Ecos del 2001: ¿vivimos, realmente, en democracia?

La política existe porque hay conflicto. Sería ingenuo pensar en una democracia pulcra, sin choque de intereses ni pujas políticas, en donde la totalidad de los ciudadanos y las ciudadanas simplemente “se pongan de acuerdo”. Sin embargo, no es menos utópico pensar que con este tipo de democracias, que no respetan la sede soberana del pueblo, se pueda llegar a una sociedad realmente igualitaria.

Diciembre del 2001. Harto de manoseo el pueblo sale a la calle

Diciembre del 2001. Harto de manoseo el pueblo sale a la calle

Por Ricardo Peterlin. Se cumplieron 20 años de aquellas jornadas de diciembre del 2001, donde el pueblo salió a la calle para expresar “Que se vayan todos”. En esa consigna, estaba plasmada una “crisis orgánica” de todo el régimen político argentino, su sistema institucional y el personal político de turno. Sin duda, uno de los temas centrales que puso en agenda la revuelta social de diciembre de 2001, es la discusión acerca de la democracia, sus formas y sus límites. El heroico accionar de una parte importante de la sociedad, no solo logró revocar a un gobierno sin legitimidad, sino que dejó un ejemplo concreto de cómo construir otro tipo de acción política desde abajo, dotando de mayor intensidad al concepto de democracia, y cuestionando las prácticas habituales que nos limitan a un ejercicio de escasa participación y nula acción deliberativa.

El concepto de democracia: un recorrido histórico

En su origen etimológico, democracia significa “gobierno del pueblo”, demos (pueblo) / kratos (gobierno). Podemos traducir esta idea, afirmando que la democracia es el autogobierno del pueblo. Si hay un rasgo por el cual el concepto de democracia, en el sentido pleno del término, se distingue de otras formas de regímenes políticos, desde la antigua Grecia hasta nuestros días, es el de igualdad. En un régimen democrático, no existe ningún sector o grupo de la sociedad privilegiado que pueda detentar la soberanía; el soberano es la comunidad política en su conjunto y el poder se redistribuye globalmente, asignándole el mismo derecho de participar en la toma de decisiones colectivas a cada ciudadano y ciudadana. Sin embargo, cuando comenzamos a recorrer los escritos de importantes filósofos de la antigüedad, nos damos cuenta de que su visión de la democracia es muy negativa y su ideal de una sociedad virtuosa está muy distante del poder democrático.

La sociedad griega, en la que vivió y pensó Platón, era una sociedad absolutamente jerárquica y desigual. El ser humano era considerado un ser político por su necesidad de asociarse con otros/as y discutir los asuntos comunes en la polis. Sin embargo, la discusión de estos asuntos públicos era potestad de unos pocos, un privilegio de los hombres libres. Tanto los esclavos como las mujeres y los extranjeros, estaban impedidos de participar y no eran considerados ciudadanos. Platón justificaba este hecho con su teoría de los “reyes filósofos”, según la cual sólo los “sabios” debían gobernar y tomar decisiones. Desde este punto de vista, el régimen democrático era peligroso porque afirmaba la falsa idea de que todos los miembros de una comunidad podían y debían participar de los asuntos públicos, cosa que era indeseable y demagógica.

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Podemos observar que este argumento platónico, donde la sabiduría es potestad de unos pocos individuos dotados de inteligencia para gobernar, era una forma de justificar una relación material concreta reproducida en la base social, por la cual un grupo lograba imponerse a otro negándole su derecho a ejercer la soberanía. El grupo que se ocupaba de la discusión pública no lo hacía por poseer sabiduría, sino por estar exento de las tareas de reproducción material de la vida, reservadas a los esclavos.

Aristóteles también tenía una desconfianza abierta sobre la democracia. En sus formas puras e impuras de gobierno, colocaba a la democracia en el último grupo, siendo una deformación de la politeía (esta última considerada forma pura), ya que el gobierno de una mayoría podía ser tan irresponsable como el de una estricta minoría. El mejor gobierno, para Aristóteles, era el que se conformaba sujeto a derecho, radicando la soberanía en las leyes. Llamaba politeía a la combinación de democracia y oligarquía. Aristóteles le asigna un rol importante a la mayoría,  pero reservaba los asuntos públicos a una clase determinada de hombres aptos para el gobierno, encargados de hacer cumplir las leyes y la Constitución en la polis.

La democracia ateniense nunca fue “directa” en términos estrictos, no solo por el rasgo de exclusión de diversas partes de la comunidad antes citado, sino además porque más allá de la supuesta igualdad entre quienes eran considerados ciudadanos y podían reunirse a discutir en la asamblea (ekklesia), existían diferentes instituciones en las cuales los cargos se conseguían a través de sorteo, donde quienes eran seleccionados tomaban las decisiones inaugurando así la lógica de la representación política.

Modernidad y representación

Como afirmamos en el final del párrafo anterior, la democracia antigua no era directa, ya que el pueblo no gobernaba directamente, sino que ya existían procedimientos embrionarios de representación. Sin embargo, el sorteo que otorgaba los cargos públicos se realizaba sobre la base de cualquier ciudadano que quisiera participar, y, de alguna manera, la base de selección era igualitaria en términos relativos.

Durante el ascenso del capitalismo como sistema de producción, con tendencia a la mundialización y la conformación de los estados nacionales modernos como forma de ordenamiento jurídico de las diferentes sociedades, el término democracia mutó hacia una nueva concepción, fuertemente ligada a la representación y la división de poderes. De esta manera, la asamblea y el sorteo imperantes en la antigüedad fueron sustituidos por las elecciones periódicas y los partidos políticos.

Una gran trampa discursiva, que podemos observar en la actualidad, es la idea de una democracia sin “nombre ni apellido”, es decir que hablar de democracia “a secas” cuando en realidad nos estamos refiriendo a un tipo de forma de concebir la democracia que posee ciertas características propias, para nada naturales. De esta manera, la democracia representativa y su división de poderes (República parlamentaria) es concebida como la única forma de democracia posible. Intentaremos discutir esta idea y llegar a nuevas conclusiones.

Uno de los autores más importantes en materia de teoría política -hablamos de Thomas Hobbes-, fue quién planteó fuertemente la idea de “representación individual”, haciendo alusión a la necesidad de que un grupo de personas se encargue de tomar las decisiones y regir los destinos de la comunidad en su conjunto, al concebir como imposible e indeseable la participación directa de las mayorías en los asuntos públicos. El moderno Leviatán sería, en este caso, la mejor forma de contrato entre los representantes y los súbditos.

En esta misma perspectiva, Hamilton, Madison y Jay, en el famoso libro El federalista, que inspiró a toda la ciencia política y jurídica moderna, también avalarían la idea de una democracia representativa que reserve la toma de decisiones a un grupo de personas, y aleje a las mayorías de las instituciones modernas. La moderna República parlamentaria sería la mejor forma de régimen político para el capitalismo occidental, ya que -entre otras cosas- produce un “filtro” para las clases populares, que se ven alejadas de las instituciones de gobierno plasmando un claro vínculo entre las clases dominantes y las estructuras estatales-institucionales. Como afirma la autora norteamericana Ellen Meiksins Wood, la democracia dejó de ser una mala palabra en los sistemas modernos porque suprimió el demos del concepto, si el pueblo «no gobierna ni delibera si no es a través de sus representantes» (como afirma el artículo 22 de nuestra Constitución), entonces no hay de qué preocuparse.

La República parlamentaria tiene sus cimientos sobre la falsa idea de que la sociedad es soberana, cuando en realidad no lo es. El otorgamiento del sufragio y de ciertas libertades civiles, que convierten al demos en un conjunto de individuos atomizados bajo la categoría de “ciudadanos”, es en realidad un fetichismo jurídico que busca esconder las diversas desigualdades sociales y las relaciones de explotación y dominación reales que impiden que todos podamos ser “iguales ante la ley”, y tener el mismo trato por parte del Estado que, como bien afirma Bob Jessop, posee una selectividad estratégica.

Desde nuestro punto de vista, no impugnamos la idea de la representación, ya que una democracia directa en sociedades tan complejas y heterogéneas como las nuestras, sería imposible, pero si creemos que la representación debe ser en realidad “delegación” -es decir la expresión de un colectivo social que se auto-determina a través de representantes que deben ejercer un “poder obediencial”-, nos referimos a la obediencia de representantes a un mandato popular. Los términos se invierten: los representantes no gobiernan ni deliberan sino es a través del pueblo.

Desafíos para una democracia participativa

Existen momentos en que la realidad se nos vuelve más transparente por medio de las diferentes coyunturas políticas. Diciembre del 2001 fue uno de esos momentos donde todo el entramado de un sistema falsamente llamado democrático -que endeudó al pueblo argentino, remató sus recursos y patrimonio publico, y sumergió a millones en la pobreza-, estalló por los aires. La brecha entre unas instituciones y personal político que decidía a espaldas del pueblo argentino, condicionando su futuro y los intereses de las mayorías trabajadoras, se volvió irreconciliable. Sería una ilusión pensar que en esas jornadas existía un pueblo homogéneo, con un claro programa político. Esto no es así: lo que sí había era una pluralidad de sectores que decidieron auto-dirigirse y tomar en sus manos el protagonismo político, deliberando públicamente.

La política existe porque hay conflicto. Sería ingenuo pensar en una democracia pulcra, sin choque de intereses ni pujas políticas, en donde la totalidad de los ciudadanos y las ciudadanas simplemente “se pongan de acuerdo”. Sin embargo, no es menos utópico pensar que con este tipo de democracias, que no respetan la sede soberana del pueblo, se pueda llegar a una sociedad realmente igualitaria.

Las jornadas del 2001 nos siguen interrogando acerca de cómo lograr una democracia verdadera, participativa y popular, en cómo lograr nuevas instituciones, y transformar el Estado y la sociedad, logrando que el pueblo sea el mandatario y los representantes obedezcan. No es una tarea fácil, pero es una tarea imprescindible, sin la cual no.

Fuente: La Tinta

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