Lumumba y los 60 años de tragedia africana (Video)

En septiembre de 1960 Lumumba fue depuesto y depuesta fue quizá también con él la democracia congoleña, en ciernes, apenas en pañales. Cuando el flamante primer ministro solicitó inútilmente el apoyo de Washington frente a amenazas secesionistas en la sureña provincia de Katanga, rica en preciados minerales, los americanos se negaron.

En noviembre de 2001, el parlamento de Bélgica reconocía la responsabilidad de su Estado en el asesinato de Lumumba y EE.UU. también confesó sus implicaciones en los hechos.

En noviembre de 2001, el parlamento de Bélgica reconocía la responsabilidad de su Estado en el asesinato de Lumumba y EE.UU. también confesó sus implicaciones en los hechos.

Por Diego Gómez Pickering. Lumumba y los 60 años de tragedia africana. Patrice Émery Lumumba, o simplemente Lumumba, fue el primero en ejercer como primer ministro del Congo independiente. Por un brevísimo período de cuatro meses el joven político multilingüe, que escribía poesía y leía ávidamente a Rousseau, Voltaire, Moliere o Víctor Hugo, comandó la esperanza del país más joven, rico y extenso de un África que con trabajos, pero con ímpetu, comenzaba su lento y tortuoso camino hacia la libertad después de siglos de imperialismo, colonialismo y explotación europea. – Ctxt

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El carismático Lumumba era, como muchos otros de su generación a lo largo y ancho del continente, panafricanista, pues no imaginaba un África que no fuera, antes que cualquier otra cosa, africana, por encima de etnias, confesiones religiosas, lenguas o geografías. Lumumba fue contemporáneo del olimpo de libertadores africanos de aquel glorioso cisma de sur a norte, del Mediterráneo y del Sahara, en ese siglo veinte rompiéndose en dos, entre la Europa remilgosa de sus prebendas coloniales y el África deseosa de emancipación. Kwame Nkrumah de Ghana, Kenneth Kaunda de Zambia, Tom Mboya de Kenia, Hastings Banda de Malawi, John Kale de Uganda. La utopía personificada a través de múltiples rostros, muchos idiomas, distintos tonos de piel, pero un solo sueño. Un sueño que duró demasiado poco.

En septiembre de 1960 Lumumba fue depuesto y depuesta fue quizá también con él la democracia congoleña, en ciernes, apenas en pañales. Cuando el flamante primer ministro solicitó inútilmente el apoyo de Washington frente a amenazas secesionistas en la sureña provincia de Katanga, rica en preciados minerales, los americanos se negaron. Las protestas, azuzadas por intereses políticos, económicos, militares y diplomáticos de los otrora colonizadores belgas, no dispuestos a irse del todo, y alimentadas por sus armas y su dinero, se incrementaron, poniendo presión a Kinshasa, entonces, todavía, imberbe, desconocedora, inocente Leopoldville. Fue cuando Lumumba, el de la mirada taciturna de gafas redondas, recurrió a Moscú.

No hubo llegado respuesta de la Unión Soviética para el acuciante grito de ayuda de quien sólo quería preservar lo que apenas nacía, un Congo africano, avante e independiente, cuando con la venia, ahora sí, de Estados Unidos, en curiosa, perversa y condenable connivencia con los belgas; el entonces jefe de oficina de Lumumba, posterior dictador empedernido, insaciable y despreciable, Mobutu Sese Seko, le derrocara en un golpe de Estado. Al depuesto líder se le tildó de comunista, peligroso y amenazante para un Congo al que sólo pretendía cultivar, procurar y acompañar, según revelan los numerosos cables diplomáticos de la época desvelados por una concienzuda investigación belga realizada ya en el siglo XXI y que llevó, entre otras cosas, incluida la vergüenza, supongo, al perdón público de Bruselas por las atrocidades cometidas durante su gestión colonial congoleña, incluidos los macabros capítulos vinculados con Lumumba.

En enero del siguiente año, al despuntar 1961 y multiplicarse las independencias en el resto del continente, a Lumumba le asesinaron, esclarecido no está quien lo hizo. Pero muchos dedos apuntan a demasiados lados, la CIA, los servicios secretos belgas, la poderosa iglesia católica africana, el sanguinario Mobutu, amigo de todos ellos y principal enemigo, por voluntad propia, del Congo y, con ello, de Lumumba.

Han pasado 60 años desde el asesinato de Lumumba y África sigue floreciendo en libertad, desde sus retoños más recientes: Eritrea en 1993 o Sudán del Sur en 2011, hasta sus batallas inacabadas por la emancipación, como en el Sahara Occidental ocupado. A más de medio siglo de distancia de aquel acontecimiento, el pasado colonial e imperialista europeo es quizá sólo cosa de libros de historia, pero el presente expoliador de recursos naturales y comprador de voluntades políticas, votos y confianzas en la ONU y en la región, lo mismo por parte de chinos que de turcos, emiratíes, qataríes, franceses o americanos, sigue ahí, supurando en cada rincón de la magullada geografía africana. El reciente golpe de Estado en Guinea Conakry, el devastador conflicto en la región etíope del Tigray, la irresuelta realidad somalí o el encumbramiento dictatorial y represivo de Paul Kagame son dolosos ejemplos de ello.

África, mientras tanto, paciente, se resiste a sucumbir.

Diego Gómez Pickering es escritor, periodista y diplomático mexicano. Su libro más reciente es Cartas de Nueva York, crónicas desde la tumba del imperio. (Taurus, 2020).

Fuente: Ctxt

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