cordón como madre de todas las batallas, Ritondo contra Santilli; Santilli contra Vidal o no se sabe; la Comandante Pato contra Carrió o tampoco se sabe. Más Macri contra Larreta ¿y viceversa?, presidiendo el espectáculo.

En el fondo, así como todos ellos se pondrían de acuerdo cuando gobiernen, para proceder a un auténtico ajuste antipopular y descomunal, hay el mientras tanto de que son un despelote.

Eso es lo que les advierte aquella derecha orgánicamente más seria, que tampoco dispone de un frente unívoco.

La facción de la clase dominante adscripta a la agroexportación tiene intereses no necesariamente articulados con la parte del entramado industrial ligada al mercado interno. Sectores del negocio de la minería, del litio, del mercado energético, juegan un partido que quiere confiar en Massa. “El campo” no es todo lo mismo: la Mesa de Enlace gauchócrata tiene una influencia mediática superlativa, pero carece de representatividad absoluta y las convocatorias a paros (con los cortes de ruta que vociferan sus gurkas sueltos) fueron un fiasco.

Y en eso llegó Luciani.

¿Qué hizo ese fiscal patético? Nada menos que reinstalar a Cristina como el gran ordenador de la política argentina. Y desatando un aluvión entusiasta e impredecible.

Todos unificadamente con ella, porque con Cristina no se jode. Y todos contra ella porque es la yegua, peligrosa, que envidian profundamente y que más quisieran tener en lugar de unos chichipíos con menos calle que Venecia.

La locura narcisista de Luciani, impulsada por los órganos de comunicación ¿hegemónicos? que ahora ven rodeado al barrio donde vive Ella al grito de que la Recoleta es de Perón; inventando que son todos planeros cuando hasta los móviles de ellos registran señoras, señores y piberío que salen del laburo sin ningún micro contratado mediante y van a decirle acá estamos, Cristina, y se juntan todas las tribus del PJ, y dicen vamos a reventar la calle que perdimos, en todo el país… la locura ésa del odio reflotó épica, o cierta épica, que se había extraviado.

¿Dónde se ha visto, hoy, que en algún lado se salga a defender a una líder, a una referencia, a un símbolo, sin importar que de por medio haya un programa económico más emparentado con ajuste que con justicia distributiva?

El apoyo a Cristina tiene una intensidad conmovedora, no sólo entre los propios sino también frente a quienes habían olvidado cómo era aquello de estremecerse con una figura política.

Pero ahora viene la pregunta de respuesta más complicada.

Así como es impresionante que tanta o tan significativa gente salga a la calle, porque probable o seguramente se reactivó la memoria de que alguna vez de hace poco estuvimos mejor, y porque –encima– se sale a esa calle por un hecho que conecta con la política y no con lo económico, ¿cuánto habrá de que esa conexión sirva para edificar Poder?

Entre la potencia del sentimiento para proteger a Cristina, contra la persecución política y judicial que afronta, y la fuerza del antiperonismo como motor histórico de volumen similar o mayor, ¿qué pasa y pasará con los laburantes que la yugan a toda hora; con la mayoría silenciosa que asiste al activismo de las minorías intensas; con quienes argumentan, presumible y lógicamente, que yo no como, o no llego a fin de mes, con nada de eso de Luciani, ni del acoso a Cristina, ni de que es una chorra, ni tres pitos?

Imposible saberlo.

Podría ser que esta reactivación emocional del Frente de Todos, que en estos días licua sus fracturas y disidencias, tenga alcance acotado porque la mayoría de “la gente” sufre que se la traga la inflación. No el karma judicial de Cristina.

Y podría ser que la necesidad de volver a creer en algo/alguien de “la política” (cuya credibilidad está al nivel más bajo desde 2001) depare sorpresas.

Dependerá de la percepción mayoritaria en cuanto a las expectativas y concreciones en lo económico.

Massa no tira, ni tirará, si no demuestra que, además de sus ambiciones personales, tiene muñeca y respaldo interno para conjugar a los clanes de una aristocracia corporativa que insiste en carecer de capacidad dirigente.

Pero esos clanes tampoco confían en la murga descoordinada del escenario cambiemita.

Por lo pronto, cuando era o parecía que en el FdT ya no había más nada que hacer, llegó Luciani como referente de esa murga.

Y Cristina, en lo personal y como referencia de la memoria reavivada, les desafía que, mínimamente, no todo está dicho.

Fuente: Página 12

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