¡Roma no paga a traidores!

Aquí el dramatismo se desborda en los exagerados gestos con los que demuestran su dolor algunos protagonistas: unos se abalanzan sobre los restos inertes, otros abren desmesuradamente los brazos o desencajan los rostros.

José de Madrazo (1781-1859): «La muerte de Viriato».

José de Madrazo (1781-1859): «La muerte de Viriato».

Por Marta Poza Yagüe. «¡Roma no paga a traidores!» es una conocida expresión que advierte cómo la deslealtad no es recompensada ni por aquellos que la fomentan. Pero, ¿cuál es su origen? Como sucede con otras muchas, hay que remontarse a un conocido episodio de la antigua historia hispana para encontrar, aunque apócrifas, sus posibles fuentes. – CVC Cervantes

A mediados del siglo ii a. C., las legiones romanas ven frenado su avance hacia los territorios occidentales del Duero a causa de la férrea resistencia que ofrecen las tribus celtíberas lideradas por el general Viriato. Las continuas derrotas sufridas por Roma durante los catorce años que duraron las hostilidades en la región (155 a. C. – 139 a. C.) obligaron a buscar una solución pactada al conflicto que se concretó en la firma de un acuerdo de paz entre el Senado y el caudillo lusitano, en el año 140 a. C., en el que se reconocían la independencia de Lusitania y su nombramiento como rey. No obstante, la decisión no fue aceptada por gran parte del ejército destinado en Hispania por considerarla humillante y contraria a sus intereses conquistadores. Con la intención de  romper el pacto, los romanos sobornaron a tres oficiales celtíberos, Audax, Ditalco y Minuro, para que asesinaran al héroe hispano, acto que ejecutaron una noche durante el sueño. De vuelta al campamento enemigo para reclamar su recompensa, el cónsul Quinto Servilio Cepio renegó del trato convenido y, pronunciando supuestamente entonces la famosa sentencia, ordenó su ejecución acusándoles de traidores.

Con el clima de exaltación patria generado en la Península a raíz de la creciente presencia de tropas francesas sobre su suelo —como trasfondo ideológico—, el tema cobró de nuevo actualidad en los pinceles de José de Madrazo, quien lo convirtió en el argumento del cuadro más notable de la pintura neoclásica española. Realizado en Roma, en 1807, volcó en él todos los conocimientos aprendidos previamente en el estudio parisino de Jacques Louis David.

El lienzo resume en una instantánea el momento más dramático de la historia: aquel en el que el cadáver de Viriato es encontrado por sus oficiales. Desplazados ligeramente hacia la izquierda, su cuerpo y el lecho sobre el que reposa son el punto focal. Apenas destaca la lividez de su carne del blanco inmaculado de las sábanas, sobre las que incide de forma violenta la luz, dejando prácticamente en penumbra el resto de los elementos. Incrédulos aún, se abrazan a él sirvientes y amigos de rostros apesadumbrados mientras que, rodeándolo, grupos de soldados se conjuran buscando venganza con las espadas en alto.

Una amplia cortina desplegada, que simula las paredes de la tienda de campaña en la que sucedió el homicidio, es el recurso escenográfico escogido por el pintor para ubicar la escena en un espacio limitado, sin apenas profundidad, que acerca al espectador al primer plano casi hasta el punto de hacerlo partícipe del suceso. Sólo una leve apertura hacia la derecha permite generar un punto de fuga y ver la agitación que vive el resto del campamento.

Como corresponde al período, toda la composición está fundada en un dibujo preciso, firme, que distribuye de forma equilibrada las masas sobre la superficie pictórica y que recrea con la mayor fidelidad posible los objetos propios de la antigüedad latina. Arqueologizante es el estudio de atuendos (túnicas, corazas, sandalias —caligae—…) y piezas de armamento (cascos rematados en cimeras de plumas, lanzas, espadas cortas de doble filo —gladius—). Clasicismo depurado es también lo que transmiten los estudios anatómicos de los personajes más adelantados, dotados de una corporeidad y un volumen próximos a lo escultórico. Para ellos ha reservado el pintor, además, un cromatismo rico, brillante, de tonalidades intensas y acabado tornasolado como los púrpuras, los azules o los azafranes, que contrastan con los colores mucho más opacos y sobrios de quienes se sitúan al fondo de la estancia. Hasta aquí mesura, orden, equilibrio…, características de un arte sometido al juicio de la razón y no del sentimiento como es el del Neoclasicismo.

Pero hay un aspecto en el que Madrazo se aparta de la norma. Como en los grandes cuadros heroicos de David en los que basó su aprendizaje, todo lo anterior debería ir acompañado de un tono emocional contenido, acorde con la nobleza del mensaje moral que transmitía. Pero aquí el dramatismo se desborda en los exagerados gestos con los que demuestran su dolor algunos protagonistas: unos se abalanzan sobre los restos inertes, otros abren desmesuradamente los brazos o desencajan los rostros. Sólo el trío colocado junto a la cabecera permanece en actitud digna, respetuosa, conscientes de la trascendencia del momento.

La obra, aclamada por la crítica desde su primera exposición pública en 1818, goza del privilegio de formar parte de las colecciones del Prado desde la inauguración del museo en 1819.

Fuente: CVC Cervantes

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