Globalización, posmodernidad y rebelión en Argentina, de Menem a Kirchner (1988–2008)

La década de 1990, en Argentina, se caracterizó por el desmantelamiento del Estado interventor y la destrucción del modelo de industrialización por sustitución de importaciones. Esta tendencia se había manifestado, por primera vez, con la política económica de la última dictadura militar (1976–1983), y había transitado sin muchos cambios el primer gobierno civil de Raúl Alfonsín (1983–1989).

Menem a Kirchner (1988–2008)

Menem a Kirchner (1988–2008)

Por Esteban Campos*. ¿Que 20 años no es nada? Globalización, posmodernidad y rebelión en Argentina, de Menem a Kirchner (1988–2008)

Resumen

El presente trabajo intenta probar la existencia de una serie de relaciones específicas entre dinámica política, luchas sociales y los nuevos paradigmas que impone la globalización en la cultura argentina entre 1988 y 2008. El recorrido comienza con el fin del gobierno de Raúl Alfonsín, atraviesa las presidencias de Carlos Menem, el regreso de la Unión Cívica Radical al poder, en 1999, y concluye con algunas observaciones sobre la nueva etapa que se abre con el gobierno de Néstor Kirchner. En este nuevo escenario, la protesta social de fogoneros, piqueteros y las capas medias adquirió protagonismo político forzando la renuncia del presidente Fernando de la Rúa, tras una insurrección espontánea que estalló en el país hacia diciembre de 2001. La investigación parte de la historia reciente, para aplicar la perspectiva de la historia social a las problemáticas actuales, con una metodología transdisciplinaria que recurre a la economía, la sociología de la cultura y la historia del arte. La dinámica política que atraviesa las presidencias de Alfonsín, Menem y De la Rúa se comprende directamente ligada al desarrollo de la protesta social, como expresión de las contradicciones en el seno de la sociedad argentina. Al mismo tiempo, el análisis de diferentes producciones artísticas en la industria cinematográfica revela claves del cambio en la visión de mundo que impone el proyecto de la globalización, cristalización de aquellas contradicciones y luchas que constituyen nuestro eje de estudio.

Palabras clave: globalización, posmodernidad, neoliberalismo, luchas sociales.

Abstract

This paper attempts to prove the existence of a series of specific relations between political dynamics, social struggles, and the new paradigms that globalization imposed on Argentine culture, between 1988 and 2008. The research starts from recent history, in order to apply the perspective of social history to the analysis of current problems. The transdisciplinary methodology applied is based on economics, cultural sociology and art history. Beginning with the end of Raúl Alfonsín’s administration, the paper discusses the presidencies of Carlos Menem and the return to power of the Unión Cívica Radical, and it concludes with some remarks on the new period opened up by Néstor Kirchner’s government. In this setting, the social protests of strikers, socalled «piqueteros» and the middle classes obtained political protagonism, causing the resignation of President Fernando de la Rúa, after a spontaneous insurrection in December 2001. The political dynamics that extend through the administrations of Alfonsín, Menem and De la Rúa are understood as directly linked to the development of social protest, as an expression of the contradictions found within Argentine society. The analysis of different pieces of art taken from the film industry reveals key issues concerning a change in the perception of the world, imposed by globalization, crystallizing in the contradictions and struggles which form the core ideas of the paper.

Key words: globalization, posmodernism, neoliberalism, social struggles.

LOS ANTECEDENTES. PROPUESTA DE INVESTIGACIÓN Y REFERENCIAS TEÓRICO–METODOLÓGICAS

La década de 1990, en Argentina, se caracterizó por el desmantelamiento del Estado interventor y la destrucción del modelo de industrialización por sustitución de importaciones. Esta tendencia se había manifestado, por primera vez, con la política económica de la última dictadura militar (1976–1983), y había transitado sin muchos cambios el primer gobierno civil de Raúl Alfonsín (1983–1989). En sintonía con lo que estaba ocurriendo en otras partes del mundo, se empezó a experimentar lo que el reciente Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, vaticinó como «el regreso a la economía de la Gran Depresión».1 Los cambios de esta nueva época son señalados por Antonio Negri y Michel Hardt en su controvertida obra Imperio:

Durante las últimas décadas, a medida que se derrumbaban los regímenes coloniales, y luego, precipitadamente, a partir de la caída de las barreras interpuestas por los soviéticos al mercado capitalista mundial, hemos asistido a una globalización irreversible e implacable de los intercambios económicos y culturales. Junto con el mercado global y los circuitos globales de producción surgieron un nuevo orden global, una lógica y una estructura de dominio nuevas […] Los factores primarios de producción e intercambio —el dinero, la tecnología, las personas y los bienes— cruzan cada vez con mayor facilidad las fronteras nacionales, con lo cual el Estado–nación tiene cada vez menos poder para regular esos flujos y para imponer su autoridad en la economía.2

¿A qué nos referimos cuando hablamos de globalización? Un estado de la cuestión excede los fines y la extensión de nuestro trabajo. Sin embargo, el estudio pionero que planteó la formación de una cultura unitaria a escala mundial, homogeneizada gracias al desarrollo en la tecnología de las comunicaciones, fue el trabajo de Marshall McLuhanGalaxia Gutemberg:

Pero es cierto que los descubrimientos electromagnéticos han hecho resucitar el «campo» simultáneo en todos los asuntos humanos, de modo que la familia humana vive hoy en las condiciones de «aldea global». Vivimos en un constreñido espacio único, en el que resuenan los tambores de la tribu. Por ello, la preocupación actual por lo «primitivo» es tan trivial como la preocupación del siglo XIX por el progreso, y tan ajena a nuestros problemas. La nueva interdependencia electrónica vuelve a crear el mundo a imagen de una aldea global (el subrayado aparece en cursiva en el original).3

Lo que no previó McLuhan en la década de 1960, es que en esta gran tribu mundial existirían pocos caciques y muchos indios, un puñado de privilegiados rodeados por una multitud de desposeídos. Aunque Eric Hobsbawm remonta el nacimiento de una economía mundial global al «capitalismo liberal del siglo XIX», en su Historia del siglo XX relaciona el cambio cultural con las transformaciones en la economía mundial producidas entre 1947 y 1973, durante la llamada «edad de oro»:

La edad de oro había creado, por primera vez en la historia, una economía mundial universal cada vez más integrada, cuyo funcionamiento trascendía las fronteras estatales y, por tanto, cada vez más, también, las fronteras de las ideologías estatales.4

Cuando el modelo de economía mixta con libertad de mercado y planificación estatal entró en crisis, hacia 1973, las empresas multinacionales se convirtieron en las reinas de la globalización, configurando el paisaje, no solamente económico, sino también cultural de la «aldea global».5 El objetivo de este ensayo es ofrecer una síntesis analítica, intentando probar que existe una serie de relaciones históricas entre la dinámica política, las luchas sociales y los nuevos paradigmas que impone la globalización de la economía y la cultura en Argentina, entre 1988 y 2008.

El recorrido comienza con el fin del gobierno de Raúl Alfonsín —que renuncia tras una ola de saqueos, reflejando la transición al modelo económico neoliberal— atravesando las presidencias de Carlos Menem, y el regreso de la Unión Cívica Radical (UCR) al poder, en 1999. Ya lejos de la hegemonía neoliberal característica de la primera mitad de la década de 1990, durante el segundo lustro se montó un escenario donde la protesta social adquirió un fuerte protagonismo político, forzando la renuncia del presidente Fernando de la Rúa tras una insurrección espontánea, que estalló en múltiples puntos del país, hacia diciembre de 2001. La investigación toma la mirada de la historia reciente, la cual intenta ampliar el objeto de la historia social a las problemáticas del presente, pero con una perspectiva transdisciplinaria que recurre a la economía, la sociología de la cultura y la historia del arte.

En el lapso de 1988 y 1989 se derrumbaron las últimas formas de antagonismo político originadas hacia la década de 1970, con el fracaso de las rebeliones carapintadas dirigidas por los coroneles Aldo Rico y Mohammed Alí Seineldín, y después del asalto al cuartel de La Tablada por parte del Movimiento Todos por la Patria (MTP). La disolución de los antagonismos políticos, es decir, la desaparición en la escena contemporánea de actores sociales, clases o grupos que con una enemistad recíproca, reconocida por el conjunto social, y con proyectos históricos opuestos (como ocurrió, de hecho, con el choque entre los militares y la guerrilla) no implicó la desaparición de las contradicciones sociales. Las Fuerzas Armadas, por ejemplo, continuaron ejerciendo presión hasta obtener el indulto presidencial para los jefes militares comprometidos con el terrorismo de Estado, pero el síntoma de que se había producido un cambio de época lo marcaba el tono del reclamo castrense, que era más corporativo que político.6

El golpe militar de 1976 destruyó parte de la estructura y la identidad de la clase obrera y de las capas medias movilizadas en la década de 1970, pero el conflicto entre el capital y el trabajo continuó siendo la oposición fundamental. En consecuencia, los puntos del antagonismo se desplazaron por otro campo de representaciones políticas que tomaron distancia del socialismo, el nacionalismo, y el militarismo de aquel periodo. Tras haber estado al frente de la represión ilegal y como ex combatientes de la guerra de Malvinas, los carapintadas combinaban los planteos nacionalistas con el reclamo salarial y la reivindicación de la «lucha contra la subversión». El MTP, por el contrario, era un grupo de sobrevivientes liderado por Enrique Gorriaran Merlo del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), organización político–militar de ideología guevarista. Los guerrilleros habían participado en el proceso revolucionario de Nicaragua, que en 1979 había colocado en el gobierno al Frente Sandinista de Liberación Nacional.

La organización armada presentó el operativo como una acción preventiva ante un posible golpe de Estado, pero las Fuerzas Armadas ocuparon el cuartel tras un breve enfrentamiento, torturando a los prisioneros, y ejecutando a varios combatientes que se rendían.

La continuidad con el proceso anterior se mide cuando observamos que las prácticas del terrorismo de Estado seguían vigentes en un régimen democrático parlamentario, aún cuando la corporación militar permaneciera subordinada políticamente a las instituciones civiles. Así el Ejército realizó una demostración de fuerza ante un gobierno debilitado, asentando una de las condiciones que hicieron posible la política de indultos en la década de 1990, que liberó a los responsables de la represión ilegal durante los gobiernos militares. Carlos Saúl Menem era uno de los pocos sobrevivientes a la derrota del peronismo en 1983, elegido gobernador de La Rioja por varios mandatos. Se impuso en las internas del Partido Justicialista (PJ) en 1988, y ganó las elecciones presidenciales de 1989, tejiendo una vasta red de alianzas que obtuvo la adhesión de la rama sindical y de algunos miembros de la clase política del peronismo. Además, recibió apoyo de la Iglesia, las Fuerzas Armadas y grupos económicos de la burguesía nacional como Bunge y Born, que financiaron generosamente su campaña.

La retirada ordenada que había ensayado la UCR en el poder se convirtió en desbandada, cuando el Banco Mundial (BM)y el Fondo Monetario Internacional (FMI) —aconsejados por economistas como Domingo Cavallo— cortaron la línea de créditos con la que habían apoyado los planes económicos de Alfonsín.7 Con la quita del financiamiento externo se hizo uso de un mecanismo ya instalado por la dictadura desde 1976, donde el crédito internacional servía para apoyar o castigar a cualquier economía dependiente. A diferencia de la crisis de deuda, en 1982, o durante los primeros años de Alfonsín, con el Plan Austral, en 1989 el bloqueo de préstamos ya no era usado sólo para disciplinar, sino que ahora directamente contribuyó a desestabilizar un gobierno legitimado mediante elecciones. Acabada la época de los golpes militares, nacía la nueva era del «golpe de mercado».

Acosado por una inflación galopante, el gobierno procedió a una devaluación de la moneda, y subió nuevamente la cotización del dólar: en diciembre de 1988, la cotización de un dólar equivalía a 16 australes, que ya significaba una pérdida de valor del 214 % en relación con el año anterior. Tan sólo un año después, a fines de 1989, la moneda estadounidense valía 1 950 australes, disparando la devaluación del austral a 1 219%.8 La escalada del dólar fomentó la especulación, destruyó ahorros y provocó la novedad de la hiperinflación, como indica el cuadro del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) que aparece abajo.9

Instituto Argentino de Estadísticas y Censos

Como puede observarse en el cuadro, la tendencia a una inflación alta pero moderada pega un salto en el bienio 1975–1976, que coincide con la primer puesta en práctica de un plan económico ultraliberal, la caída del gobierno de Isabel Perón, y el advenimiento de la última dictadura militar.10 La inflación pudo ser relativamente controlada sin grandes cambios estructurales entre 1986 y 1987, pero en los dos años siguientes se disparó a niveles insospechados. En la vida cotidiana, la población se encontraba con sobreprecios modificados diariamente o en cuestión de horas, mientras los sueldos continuaban estancados. De este modo, la disolución del poder adquisitivo del salario en los sectores populares llevó a la desaparición del dinero como mediador entre la sociedad y el mercado capitalista, originando el fenómeno de los saqueos.11

En 1989, las primeras protestas se produjeron en la ciudad de Rosario, con una manifestación frente a un supermercado cuestionando la escalada de precios, al cual le sucedió un «cacerolazo» exigiendo el congelamiento de precios y tarifas. Los primeros saqueos se iniciaron en Córdoba el 23 de mayo, el 24 se extendió a Rosario y los siguientes días a todo el país. Los hechos de violencia duraron dos meses, mientras las crónicas periodísticas señalaron la difusión de rumores y versiones sobre «hordas de saqueadores», avanzando en diferentes barrios de las ciudades afectadas para asaltar las viviendas. Por lo general, este «gran miedo» resultó infundado, siendo notable el parecido con la situación que luego vivirá el país hacia diciembre de 2001.12

El 30 de mayo se produjeron en Rosario y San Miguel enfrentamientos entre manifiestantes y policías, con lo cual podemos analizar el fenómeno de los saqueos como parte de una protesta social más amplia de carácter espontáneo.13 En términos cuantitativos, 90% de las acciones ocurren en cinco de los seis aglomerados urbanos más poblados del país en la década de 1980: Gran Buenos Aires, Gran Rosario, Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran San Miguel de Tucumán. En las últimas décadas ahí se habían concentrado bolsones de pobreza que rodeaban a los cordones industriales y a los centros urbanos provinciales, compuestos por población trabajadora de la provincia en busca de oportunidades laborales.14

La dictadura militar ya había iniciado la ruptura de solidaridades colectivas ampliadas, y la dinámica del modelo económico inaugurado por su Ministro de Economía, Alfredo Martínez de Hoz, en 1976, acentuó la fragmentación y exclusión social por medio de una política de desindustrialización y achicamiento del Estado. En la década de 1970, el escenario visible de la confictividad social se daba entre dos o más proyectos de país enfrentados y encarnados por bloques históricos compuestos de diferentes clases sociales, como ocurría con la «patria socialista» o la «patria peronista». Hacia 1989 nos encontramos con una población atomizada que utilizaba diferentes estrategias individuales de supervivencia: la delincuencia común, el saqueo, la compra de dólares, la conversión en pequeña burguesía pobre a través del kiosco, el remis, el trabajo informal como cuentapropista o la figura del arbolito.15 Por último, el conjunto de la clase política y el establishnment empresario no apoya al gobierno, por lo tanto, el presidente radical debe renunciar antes de cumplirse su periodo constitucional, y en la práctica, es forzado a dimitir. Con el triunfo del justicialismo en las elecciones, Carlos Saúl Menem sería recibido como un auténtico salvador.

NEOLIBERALISMO Y POSMODERNIDAD. LOS DIEZ AÑOS DEL GOBIERNO DE CARLOS MENEM (1989–1999)

A partir de 1989 se inaugura una nueva era, un quiebre profundo, similar al de 1976. Al acentuarse el drástico giro hacia el neoliberalismo que ya había comenzado con la dictadura militar, el nuevo gobierno va a tomar medidas irreversibles en dirección a la desnacionalización de la economía argentina. La globalización, en clave sudamericana, significó la expansión de las empresas multinacionales en el sector público, privatizando sectores que se consideraban hasta ese momento parte sustancial del patrimonio nacional, como el petróleo, la salud, la educación, los medios de comunicación y otros servicios públicos. Un buen ejemplo para ilustrar el «nuevo imperialismo» de David Harvey: una nueva etapa de la dinámica capitalista en la era de la globalización, cuando el capital necesitaba valorizar financieramente cualquier tipo de valores, y disputaba al Estado los activos públicos, que en la época de la economía mixta con planificación estatal aún no se habían transformado en mercancías. Era una verdadera «acumulación por desposesión» que operaba a escala global, y que en la Argentina encontró una síntesis política en el gobierno de Menem.16

¿Cuáles son los orígenes del menemismo? Hacia 1987, en la interna del peronismo se imponía la corriente renovadora, liderada por políticos como Carlos Menem, Carlos Grosso, Juan Manuel De la Sota y Antonio Cafero. Este bloque intentó despegarse del discurso nacionalista clásico de la década de 1970. Tomó cierta distancia del sindicalismo y se ubicó como oposición partidaria de la UCR, cultivando un perfil tecnocrático y profesionalista a tono con los nuevos tiempos de la restauración democrática. A medida que crecía la crisis económica, y ésta se transformaba en crisis de autoridad política, la interna del justicialismo comenzó a reflejar la lucha por la herencia de Alfonsín y, finalmente, Antonio Cafero fue derrotado por Carlos Menem en elecciones internas. Según la expresión de Luis Alberto Romero, el menemismo emergente constituyó una «antielite«, capaz de reclutar el apoyo de actores tan equidistantes como el de varios ex guerrilleros montoneros y los grupos económicos tradicionales como Bunge y Born. Menem instaló un nuevo estilo político con una estética y una escenografía ligada al imaginario de los caudillos provinciales como Juan Manuel de Rosas o Facundo Quiroga, que vamos a caracterizar como posmoderno. La posmodernidad, según el crítico literario Frederick Jameson, es la lógica cultural del capitalismo tardío, donde:

[…] la nueva formación social ya no obedece las leyes del capitalismo clásico, o sea, la primacía de la producción industrial y la omnipresencia de la lucha de clases […] este corte se relaciona más generalmente con ideas acerca del debilitamiento o la extinción del movimiento modernista […] la enumeración de lo que ha ocupado su lugar se torna empírica, caótica, heterogénea: es Andy Warhol y el arte pop, pero es también el fotorrealismo y, más allá, el «nuevo» expresionismo […] una nueva superficialidad, que encuentra su prolongación tanto en la «teoría» contemporánea como en toda una nueva cultura de la imagen o el simulacro, un consecuente debilitamiento de la historicidad, tanto en nuestra relación con la historia pública, como en las nuevas formas de nuestra temporalidad privada.17

En otras palabras, el menemismo significó un giro hacia la concepción de la política como espectáculo o simulacro, ante el vaciamiento de la política como guerra y movilización que había primado en la década de 1970.18 Si para Negri y Hardt el posmodernismo es la ideología del mercado global, el político riojano captó el cambio de época desplegando una hábil estética de gestos e imágenes imbuidos de la realidad virtual y el collage: las patillas del caudillo decimonónico Facundo Quiroga evocando el federalismo, y la oposición de neto corte tradicionalista entre Buenos Aires y las provincias. La invocación al peronismo clásico, apelando al imaginario del mundo del trabajo y el distribucionismo, con el exitoso lema del salariazo y la revolución productiva, en una Argentina cuyo aparato industrial estaba a punto de colapsar. Era el síntoma de la transición entre la vieja Argentina signada por la utopía estatista y distribucionista de Perón, hacia una nueva Argentina ligada de manera dependiente al proceso mundial de la globalización, que tras la caída del Muro de Berlín asumía como propia la teoría del «fin de las ideologías». En Menem, su lógica secreta, el periodista argentino Pablo Giussani sintetizó de manera simple y lúcida las contradicciones del menemismo:

El menemismo no rescata la clásica deificación peronista del Estado, pero tampoco consigue abandonar el juego de opciones en el que esta deificación se mueve. A la tradicional glorificación peronista del Estado como un Absoluto, opone la asunción de la economía privada como un Absoluto […] Su rescate del peronismo histórico lo llevó a tratar de arrinconar, en la penumbra, el sistema de partidos y recomponer en su reemplazo la amalgama intercorporativa en la que Perón hacía consistir la comunidad organizada. Y, al mismo tiempo, no pudo menos que ceder ante la oleada antiestatista internacional, pero lo hizo a partir de una concepción simplista que no diferenciaba entre el Estado como asiento del poder político y el Estado empresario.19

El 9 de julio, cuando Menem se puso la banda presidencial en el Congreso, parafraseó la orden que le dio Cristo a Lázaro tres veces: «Argentina, levántate y anda». La ideología mesiánica había comenzado con el célebre «¡Síganme, no los voy a defraudar!», y al final se revelaría como el único discurso capaz de ocultar el programa de políticas neoliberales que se aplicó desde 1991. Los funcionarios de carrera del gobierno se reclutaron de las usinas técnicas e ideológicas liberales y de los grupos económicos más concentrados, como María Julia Alsogaray y Mario Rapanelli. En Robo para la corona, el periodista Horacio Verbitsky afirma:

Barrionuevo precisó que el menemismo había recibido en total ocho millones de dólares de los empresarios e identificó a cuatro aportantes: Bungue y Born, Loma Negra y Pérez Companc con 700 000 dólares cada uno; Macri con 600 000 y una docena de autos Fiat; Supercentro (de Tonino Macri, hermano de Franco) con 600 000, y Bridas con 500 000 dólares […] Si se repara con atención en esta lista se advertirá que la integran los grupos cuyos titulares tuvieron libre acceso a la intimidad de Menem y que discutieron con él los planes de gobierno. Resulta más fácil de comprender así por qué los empresarios se refieren a los sobornos con el eufemismo «pago de peaje».20

En materia de política exterior, la apertura indiscriminada del mercado argentino al capital extranjero se correspondió con una nueva manera de vincularse con Estados Unidos en las llamadas «relaciones carnales», expresión que era el eufemismo creado por el ministro de Relaciones Exteriores Guido di Tella para referirse al alineamiento entusiasta con el consenso de Washington.21 Mientras el gobierno enviaba tropas argentinas a Irak en la guerra del Golfo, de 1990, durante dos años se sucedieron uno tras otro los ministros de Economía que intentaban sin éxito dominar los brotes de hiperinflación.

En marzo de 1991 asumió la cartera Domingo Cavallo, ex funcionario del Banco Central durante la dictadura, cuando el Estado se hizo cargo de la deuda privada, en 1982, y principal responsable de instrumentar el plan económico neoliberal. Se abría así la década de los «superministros», un fenómeno característico de la década de 1990, que implicó una concentración de poder, a menudo mayor que la del propio presidente, como nexo entre la Argentina, las empresas trasnacionales y los organismos globales de crédito, manejando las relaciones laborales e interfriendo en las obras públicas. A pesar de la propaganda posterior, el menemismo carecía de un programa definido y los grupos económicos fueron los encargados de elaborarlo, colocando en el centro de la política gubernamental la reforma monetaria, financiera, laboral. En especial, las presiones fueron dirigidas con éxito para participar en la privatización de las empresas públicas, como ocurrió con la venta de YPF (petróleo), ENTEL (red telefónica), Gas del Estado y Ferrocarriles Argentinos. El desmembramiento del Estado pronto apareció en la novedosa retórica gubernamental:

[…] Desde el Estado nacional vamos a dar el ejemplo a través de una cirugía mayor que va a extirpar de raíz males que son ancestrales e intolerables. Todo aquello que puedan hacer los particulares, no lo hará el Estado Nacional.22

Para una parte de la clase obrera y los empleados públicos, la «cirugía mayor» significó la desaparición de ramales ferroviarios, empresas metalúrgicas y otras empresas públicas, que se cerraban o privatizaban, produciendo numerosos despidos. La reforma monetaria avanzó por medio del Plan de Convertibilidad, donde, tras una nueva devaluación se establecía la paridad entre el peso y el dólar, medida que en el plano de la economía real establecía una relación de dependencia mucho más estrecha con Estados Unidos. En 1992, el Plan Brady fue dirigido a reestructurar la deuda externa argentina, inaugurando un nuevo ciclo de dependencia financiera con organismos multilaterales de crédito como FMI o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El paquete de medidas amplió las políticas de apertura y desregulación económica llevadas adelante, desde 1975, en la Argentina:

• Eliminación de controles estatales en precios, de barreras arancelarias a las importaciones y de protección a la industria, lo cual contribuyó al deterioro de las economías provinciales que no podían competir en el mercado global.• La desregulación del mercado financiero —es decir, la minimización de la banca estatal en la asignación de crédito— le dio el comando de las políticas económicas a grupos como el Banco Galicia, la Banca Nazionale del Lavoro o el Citibank, entre otros.• La flexibilización del mercado de trabajo implicó la pérdida de conquistas históricas de la clase obrera, como la jornada de ocho horas, y estableció la precariedad laboral como condición necesaria para asegurar la «competitividad» de las empresas privadas.

«Desregulación», «flexibilización» y «estabilidad» fueron las metáforas indoloras que usó el gobierno para ocultar la venta del patrimonio nacional, el disciplinamiento de los trabajadores y la dependencia de las economías dolarizadas. La derrota de la hiperinflación se obtuvo a partir de la liquidación o el cierre de las empresas estatales, combinando el ajuste del gasto público con un desembarco masivo de capital especulativo. Esta ilusión alimentó los primeros años de la «fiesta menemista», y convenció a una parte de la población de que, como decía el presidente, la Argentina estaba entrando al Primer Mundo. La ideología de la «estabilidad» anclada en la paridad del dólar y el peso, impidió durante muchos años que las clases subalternas pudieran articular un interés y una identidad común con el conjunto de América Latina. Como afirma Alberto Bonnett, la violencia pura desatada durante el proceso hiperinflacionario, gracias a la convertibilidad, se transformó en persuasión, en la hegemonía menemista que se instaló en el país desde 1991.23

En términos culturales, la «edad de oro» del nuevo patrón de acumulación, entre 1992 y 1994, coincidió con la primera ola de innovación tecnológica global, que introdujo la PC y la telefonía celular, la música tecno y un futurismo de las representaciones culturales, que marginarían momentáneamente a la fiesta disco de la década de 1980, o a los duros acordes del rock and roll setentero. A tono con las apologías del neoliberalismo que celebraban la caída del bloque soviético y el «fin de la historia», Menem indultó a militares, carapintadas y guerrilleros peronistas para «cerrar las heridas del pasado». Cualquiera que se atrevía a poner en cuestión la necesidad trascendente de las reformas económicas dentro del campo peronista era ridiculizado como aquellos que «se quedaron en el 45», en referencia al mito originario del peronismo clásico. Las primeras consecuencias del nuevo modelo económico comenzaron a percibirse desde 1993:

• Desempleo estructural y masivo, que en 1993 se ubica en 10% de la población económicamente activa (PEA), y en el lapso de dos años saltó al 18 por ciento.24• La concentración económica benefició a las empresas monopólicas de capital nacional o extranjero y condujo a la pauperización de la clase trabajadora y de las capas medias.• El colapso de las economías regionales, protegidas por el Estado, como Santiago del Estero, Tucumán, Corrientes y otras provincias.• La retirada del Estado en áreas sensibles como la salud y la educación.• Una corrupción que aumenta escandalosamente por la intermediación estatal en las ventas de activos públicos o en las inversiones extranjeras.

Ejemplo de este deterioro son los despidos en las empresas petroleras de Salta y Neuquén luego de la privatización de YPF, que en la década de 1990 originarían una de las protestas más fuertes, debido al colapso de las economías regionales. El amplio consenso obtenido, sin embargo, con los años debió ceder el paso hacia un cuestionamiento cada vez más notorio, dado que la transición del modelo de planificación estatal centralizada, al «Estado mínimo» característico del neoliberalismo, se había realizado al precio de desnudar grandes contradicciones:

[…] esta deconstrucción del Estado social por los ajustes y la ola neoliberal genera interpretaciones diversas y un cierto grado de ambigüedad y debate. Entre la promesa del nuevo modelo de lograr estabilidad, crecimiento y acercamiento a los estándares de vida del primer mundo y la crítica por el dualismo social, formalismo democrático y entrega del Estado; entre la necesidad de preservar la estabilidad económica obtenida y los requerimientos de una más equitativa distribución del ingreso.25

El «Santiagazo» de 1993, las puebladas de Cutral–Có y Plaza Huincul, en 1996 y 1997, la aparición de los primeros movimientos piqueteros en el conurbano bonaerense hacia el mismo año, fueron los signos de las primeras formas de rechazo popular a las políticas neoliberales. La formación de la Alianza, en 1997, al nivel de la representación de las capas medias, se transformó en una respuesta de la clase política que se hacía eco del descontento social.

CULTURA Y PROTESTA SOCIAL EN LA DÉCADA DE 1990

Antes de introducirnos en el análisis específico de la protesta social en la década de 1990 —que refleja la resistencia de una parte de las clases subalternas y de las capas medias a la globalización neoliberal— aprovechamos un trabajo de Mabel Fariña para observar dos expresiones de la industria cultural cinematográfica nacional y sus interrelaciones con el «clima» económico y social de la época: Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristarain (1992) y Tango feroz, de Marcelo Piñeyro (1993).26 Entre 1988 y 1992 el cine comercial entró en una grave crisis, reflejo de la transformación del régimen de acumulación, a partir de 1989. El problema principal ya no eran las heridas de la dictadura que se reflejaban en el problema de los desaparecidos o en una democracia frágil —como se ve en La historia oficial o Asesinato en el Senado de la Nación— y la «cuestión de los jóvenes» se ubicó en un primer plano. En Un lugar en el mundo se aborda el conflicto de generaciones: los padres con pasado militante, representados por Federico Luppi y Cecilia Roth, intentan criar a sus hijos en el desolado paisaje de la Patagonia, con un Estado invisible que deja ver sujetos sufridos, sin objetivos ni organización colectiva. De ese modo, el filme abordó una «épica familiar» de fugitivos en un ambiente hostil. Como afirma Fariña, la exclusión y la disolución de los lazos sociales se materializa, no desde la represión, sino por el poder disolvente del capital. Encontrar «un lugar en el mundo» implicaba una búsqueda personal de identidad, originada en 1976 y profundizada en su individualidad desde 1990. La ética de los valores públicos se convertía en una religión personal reservada a «viejos idealistas». El neoliberalismo conquistador fue narrado simbólicamente aludiendo a los «retiros voluntarios» de SOMISA o YPF en Salta y Neuquen, la amenaza inexorable en las palabras de Menem cuando afirmaba «ramal que para, ramal que cierra».

Tango Feroz suturó la brecha generacional que creció durante la fiesta menemista a partir de la mitología del rock. El problema de los jóvenes y su proyecto permanece, aunque la búsqueda de identidad ya no es la del pequeño grupo sino la epopeya negra del «héroe marginal». Tanguito decretó la muerte del héroe colectivo que había surgido en la década de 1960 y madurado en la de 1970, aquel que reflejaba Héctor Oesterheld en la historieta El Eternauta, que exaltó el individualismo frente a la máquina neoliberal de la década de 1990. La estética del videoclip subordinó en una sola figura contestataria la rebelión a todo orden: el personaje encarnado por la actriz Cecilia Dopazo se enamora de Tanguito porque es libre y rechaza a cualquier autoridad: la del dinero simbolizado por las compañías discográficas, pero también los amigos que lo traicionan cuando convierten su música en mercancía. Por último, también rechaza la disciplina de la militancia, reflejada por las dudas de la protagonista, que entre los estereotipos del activismo estudiantil, en la década de 1970, y Tanguito, elige a este último.

Los valores del filme son el amor y la libertad, y el mensaje central parece decir «no te vendas». El personaje que lleva una vida plenamente «estética» —esto es, vive de y para una concepción de la belleza que domina todos los aspectos de su vida— termina aislado entre los aparatos comerciales y represivos. El sistema aparece como una plena exterioridad: la oscuridad del despacho policial, o la muralla de cómic que separa a Tango de la discográfica. La imagen desaliñada del rockero contra los sacos y las corbatas de la oficina y el subte. Pero la exterioridad no es absolutamente extraña: el poder del capital se apodera de algunos amigos de Tanguito que lo «venden» para ayudarlo a salir de la cárcel. El final es paradójico: la toma de conciencia del carácter mercantil del arte, que constituía su razón de vida —y su existencia estética— deviene en la locura. Y la locura termina en la muerte como lugar extremo de la libertad, anticipada por el suicidio libertario del personaje encarnado por Imanol Arias. En síntesis, el cine demuestra el punto de inflexión que instala el menemismo en la década de 1990, pero la llaga simbólica que expresa la producción artística se ve rápidamente desbordada por el propio vértigo histórico instalado por la protesta social, después de 1993.

¿Cómo reaccionó la sociedad ante las transformaciones en el modelo de acumulación? Como anticipamos, en 1993 comenzaron a sentirse los primeros efectos de las políticas neoliberales: la desocupación trepó al 10% de la población económicamente activa, llegando al 18% en 1995. La deuda externa de aquel año se calcula en 98 547 millones de dólares.27 Los niveles de pobreza, como refleja el gráfico del INDEC sobre la situación del área urbana que rodea a la ciudad de Buenos Aires, retornaron al porcentaje crítico alcanzado en 1989, el año de los saqueos y la hiperinflación:28

Instituto Argentino de Estadísticas y Censos.

Instituto Argentino de Estadísticas y Censos.

Las primeras resistencias contra el neoliberalismo que rompieron el aislamiento, aparecieron en diciembre de 1993 con el motín de Santiago del Estero: el «Santiagazo» fue motivado por el colapso de las economías regionales, y por el recorte del empleo público que sostenía a numerosas familias. La protesta se dirigió en forma de «pueblada» a los símbolos de la autoridad estatal. Se atacaron las sedes del gobierno provincial, municipal, y la residencia de algunos dirigentes políticos. Una vez desbordados los cordones policiales, se asaltaron y saquearon los edificios que representaban a los tres poderes del Estado provincial. Según las crónicas de los diarios Clarín La Nación, mientras se incendiaba la casa de gobierno:

[…] Uno de los manifiestantes —un trabajador de vialidad— se apodera de una bandera argentina y la agita desde un balcón ante la multitud que se encuentra en la calle. Otro manifiestante, un ordenanza, coloca una silla en el balcón, se sube a ella, le alcanzan un palo que hace las veces de bastón de mando y saluda, ante los aplausos de los demás.29

¿Por qué un motín espontáneo dotado de elementos carnavalescos, sin objetivos políticos, representó un hito en las luchas sociales de los 90 en Argentina? Entre 1991 y 1992 se había dado una serie de luchas protagonizadas por trabajadores de las empresas privatizadas o cerradas, como en Somisa, Sierra Grande y Entel, pero habían sido rápidamente aisladas y derrotadas. A partir del «Santiagazo» se repitió la misma modalidad de protesta en varias provincias como «pueblada», es decir, la articulación de demandas multisectoriales que convergieron en una demanda local.

Este ciclo ascendente de luchas sociales, entre 1994 y 1997, llegó a un primer techo con los primeros cortes de ruta y puebladas en las localidades petroleras de Cutral–Co y Plaza Huincul, en junio de 1996 y abril de 1997.30 Los conflictos fueron la señal de una ruptura con la hegemonía neoliberal, y marcaron la aparición de nuevos sujetos de la protesta social, denominados por los medios fogoneros piqueteros. Es de destacar que en este primer ciclo de luchas el nombre «piquetero» fue ocupado tanto por trabajadores desocupados como ocupados, estudiantes, pequeños empresarios, amas de casa, entre otros, dado el carácter policlasista de la protesta.

La «nacionalización» de la protesta consolidó al piquete como método de lucha, pero en la segunda mitad de la década se inició una tendencia que desaparecería con el auge de protestas, entre finales de 2001 y mediados de 2002, pero se consolidaría en los años que siguieron a la muerte de Maximiliano Kostecki y Darío Santillán en las cercanías del Puente Pueyrredón31 de instrumento de distintas fracciones sociales, pasó a ser un método de lucha utilizado mayoritariamente por los llamados «excluidos», los desposeídos y pobres de las ciudades. Al mismo tiempo, la cultura argentina, aturdida por el posmodernismo, como dominante cultural de la globalización, comenzaba a despertarse asumiendo la hegemonía del mercado global en la producción artística e intelectual, pero buscando alternativas para reconstruir una narrativa que diera cuenta de los nuevos sujetos excluidos por la globalización: algunos exponentes del rock nacional se hicieron eco del creciente clima de protesta social: «Señor Cobranza», un tema difundido por el conjunto musical Bersuit Vergarabat, se convirtió en un himno de protesta, repetido por jóvenes de diferentes clases sociales:

[…] que cocinen a la madre de Cavallo y al papá o a lo hijos, si es que tiene, o a su amigo el presidente, no le dejen ni los dientes, porque Menem, Menem, Menem se lo gana, y no hablemos de pavadas si son todos traficantes […] no me digan se mantiene con la plata de los pobres eso sólo sirve para mantener algunos pocos, ellos transan, venden y es sólo una figurita el que esté de presidente […] «lleva plata del lavado», mientras no salte la bronca el norte no manda palos ay ay ay, uy uy uy ¿qué me dicen del dedito que le meten en Jujuy? ay ay ay, uy uy uy ¿qué me dicen del dedito que le meten en Jujuy? […] Y ya no hay nada ¿qué nos queda? elección o reelección para mí es la misma mierda ¡hijos de puta! en el Congreso, hijos de puta en la rosada y en todos los ministerios, van cayendo hijos de puta, que te cagan a patadas […] porque en la selva, se escuchan tiros y son las armas de los pobres son los gritos del latino.32

Al mismo tiempo, el cine descubrió a los excluidos, los inmigrantes y a través del auge del cine documental, a los nuevos sujetos de la protesta social. Las líneas de antihéroe marginal de principios de la década de 1990 continuaron, pero con motivos más «realistas» que románticos. Un buen ejemplo de esta transformación en el campo de la cinematografía es el filme Pizzabirrafaso, de Bruno Stagnaro y Adrián Caetano (1997).33 En la trama se exhibían las peripecias de un grupo de marginados en la ciudad de Buenos Aires, que se ganan la vida como ladrones. Lo que llama la atención es el crudo realismo, en contraposición a la atmósfera de irrealidad que había caracterizado a las narrativas del cine argentino, por lo menos desde 1983, ancladas en la reducida experiencia social de la clase media. La dura realidad del desempleo y la exclusión se coló por la pantalla:

[…] la aparición de Pizzabirrafaso, en 1997, produjo una considerable conmoción, especialmente en el ámbito de la crítica. Existió cierta sensación generalizada de que el film provocaba una ruptura respecto de algunas características que se habían atribuido al cine nacional desde los 80, y habían construido una concepción determinada del cine argentino que regía como si fuera su naturaleza, como si en estas tierras crecieran películas sentimentales y plagadas de explícitos mensajes políticos. Aparecía, finalmente, un nuevo paisaje, sucio, extraño, distante, cuya crueldad no venía acompañada de un suspiro indignado y tranquilizador.34

Para las autoras, sin embargo, el neorrealismo explícito que animaba la película ocultó una concepción fatalista que subyace en la trama, dado lo imposible de cambiar la situación social para la mayor parte de los personajes. Los tres jóvenes protagonistas mueren en diferentes intentos de robo, y la única mujer que se destaca en el guión huye en barco a Uruguay, embarazada y con el botín que le deja su novio moribundo. En otras palabras, a pesar de los estereotipos del excluido, o precisamente por ellos, la épica negra de los pobres adquiere contornos trágicos, incapaces de superar el imaginario menemista (en última instancia, el marco cultural de la globalización se explora en su contorno más oscuro y subterráneo, pero no se cuestiona). A pesar de todo, el séptimo arte realizó un ajuste de cuentas con la narrativa moralista y sentimental que tiño el cine de la transición democrática, hacia la década de 1980, cerrando el ciclo que había empezado con La historia oficial. El cambio pareció significativo, porque pronto comenzó a hablarse de un «nuevo cine argentino».35

Mientras tanto, el ritmo de la protesta social se desplazó de la periferia del país —donde se aplicaban con mayor fuerza las políticas neoliberales— a los grandes centros urbanos: en 1997 aparecieron los primeros movimientos de trabajadores desocupados en el conurbano bonaerense, y los cortes de ruta comenzaron a afectar el centro neurálgico del tráfico y la producción de mercancías en la provincia de Buenos Aires. Este fenómeno coincidió con la creciente impopularidad de Menem y la aparición de la Alianza, que canalizó electoralmente el descontento social y descomprimió la protesta social entre 1998 y 1999, ubicándose en el centro del escenario político. Esta fuerza había surgido a partir del acuerdo del Frente por un País Solidario (Frepaso) y la UCR.

El Frepaso reunía, a su vez, a un heterogéneo conjunto de figuras disidentes del justicialismo, como Carlos Cacho Álvarez y el Grupo de los Ocho, o dirigentes del movimiento de Derechos Humanos como Graciela Fernández Meijide. De este modo, y tras la fractura con el primer Frente Grande dirigido por el cineasta Pino Solanas, el nuevo Frepaso intentaba posicionarse como un partido de centro izquierda, a imagen y semejanza de la socialdemocracia europea. La alianza con la UCR y el Partido Socialista resultó funcional para la constitución de una formación política opositora que no planteaba cambios radicales, lo cual le permitió atraer votos de sectores ideológicamente diferenciados de la población, pero en el mediano plazo resultó fatal para su supervivencia, por la acelerada erosión que estaba provocando el modelo neoliberal en la economía argentina.

La campaña de Fernando De la Rúa como candidato a presidente seguía los lineamientos de la mercadotecnia política inaugurada en la época de Menem, intentando introducirse en el imaginario popular: la gravedad de su figura, la sustitución del saco y la corbata por la campera de cuero cuando debía dirigirse al público peronista, el lema «Dicen que soy aburrido», eran mensajes destinados a un votante que deseaba un cambio, pero no precisamente un cambio brusco. No se ponía en tela de juicio la convertibilidad —que había financiado los sueños de la clase media, de vacaciones en México o en Brasil—, pero se quería recuperar principios olvidados como la justicia social a partir de la distribución del ingreso entre los sectores populares. Por otro lado, la retórica de la oposición prometía terminar con la corrupción estatal, que se entendía, desde la población, como la causa de la crisis económica y la descomposición social.

En 1999, la Alianza ganó las elecciones presidenciales apoyada por el voto de las capas medias, pero continuó con las fuertes transferencias de ingresos de los trabajadores y la pequeña burguesía hacia las fracciones del gran capital, efecto que se advirtió gracias a la voluntad de mantener la «estabilidad», sosteniendo los parámetros de paridad entre el peso y el dólar en el tipo de cambio y la Ley de Convertibilidad. De este modo, el modelo seguía beneficiando a las empresas multinacionales y al capital financiero a expensas de trabajadores, las capas medias y la fracción de capitalistas locales sin posibilidades en el mercado interno o externo.

En segundo lugar, la Alianza agudizó la política represiva que había iniciado Menem con la militarización y criminalización del conflicto social, al sistematizar la intervención de la Gendarmería para levantar, por la fuerza, los cortes de ruta. En diciembre de 1999, a dos días de haber asumido De la Rúa, se desalojó el puente que une Corrientes y Chaco con varias muertes como saldo. Ese año se reactivó la protesta social en todo el país, ante la continuidad de la crisis económica y la vertiginosa caída en la representatividad de la Alianza. En noviembre de 2000, la Gendarmería reprimió un corte de rutas de obreros petroleros en General Mosconi, Salta, donde murió Aníbal Verón, un trabajador del transporte que reclamaba 7 meses de sueldos adeudados. Este hecho coincidió con la multiplicación de la protesta social en el Gran Buenos Aires y el crecimiento de las organizaciones de desocupados.

A fines de 2001, el «voto bronca» se expresó en la emisión del sufragio en blanco o a listas opositoras, y fue una premonición del estallido social del 19 y 20 de diciembre de 2001. El 12 de diciembre se produjeron dos grandes movilizaciones de trabajadores de la CGT conducida por el camionero Hugo Moyano y de la CTA, coincidiendo con cacerolazos y bocinazos por toda la ciudad convocados por Came, coordinadora de actividades mercantiles. El 13 de diciembre se llamó a una huelga general organizada por las dos CGT y la CTA con un alto nivel de acatamiento. Esa noche se produjeron saqueos, amenazas e intentos de saqueos en varios puntos del país, combinados con numerosos choques con la policía. El 14 de diciembre se realizó la ocupación pacífica de edificios públicos, y se iniciaron cortes de ruta a lo largo de todo el país, formas de lucha que iban a estar presentes el 19 y 20 de diciembre.

Durante todo el día 19 se produjeron saqueos a supermercados y comercios en varios lugares del país, con cierta organización, en varios casos, de cuadros y punteros políticos del Partido Justicialista. En la noche del 19 de diciembre, De la Rúa anunció el decreto de Estado de sitio, que tuvo como respuesta inmediata la movilización general y el cacerolazo de la pequeña burguesía en las principales ciudades del país. El 20 de diciembre se generalizó el combate callejero que subsumió todas las formas de lucha en una insurrección espontánea. Hubo un llamado a la Plaza de Mayo; la policía reprimió cuando recibió del gobierno la orden de desalojar el lugar, y la protesta no se detuvo.36 La desobediencia generalizada forzó, primero, la renuncia de Cavallo, pero luego cayó el gobierno en pleno, mientras la movilización popular creó la consigna «¡que se vayan todos!». Era el fin de un país y el principio de otro: las últimas certezas del modelo neoliberal se derrumbaron estrepitosamente. Si bien, a escala global, la desnacionalización de las redes productivas, financieras y comerciales, tanto como el flujo multilateral de bienes y personas son fenómenos que parecen haber llegado para quedarse, desde el 2002 se abrió un proceso de reinvención política de la Argentina.37

DE LA NUEVA «DÉCADA INFAME» A LA ERA K

Entre 1929 y 1934, el imaginario popular bautizó como «década infame» aquel periodo de la historia argentina caracterizado por la crisis de la economía primaria exportadora —producto del agotamiento del liberalismo como modelo económico—, la inestabilidad de las instituciones parlamentarias —corroídas por negociados y fraudes— y la batalla cultural entre las tradiciones europeizantes que la incluían en la modernidad periférica de América Latina, el nacionalismo y el panamericanismo. En ese sentido, la metáfora puede tener valor explicativo para el periodo actual, más allá de las diferencias epocales específicas. A nivel teórico, una de las explicaciones más ricas, a la hora de ubicar el contenido de las transformaciones sociales que sufrió la Argentina en el contexto internacional de las últimas décadas, es la de David Harvey. El geógrafo británico define al fenómeno de la globalización como un «nuevo imperialismo», considerando que el proceso violento de acumulación originaria del capital mediante el saqueo, la guerra y la expropiación de vastas capas sociales en el centro y la periferia del sistema mundial, no fue solamente un «pecado original» o génesis corrupta del capitalismo moderno, sino un rasgo inherente del proceso de acumulación que se repite cíclicamente.

La reciente depredación de los bienes ambientales globales (tierra, aire, agua) y la proliferación de la degradación ambiental, que impide cualquier cosa menos los modos capital–intensivos de producción agrícola, han resultado en la total transformación de la naturaleza en mercancía. La mercantilización de las formas culturales, las historias y la creatividad intelectual supone la total desposesión —la industria de la música se destaca por la apropiación y explotación de la cultura y creatividad populares. La corporativización y privatización de activos previamente públicos (como las universidades), por no mencionar la ola de privatización del agua y otros servicios públicos que ha arrasado el mundo, constituye una nueva ola de «cercamiento de los bienes comunes». Como en el pasado, el poder del Estado es usado frecuentemente para forzar estos procesos, incluso en contra de la voluntad popular.38

El concepto de «acumulación por desposesión» puede aplicarse con precisión a todo el proceso analizado en estas páginas, con las privatizaciones de la década de 1990 como paradigma. A partir de 2003, sin embargo, el gobierno de Néstor Kirchner produjo una original alianza, como resultado de una recomposición hegemónica necesaria tras el límite que la protesta social impuso al régimen de acumulación entre diciembre de 2001 y junio de 2002, cuando la muerte de los piqueteros Darío Santillán y Maximiliano Kostecki en el Puente Pueyrredón obligó al presidente Eduardo Duhalde a adelantar las elecciones.39 La crisis de representación que erosionaba el poder de la clase política obligó a buscar figuras de recambio y, al mismo tiempo, absorber individualmente algunas de las demandas que aparecieron a finales de la década de 1990 junto con los tradicionales intereses corporativos de las clases dominantes.

La devaluación del peso declaró la muerte del sistema de convertibilidad monetaria que había imperado en la década de 1990, beneficiando en particular a los exportadores agropecuarios e industriales. Sin embargo, la nueva red de alianzas fomentada por el kirchnerismo fue tan amplia como el peronismo clásico, sintetizando en su interior las mismas contradicciones que dieron lugar al 20/12 (la burguesía industrial, los pequeños y medianos productores de la Federación Agraria Argentina, los piqueteros de Luis D’Elía, en representación de los nuevos movimientos sociales, y la CGT como vocero del movimiento obrero tradicional). Se trató de un intento ya instalado por la política posmoderna del collage, nacida en la década de 1990, ya que al regreso virtual a la alianza de clases de 1945, apostando a la reinvención de la burguesía nacional, se agregó una pizca del llamado «secentismo». No fue casualidad que la elección del 25 de mayo de 2003, como fecha de asunción tuviera una fuerte carga simbólica, ya que habían pasado exactamente 30 años del ascenso al poder de Héctor Cámpora, el único presidente ligado a la histórica izquierda peronista.

El acercamiento a organismos de Derechos Humanos, y la aceleración de los juicios a ex represores de la dictadura, como política de Estado, fue una innovación original e inesperada del nuevo gobierno. La reivindicación de la generación militante exterminada por el terrorismo de Estado no parecía apostar a un rédito político inmediato; sin embargo, en los siguientes cinco años la protesta social fue sutilmente disciplinada, con base en la reactivación económica y la cooptación estatal de los nuevos movimientos sociales como la Corriente Clasista y Combativa (CCC), o la Federación de Tierra y Vivienda (FTV). Un buen ejemplo de la original innovación de los equipos de Néstor Kirchner, en cuanto a intentar integrar a los nuevos movimientos sociales al nuevo bloque de poder, lo da Bruno Fornillo, analizando el caso de la Corriente Clasista y Combativa (CCC):

A las semanas de asumido el nuevo mandatario, la CCC realiza una feria en el conurbano bonaerense con los trabajos que fueron desarrollando como contraprestación de los planes sociales; buscaban subsidios para la producción y que se impulse el desarrollo de las fábricas recuperadas, espacio económico–político donde la organización posee una significativa presencia. Se juntaron entonces puestos de ropa, mesas de venta de pan y de facturas, jaulas con gallinas y los productos del número nada despreciable de 128 huertas comunitarias que la CCC posee sólo en el distrito de La Matanza. En medio de relaciones amigables, la ministra de Acción Social, Alicia Kirchner, visitó de imprevisto la muestra. Apenas dos días después, el gobierno lanzaba el plan «Manos a la obra», en el que va a participar la CCC, incluso en los consejos consultivos que el gobierno intentaba refotar. El plan «Manos a la obra» consistía en 400 000 subsidios por un monto anual de 300 millones de pesos para llevar adelante emprendimientos productivos (Página 12, 8/7–12/8/03).40

El gobierno no lanzó señales amigables solamente hacia el movimiento piquetero. La política de Derechos Humanos le ganó la adhesión activa de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, dirigida por Hebe de Bonafini. Las consignas de memoria, verdad y justicia transferidas del movimiento de derechos humanos al discurso del poder, hicieron posible la recreación de la vieja política, incorporando significados nuevos que colocaron al nuevo bloque de poder en el espacio difuso de una centroizquierda latinoamericana.41

¿Cómo se explica este giro inédito? En primer lugar, por el contexto nacional: agotadas las políticas y el discurso neoliberal, para renovarse las antiguas élites políticas del Partido Justicialista debieron recurrir a jefes políticos y formas discursivas situadas en los márgenes del movimiento. Al mismo tiempo, para construir su propia base de poder la nueva élite política conducida por el presidente Néstor Kirchner apeló al discurso progresista e, inclusive, cumplió con algunas de las principales reivindicaciones de las izquierdas.42 Esta operación le ganó más enemigos que amigos, pero le permitió emanciparse del tradicional discurso peronista, y en especial del duro padrinazgo de Eduardo Duhalde, jefe político bonaerense.

En segundo lugar, no debemos subestimar el condicionamiento del contexto político latinoamericano. La elección de Hugo Chávez como presidente de Venezuela, que asume el 2 de febrero de 1999, y la llegada el poder en Brasil del Partido de los Trabajadores conducido por Luiz Inácio Lula Da Silva a comienzos de 2003, permitieron que el fenómeno marginal, pero latente, de la izquierda bolivariana se confundiera con una serie de nuevos gobiernos identificados con el arco político de la centroizquierda, formando un bloque común para impugnar una parte de las políticas neoliberales o de alineamiento con Estados Unidos características de la década de 1990.

BALANCE Y CONCLUSIONES

El fracaso de los estadounidenses para implantar un Área de Libre Comercio de las Américas similar al Tratado de Libre Comercio sellado por México, Canadá y la potencia del norte, parecen señales de un cambio de época, una modificación de las relaciones de fuerza y de la cultura política en varios países de América Latina. Un análisis más fino de los diferentes alineamientos es el del economista argentino Claudio Katz, que logra una mayor comprensión de la ubicación «intermediaria» de la Argentina en la región sudamericana. Desde 2003, el kirchnerismo como nuevo bloque hegemónico buscó consolidar su identidad a mitad de camino entre la radicalización de gobiernos como Venezuela, Ecuador y Bolivia, y la ortodoxia neoliberal de la centroizquierda brasileña, que logró convivir con la hegemonía del capital financiero, al menos hasta la crisis económica mundial de 2008:

La etapa de uniformidad derechista ha concluido y los personajes más emblemáticos del neoliberalismo extremo salieron de la escena. El militarismo golpista ha perdido viabilidad y a través de la movilización se han conquistado grandes espacios democráticos. Por eso, los mandatarios conservadores coexisten con presidentes de centroizquierda y con gobiernos nacionalistas radicales […] un cambio de contexto económico que favorece el debate de alternativas populares. En varios sectores de las clases dominantes tiende a despuntar un giro neodesarrollista en desmedro de la ortodoxia neoliberal, luego de un traumático periodo de concurrencia extraregional, desnacionalización del aparato productivo y pérdida de competitividad internacional. El viraje en curso es «neo» y no plenamente desarrollista, porque preserva la restricción monetaria, el ajuste fiscal, la prioridad exportadora y la concentración del ingreso. Sólo apunta a incrementar los subsidios estatales a la industria para revertir las consecuencias del libre comercio extremo. La vulnerabilidad financiera de la región y la atadura a un patrón de crecimiento muy dependiente de los precios de las materias primas induce a ensayar este cambio. Pero este giro afecta a todos los dogmas económicos que dominaron en la década pasada y abre grietas para contraponer alternativas socialistas al modelo neodesarrollista.43

Desde el punto de vista de Katz, el nuevo mapa político latinoamericano está formado por a) gobiernos conservadores, con el caso de Colombia como país ligado a la hegemonía estadounidense, por su dependencia militar y económica; b) gobiernos «neodesarrollistas», que intentan reconstruir el aparato productivo del país sin impugnar la hegemonía del capital financiero o de las empresas trasnacionales cristalizada en la década anterior, como es el caso de Brasil, Argentina, Uruguay o Chile, y c) gobiernos «nacionalistas radicales», que apelan cada vez más al discurso socialista para combinar la nacionalización de recursos naturales (petróleo, agua, gas, tierra), con la movilización de las clases populares y la alianza con los movimientos sociales. Este es el caso de Venezuela, Bolivia y Ecuador.

Si la quiebra masiva de bancos y fondos de inversión en Estados Unidos fue la manifestación de lo que David Harvey denomina «crisis de sobreacumulación», el desafío para todas las alternativas de poder en la próxima década será similar. En algunos casos, la apertura radical a la economía estadounidense permite adivinar la agudización de los conflictos sociales, que seguirá al cierre de empresas y el ajuste del gasto público. En situaciones de menor apertura, la dependencia compartida del mercado mundial y de las exportaciones, junto con la caída de los precios de las materias primas puede traducirse en una mayor lucha por la tierra y los recursos naturales, con la radicalización consecuente de los movimientos campesinos, indígenas y, por supuesto, de las empresas nacionales y trasnacionales ligadas a los agronegocios.

Cristina Kirchner sucedió a su esposo en la primera magistratura, y apenas comenzado su periodo presidencial debió afrontar un conflicto que puso fin a los cinco años de hegemonía K: en marzo de 2008, tan sólo 100 días después de asumir, las organizaciones de la clase media rural y los monopolios agroindustriales se rebelaron, utilizando los mismos métodos de protesta empleados por los piqueteros en la década de 1990: el corte de rutas provinciales. Sin embargo, aquí la protesta no era por la pobreza o la desocupación, sino por las retenciones al agro, el impuesto a las elevadas ganancias a la exportación de soja y otros productos primarios que impuso el gobierno a los empresarios pequeños, medianos y grandes del agro.

De modo imprevisto, el neoliberalismo que parecía desterrado de las políticas públicas, volvía a cuestionar la soberanía del Estado para redistribuir recursos y fijar políticas económicas, una impronta singular de la gestión K, que había tenido que legitimarse en oposición a la catástrofe del modelo neoliberal. Paradójicamente, las mismas clases medias del campo y de la ciudad arrasadas por las privatizaciones, la convertibilidad y la concentración de la riqueza en la década de 1990, reclamaron, cacerola en mano, con maquinaria agrícola o inclusive con lujosas camionetas 4 por 4, en la ruta. afirmaban la vigencia de la propiedad privada rodeados de una masa cada vez más violenta de excluidos, y atacaban al mismo Estado que contribuyó a su enriquecimiento, una vez superada la crisis de 2001. Como siempre, América Latina seguirá siendo, en el siglo XXI, un laboratorio de inéditas experiencias políticas, sociales y culturales. Esa experiencia aún no tiene memoria: deberá ser vivida por los pueblos antes de poder ser escrita por sus historiadores.

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Notas
1
 Paul Krugman, De vuelta a la economía de la Gran Depresión, Ed. Norma, Colombia, 1999.

2 Michael Hardt, Antonio Negri, Imperio, Paidós, Argentina, 2002, p. 11. Queda fuera de los límites de este trabajo la polémica sobre el carácter imperial o imperialista de la soberanía moderna, pero se puede consultar una crítica de alto nivel a las tesis de Negri en Daniel Bensaid, «El imperio, ¿etapa terminal?», Cuadernos del Sur, año 18–núm. 33, Universidad Nacional del Sur, Argentina, mayo de 2002.

3 Marshall McLuhan, La galaxia Gutenberg. Génesis del «homo typographicus», Barcelona, Círculo de Lectores, 1998.

4 Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Buenos Aires, Crítica, 1999, p. 18.

5 Véase M. Hardt y A. Negri, opcit., pp. 140–143.

6 Para un enfoque teórico en el cual el nivel político del antagonismo no se puede deducir directamente de las contradicciones sociales, véase Ernesto Laclau, Hegemonía y estrategia socialista, Siglo XXI Editores, Argentina, 2004, pp. 114–124 y 164–170.

7 Luis Alberto Romero, Breve histora contemporánea de la Argentina, Argentina, Siglo XXI Editores, 2001, p. 367.

8 Revista Márgenes agropecuarios, Argentina, enero de 2006.

9 «La inflación en la República Argentina» (http://www.estudioeic.com.ar/Tablainflación.htm).

10 En 1975, Celestino Rodrigo impuso un plan económico neoliberal, bautizado popularmente como «Rodrigazo». Como reacción a la crisis económica mundial de 1973, el Ministro de Economía de Isabel Perón, decretó un paquete de medidas entre las que se destacaba la devaluación del peso en un 150%, y el aumento de la nafta en 172% entre otras subidas inéditas de tarifas públicas. El intento de obligar a la clase trabajadora y las capas medias a pagar el coste de la crisis despierta una espontánea huelga general, que tomó de sorpresa a los dirigentes sindicales. La protesta obliga a Isabel Martínez de Perón a expulsar del gabinete a Rodrigo y a José López Rega, y constituye uno de los antecedentes inmediatos del golpe, ya que las FFAA comprobaron que el peronismo y su política de «pacto social» no era suficiente para contener la protesta obrera, estudiantil y guerrillera.

11 N.I. Carrera, M.C. Cotarelo, E. Gómez, F. Kindgard, La revuelta. Argentina 1989–1990, Argentina, PIMSA, p. 69. Según el diario Página/12, 4 de marzo de 1989, «entre diciembre de 1983 y enero pasado, la inflación acumulada fue de casi 120 000%, mientras que los sueldos quedaron retrasados en todos los sectores, en proporciones que van desde un 137% (para los docentes) hasta un 29% (en el caso de los militares)».

12 Algunos propietarios no dudaron en disparar contra la multitud. En la revista Somos del 7 de junio de 1989, aparece la siguiente crónica: «Jacinto Sanflippo está en la terraza de su fábrica de embutidos, en el oeste de Rosario, barrio Ludueña. Tiene entre las manos una escopeta y los bolsillos desbordantes de cartuchos. Espera esa columna de mil y pico de hombres, mujeres y chicos que viene de un asentamiento. Aparece desde la esquina la cabeza de la multitud y no vacila: dispara dos veces y dos hombres caen ensangrentados. Sanflippo recarga y recibe una pedrea que lo obliga a agacharse. El chacinero grita:»¡Vayanse!», y le contestan más piedras […] Llegan los federales, el barrio entero llora por los gases, suenan balazos…».

13 N.I. Carrera et al., opcit., p. 51.

14 Una línea de investigación posible para enmarcar históricamente este tipo de movilizaciones se puede plantear en los siguientes términos: ¿por qué esta modalidad de protesta tiene una apariencia «inorgánica», carece de organización estable, de reivindicaciones concretas y dirigentes visibles? Consideramos pertinente la pregunta en el marco de nuestra investigación, porque una somera comparación entre las formas de protestas de ayer y de hoy, podría aportar a la teoría de los movimientos sociales en América Latina. La espontaneidad de las primeras protestas contra el régimen liberal son la bisagra entre aquellas organizaciones que trataban de representar a un sujeto de clase (partidos, guerrillas, sindicatos, etcétera), y los nuevos movimientos sociales, que en Argentina aparecen hacia 1995.

15 El remisero es el propietario particular de un taxi no encuadrado en las normativas legales, pero aceptado por la lógica de mercado debido a los menores costos o por el menor grado de inversión que se refleja en un precio más económico que el del taxi legal. El «arbolito», en el argot porteño, se refiere al traficante de dólares que compra y vende moneda extranjera en la cercanía de los bancos al grito de —Cambiocambio— no bien se dispara el furor especulativo.

16 David Harvey, «El ‘nuevo’ imperialismo: acumulación por desposesión», Socialist Register, 2004. En las conclusiones aparece desarrollado el argumento en su dimensión más teórica.

17 Frederick Jameson, Ensayos sobre el posmodernismo, Imago Mundi, Argentina, 1991, pp. 15–22.

18 Acerca de la política como guerra, en la Argentina de la década de 1970, véase María Matilde Ollier, La creencia y la pasión. Privado, público y político en la izquierda revolucionaria, Ariel, 1998, pp.131–185. Para un criterio teórico que justifica la relación entre política y guerra, véase Carl Schmitt, El concepto de lo «político», Folios Ediciones, 1984.

19 Pablo Giussani, Menem: su lógica secreta, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1990.

20 Citado en Eduardo Basualdo, Sistema político y modelo de acumulación en Argentina, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes/Flacso, 2001, p. 58.

21 El «consenso de Washington» fue una lista de reformas económicas elaborada por John Williamson, miembro del Institute for International Economics, en 1989. Si bien, medidas tales como la disciplina fiscal, la liberalización de las tasas de interés, el comercio internacional, la entrada de inversiones extranjeras directas y las privatizaciones eran medidas pensadas para América Latina, pronto el derrumbe de la Unión Soviética convertiría este plan económico en el modelo hegemónico de globalización económica neoliberal.

22 «Discurso de Carlos Saúl Menem ante la Asamblea Legislativa», La Nación, 9 de julio de 1989, p. 1.

23 Alberto Bonnett, «El concepto de hegemonía a la luz de las hegemonías neoconservadoras», Nuevo TopoRevista de historia y pensamiento crítico, núm. 4, Argentina, 2007. También del mismo autor, La hegemonía menemista: el neoconservadurismo en Argentina, 1989–2001, Buenos Aires, Prometeo, 2008.

24 Inés Izaguirre, «Pensar la crisis Tres décadas de poder y violencia en la Argentina», ponencia presentada en las Quintas Jornadas Nacionales/Segundas Jornadas Latinoamericanas «De la dictadura financiera a la democracia popular». Grupo de Trabajo «Hacer la Historia», Facultad de Humanidades y Artes–UNR, 2002.

25 Daniel García Delgado, Estado y sociedad. La nueva relación a partir del cambio estructural, Buenos Aires, Ed. Norma–Flacso, 1994, p. 252.

26 Mabel Fariña, «Imágenes de la sociedad y el Estado en la Argentina», en Ricardo Manetti y María Valdés, (comps.), De(s)velando imágenes, Buenos Aires, Eudeba, 1998, pp. 97–106. Aunque más adelante citamos otros artefactos culturales, como melodías del rock argentino, pensamos que el cine es uno de los géneros más sensibles frente a este tipo de cambios, ya que presenta una larga tradición de financiamiento estatal que entra en crisis hacia la década de 1990, y algunas películas de ese periodo se encuentran atravesadas por el síntoma de la transición a un nuevo modelo cultural. La rama artística de la música rock y su apropiación a escala nacional, en cambio, desde su nacimiento estuvo dominada por el capital extranjero, en particular de las empresas estadounidenses. En ese sentido, el impacto del cambio cultural en la década de 1990 sería menor.

27 María Celia Cotarelo, «El motín de Santiago del Estero. Argentina, diciembre de 1993», PIMSA, 1998, p. 100. Para comparar la magnitud en el incremento de la deuda, en 1989, según datos del INDEC, el Banco Central de la República Argentina y el Banco Mundial, la deuda externa ascendía a 65 611 millones de dólares.

28 Gráfica del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, «Evolución de la pobreza y la desocupación en el aglomerado Gran Buenos Aires desde 1988 en adelante» (http:/www.indec.gov.ar/nuevaweb/cuadros/74/grafpobreza2.xls).

29 María Celia Cotarelo, «El motín de Santiago…, opcit., pp. 103–104.

30 Nicolás Iñigo Carrera y María Celia Cotarelo, «La protesta social en los 90. Aproximación a una periodización», PIMSA, 2000, p. 176.

31 El Puente Pueyrredón es el acceso de las rutas que atraviesan el barrio de Avellaneda, en el conurbano bonaerense y conduce a la ciudad de Buenos Aires.

32 Rosada es un diminutivo de Casa Rosada, la casa de gobierno o sede oficial del gobierno nacional. En Jujuy se dio una de las primeras luchas de resistencia contra las políticas neoliberales protagonizadas por sindicatos combativos cuyo rostro emblemático fue el dirigente de Carlos «Perro» Santillán, en aquel momento dirigente de la Corriente Clasista y Combativa (CCC).

33 En la jerga porteña, «Birra» significa cerveza y «Faso» cigarrillo.

34 María Torre y Florencia Abadi, «Pizza, birra, faso: narrar la catástrofe», IV Jornadas de Jóvenes Investigadores, Instituto Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, 2007.

35 Una de las escenas más impactantes del neorrealismo antiromántico de Pizzabirrafaso —para Torre y Abadi inspirada en Los olvidados, de Luis Buñuel— es en la que los protagonistas le roban la limosna a un lisiado en plena peatonal Florida. Signo de los tiempos que cambiaban, otros filmes incluidos en el paradigma neorrealista fueron Mundo grúa (1998) y Bolivia (2001), ambas de Pablo Trapero. En esta última se incluye el tema del inmigrante maltratado por una sociedad crecientemente xenófoba. El tema de la relación entre inmigración y racismo, sin embargo, había sido anticipado en Mala época, de Saad, Moreno, De Rosa y Roselli (1998), donde se estableció un contrapunto entre el universo mágico de un obrero de la construcción paraguayo, y la brutalidad urbana de un corrupto sindicalista argentino.

36 Izaguirre, opcit., pp. 8–9.

37 Inés Izaguirre, opcit., p. 10. Para Antonio Negri y Giusseppe Cocco, el modelo neoliberal en América Latina está agotado, porque los autores asumen como definitivo el dato empírico de los gobiernos de la nueva izquierda latinoamericana, como el de Kirchner en Argentina, Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Lula da Silva en Brasil. Aquí adoptamos una perspectiva mucho más moderada, en el sentido de que las observaciones apuntan a notar rasgos de continuidad, que conviven con síntomas de cambio, sobre todo en el plano político. Véase Antonio Negri y Giusseppe Cocco, GlobAL, Biopoder y luchas en una América Latina globalizada, Paidós, Argentina, 2006.

38 David Harvey, «El ‘nuevo’ imperialismo: acumulación por desposesión», Socialist Register, 2004, p. 114.

39 Eduardo Duhalde era un dirigente justicialista de fuerte poder territorial en el conurbano bonaerense, elegido por el Senado con un mandato provisorio tras la acefalía producida por las sucesivas renuncias de Fernando de la Rúa, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saa y Eduardo Caamaño (con un récord, que dio la vuelta al mundo, de cinco presidentes en diez días). Finalmente, asumió uno de los pocos «hombres fuertes» que quedaban en pie de la clase política.

40 Bruno Fornillo, «Acerca de la corriente clasista y combativa frente al gobierno de Kirchner. Del diálogo a la oposición (2003–2007)», en Federico Schuster, Germán Pérez, Sebastián Pereyra (eds.), La huella piquetera. Avatares de las organizaciones de trabajadores desocupados postcrisis de 2001 (2008).

41 Ernesto Laclau, «La deriva populista y la centroizquierda latinoamericana», revista Nueva Sociedad, núm. 205, 2006.

42 En la década de 1990, uno de los principios del programa de Izquierda Unida (alianza entre el Partido Comunista y el trotskysta Movimiento Socialista de los Trabajadores), era el juicio y castigo a los genocidas, y la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, conocidas popularmente como las «leyes de la impunidad».

43 Claudio Katz, «Socialismo o neodesarrollismo», 2006 [http://www.rebelion.org]. 120.

* Licenciado en historia por la Universidad de Buenos Aires. Es becario doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y miembro de la sección de Historia Reciente en la Latin American Studies Association (LASA). Además es miembro del Programa de Historia Oral, Instituto de Antropología, Facultad de Filosofía y Letras (UBA).

Fuente: SCielo

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