Bioy Casares vio un fusilamiento durante la dictadura

Otro le apuntó desde arriba, con el revólver de caño más grueso y más largo que he visto, y empezó a disparar cápsulas servidas, que en un primer momento creí que eran piedritas. Las cápsulas caían a mi alrededor. Pensé que en esas ocasiones lo más prudente era tirarse cuerpo a tierra; empecé a hacerlo, pero sentí que el momento para eso no había llegado.

A Bioy Casares. Todo está guardado en la memoria.

A Bioy Casares. Todo está guardado en la memoria.

Por Javier Lorca. Cuando Bioy Casares vio un fusilamiento durante la dictadura. Una tarde del 76. Un rato antes de presenciar el crimen había ido al cine, a ver una película de Billy Wilder. Tenía en ese momento 61 años, ya era un escritor reconocido. Tomó el té y manejó apurado hacia San José e Hipólito Yrigoyen, había quedado en encontrarse ahí con una mujer. En Uruguay y Bartolomé Mitre vio pasar «patrulleros con armas largas, seguidos de un jeep con un cañón». Estacionó sobre San José y vio «soldados de fajina, con armas largas, de grueso calibre». Bajó del auto, caminó hacia la esquina. La espera se prolongó, ella no llegaba. A las 19.30 empezaron los disparos.

«Vi un tropel de personas que corrían hacia donde yo estaba. Iba adelante un individuo con un traje holgado, color ratón, quizá parduzco; ese hombre había rodeado la esquina por la calle y a unos cinco o seis pasos de donde yo estaba, al subir a la vereda, tropezó y cayó. Uno de sus perseguidores (de civil todos) le aplicó un puntapié extraordinario y le gritó: ‘Hijo de puta’. Otro le apuntó desde arriba, con el revólver de caño más grueso y más largo que he visto, y empezó a disparar cápsulas servidas, que en un primer momento creí que eran piedritas. Las cápsulas caían a mi alrededor. Pensé que en esas ocasiones lo más prudente era tirarse cuerpo a tierra; empecé a hacerlo, pero sentí que el momento para eso no había llegado, que con mi cintura frágil quién sabe qué me pasaría si tenía que levantarme apurado y que iba a ensuciarme la ropa; me incorporé, cambié de vereda y por la de los números impares caminé apresuradamente, sin correr, hacia Alsina (…) Los tiros seguían. Hubo alguno en la esquina de los pares de Alsina; yo no miré. Me acerqué a un garaje y conversé con gente que se refugiaba ahí. Pasó por la calle un Ford Falcon verde, tocando sirena, a toda velocidad; yo vi a una sola persona en ese coche; otros vieron a varios; alguien dijo: ‘Esos eran los tiras que mataron al hombre’. Yo había contado lo que presencié: ‘No cuente eso. Todavía lo van a llevar de testigo. O si no quieren testigos le van a hacer algo peor’. Agradecí el consejo. A pesar del frío, me saqué el sobretodo para ser menos reconocible y fui por San José hacia Yrigoyen (…) Entonces la divisé. Estaba en la esquina, muy asustada porque no me veía y porque cerca de mi coche, tirado en la vereda, había un muerto, al que tapaba un trapo negro; me abrazó, temblando. Dimos la vuelta a la manzana; sin que nos impidieran el paso llegamos por San José hasta donde estaba mi coche (…) No acerté enseguida con la llave en la cerradura; entré, salí. Al lado de ella me sentí confortado, de nuevo en mi mundo. No podía dejar de pensar en ese hombre que ante mis ojos corrió y murió. Menos mal que no le vi la cara, me dije. Cuando le conté el asunto a un amigo, me explicó: ‘Fue un fusilamiento’. Si alguien hubiera conocido mi estado de ánimo durante los hechos, hubiera pensado que soy muy valiente. La verdad es que no tuve miedo, durante la acción, porque me faltó tiempo para convencerme de lo que pasaba; y después, porque ya había pasado. Además, la situación me pareció irreal. La corrida, menos rápida que esforzada; los balazos, de utilería. Tal vez el momento de los tiros se pareció a escenas de tiros, más intensas, más conmovedoramente detalladas, que vi en el cinematógrafo. Para mí la realidad imitó al arte. Ese momento, único en mi vida, se parecía a momentos de infinidad de películas. Mientras lo vi, me conmovió menos que los del cine; pero me dejó más triste».

Fechado el viernes 21 de mayo de 1976, el hecho es narrado por Adolfo Bioy Casares en sus diarios íntimos, publicados en forma póstuma en 2001, con el título Descanso de caminantes. Como una miniatura, la escena parece un símbolo condensado del genocidio desde la perspectiva de las clases sociales privilegiadas. Todo sucedió a la media luz de la tarde, en el centro de la ciudad, delante de muchas personas. ¿Sucedió? La renegación es constitutiva del genocidio: hay personas a las que no se les reconoce derecho a vivir, luego su exterminio nunca ocurrió, no hay testigos, no hay cadáveres, no hay pruebas.

Pero en esa tarde de mayo del 76 todo estaba ahí, a la vista. ¿Estaba? Hay un muerto, pero no tiene nombre, es una víctima abstracta, ni siquiera tiene rostro. «Menos mal que no le vi la cara.» Hay, al menos, un relato, pero pronto es acallado. «No cuente eso.» La muerte y el terror son herramientas que destruyen y construyen relaciones y prácticas sociales. Producen el silencio del testigo (reverso del incentivo a la delación) y su incapacidad de nombrar el crimen. Es otro el que explica: «fue un fusilamiento». Producen el protagonismo del individuo refugiado en su espacio privado, en detrimento de la vida pública. «Al lado de ella me sentí confortado, de nuevo en mi mundo.»

Si hay algún rastro de empatía (“no podía dejar de pensar en ese hombre”), la muerte y el terror producen un discurso que lo obtura. Si algo sucedió, fue en un decorado de “utilería”, con hechos que parecen sacados de “infinidad de películas” y se deslizan discretamente hacia la ficción. Son expulsados de lo real por una narrativa de la ambigüedad que pone en duda el estatuto de lo que acaba de suceder. Su condición de posibilidad es una trama particular de diálogos en suspenso. “Quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta –escribió también en 1976 Primo Levi, pero sobre su experiencia con el genocidio nazi–. De esta manera, el ciudadano típico conquistaba y defendía su ignorancia (…) Cerrando el pico, los ojos y las orejas, se construía la ilusión de no estar al corriente de nada y, por consiguiente, de no ser cómplice de todo lo que ocurría ante su puerta.”

Fuente: Página12

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