El mito de los libres mercados

La Política Agraria Común de la Unión Europea tiene por objetivo subsidiar a sus productores rurales y defender sus mercados de la competencia de los países agro-exportadores, a través de políticas abiertamente proteccionistas.

Detrás de la frase "libertad de mercado" siempre se escondió una estrategia de dominación

Detrás de la frase «libertad de mercado» siempre se escondió una estrategia de dominación

Por Ariel Vittor. El mito de los libres mercados. El pensamiento único sustentado por el neoliberalismo ha conseguido identificar los libres mercados con un supuesto funcionamiento natural de la economía. En esa mitología, cualquier intervención en los mercados obstruye su senda de crecimiento natural. Pero estos sofismas sólo se sostienen a condición de omitir cualquier análisis histórico. De allí que los neoliberales insistan en excluir la historia de la economía.

No fue una política de libres mercados lo que hizo de Gran Bretaña la potencia económica en que se convirtió durante el siglo XIX. Fue la intervención de una corona dispuesta a fomentar la industria inglesa a través de la protección del mercado interno, la expansión del gasto público y la conformación de una fuerza de trabajo. Desde los tiempos en que se iniciaba la dinastía Túdor, en las postrimerías del siglo XV, Inglaterra estableció fuertes impuestos a la importación de telas, para así propiciar el desarrollo de su propia industria textil. En los comienzos del siglo XVIII se prohibió la importación de tejidos de la India, lo cual constituyó una victoria estratégica de los intereses industrialistas sobre los comerciales detentados por la Compañía de las Indias Orientales. La creación del Banco de Inglaterra en 1694 inició un proceso de consolidación del sistema financiero y de reorientación del crédito hacia la producción. Las guerras que provocó o en las que se involucró Gran Bretaña durante los siglos XVII (contra los holandeses) y XVIII (contra los franceses) tuvieron siempre objetivos económicos, primero comerciales y más adelante industriales, además de convertir al estado inglés en el principal demandante de hierro, vestimenta y pertrechos. La política mercantilista variaba por entonces de país en país, de acuerdo a las capacidades productivas de cada uno, pero en todos se seguía la divisa de aumentar la producción manufacturera y defenderla de la competencia extranjera. En 1805, la batalla de Trafalgar estableció que ya no habría quién pudiera disputarle a Gran Bretaña el dominio de los mares del mundo. Sin estos y otros factores, no habría existido industrialismo alguno en Gran Bretaña y ésta no se habría convertido en la potencia en que se convirtió.

En el caso del Imperio Alemán, la industrialización que lo convirtió en una potencia no se produjo por ninguna política de libres mercados, sino por el férreo proteccionismo del canciller Otto von Bismarck, que permitió a los industriales alemanes hacerse con el mercado doméstico de productos industrializados que hasta entonces había estado en manos de los británicos. Los distintos aspectos de la seguridad social bismarckiana fueron también resultado de un estado fuerte y no de la iniciativa de mercados libres. La disponibilidad de carbón y hierro que permitían las ricas cuencas del Ruhr y el Sarre no explica por sí sola el crecimiento industrial que había alcanzado Alemania hacia fines del siglo XIX.

Estados Unidos, que suele mostrarse como el principal propagandista de los libres mercados, tampoco construyó su poderío en base a ellos. Cuando todavía eran colonias inglesas, el gobierno de Massachusetts incentivaba la fabricación de velas, cordeles y aparejos, lo que permitió con el tiempo forjar una pujante industria naviera. Otras colonias fomentaron con diversos incentivos la industria textil, llegando a imponer a las familias la obligación de mantener un hilandero cada una. La libertad invocada en la constitución estadounidense no tenía nada de universal. Su principal redactor, Thomas Jefferson, era un prominente propietario de esclavos.

La Guerra de Secesión de Estados Unidos estalló más por diferencias en torno a la política aduanera que por discrepancias sobre la esclavitud. El norte industrializado necesitaba políticas proteccionistas para incentivar su industria y defenderla de la competencia extranjera. El sur, entregado a la producción de algodón para la industria textil europea, se inclinaba por el librecambismo. La victoria de los norteños representó la victoria del programa industrialista. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos mantuvo los aranceles de protección industrial más elevados de todo el planeta. Para el Gran País del Norte, el librecambismo era sólo una idea exportable más.

En Japón, el período Meiji que transformó radicalmente esa nación entre 1868 y 1912 consistió antes que nada en un Estado fuerte con capacidad para recaudar impuestos, imponer una moneda unificada y establecer leyes estrictas para el funcionamiento de un sistema bancario sólido. Los zaibatsu fueron corporaciones empresariales que crecieron en estrecho vínculo con el Estado. La fortaleza del Japón que entró al siglo XX quedó clara cuando vencieron a los rusos en la guerra de 1904-1905.

La transición social hacia el capitalismo industrial tampoco fue el resultado de un proceso natural, ni mucho menos pacífico. Durante buena parte del siglo XVIII los terratenientes ingleses desplegaron una feroz política de cercamientos (enclosures) a través de la cual consiguieron expropiar a los campesinos las tierras que eran de uso comunal. El fracaso de la Rebelión de los Irlandeses Unidos en 1798, violentamente aplastada por los ingleses, fue uno de los complementos de la política de cercamientos, ya que obligó a muchos habitantes de Irlanda a buscar trabajo en las fábricas textiles de Lancashire. En 1813 el parlamento británico abolió las viejas normas que protegían a los trabajadores, arrojando al naciente proletariado a las fauces de los empresarios. Despojados de cualquier medio de subsistencia, artesanos, trabajadores y agricultores resistieron tanto como pudieron el avance de las fábricas que los condenaban a una espantosa miseria. Los luditas que destruían máquinas no eran rufianes bandoleros, como en algún momento fueron descriptos, sino seres humanos que intentaban luchar, con los recursos a su alcance, contra una organización productiva que los pauperizaba. Los capitalistas no estaban dispuestos a ceder nada. Fue el movimiento obrero organizado el que les arrancó las primeras concesiones.

Los liberales del siglo XIX no veían al estado nacional como una alternativa al mercado. Uno y otro eran partes de un proceso histórico que construyó una economía de mercado en constante expansión desde el centro hacia la periferia del planeta. Además, la expansión colonial de los europeos en Asia y África durante el siglo XIX hizo que los estados ampliaran cada vez más sus funciones, para atender la administración colonial, el comercio de ultramar y las comunicaciones entre las metrópolis y sus dominios.

Por supuesto, la contracara de la protección del mercado interno era la apertura de los externos. Gran Bretaña estaba muy interesada en la independencia de las colonias españolas en América Latina pues confiaba, acertadamente, en que esos mercados no tardarían en caer en sus manos. Tampoco se privó de recurrir a la fuerza cuando lo creyó necesario para defender sus intereses. Como cualquier lector atento de la historia sudamericana sabe, los británicos propiciaron la guerra de la Triple Alianza con el objetivo de liquidar la experiencia industrialista más avanzada de Sudamérica, la del Paraguay del siglo XIX, que había prosperado sin empréstitos ingleses y sin libres mercados.

Si nos aproximamos en el tiempo, veremos que la Organización Mundial del Comercio no promueve ningún libre comercio. Su principal objetivo es limitar la capacidad de las naciones periféricas para imponer restricciones a la importación de productos fabricados en las naciones centrales. La Política Agraria Común de la Unión Europea tiene por objetivo subsidiar a sus productores rurales y defender sus mercados de la competencia de los países agro-exportadores, a través de políticas abiertamente proteccionistas. Si los liberales creyeran consecuentemente en el libre mercado, se habrían opuesto a que los estados nacionales rescatasen financieramente a los bancos que quebraron en 2008, ya que, siguiendo sus premisas, la mano invisible del libre mercado habría dictaminado entonces que ésas entidades eran ineficientes.

El espejismo de los libres mercados ha formado una costra de funcionarios estatales que han logrado enquistarse incluso en gobiernos que se han propuesto desarrollar políticas intervencionistas. Por ello, la batalla conceptual contra el mito de los libres mercados sigue siendo necesaria.

Ariel Vittor: licenciado en comunicación social, profesor universitario, editor, autor del libro Sobre la historia de la comunicación 
Además, disfruta del el ajedrez, el tango y el fútbol de Bielsa.

Artículo enviado por el autor para su publicación

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