Una aproximación al pensamiento político de Michel Foucault

El pensamiento de Michel Foucault ha ejercido una marcada influencia en diversas y variadas disciplinas de las ciencias sociales y humanísticas, en particular en la filosofía, la sociología, la teoría política, el psicoanálisis y la semiótica de la escuela francesa. Esta fuerte influencia sobre el campo académico, que se ve complementado por sus incuestionables derivaciones en la praxis política de la izquierda latinoamericana y mundial, permite situar a este brillante pensador francés -nacido en 1926 y fallecido en 1984- entre los grandes clásicos del pensamiento contemporáneo.

Michel Foucault.

Michel Foucault.

Una aproximación al pensamiento político de Michel Foucault

An approach to the political thought of Michel Foucault

Por Hernán Fair*

* Magíster en Ciencia Política y Sociología por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, sede Argentina. Becario doctoral por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, de Argentina. Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Correo electrónico: <[email protected]>.

Artículo recibido el 7 de mayo de 2009
Aceptado el 12 de febrero de 2010

Resumen

El pensamiento de Michel Foucault ha ejercido una marcada influencia en diversas disciplinas de las ciencias sociales y humanísticas. El presente trabajo realiza una interiorización a los principales lineamientos teóricos que definen el enfoque político foucaultiano. En particular, se desarrolla un análisis de sus principales contribuciones teóricas y prácticas al pensamiento filosófico y sociopolítico actual. Para ello, en una primera etapa se puntualizan sus diferencias epistemológicas con el enfoque marxista más ortodoxo. A continuación se desarrollan sus contribuciones teóricas y metodológicas más relevantes al análisis de la realidad sociopolítica. En la última parte se incorporan algunos de sus principales lineamientos teóricos para dar cuenta de su aplicación en la praxis social contemporánea.

Palabras clave: Foucault, política, análisis crítico, análisis genealógico, teoría, praxis.

Abstract

Michel Foucault’s thought has exerted a noticeable influence on various social and humanistic sciences disciplines. This essay does an insight of the main theoretical guidelines that define Foucault’s political approach. Particularly, it analyzes his main theoretical and practical contributions to present philosophical and sociopolitical thought. To this end, it places the axis, in a first stage, on its epistemological differences with the more orthodox Marxist approach. Secondly, it reviews his main theoretical and methodological contributions to the analysis of the sociopolitical reality, incorporating, in its final part, some of his main theoretical guidelines to account it’s application in contemporary social praxis.

Key words: Foucault, policy, critical analysis, genealogical analysis, theory, praxis.

«Es cierto que hay que renunciar a la esperanza de acceder alguna vez a
un punto de vista que pudiera brindarnos acceso al conocimiento completo y
definitivo de lo que puede constituir nuestros límites históricos. Y
desde este punto de vista, la experiencia teórica y práctica que hacemos
sobre nuestros límites y su franqueamiento posible es siempre en sí misma
limitada, determinada y debe rehacerse. Pero esto no quiere decir que todo
trabajo no pueda hacerse sino en el desorden y la contingencia. Ese trabajo
tiene su generalidad, su sistematicidad, su homogeneidad
y su apuesta.» – Michel Foucault, ¿Qué es la Ilustración?

Introducción

El pensamiento de Michel Foucault ha ejercido una marcada influencia en diversas y variadas disciplinas de las ciencias sociales y humanísticas, en particular en la filosofía, la sociología, la teoría política, el psicoanálisis y la semiótica de la escuela francesa. Esta fuerte influencia sobre el campo académico, que se ve complementado por sus incuestionables derivaciones en la praxis política de la izquierda latinoamericana y mundial, permite situar a este brillante pensador francés -nacido en 1926 y fallecido en 1984- entre los grandes clásicos del pensamiento contemporáneo. El objetivo del siguiente trabajo consiste en realizar una interiorización a los principales lineamientos teóricos que definen su enfoque político. En específico, se trata de desarrollar un análisis genealógico que permita dilucidar sus principales contribuciones teóricas y prácticas (en tanto creemos que no existe una marcada delimitación entre ambos campos) al pensamiento filosófico y sociológico político actual. Para ello, se hará mención, en una primera etapa, a sus diferencias teórico-epistemológicas con el enfoque marxista más ortodoxo, que, sin embargo, ha ejercido una notable influencia en su pensamiento. En un segundo momento, se desarrollarán sus principales contribuciones teóricas y metodológicas al análisis de la realidad sociopolítica; en la parte final se incorporarán algunos de sus principales lineamientos teóricos para dar cuenta de su aplicación en la praxis social contemporánea.

Críticas de Foucault al marxismo

Como hemos señalado, el pensamiento del teórico francés Michel Foucault ha ejercido una gran influencia en variadas disciplinas de las ciencias sociales y humanísticas. Este trabajo no pretende analizar en detalle cada una de esas influencias, que sin dudas han tenido un gran impacto y abierto nuevas discusiones y reinterpretaciones en teóricos de la talla de Jacques Ranciere, Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Jean Françoise Lyotard y Giorgio Agamben, entre muchos otros, sino centrarse en un análisis que contemple sus principales contribuciones teóricas y políticas al pensar y a la práctica política contemporánea. En relación con este primer punto, cabe destacar que Foucault se inserta en un marco más amplio de crítica a la teoría marxista tal como era entendida por la doctrina inaugurada por Marx y Engels en textos como el Manifiesto del partido comunista, entre otros. Como aclaración, debemos señalar, por un lado, que el pensamiento marxista ha sido una de las fuentes teóricas del pensamiento de Foucault (Bidet, 2006). Sin embargo, como luego veremos, existieron también algunas críticas dirigidas hacia varios de sus principales lineamientos. En segundo lugar, debemos destacar que cuando nos referimos a la teoría marxista no pretendemos dar cuenta de la verdad de ella, sino de cierta interpretación que ha sido fuente de críticas por parte de teóricos estructuralistas, postestructuralistas y posmodernos, entre los que debemos situar, por supuesto, al propio Foucault.1 Aunque las críticas han sido ampliadas y sistematizadas a partir de trabajos ya clásicos como los de Claude Lefort (1990), Jacques Derrida (1989, 1995) y, sobre todo, el inicio del pensamiento posmarxista de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1987); en este texto nos situaremos en las diferencias entre el enfoque de Foucault y el marxismo. A grandes rasgos, podemos hallar tres tesis críticas a la teoría marxista: que el poder no se centra en el Estado, sino que circula por toda la sociedad; que la lucha política no consiste en la revolución social, sino que se realiza en las microprácticas institucionales, y que el poder es inextinguible. Veamos.

El poder no se centra en el Estado y la clase capitalista, sino que circula por toda la sociedad

A grandes rasgos, para la teoría inaugurada por Marx y Engels a mediados del siglo XIX la sociedad se encuentra dividida en dos clases antagónicas: la clase capitalista y la clase obrera. Según Marx, el Estado es entendido como el órgano de dominación que permite a la clase capitalista explotar a la clase obrera. Ello se debe a que representa el garante de la permanencia de la propiedad privada, que mediante la absorción de la plusvalía permite a la clase capitalista la explotación lisa y llana del proletariado (Marx y Engels, 2001).

Ahora bien, si para Marx el poder está concentrado en el Estado, que garantiza la dominación del capital sobre el trabajo a través de la existencia de la propiedad privada de los medios de producción, para Foucault el poder no está concentrado en el Estado, sino que lo excede por mucho (Sauquillo, 1987: 196). Según el teórico francés, el poder no se halla concentrado en el Estado y su aparato represor representado por la policía, sino que circula por toda la sociedad (Foucault, 1996a, 2003). Es decir, que la dominación y explotación capitalista no se encuentra sólo o de forma predominante en el poder policial que reprime las protestas sociales contra el orden dominante y garantiza la dominación coercitiva del capital, sino que, como ya lo habían observado teóricos del marxismo no ortodoxo como Antonio Gramsci (1977) y Louis Althusser (1988), excede el poder puramente represivo para inmiscuirse en todos los intersticios de la sociedad capitalista. En otras palabras, lo que quiere decir Foucault es que en toda relación social existen relaciones de poder, ya sea presentes u ocultas, conscientes o inconscientes, lo que le permite afirmar que toda relación, incluso las relaciones descritas como privadas, son políticas, ya que todas poseen relaciones inherentes de poder y dominación de unos agentes sobre otros.

Foucault afirma que el poder, lejos de concentrarse en el poder del Estado, circula como micropoderes o microfísicas (Foucault, 1992b, 2003). En otras palabras, el poder no se encuentra en manos de una persona o grupo particular -por ejemplo, la clase capitalista-, sino que se ejerce de manera relacional y transversal a todo el cuerpo social. De ahí que analice las diversas formas de ejercicio del poder y las posibilidades de oponerse a él, en tanto, como indica, donde existe el ejercicio de poder, existe, a su vez, oposición y antagonismo a ese poder (Foucault, 1996a: 64; Sauquillo, 1987: 196-198).

En resumen, existe una diferencia en la definición del poder entre el enfoque marxista (en particular, el más ortodoxo) y el enfoque foucaultiano. Mientras que en la teoría de Marx y Engels el poder se concentra en el Estado, en tanto «máquina para la opresión de una clase por otra»,2 en la teoría de Foucault el poder no es ejercido de manera macro por el Estado capitalista sobre el obrero, sino que se trata de un poder micro (por lo general no observable), que circula a través de las instituciones y las prácticas. De ahí que Foucault no se centre en el examen de la violencia de la clase capitalista que mediante la propiedad privada esclaviza a la clase obrera, sino que analiza la circulación del poder en instituciones como los hospitales, los manicomios, las escuelas y las cárceles. Como dijimos, ello se debe a que en toda relación social hay siempre relaciones de poder, es decir, que toda relación entre los hombres es política.

La lucha política no consiste en la revolución social, sino que se realiza en las microprácticas institucionales

Desde el enfoque de Marx, el objetivo de la lucha proletaria es la lucha revolucionaria contra la supremacía del capital. En ese contexto, la meta principal consiste en tomar el poder mediante la destrucción violenta del Estado, en tanto éste garantiza la dominación de clase y, por tanto, la explotación salvaje del capital sobre el trabajo (Marx y Engels, 2001). Para Foucault, en cambio, la lucha violenta contra el sistema capitalista se transforma en una lucha contra las diversas formas de dominación en las relaciones sociales, los diversos micropoderes que se hallan en las instituciones (hospitales, escuelas, manicomios, cárceles) y que permiten la perpetuación de los mecanismos de dominación gubernamental (Bidet, 2006: 15 y ss.). En efecto, si toda relación social tiene relaciones de poder inherentes, para Foucault no alcanza con la lucha revolucionaria contra el aparato del Estado, por lo que hay que situar la lucha en las microprácticas de poder (Foucault, 1992b). En sus palabras: «Es sin duda prudente no tratar acerca de la racionalización de la sociedad o de la cultura como un todo, sino analizar ese proceso en varios dominios, que se arraigan cada uno de ellos en una experiencia fundamental: locura, enfermedad, muerte, crimen, sexualidad, etc.» (Foucault, 1996a: 19).

Se trata, entonces, de una lucha en y por el discurso y una lucha en y por las prácticas microscópicas de dominación del sistema. En ambos campos, que en Foucault se encuentran separados,3 existen diversos mecanismos de disciplinamiento de la sociedad, variados discursos y prácticas que imponen a los individuos cómo pensar, qué decir, cómo actuar y cuándo hablar. Estas microprácticas y discursos son los que representan, precisamente, el principal objeto de la lucha política4 (Foucault, 1973, 1992b, 1996b, 2003).

Desde el enfoque foucaultiano, se puede apreciar que el objeto de la lucha no es la revolución social por la vía violenta, ni siquiera la oposición posmoderna a todos y cada uno de los principios de la Modernidad, al estilo Nietzsche o Lyotard, sino más bien -en continuación y profundización del trabajo inicial de Kant en la Crítica de la razón pura—, en la realización de una ontología del presente, esto es, «un pensamiento crítico que tomará la forma de una ontología de nosotros mismos» (Foucault, 1996b: 82 y ss.). De lo que se trata, en ese sentido, no es guiarse por la razón kantiana para salir de la minoridad, ni mucho menos de «sacralizar el momento que pasa para intentar mantenerlo o perpetuarlo», sino más bien de efectuar una «reactivación permanente de una actitud», un «ethos filosófico que se podría caracterizar como crítica permanente de nuestro ser histórico» (Foucault, 1996b: 87-103). En este contexto, Foucault recomienda dejar de lado la alternativa entre estar por o contra los principios de la Ilustración, para situarse en los márgenes de la Modernidad y así criticar e intentar traspasar sus límites impuestos. En lugar de defender lo que se presenta como universal, necesario y obligatorio, ahora el fin del intelectual reside en señalar su singularidad, contingencia y arbitrariedad. En sus palabras:

Se debe evitar la alternativa del afuera y del adentro; hay que estar en las fronteras. La crítica es en verdad el análisis de los límites y la reflexión sobre ellos. Pero si la cuestión kantiana era saber qué límites debe renunciar a franquear el conocimiento, me parece que la cuestión crítica hoy debe ser invertida como cuestión positiva: en lo que nos es dado como universal, necesario, obligatorio, cuál es la parte de lo que es singular, contingente y debido a coacciones arbitrarias. Se trata, en suma, de transformar la crítica ejercida en la forma de la limitación necesaria en una crítica práctica en la forma del franqueamiento posible (Foucault, 1996b: 104).

Foucault concluye que la crítica ya no buscará más «estructuras formales que tengan un valor universal», así como tampoco «la pretensión de escapar del sistema». Se debe incentivar, más bien, una «investigación histórica» que permita dar cuenta de los «acontecimientos que nos condujeron a constituirnos, a reconocernos como sujetos de lo que hacemos, pensamos, decimos». Al igual que Kant, pero en un sentido radical, se trata de un análisis que permita «extraer de la contingencia que nos hizo pensar ser lo que somos, la posibilidad de ya no ser, hacer o pensar lo que somos, hacemos o pensamos» (Foucault, 1996b: 104-105 y ss.).

El poder es inextinguible

Según el enfoque de Marx, la sociedad está dividida en dos clases antagónicas: el proletariado y la burguesía. Desde esta teoría, una vez que se lleva a cabo la lucha revolucionaria y se destruye el Estado, las clases sociales desaparecen para siempre, y con ello la propia política. En otras palabras, aunque en la teoría de Marx existe una fuerte reivindicación de la política en tanto presencia de antagonismos constitutivos y lucha de poder, en su parte final, como lo han señalado algunos enfoques críticos de su obra (Laclau y Mouffe, 1987; Laclau, 1996), se encuentra una eliminación lisa y llana del mismo en pos del libre desenvolvimiento espontáneo de los hombres.

Si bien no podemos extendernos al respecto, cabe señalar que diferentes teóricos situados en el campo del estructuralismo (Lefort, 1990) y el postestructuralismo (Derrida, 1989, 1995) han insistido en la falacia de creer que las clases sociales se pueden extinguir en la sociedad comunista.5 Uno de estos pensadores que no creían que se pudiera alcanzar una sociedad sin clases y, por tanto, sin relaciones de poder y dominación entre los hombres, era precisamente Foucault (Bidet, 2006). En efecto, vimos con anterioridad que en toda relación social existen relaciones de poder que resultan inherentes. Para Foucault no puede existir una sociedad en la que desaparezcan o se extingan para siempre las clases, en tanto que la política desaparecería en su especificidad. Como hemos señalado, la política, como poder circulante que atraviesa todos los discursos y prácticas, se encuentra en todas partes y nunca puede desaparecer por completo. En pocas palabras, todo es político.6 En ese sentido, siempre habrá resistencia y, por tanto, lucha y confrontación (Sauquillo, 1987: 198).

Lineamientos teóricos y aplicaciones prácticas del enfoque foucaultiano

La teoría de Foucault analiza, como dijimos, los micropoderes que circulan en el orden social. Por ello, el pensador francés afirma que todo saber implica poder y todo poder, un saber específico. En otras palabras, todo discurso está atravesado por relaciones inherentes de poder. Sin embargo, para ejercer ese poder se requiere un saber específico que le otorgue una autoridad fundada y legitimada. Así, saber y poder son dos caras de una misma moneda. En palabras de Foucault:

Hay que admitir más bien que el poder produce saber (y no simplemente favoreciéndolo porque lo sirva o aplicándolo porque sea útil); que poder y saber se implican directamente el uno al otro; que no existe relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo unas relaciones de poder. Estas relaciones de «poder-saber» no se pueden analizar a partir de un sujeto de conocimiento que sería libre o no en relación con el sistema del poder; sino que hay que considerar, por lo contrario, que el sujeto que conoce, los objetos que conoce y las modalidades de conocimiento son otros tantos efectos de esas implicaciones fundamentales del poder-saber y de sus trasformaciones históricas (Foucault, 2003: 19).

Tenemos, entonces, por un lado, que en toda relación social existe una relación de asimetría de poder y, por el otro, que ese poder se halla intrincado con un campo de saber. Ahora bien, lo que agrega Foucault es que ese saber se encuentra legitimado por diversas disciplinas particulares y sus respectivas instituciones. Así, por ejemplo, la disciplina científica de la economía tiene una fuente de legitimidad que proviene básicamente de un tipo de conocimiento que apela a la superioridad de las matemáticas; de manera más específica, apela a la presunta superioridad que le confieren las ecuaciones y herramientas como la econometría y las estadísticas. Estas técnicas le otorgan, en este caso a la economía como disciplina, un principio fuerte de legitimidad, en tanto no permiten la discusión racional frente a lo que se entiende contiene una descripción objetiva y neutral que muestra de manera no ideológica la realidad. Este fenómeno es lo que se conoce en las ciencias sociales y humanas como objetividad. Esta presunta objetividad garantiza, desde este enfoque, lo que conocemos como la verdad. Decimos, entonces, que es una verdad probada que uno es igual a uno mismo, del mismo modo que decimos que la ley de gravedad lleva de manera inevitable los objetos al suelo, o que existen leyes objetivas que determinan la oferta y la demanda en un punto de equilibrio, tal como señala el paradigma neoclásico de teóricos como Vilfredo Pareto y Leon Walras y sus continuadores neoliberales Friedrich Hayek y Milton Friedman (Gómez, 2003).

Se puede apreciar, entonces, de qué modo la ciencia otorga un principio de legitimidad racional y no discutida al discurso y a las prácticas consideradas científicas. Ahora bien, lo que señala Foucault -en este punto tendrá seguidores como el sociólogo francés Pierre Bourdieu (1984), y sobre todo el análisis inicial de Jean Francoise Lyotard sobre las condiciones del saber (Lyotard, 1992)-, es que la disciplina científica posee siempre, además de un discurso, una institución que le garantiza y da apoyo a esa legitimidad. En este caso, es la universidad, y, específicamente, los títulos académicos los que garantizan ese saber objetivo.

Así, si volvemos a nuestro ejemplo, los economistas, en tanto técnicos portadores del saber, pueden señalar que lo que dicen refleja la verdad objetiva de las cosas, ya que poseen un título de economistas que los avala, y éste está respaldado, a su vez, en un conocimiento y una institución legitimante.7

¿Qué es lo que señala Foucault acerca de estas disciplinas e instituciones? Afirma -como dijimos-, que en cada una de ellas existen relaciones de poder y asimetrías que resultan inherentes y, por lo tanto, constitutivas. Es decir, que donde parece haber sólo ejercicio del saber, existe además un necesario ejercicio del poder. A su vez, ese poder se encuentra legitimado en aquel saber, supuestamente superior: el saber científico y objetivo de las ciencias físico-matemáticas -que ya había criticado Lacan (2005, 2008)- y que le otorga un principio de legitimidad y justificación política para ejercerlo.

Para Foucault -en este punto encuentra de nuevo a Lacan como antecedente inmediato-,8 estas coacciones son puramente arbitrarias y contingentes. En efecto, aunque se presentan como libres del poder, dependen sólo de una voluntad de poder que se trasmuta en un saber verdadero (Foucault, 1973). En este contexto, en el que señalara mucho antes Nietzsche, la objetividad y neutralidad valorativa que durante siglos ha perseguido el pensamiento occidental racionalista no es más que un mito, Foucault afirma que «en lo que concierne al saber, que se renuncie a la oposición de lo que es ‘interesado’ y de lo que es ‘desinteresado’, al modelo del conocimiento y a la primacía del sujeto» (Foucault, 2003: 19).

Ante la ausencia de un sujeto trascendental como el que pretendía fundar el Iluminismo desde el siglo xvi, la propuesta metodológica de Foucault, que desarrolló en particular en trabajos como El orden del discurso, consiste en analizar las «condiciones de las que dependen» esos discursos míticos, esto es, desde dónde dicen los saberes aquello que dicen, qué coacciones ejercen; o bien, cómo se han formado y desarrollado históricamente. Mientras que en el primer caso se trata de un análisis crítico, en el segundo se trata más bien de un trabajo de genealogía (Foucault, 1973).

Ejemplos de análisis crítico

Así pues, existen dos grandes modalidades de análisis desde el enfoque teórico de Foucault:9 se analizan de manera crítica las «condiciones sociales de producción» y legitimación del poder, postura que es asumida por pensadores como Pierre Bourdieu (1984) y Eliseo Verón10 (1987), entre otros, o se examina la genealogía histórica de las formas que adquiere esa aplicación del poder. Comencemos por el primero de esos métodos. Para ello, quizás resulte pertinente retomar el análisis del discurso del saber. Vimos ya que desde el enfoque foucaultiano, el discurso de la ciencia debe ser entendido como un discurso que se encuentra impregnado de relaciones de poder. En su conferencia del 2 de diciembre de 1970, publicada bajo el nombre de El orden del discurso, Foucault afirma que «en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad» (Foucault, 1973: 11). A partir de esa premisa, el filósofo-sociólogo-historiador francés analiza lo que denomina los tres procedimientos de exclusión del discurso (Foucault, 1973: 11-15 y ss.):

1. La oposición verdadero-falso. La disciplina de la ciencia permite decir que lo que lo que dice el poder es verdad y lo que dicen otros discursos es completamente falso. En palabras de Foucault, permite «la asignación a cada cual de su ‘verdadero’ nombre, de su ‘verdadero’ lugar, de su ‘verdadero’ cuerpo y de la ‘verdadera’ enfermedad» (Foucault, 2003: 120). Por ejemplo, se señala que debido a que los técnicos poseen el conocimiento superior (otorgado por la institución universidad y la ciencia objetiva de las matemáticas) son dueños de la verdad. Por tanto, los que no tienen ese saber-poder son acusados de expresar falsedades. Así, se excluye al otro porque no tiene el saber suficiente. En la misma línea, el saber verdadero del médico le permitió decir a éste durante los siglos XVI a XIX que la homosexualidad era una verdadera enfermedad que debía ser atacada y perseguida por ser una conducta antinatural.

2. La oposición razón-locura. Desde el poder se señala -siempre se ha señalado- lo que debe ser considerado razonable o una locura. De este modo, mediante las instituciones (de derecho, medicina, economía) se determina que el que piensa diferente es un loco y debe ser excluido. Por ejemplo, desde la Edad Media la psiquiatría y el derecho han dictaminado quién debe ser considerado un loco y quién no, impidiéndoles que su discurso circule al igual que el de los otros, y debido a ello se les excluye de votar, testimoniar ante la justicia, firmar un contrato, etcétera (Foucault, 1973: 13). En la misma línea, durante siglos el poder-saber científico permitía la exclusión binaria del leproso o del homosexual del seno de la comunidad por considerárselo peligroso, loco o anormal, frente a lo que era considerado no loco, inofensivo y normal (Foucault, 2003: 120). En ambos casos, ha sido la misma lógica evolucionista, que tiene su principal fuente de origen en la teoría evolucionista de Charles Darwin, la que terminó por justificar (léase legitimar), bajo una presunta cobertura científica, el discurso y las prácticas racistas, la necesidad de las guerras de colonización y la exclusión de los fenómenos de la locura y la enfermedad mental (Foucault, 1992a: 266).

3. La oposición prohibido-permitido. Como afirma Foucault, existen procedimientos que determinan aquello que está prohibido, que determinan que «no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin, no puede hablar de cualquier cosa» (Foucault, 1973: 12). En ámbitos como la sexualidad y la política, y cada vez en mayor medida en temas como la muerte (Foucault, 1992a: 256), hay cuestiones que no se pueden hablar: constituyen temas tabú. Por ejemplo, desde el saber biológico que garantiza la ciencia se prohibió durante siglos la masturbación por ser considerada anormal, o bien se condenó la homosexualidad, tal como era tan común en los primeros tiempos modernos,11 por ir en contra de la ley de la naturaleza que une por fuerza sólo a sexos opuestos. En ambos casos, es el saber científico, que por supuesto oculta su relación directa e intrínseca con el poder, el que permite estas prohibiciones y condenas y privilegia, a su vez, su propio discurso enunciativo (Foucault, 1973: 12; Lyotard, 1992).

Estos tres procedimientos de exclusión del discurso, que de ningún modo se excluyen entre sí, son, para Foucault, puramente arbitrarios y contingentes, en tanto dependen de una coacción discursiva e institucional que los impone por la fuerza. En palabras del teórico francés, se trata de:

Separaciones que son arbitrarias desde el comienzo o que cuando menos se organizan en torno a contingencias históricas, que no sólo son modificables, sino que están en perpetuo desplazamiento; que están sostenidas por un sistema de instituciones que las imponen y las acompañan en su vigencia y que finalmente no se ejercen sin coacción y sin una cierta violencia (Foucault, 1973: 15).

En ese contexto, concluye, se trata de analizar la voluntad de verdad que atraviesa ese tipo de discursos a lo largo de la historia, cómo estos discursos se apoyaron históricamente y se vieron reforzados, a su vez, por una «densa serie de prácticas como la pedagogía, como el sistema de libros, la edición, las bibliotecas, como las sociedades de sabios de antaño, los laboratorios actuales» (Foucault, 1973: 15-18). Esto nos lleva, entonces, al segundo de los métodos propuestos por el autor: el análisis genealógico.

Ejemplos de análisis genealógico

El análisis genealógico, a diferencia del análisis crítico, se refiere a un tipo de estudio de carácter histórico, o más bien, diacrónico, que, sin pretender una búsqueda de «estructuras formales que tengan un valor universal», se centra en las características y especificidades que definen a los diversos mecanismos y técnicas de disciplinamiento social existentes (Foucault, 1973, 1996b: 104). El antecedente, por supuesto, es la Genealogía de la moral nietzscheana, donde se señalaba la necesidad de dar cuenta de la racionalidad como estructura de dominación y poder12 (Foucault, 1992b; Sauquillo, 1987: 185-189). Tomando partido por ese análisis centrado en las relaciones microscópicas de poder y dominación, en el libro Vigilar y castigar Foucault (2003) realiza, por ejemplo, un profundo análisis de tipo genealógico de las prisiones. Ahí se centra en los «procedimientos de castigo, de vigilancia, de pena y de coacción» (Foucault, 2003: 20 y ss.). En específico, hace hincapié en un profundo análisis de la pluralidad de «coacciones, interdicciones u obligaciones» ejercidas sobre el cuerpo (Foucault, 2003: 83).

Señala en ese trabajo que en los tiempos premodernos el poder disciplinario -definido como los «métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad» (Foucault, 2003: 83)- se ejercía mediante la violencia desde el Estado (por ejemplo, encarcelando y aislando a los ladrones). Por el contrario, en la época conocida como la Modernidad, de los siglos XVII a XX, el poder se extiende y ejerce de forma más sutil. Si antes se buscaba encerrar a los delincuentes y se trataba a los individuos como un cuerpo indiferenciado, en la actualidad se pretende trabajar a cada sujeto de forma individualizada y mediante un método de control sutil sobre su cuerpo activo y el detalle de sus movimientos:

En primer lugar, la escala del control: no estamos en el caso de tratar el cuerpo, en masa, en líneas generales, como si fuera una unidad indisociable, sino de trabajarlo en sus partes, de ejercer sobre él una coerción débil, de asegurar presas al nivel mismo de la mecánica: movimientos, gestos, actitudes, rapidez; poder infinitesimal sobre el cuerpo activo. A continuación, el objeto del control: no los elementos, o ya no los elementos significantes de la conducta o el lenguaje del cuerpo, sino la economía, la eficacia de los movimientos, su organización interna; la coacción sobre las fuerzas más que sobre los signos; la única ceremonia que importa realmente es la del ejercicio (Foucault, 2003: 83).

En ese contexto de creciente individualización y control, se apela desde el poder al mecanismo del panóptico (Foucault, 2003: 118 y ss.). Se trata, a grandes rasgos, de un tipo de vigilancia externa que controla, inspecciona y analiza posibles sanciones a los individuos mediante diversas luces ubicadas en una torre central, que impide que aquellos puedan ver y saber quién, cuándo y cómo se les observa. En palabras de Foucault, este tipo de mecanismo de control funciona como una «vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente, capaz de hacerlo todo visible, pero a condición de volverse ella misma invisible» (Foucault, 2003: 129).

Lo importante de esta metodología de disciplinamiento y control corporal, de estos procedimientos de normalización, en los términos de Foucault (1992b: 154), es que el sujeto se sabe vigilado y que siempre corre el riesgo de ser castigado. En esta situación, como destaca el teórico francés, «la disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos ‘dóciles'» (Foucault, 2003: 83) para el control y la reproducción del sistema. En otras palabras, se trata de un mecanismo que mediante sus métodos de control, individualización y sanción normalizadora «fabrica efectos homogéneos de poder» (Foucault, 2003: 122), que resultan plenamente funcionales a la obediencia, y por lo tanto, a la dominación social.

En sus trabajos acerca de los hospitales -también podemos incluir aquí sus exhaustivos análisis sobre la sexualidad y las escuelas-, Foucault continúa con este análisis genealógico de los discursos y las prácticas institucionales. Afirma que los mecanismos de la máquina panóptica no se limitan a las prisiones, sino que el orden policial se extiende y prolonga desde el poder del Estado central represor del siglo xvi a instituciones psiquiátricas, hospitales, escuelas. En efecto, la policía ya no busca perseguir a los delincuentes para encerrarlos de por vida, sino que ahora «se persigue el adiestramiento minucioso y concreto de las fuerzas útiles» (Foucault, 2003: 130-131). En otras palabras, el control, individualización y disciplinamiento no tiene como fin principal la persecución policial de los maleantes que cuestionan el orden soberano, sino que se instituyen diversas técnicas con el objeto máximo de «garantizar la ordenación de las multiplicidades humanas» y, de este modo, «aumentar a la vez la docilidad y la utilidad de todos los elementos del sistema» (Foucault, 2003: 131-132).

En esta condición de creciente disciplinamiento social, Foucault se refiere a cómo los pacientes psiquiátricos son controlados y disciplinados mediante la selección, distribución y aplicación de remedios o drogas que los normalizan para hacerlos funcionales al sistema de dominación: se les fijan horarios determinados para despertar, comer y dormir, se les evalúa de manera constante, etcétera. Del mismo modo, los alumnos de las escuelas son normalizados mediante los exámenes, las reglas de convivencia y la instrucción cívica, mientras que los presos y los mendigos son controlados mediante diversas tácticas de antideserción, antivagabundeo y antiaglomeración (Foucault, 2003: 87 y 124). En todos los casos, se trata de generar un arte del cuerpo humano, una constante generación de nuevos y cada vez más perfeccionados mecanismos de individualización y selección personalizada, con el objeto de controlar el comportamiento de los individuos para hacerlos eficaces a la economía del sistema. En términos de Foucault, se trata de «una política de las coerciones que constituyen un trabajo sobre el cuerpo, una manipulación calculada de sus elementos, de sus gestos, de sus comportamientos» (Foucault, 2003: 83).

En la misma línea genealógica, en su trabajo ¿Qué’ es la Ilustración?, de 1983, Foucault analiza de nuevo la genealogía de ejercicio del poder, pero centrándose en los mecanismos de control desde el poder estatal. Entonces, señala cómo fueron cambiando estas formas de ejercicio del poder en el transcurso de la historia. En los primeros tiempos, con la filosofía de Platón, Aristóteles y san Agustín, el Estado buscaba el bien común y la justicia. La política era entendida como la búsqueda del bien común, esto es, el bien de la polis. A partir de la etapa histórica conocida como la Modernidad, en cambio, se pretende cada vez en mayor medida la normalización, es decir, lo que hoy día llamamos la gobernabilidad o gobernanza del sistema (Bidet, 2006), y que Foucault denomina el orden policial13 (Foucault, 1996a: 52). Si antes el objetivo del Estado consistía en buscar el bien de la comunidad, ahora la policía, entendida no como una institución sino como una «técnica de gobierno propia del Estado», busca individualizar a la sociedad, controlarla y evitar todo tipo de conflictos sociales en cada uno de los espacios sociales. En otras palabras, se busca disciplinar a la sociedad mediante diferentes estrategias de control y vigilancia social (como la dispersión de aglomeraciones, etcétera) que tienen como razón principal el mantenimiento del orden público y, por lo tanto, de la dominación del propio Estado (Foucault, 1996a: 46-66). Como señala Foucault en Vigilar y castigar, de lo que se trata ahora es de fabricar cuerpos sometidos de manera homogénea y, por lo tanto, cuerpos dóciles para el funcionamiento del sistema (Foucault, 2003). De este modo, como lo ha analizado en detalle Giorgio Agamben, el orden político o biopolítico de los individuos pasa a ocupar el lugar dominante en las características que definen a los Estados modernos.

El análisis genealógico de las diversas formas que adquiere la biopolítica es, precisamente, el que Foucault retoma en su excelente análisis del racismo (1992a). En ese trabajo señala que existe un vínculo estrecho entre la teoría biológica del siglo xix y el discurso del poder que se ha mantenido presente hasta la actualidad; éste consiste en una forma de biopoder caracterizada por la legitimación del dominio a partir de la teoría evolucionista planteada en un inicio por Darwin. De esta forma, si hasta el siglo xix el poder de soberanía tenía la función de hacer morir y dejar vivir, a partir de entonces se le complementa con una nueva modalidad, contraria, en tanto se busca hacer vivir y dejar morir (Foucault, 1992a: 247-249). Desde este tipo de discurso biologicista, que se ha hecho famoso a partir de la teoría spenceriana del darwinismo social, se ha señalado que se debe eliminar a las razas inferiores como único método de garantizar la vida de la propia identidad. En otras palabras, se afirma, como ha sido patente en el caso del discurso racista del nazismo, que se debe aniquilar a los judíos, ya que constituyen un peligro biológico que pone en cuestión a la propia especie (raza aria) (Foucault, 1992a: 263-265).

En ese contexto, que termina por legitimar el derecho a matar a las razas inferiores, se puede observar que ya no se trata tanto, como en el análisis de las prisiones de los siglos XVII y XVIII, de las formas y procedimientos que adquiere el Estado para vigilar, controlar y disciplinar a los cuerpos, sino que se impone ahora una nueva «tecnología no disciplinaria del poder», centrada en mayor medida en las formas de disciplinar las vidas de los hombres. Estas formas de masificación general de la especie humana en ámbitos como el nacimiento, la muerte, la producción y la enfermedad son, precisamente, las que Foucault denomina la biopolítica (Foucault, 1992a: 249-251).

Para pensar algunas categorías foucaultianas en la actualidad

En Vigilar y castigar, Foucault señala: «El problema actualmente está más bien en el gran aumento de importancia de estos dispositivos de normalización y toda la extensión de los efectos de poder que suponen, a través del establecimiento de nuevas objetividades» (Foucault, 2003: 187); en este sentido, siguiendo el análisis foucaultiano, ajeno a todo intento de no intervención en el campo de las luchas políticas y sociales, resulta pertinente indagar ahora en algunos ejemplos de aplicación de estos tipos de discursos y prácticas disciplinadoras y normalizadoras en las instituciones contemporáneas. Para ello, nos centraremos en el caso argentino, aunque resulta evidente que esto se extiende hacia otros casos similares que continúan en la misma lógica disciplinaria.

Si pensamos, por ejemplo, en la época de la última dictadura militar argentina (1976-1983), podemos observar su pertinencia para dar cuenta de algunas de estas formas de disciplinar a la sociedad. En efecto, como lo ha puesto de manifiesto Guillermo O’Donnell (1984), durante los años setenta circulaba en la sociedad un tipo de discurso que, trascendiendo la represión física desde el Estado -lo que nos retrotraería sólo a la pura represión desde arriba al estilo marxista ortodoxo-, señalaba de qué modo había que vestirse, presentarse ante la sociedad, pensar. Debemos tener en cuenta que no sólo desde el Estado, sino también desde la propia sociedad civil, se afirmaba con insistencia que había que tener el pelo corto, afeitarse, usar faldas o pantalones largos, vestir prendas de colores poco llamativos, etcétera. En la misma línea, en aquel entonces circulaba la famosa frase: no te metas o algo habrán hecho, para culpar a las víctimas y legitimar, así, la represión y la violencia sistemática del Estado contra los grupos subversivos, aquellos parási-30 tos que cuestionaban el orden social occidental y cristiano (O’Donnell, 1984; Barros, 2002). De este modo, lo que se pone de manifiesto es la presencia de una pluralidad de discursos y prácticas políticas que tenían el fin de mantener a la sociedad disciplinada y en orden. Pero, además, se puede observar que los mecanismos de disciplinamiento y control social no sólo dominaban mediante la pura fuerza física, tal como lo creía el marxismo tradicional, sino también mediante el consenso y la presión social, tal como ha sido señalado de manera temprana por el funcionalismo durkheimiano y analizado luego, desde un enfoque opuesto, por Gramsci (1977) y más adelante por Althusser (1988).14 Del mismo modo, se puede observar que las formas de violencia social no sólo provenían desde el poder estatal y su burocracia, sino que existían tendencias autoritarias, despóticas y paranoicas que circulaban de manera relacional e intersticial por toda la sociedad.

Retomando los términos de Foucault, se trataba de mecanismos de exclusión del discurso, que separaban aquello que estaba permitido (usar pelo corto), de aquello que estaba terminantemente prohibido (usar pelo largo y aritos). A su vez, implicaba un tipo de exclusión de aquel sujeto que no se disciplinaba, que podía ser acusado de ser un loco15 o un anormal (el hippie drogón o subversivo, se le denominaba), mientras que el que obedecía a los patrones dominantes impuesto por la moral occidental y cristiana era considerado normal. De todos modos, lo más interesante es que se trataba de un discurso que, como lo ha puesto de manifiesto Guillermo O’Donnell, atravesaba como un puñal las prácticas sociales de la sociedad a través de los kapos, preceptores, maestros, jefes, padres, que reproducían el discurso disciplinador dominante. Es decir, que los mecanismos de normalización y disciplinamiento no se limitaban a la pura represión estatal, lo que no implica desconocerla,16 sino que se extendía además al pathos autoritario ubicado dentro de la propia sociedad (O’Donnell, 1984).

Continuando con el ejemplo argentino, si nos situamos ahora en los años noventa, ya con el retorno de la democracia como régimen político, se puede pensar de nuevo en los diversos mecanismos de exclusión discursiva de aquel que pensaba diferente. Así, durante la vigencia del uno a uno, en especial durante los primeros años, no podía decirse que el Plan de Convertibilidad (que fijaría una paridad de uno a uno de la moneda nacional con el dólar a partir de 1991) era una ficción, porque aquel que lo hacía era inevitablemente excluido del discurso, ya sea por considerársele un loco, o bien por decir una falsedad que no tenía asidero en la realidad objetiva que se hacía presente en la práctica cotidiana. En la misma línea, nadie podía decir en la década de los noventa, en pleno auge de las reformas neoliberales en el ámbito mundial, que las privatizaciones eran nocivas y que debía o al menos podían reestatizarse las empresas públicas, en tanto había un fuerte discurso de disciplinamiento social que impedía expresar esas ideas (Fair, 2009).

Como señala Foucault, los mecanismos de disciplinamiento «tienden a ejercer sobre los otros discursos una especie de presión y como un poder de coacción» (Foucault, 1973: 18). En la década de los noventa, con la caída del régimen soviético y el auge mundial del pensamiento único neoliberal, existía, en efecto, una fuerte presión social por conformarse al orden impuesto que excedía el orden directamente estatal, por un lado, y el orden directamente coercitivo, por el otro. Es decir, la presión social no se ejercía sólo mediante la represión del Estado a través de sus órganos policiales (como la policía y las fuerzas armadas). Se trataba, en cambio, de una dominación centrada en gran medida en el campo consensual o ideológico, esto es, en el campo de lo simbólico, un tipo de poder social imaginario que, con la ayuda de los grandes poderes y saberes, impedía a la sociedad oponerse (no se puede hacer nada, no hay alternativas, no hay recursos suficientes) y decir, por ejemplo, que la convertibilidad era una ficción, o que había que aplicar reformas sociales para garantizar un principio de distribución económica equitativa y solidaria diferente a la lógica instrumental dominante del régimen neoliberal.

También se puede pensar, en un ejemplo más actual, en la uniformización que se impone desde los principales centros de poder mundial de incorporarse a la moda ofrecida por el sistema. En este caso, en el que todos deben utilizar determinada ropa de marca para pertenecer y comportarse de manera idéntica, la sociedad se disciplina de manera uniforme17 (Borón, 1999). Mediante estos mecanismos, no plenamente coercitivos, de disciplinamiento social, se termina por normalizar al que tiene tal ropa o peinado y se excluye al que viste o se peina diferente, ya sea dejándolo de lado o apartándolo de un grupo de pertenencia determinado, con burlas por vestir, por ejemplo, ropa pasada de moda o antigua, o con la exclusión lisa y llana de lugares como los antros, en México, o boliches, en Argentina, por ejemplo, por no estar bien vestido, o tener un color de piel ajeno al patrón dominante de los sectores dominantes de origen blanco y europeo. Se deja de lado, así, la funcionalidad que adquiere esta lógica para la permanencia y reproducción del sistema como tal, lo que no implica, por supuesto, otorgarles a los actores una racionalidad total y completa.18

Finalmente, resulta interesante retomar de nuevo el discurso del saber científico. Si analizamos este tema desde el enfoque genealógico, entonces deberemos dar cuenta de los diversos pasos por los que atravesó este tipo de discurso a través de la historia. Así, podríamos ver, a partir de un análisis de tipo diacrónico, que desde Platón en adelante el discurso de los filósofos rey garantizaba la verdad en sí a través de su saber superior y objetivo, y que luego ese saber fue ocupado, al calor de los desarrollos científicos e industriales, por la lógica formal matemática (Lyotard, 1992). Del mismo modo, se puede señalar, como lo hace Foucault, de qué modo el autor que en la Edad Media era símbolo indicador de la veracidad de una obra, desde el siglo XVII esta función ha perdido importancia en el campo de la ciencia en pos de la primacía absoluta de los enunciados verdaderos carentes de la enunciación (Foucault, 1973: 16-17 y 24-25). En ese contexto, se podrían analizar las mutaciones del discurso de la verdad desde los inicios de la Modernidad hasta llegar finalmente al discurso de los tecnócratas o economistas neoliberales, surgidos en la década de los cincuenta (Camou, 1997), indagando en sus pretensiones de legitimar y validar su discurso, al igual que el filósofo rey platónico, a través de su supuesto saber superior y objetivo de sus enunciados denotativos.

Aunque ambos tipos de análisis, como se puede apreciar, no resultan incompatibles entre sí, e incluso Foucault recomienda su complementariedad (Foucault, 1973: 55), la visión cambia si nos centramos en el tipo de estudio crítico que recomienda también el teórico francés. Desde este enfoque, el análisis implicaría dar cuenta de la modalidad de enunciación de, en este caso, el discurso del saber técnico, esto es, desde donde dicen lo que expresan los economistas situados dentro de esta matriz dominante. Así, se podría señalar que los técnicos del Fondo Monetario Internacional y los integrantes de las fundaciones (thinks tanks) liberales, al igual que los inversores y calificadoras de riesgo, apoyaron la aplicación de las reformas neoliberales como un método para beneficiarse y beneficiar económicamente a los principales centros de poder político y económico. Aunque no resulta de nuevo excluyente, tal como lo muestra el sociólogo Pierre Bourdieu en sus trabajos sobre el tema (Bourdieu, 1984, 1999), otra línea de análisis, centrada en mayor medida en las condiciones de enunciación discursiva, puede señalar, por su parte, que este tipo de discurso permitía legitimar la aplicación de las reformas de mercado mediante un tipo de saber superior y científico, garantizado por la ciencia matemática, un saber objetivado mediante los títulos académicos y la aplicación del conocimiento de las estadísticas. En ese contexto, se pueden analizar también, en la línea de los análisis inaugurados por Lyotard (1992), los mecanismos de exclusión de este tipo de discurso tecnocrático, que sostenía que el que se oponía a 34 las reformas de mercado era un antiguo o un atrasado, o que ir en contra de este tipo de discurso en la década pasada era ser considerado un loco, o al menos alguien que desconoce o no logra comprender la verdadera realidad mundial de modernización e interconexión mundial.19

Desde otra perspectiva, podemos analizar también las características que asumen las prácticas y discursos en las instituciones actuales. Así, se puede dar cuenta de los nuevos mecanismos de control y vigilancia, tales como la predominancia de las cámaras ocultas en los centros comerciales y supermercados, así como diferentes instituciones que vigilan y controlan de manera constante a los individuos en escuelas, hospitales, prisiones e incluso mediante la proliferación de cámaras ocultas en las calles. En ese contexto, como lo ha analizado de manera reciente Rod Burguess en su libro Fragmentación urbana y violencia urbana, se puede estudiar de qué modo en los últimos años de aplicación de las reformas neoliberales se incrementó la utilización de diversas tecnologías de vigilancia y control electrónica de las poblaciones, como los sistemas de televisión de circuito cerrados en espacios públicos y áreas residenciales, con el supuesto objetivo de combatir la violencia urbana. Se puede señalar, en ese sentido, el fuerte énfasis en el discurso del orden y a favor del encarcelamiento (en Gran Bretaña, por ejemplo, la población encarcelada se duplicó entre 1993 y 2003), que deja a un lado las problemáticas socioeconómicas (desigualdad de ingreso, pobreza, precarización laboral, desempleo), esto es, el abandono y la exclusión social generadas por la aplicación de las propias políticas neoliberales, que representan las verdaderas causas en las que debería buscarse el origen y motivación de la gran mayoría de este tipo de conductas indeseables (Burguess, 2008).

En ese sentido, se puede realizar, además, un análisis enunciativo del discurso subyacente a esas instituciones. Así, se puede observar la fuerza potente que adquiere en la actualidad el discurso en favor de la mano dura en los medios de comunicación y en los principales sectores de poder político.20 Puede pensarse, en este caso, la degradación, hasta límites insospechables, que se realiza de los maleantes, al punto tal de negarles en muchas veces su entidad como seres humanos, llevándolos al plano de defectos biológicos cuyo mal no respondería a su precaria situación económica, social y cultural, es decir, a la ausencia del Estado y a los escasos cuidados maternos, sino a cuestiones éticas trasladadas a un orden natural-biologicista con el objeto de otorgarles un principio de legitimidad científica: son los famosos malos ambrosianos por naturaleza que no tienen arreglo y sólo queda encerrarlos de por vida o bien, retomando muchas veces el discurso esencialista y biologicista del totalitarismo nazi (Zizek, 2002; Traversa, 2003), aquellos seres inferiores al ser humano, como vimos en el análisis genealógico de la biopolítica foucaultiana (Foucault, 1992a), deben ser eliminados por completo del seno de la comunidad para que ésta pueda continuar existiendo como tal (discurso de la pena de muerte o mano dura).21

Si, como señala Lyotard (1992), todo discurso requiere una legitimación científica que le otorgue un principio de validez, un análisis centrado en los mecanismos de legitimación discursiva de estas propuestas disciplinarias puede mostrar, en ese sentido, de qué modo se suele apelar con insistencia desde las disciplinas científicas a problemas de tipo genéticos o biológicos de los denominados delincuentes, es decir, a problemas netamente personales, en lugar de dar cuenta de los conflictos sociales subyacentes, o cómo en la actualidad se retorna cada vez en mayor medida a la idea premoderna de encerrar por tiempo indeterminado (reclusión perpetua) a la mayor cantidad de individuos (reducción de la edad de inimputabilidad), o bien de qué modo se insiste desde los núcleos de poder en la eliminación total de los delincuentes (pena de muerte), sin referirse a la necesidad de pensar las múltiples causas, muchas veces reactivas al poder proveniente de arriba, que llevaron a los individuos a ese estado de violencia social. Finalmente, un análisis crítico puede señalar también la funcionalidad que ejerce este tipo de discurso del orden, que en Argentina ha logrado triplicar la población en las cárceles en sólo 10 años (Pegoraro, 2008), en tanto se centra en la persecución y el encarcelamiento de los sectores marginados, los más perjudicados por los efectos perversos de las políticas neoliberales. De este modo, el Estado, a través del órgano policial, deja de perseguir «a los grandes delincuentes, a los poderosos, a los que producen y se benefician con la desigualdad y la inequidad social, que son precisamente los gestores de la producción y reproducción del orden social» (Pegoraro, 2008).

Conclusión

En el transcurso de este trabajo nos propusimos analizar los principales lineamientos que consideramos definían el pensamiento político del teórico francés Michel Foucault. Comenzamos indagando en su enfoque crítico acerca del marxismo. Pudimos apreciar, en ese sentido, que para Foucault, a diferencia de lo que sostiene la teoría inaugurada por Marx, al menos en su versión más ortodoxa, el poder no sólo se encuentra concentrado en el Estado, y en específico en el órgano policial, ni tampoco funciona sólo como garante de la dominación represiva del capital sobre el trabajo, sino que circula por toda la sociedad. Vimos que el poder no se ejerce sólo por la fuerza, sino que, como ya lo habían notado previamente Gramsci y Althusser, circula por toda la sociedad mediante diversos procedimientos o técnicas de exclusión, control y normalización discursiva e institucional que permiten disciplinar a la sociedad. Así, desde el poder se afirma que el heterosexual es normal, mientras que el homosexual es anormal; el profesional que tiene un título académico es el que sabe, el obrero es un ignorante; el científico dice la verdad objetiva, el trabajador no logra comprender la realidad. Al mismo tiempo, se apela desde el poder político a diversas técnicas de disciplinamiento que permiten individualizar y normalizar los cuerpos con el objeto de garantizar el funcionamiento del sistema de dominación social.

Este tipo de análisis centrado en las microfísicas del poder permite dar cuenta de las relaciones de poder intrínsecas a toda práctica y a toda organización. Pero, además, permite conocer de qué modo las microfísicas de poder apelan a la legitimación basada precisamente en el saber. Así, del mismo modo que en la relación maestro-alumno o científico-hombre común, existe una evidente asimetría de saber a favor de los primeros, aquellos que saben por sobre los que no saben. Esta asimetría de saber se trasmuta a su vez en una crucial asimetría de poder que coadyuva a la generación de diversas formas de ejercicio del disciplinamiento y dominación social. Finalmente, esas asimetrías de poder-saber se reproducen en las instituciones. Un ejemplo: una empresa exige a los empleados que registren su hora de entrada y salida, delimita los horarios para comer, etcétera, y lo mismo ocurre en los hospitales psiquiátricos, las cárceles y las escuelas.

En una segunda etapa del trabajo, indagamos acerca de las contribuciones teóricas de la obra de Foucault al análisis y comprensión de las nuevas formas de disciplinamiento, control y normalización de las sociedades contemporáneas. Para ello, señalamos, a partir de algunos ejemplos extraídos del caso argentino, las características y derivaciones prácticas de su análisis en clave crítica y genealógica. Según pudimos apreciar, mientras que el primero de los métodos resulta relevante para el análisis de las formas enunciativas que adquieren los discursos y las prácticas de disciplinamiento y exclusión social contemporáneas, el segundo método resulta pertinente para dar cuenta de un análisis diacrónico de los procesos de disciplinamiento, vigilancia y control institucional de los individuos a lo largo de la historia. De todos modos, como lo ha destacado Foucault, el análisis crítico y el genealógico «no son nunca separables, no hay, por una parte, las formas de rechazo, de la exclusión, del reagrupamiento o de la atribución; y después, por otra parte, a un nivel más profundo, el brote espontáneo de los discursos que, inmediatamente, antes o después, de su manifestación, se encuentran sometidos a la selección y al control». Como agrega a continuación, «entre las empresa crítica y la empresa genealógica la diferencia no es tanto de objeto o de dominio, como de punto de ataque, de perspectiva y de delimitación» (Foucault, 1973: 55). En ese sentido, desde el legado foucaultiano no se trata por fuerza de elegir entre uno o ambos métodos, sino de intentar complementarlos en el análisis, de dar cuenta tanto de la genealogía que configuró históricamente los discursos y las prácticas institucionales desde el saber-poder disciplinario y normalizador, como de la crítica a las condiciones de posibilidad y desarrollo de los discursos, de sus formas de enunciación y de las instituciones que garantizan su dominación, disciplinamiento y control social.

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Saussure, Ferdinand de, 1961 Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada.         [ Links ]

Solodkow, David, 2005 «Racismo y nación: conflictos y (des)armonías identitarias en el proyecto nacional sarmientino», en Decimonónica, vol. 2, núm. 1, verano, pp. 95-121, disponible en: <http://www.decimononica.org/VOL_2.1/Solodkow_V2.1.pdf>         [ Links ].

Tarcus, Horacio, comp. 2004 «Marx y el Estado», selección de textos de Carlos Marx y Federico Engels para la cátedra Teorías sociológicas del Estado, de la carrera de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, mimeo.         [ Links ]

Traversa, Enzo, 2003 La violencia nazi, Buenos Aires, FCE.         [ Links ]

Verón, Eliseo, 1987 La semiosis social, Barcelona, Gedisa.         [ Links ]

Zizek, Slavoj, 1992 El sublime objeto de la ideología, Buenos Aires, Siglo XXI Editores.         [ Links ]

––––––––––2002 ¿Quién dijo totalitarismo? Cinco intervenciones sobre el (mal) uso de una noción, Valencia, Pre-Textos.         [ Links ]

Notas

1 Aunque es cierto que en uno de sus trabajos iniciales Foucault destaca a Marx, junto con Freud y Nietzsche, como uno de los principales teóricos políticos que se han animado a criticar las ideas dominantes, destacando su arbitrariedad y su carácter eminentemente interpretativo (véase Foucault, 1995), en este trabajo dejaremos a un lado esta visión más subjetivista del pensador alemán, presente en textos como El 18 Brumario de Luis Bonaparte, para centrarnos en su visión más ortodoxa.

2 En realidad, aunque nunca se propuso realizar una teoría sistemática, a lo largo de su obra Marx elaboró varias definiciones acerca del Estado. Así, en algunos trabajos lo define de la siguiente manera: «Una organización creada por la sociedad burguesa para defender las condiciones externas generales del modo de producción capitalista de producción», mientras que en otras lo entiende como «El reflejo en forma sintética de las necesidades económicas de clase que gobiernan las formas de producción», «Una fuerza pública organizada para la esclavización social y el despotismo de clase», o bien, la más conocida: «Una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa». Al respecto, véase en particular Tarcus (2004).

3 Laclau le critica a Foucault la diferencia que realiza entre el discurso y las prácticas no discursivas, entendiendo que toda práctica sólo puede tener significado dentro de un discurso que le otorga su valor y sentido en su uso contextual particular. En ese contexto, que retoma las ideas de la pragmática wittgensteiniana, el teórico argentino se refiere a la noción de práctica discursiva para diferenciarse de la noción foucaultiana de formación discursiva (Laclau y Mouffe, 1987).

4 Hemos trabajado algunas de estas cuestiones presentes en la teoría foucaultiana desde un enfoque postestructuralista en Fair (2008).

5 Diferenciamos a Lefort de Derrida en razón de que el primero creía que existe un casillero vacío que nunca puede ser llenado plenamente (Lefort, 1990), un cuadro vacío, en los términos de Deleuze (1982: 590). Teóricos como Derrida y, sobre todo, Laclau señalan, en cambio, que ese casillero vacío puede ser llenado parcialmente. Así, la muerte del sujeto no significa la muerte total del sujeto, sino su posibilidad de encarnación parcial (Laclau, 1996, 2005).

6 Esta afirmación le ha valido la crítica de Ranciere, quien señala que «si todo es político, nada lo es. Si, por lo tanto, es importante mostrar, como lo hizo magistralmente Foucault, que el orden policial se extiende mucho más allá de sus instituciones y técnicas especializadas, es igualmente importante decir que nada es en sí mismo político, por el sólo hecho de que en él se ejerzan relaciones de poder». En ese contexto, para Ranciere, «para que una cosa sea política, es preciso que dé lugar al encuentro de la lógica policial y la lógica igualitaria, el cual nunca está preconstituido» (Ranciere, 1996: 48). Arditi, por su parte, cree mejor decir, a partir de una interpretación schmittiana, que todo es politizable (Arditi, 1995: 339). Así, por ejemplo, las áreas vistas como pertenecientes al área de lo privado pueden convertirse en políticas si se trazan líneas de antagonismo.

7 Por ejemplo, un técnico de una fundación liberal puede legitimar su discurso afirmando que efectuó un PhD o doctorado en la Universidad de Harvard, institución mundialmente reconocida por su trayectoria y prestigio.

8 En particular en su Seminario 20 Lacan señala que la realidad es contingente, tal es la palabra que utiliza, pues está construida por el lenguaje y atravesada por la inminencia de lo real que impide a la realidad estructurarse como tal (Lacan, 2008). En la misma línea, Laclau afirma que la realidad es contingente, pues está atravesada por los límites constitutivos de la heterogeneidad que le impide ser ella misma (Laclau, 2005). Cabe señalar, de todos modos, que Foucault criticaría al psicoanálisis en algunos de sus trabajos por considerarlo una nueva forma de disciplinar el deseo.

9 Lo que no implica su necesaria oposición, tal como lo muestra el excelente análisis del discurso de la ciencia de Lyotard (1992).

10 En realidad, Verón analiza también las «condiciones sociales de reconocimiento» de los discursos, esto es, cómo son recibidos los discursos en la sociedad. De todos modos, su punto más relevante es el análisis de las condiciones de producción social de todo discurso (por ejemplo, discursos carentes de su enunciación), lo que lo acerca en gran medida al análisis crítico foucaultiano.

11 Aún en la actualidad, continuando en muchos casos con las leyes de sodomía de la colonización británica, existen más de 80 países que castigan penalmente, incluso con la pena de muerte a los homosexuales; entre esas naciones podemos citar a Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Mauritania, Nigeria, Sudán y Yemen (Clarín, 2008: 58).

12 Cabe mencionar que en otros trabajos posteriores, como en ¿Qué es la Ilustración?, Foucault incorpora un tercer enfoque, denominado arqueológico, que se centra precisamente en este tipo de análisis diacrónico de relación no causal de acontecimientos históricos que luego aplica en casos como el saber y la sexualidad. En ese contexto, el teórico francés diferencia este método del análisis genealógico, que tiene como objeto analizar los efectos de contingencia que se derivan precisamente del análisis arqueológico (Foucault, 1996b: 105).

13 Un interesante análisis en esta línea foucaultiana de los nuevos mecanismos de disciplinamiento social centrados en la gobernabilidad política puede verse en el reciente trabajo de Susana Murillo (2008). El tema del ordenamiento policial se encuentra desarrollado también, desde un enfoque filosófico de orientación postestructuralista, en Ranciere (1996). Algunas similitudes entre ambos pensadores pueden hallarse en Fair (2008).

14 A partir de estos pensadores marxistas no deterministas, las ideas políticas, esto es, lo superestructural, según la famosa metáfora marxista (Marx, 1975), adquieren una importancia fundamental en la legitimación y reproducción del sistema capitalista. En ese contexto, estos trabajos exceden por mucho la dominación puramente represiva del Estado, al centrarse en los mecanismos de dominación ideológica en áreas como la escuela, los medios de comunicación, la religión y todas las instituciones burguesas. De todos modos, más allá de las críticas recibidas debido a sus resabios esencialistas (véase Laclau y Mouffe, 1987), creemos que en estos dos pensadores se trata más bien de mecanismos de dominación macros, mientras que en Foucault el análisis se centra en la mayoría de los casos en los mecanismos micropolíticos de dominación o disciplinamiento social.

15 Recuérdese, en ese sentido, que a las Madres de la Plaza de Mayo, mujeres que reclamaban por la desaparición de sus hijos durante el régimen militar, se las denominaba de manera despectiva como las locas de la Plaza de Mayo.

16 En efecto, con la excusa de recuperar el orden político perdido y aniquilar el germen de la subversión que ponía en cuestión el organismo social, el régimen militar del Proceso de Reorganización Nacional (1976-1981) persiguió, torturó y asesinó a miles de personas por el solo hecho de tener ideas diferentes y, en algunos casos, únicamente por ser amigo de un subversivo, o ser de un color de piel, una religión o una orientación sexual diferente. Acerca del discurso organicista y racista del régimen militar argentino de los años setenta y su énfasis en la recuperación del orden soberano, véanse Barros (2002) y Canelo (2004). En cuanto a los antecedentes de la utilización de este tipo de metáforas organicistas y fisiológicas (cuerpo, enfermedad) en el discurso político argentino, véase Solodkow (2005).

17 Lo que no implica que no surjan alternativas (grupos neopunks y neonazis, floggers, bloggers, emos, etcétera, que buscan diferenciarse para poder conformar su propia identidad), y ello en razón de que, como lo ha destacado Ferdinand de Saussure (1961) en su análisis lingüístico, y ha sido retomado de manera crítica por Ernesto Laclau (1996), toda identidad se constituye y adquiere su sentido de manera relacional y diferencial. Para un interesante análisis del reverso de la diferencia, entendido como las lógicas de diferenciación identitaria a la uniformización social, véase Arditi (2000).

18 Racionalidad total que el propio Foucault criticaría, ya que, como destaca, el análisis del discurso «no revela la universalidad de un sentido», sino que «saca a relucir el juego de la rareza impuesta con un poder fundamental de afirmación» (Foucault, 1973: 57).

19 Abordamos algunas de estas nociones para analizar el caso argentino durante los años noventa en Fair (2009).

20 En los últimos meses ha regresado en Argentina la discusión política acerca de la baja de la edad de inimputabilidad de los menores de 18 años. Desde los sectores de poder político y económico se exige la reducción a los 16, 14 o incluso 12 años de los delincuentes con la excusa de recuperar la seguridad. Se afirma, además, que los jóvenes maduran (y, por lo tanto, están listos para ser delincuentes) cada vez a edades más tempranas, por lo que no deberían quedar en libertad.

21 Un análisis genealógico y crítico, a la vez, muy interesante, que retoma el discurso cientificista-biologicista originado en las teorías de Spencer y Compte, para dar cuenta del discurso racista y etnocéntrico de Sarmiento durante el siglo xix se encuentra en Solodkow (2005).

Fuente: SCielo

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