Elogio del chisme

Antiguamente el chisme florecía en todos los barrios de la ciudad. Eran épocas en que todos conocían a todos y uno podía recitar sin equivocarse el nombre y apellido de todos los habitantes de la cuadra. Hoy, gracias al progreso, nadie conoce a nadie. Y entonces no tiene sentido chismorrear. Porque los únicos chismes interesantes son los que se refieren a personas que uno conoce.

"Antiguamente el chisme florecía en todos los barrios de la ciudad..."

«Antiguamente el chisme florecía en todos los barrios de la ciudad…»

Por Alejandro Dolina. Los espíritus doctos de todas épocas han deplorado muchísimas veces la costumbre popular del chisme y la murmuración. De este modo han conseguido imponer una corriente de pensamiento, según la cual debe uno abstenerse de comentar la conducta ajena. Yo no sé si esto es tan bueno.

«Ay, yo no me meto en la vida de nadie», se jactan algunos. Y no me gusta.
Tanta discreción se parece a la frialdad.
Además es imposible no hablar de los demás. Si uno elimina de su conversación toda referencia a otras personas, se condena irremisiblemente al silencio o a la pesadez de aquellos que solo hablan de sí mismos.
Vamos a decirlo de una vez: sin chismes no hay conversación posible.
«¿Han visto ustedes la execrable tricota que estrenó Rubén?», pregunta alguien. Es un chisme. «Mucho peor es la gorra de Jacinto», acota otro. Es un nuevo chisme.

Pero no debe creerse que estas situaciones se verifican únicamente en conversaciones vulgares. Aún las charlas entre sabios varones se nutren vorazmente de chismes.
-¿Sabía usted, mi querido ingeniero, que Valery despreciaba a Pascal? Chisme.
-No me extraña, arquitecto, toda vez que el bueno de Blas escupía sobre la ciencia, de la que Paul era devoto. Otro chisme.
-Y Pasteur, ¿qué me dicen de Pasteur?- acota un tercero, médico quizá. Y revela algún episodio de la vida del insigne científico.
Chismes. Todos son chismes. Nuestra vida está llena de chismes y no es tan malo.
El señor Kissinger tiene una esposa joven. Rousseau ejerció la profesión de canfinflero. El zaguero Passarella juega bien al billar. Einstein tocaba el violín.
Estas murmuraciones no nos hacen odiar a estos personajes. Mas bien nos acercan y nos hacen percibir su humana y pecadora dimensión.
-Objeto, objeto- aullará algún lector perspicaz-. La murmuración no siempre es tan inocente. Muchas veces desemboca en la calumnia.
-Sí- admite lacónico el columnista. Pero no empecemos a confundir chisme puro con sus consecuencias más lamentables. Precisamente el propósito de este opúsculo es resaltar los costados más amables del chismorreo, que de los otros ya se ha escrito demasiado.
El chisme -me atrevería a decir- se parece a la literatura, particularmente a la novela. Veamos.
Toda novela -ya se sabe- se refiere a seres humanos. No hay historias de perros ni de lombrices. Y cuando esto ocurre es un señor el que la cuenta, en términos humanos y con un humano lenguaje.
Con los chismes pasa lo mismo. Se chismea sobre la gente. Cuando alguien dice «El perro de Carlos me ha mordido el antebrazo», no está refiriéndose a la incivil conducta del perro, sino más bien a la indolencia de Carlos, que no educa convenientemente a su perro.

La perplejidad ante el destino, es otro punto común entre las novelas y el chisme. «Horacio acertó el Prode», «Asaltaron a Don Roberto», «Jaime se enfermó de paperas». En estos chismes aparece -tácitamente- una conclusión que es la misma que se puede extraer de tantas novelas: mire las cosas que pasan.
También puede hablarse -como en literatura- de los distintos géneros del chisme.
Género romántico: «He visto a Luis con Silvia en el potrero del ferrocarril».
Género dramático: «Desalojaron a Chiche».
Género épico: «Raúl y Jorge se agarraron a trompadas».
Género psicológico: «Martín está loco».
Género metafísico: «Luisa se hizo tirar las cartas».
Género social: «A Ramón lo rajaron del laburo».

Cumplo en reconocer -sin embargo- algunas diferencias nada desdeñables entre el chismorreo y la novelística. La primera es la extensión. No hay chismes de cuatrocientas páginas, ni novelas de seis palabras.
El chisme prescinde de la descripción, delicadeza que no siempre tienen las novelas. Ninguna murmuración comienza diciendo:
«El sol se sumergía tras los cipreses, mansamente».
Y finalmente, el chisme no se corporiza jamás en libro, con tapas, páginas y letras.
No puede guardarse en las bibliotecas.

Antiguamente el chisme florecía en todos los barrios de la ciudad. Eran épocas en que todos conocían a todos y uno podía recitar sin equivocarse el nombre y apellido de todos los habitantes de la cuadra. Hoy, gracias al progreso, nadie conoce a nadie.
Y entonces no tiene sentido chismorrear. Porque los únicos chismes interesantes son los que se refieren a personas que uno conoce.
El chisme «Abderramán el Bajarí, habitante de Trípoli, no se baña jamás», carece de todo encanto. Reemplacemos a Abderramán el Bajarí por nuestro cuñado y estaremos en presencia de una estupenda murmuración, de éxito seguro en cualquier ágape.
Los personajes públicos son, para el caso, iguales a nuestros conocidos.
Esto ha sido notado con toda inteligencia por el periodismo y así cunden en diarios y revistas, secciones tales como «Dialoguitos en el asfalto», «Confidencial», la página de atrás de La Razón, las notas de Radiolandia y otras realizaciones que permiten a los espíritus inquietos imponerse del color de la bufanda de Fernando Bravo y de lo que hace Moria Casán ni bien llega a su casa.
Este quizá sea el futuro del chisme. La murmuración masiva.
Porque las viejas chismosas van desapareciendo. Acaso el último reducto del chisme directo sea la oficina. Allí todavía se acostumbra a sacar el cuero con la misma alegría de los buenos tiempos.
También están los suburbios, los barrios benditos que aún no han sido ahogados por los rascacielos. Sus pobladores aún mantienen el antiguo espíritu solidario que anima a los sapos de un mismo pozo. Allí todavía se mantiene el saludable interés por el vecino y el chisme crece, vigorosamente.

Powells en uno de sus libros nos suelta el siguiente razonamiento.
«Ante el espectáculo del universo, donde a cada instante nacen y mueren estrellas y se producen terribles cataclismos, la historia A ama a B, pero B ama a C, se nos antoja una tontería».
Humildemente, creo que no es así. El desencuentro amoroso, la soledad, la muerte y la espantosa tragedia de la vida son cosas que tocan mucho más hondamente a los criollos de esta cuadra que la permanente y amoral velocidad de la luz.
Por eso el chisme nos devuelve a la pequeña y entrañable dimensión de reos.
Cuéntenme chismes, por favor. Cuéntenme que Fulano se jugó el sueldo al pase inglés o que Mengano se tomó dos botellas de oporto en una hora. Entonces sabré que aún queda gente que se conmueve ante la debilidad ajena.

Ojalá que el chisme resurja con todas sus fuerzas y esta fría e impenetrable ciudad que estamos construyendo se convierta de golpe en un gigantesco, turbulento y divertido conventillo.

(Revista «Humor» n° 2, julio de 1978)
(Fue el primer artículo en este medio)

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