Dos detenidos cuentan cómo se vive en las cárceles de Buenos Aires

A la se le dice carne "tumba", al azúcar se le dice “brillo” porque brilla. El resto de los alimentos no cambia, pero por ejemplo si desde el servicio penitenciario se nos provee de azúcar, yerba, fideos, todos estos son "tumberos" a diferencia de cualquier otra cosa que sea de "la calle", eso es mejor. Y usar esas cosas en vez de las "tumberas" genera status. Como decía, el resto no cambia mucho en los alimentos. Otros términos, como decía, se relacionan al lunfardo, como “gil”, “chorro”, “cobani”

Las cárceles con centros de castigo y tortura "correctiva"

Las cárceles con centros de castigo y tortura «correctiva»

Por Julián Berenguel. La vida en las cárceles (relatos en primera persona). Agencia Paco Urondo dialogó con Carlos y Daniel, dos detenidos en penales de la provincia de Buenos Aires. Convivencia, códigos carcelarios y el difícil camino de la «reinserción social».

En su estudio “Contexto teórico y metodológico de la práctica cultural del tatuaje” (2005), la comunicadora María de las Mercedes Basualdo analiza cómo los tatuajes son constitutivos para la identidad: “El tatuaje es una operación cultural que articula sentidos sobre la identidad. Esta proposición está relacionada con una segunda que dice que, si bien el tatuaje indica la presencia de la huella, la diferencia se presenta en la carga social de la marca”. Gracias al sentido común construido por los medios hegemónicos de comunicación y series de consumo masivo como “El Marginal” o, un poco más atrás, “Tumberos”, se cree que la cárcel es únicamente un espacio salvaje en donde se disputa el poder por medio de la violencia. En este contexto, entonces, habría símbolos exclusivos al ámbito carcelario, como el lenguaje “tumbero” y los tatuajes en clave que graban los presidiarios en sus cuerpos, ambos elementos ajenos a la cultura exterior. Ya desde el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, a mediados del siglo XIX, se planteaba una división social por medio de la falsa dicotomía entre civilización y barbarie.

Sobre la presencia de un lenguaje propio en la cultura carcelaria, en una nota de 2018 publicada por el periodista de policiales Rodolfo Palacios en Infobae, el autor afirma: “En la actualidad, el lenguaje carcelario es una mezcla de palabras que van del lunfardo tanguero a la cumbia villera. No habla igual un ladrón de sesenta años que otro de 20”. En otro artículo, de 2019, aparecido en Los Andes, se informa que el gran porcentaje de presos son jóvenes y se comenta: “Con ello se va extinguiendo el lenguaje que acuñaron para excluir a penitenciarios y a cualquiera que no perteneciera a su mundo”. Según el informe anual de 2018 del Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución de la Pena (SNEEP), el 62% de los presos masculinos tienen entre 18 y 34 años.

Dejando de lado los prejuicios y las ideas preconcebidas, Agencia Paco Urondo dialogó con Carlos (49 años), recluso en un penal de la la provincia de Buenos Aires desde 2015 (prefirió no explicitar cuál para el artículo) y con Daniel (28 años), detenido en Unidad 39 de Ituzaingó. ¿Cómo es la vida en un penal? ¿Cómo son los vínculos con los demás presos? ¿Cuál es el camino a la «reinserción»?

APU: Al día de hoy, ¿existen tatuajes con significados propios dentro de la cárcel?

Carlos: Los tattoo tanto en los contextos de encierro como en el afuera cobran el sentido del individuo que los porta. Los tatuajes representativos del contexto de encierro tienen que ver con el mundo de la delincuencia y con imágenes religiosas de esa cultura, por ejemplo el Gauchito Gil, San La Muerte o armas. Los clásicos cinco puntos que representan un policía rodeado de cuatro delincuentes, las dagas rodeadas de víboras, las palabras “madre” o “padre”, cruces y nombres en general son cosas ya menos vistas. Y quedaron en general en el pasado. Hoy se buscan buenos tatuadores y buenos diseños. Pocos que tengan que ver con el contexto sino más bien con los mismos significados que el afuera. En el pabellón donde estoy hay un buen tatuador y trabaja todos los días haciendo todo tipo de diseños. Muchos nombres con lindos diseños, no tanta letra gótica como los gánsteres latinos. Más fileteada. Y los clásicos tribales y dibujos de animales. Búhos, tigres, lobos, peces koi, las calaveras también pero con muchos colores. Es decir, en realidad se perdieron los sentidos que tienen que ver con la cárcel para pasar a ser como en la calle, más estético. Se puede analizar también desde el prestigio o el status que se obtiene por el gasto en el cuerpo: a más tatuajes, más poder adquisitivo. Pero no genera más poder o intimidación como antes. Si entra un preso viejo, uno puede leer en su cuerpo que por esos tatuajes viejos es una persona que estuvo mucho tiempo preso. Eso también se puede deducir por las cicatrices que son un libro abierto para el buen observador.

APU: Según tu experiencia, ¿hay algo así como un “lenguaje” o vocabulario propio dentro del ámbito carcelario?

Carlos: El lenguaje tumbero está muy relacionado con el lunfardo. Porque fue un lenguaje arraigado en la noche, en la clase baja, en lugares de mala fama, en una cultura clandestina y discriminada. Nombrar las cosas conocidas de otra manera o darles otro sentido era diferenciarse de lo normal. Era pertenecer a otra cultura y eso se trasladó al contexto de encierro y adquirió el mismo sentido en cuanto a crear un lenguaje diferente a lo de afuera. Pero no fue como un lenguaje completo, sino una mezcla y cambio de palabras por otras. También por necesidades propias del contexto. Te doy un ejemplo para que se entienda: los factores de violencia que se manejan o manejaban en este contexto. Porque lo que hay que tener en cuenta es que la cárcel no era la misma hace diez años atrás. Vos no podías ir a alguien a pedirle un huevo. Porque seguro te ibas a llevar como mínimo una cargada de por vida. Por lo que el término representa un testículo. Ese término tuvo que modificarse a «¿Me das un producto de gallina?” y ahora derivó a «¿Tenés un producto?”.

Siguiendo con ejemplos de lenguaje, te puedo contar que, con el mismo sentido que el anterior ejemplo, no podés pedir «leche». Acá como no hay líquida y hay en polvo se le dice «vaca rallada». A la carne «tumba», al azúcar se le dice “brillo” porque brilla. El resto de los alimentos no cambia, pero por ejemplo si desde el servicio penitenciario se nos provee de azúcar, yerba, fideos, todos estos son «tumberos» a diferencia de cualquier otra cosa que sea de «la calle», eso es mejor. Y usar esas cosas en vez de las «tumberas» genera status. Como decía, el resto no cambia mucho en los alimentos. Otros términos, como decía, se relacionan al lunfardo, como “gil”, “chorro”, “cobani” (al policía porque con la cachiporra abanicaba), “yuta” (porque los policías iban de a dos como la yunta de bueyes), “gorra”, “botón”, “perejil”, “canuto”, “perico” (lugar donde se esconden cosas), “fuelle” (al calentador porque tiene una resistencia que parece un fuelle de bandoneón), “bartulo” (pastillas), etc. También hay dichos que varían según los penales y lógicamente el transcurso del tiempo ha cambiado los sentidos. Por ejemplo, el término «moño» o «regalo» era un término utilizado por la delincuencia para marcar a una posible víctima de robo, ahora se clasifica así a alguien que se equivoca o se manda alguna que es graciosa.

«La cantora» se le dice a algún equipo de música o parlante. «La chanca» a un equipo chico de música. «El tubo» a la tele. «Coche» al celu. «Llave» al chip. Hacer pesas o correr es «hacer deporte», estar todo el tiempo con el celu «emplaquetado», después tenés los clásicos como «violín» al violador, «transa» al que cayó por drogas. «Sopla bolsa» al buchón. «Hermanito», «foca» o «manos de payaso» a los que están en pabellones cristianos. Los últimos dos porque se la pasan aplaudiendo. «Hacer un pase» es llevar algo a alguien. «Ranchar» es comer con alguien. Por lo que «rancho» es la comida que nos dan. Después «compinche» o compañero que pasa a ser «cumpa» o «compa» o «ñeri». Los más peligrosos «chacales», «chacalotes», «wanchan» (por Wan Chan Kein, la serie de artes marciales), son los que pelean. «Cuchillos largos», los que pelean con «facas», cuchillos caseros largos. «Arpones», palo con una punta de metal. Los gatos son los que atienden a los «buenos» chorros que pelean. Pero eso ya no es tan así como se muestra en alguna serie, pero en algunos penales o pabellones sí.

APU: ¿Notás algún rasgo compartido entre los internos? Como, por ejemplo, el uso de cierta vestimenta o cierto corte de pelo.

Carlos: La vestimenta tiene que ver con el estatus de chorro. Pero como se pasan mucho las cosas todos tienen equipos de gimnasia, generalmente zapatillas de marca pero poco originales. Depende de los pabellones en «población» que son de más conflictos. Sí equipo de gimnasia a full, «visera» gorra. Pero no hay algo fijo. Otros tienen ropa de marca pero pocos original. Ya eso no marca el status. Y el corte de pelo también va a la moda de afuera. Corto, hasta teñidos y con dibujos. El clásico es como si fuera militar como el servicio pero más largo arriba. Hay siempre peluqueros que andan por todo el penal.

APU: Cómo son los lazos comunitarios entre los internos? ¿Existen códigos propios o “rituales” dentro de la cárcel?

Carlos: Te voy a contar algo que sucede en este tipo de penales, que muchos son iguales, así que es algo común. Se llama «la causa». Te explico. Acá hay pabellones colectivos llamados módulos. A diferencia de pabellones con celdas que son para 6 pero que llegan a ser 10. Acá, estos módulos son para 60, pero nunca somos menos de 70 y llegaron a 90. Estos pabellones están divididos en la parte de las camas dormitorio separado por las taquillas de material, son como estanterías donde van la mercadería y las cosas para cocinar. Y el comedor donde hay 8 mesas con 2 bancos a cada lado de 2,30 metros más o menos. En cada mesa comen entre 8 y 10 personas. Puede haber una «ranchada» de toda la mesa es decir 10, 8 o hasta 2 personas y también uno puede comer solo, como yo. Pero todos en la misma mesa y lógico puede ser a diferentes horas. Bueno, estas mesas están numeradas del 1 al 8, en la mesa 8 están los de limpieza quienes manejan el pabellón. Ellos limpian todos los días pero su trabajo es llevar al pabellón, es decir que no haya problemas y si los hay arreglarlos. Sacar a alguien o ver quién entra. Bueno, a pesar que limpian cada mesa les toca un día de limpieza y ese día de limpieza se llama «la causa». Se limpia el baño profundamente tres veces al día y cada hora se barre y pasa el trapo. Se saca la basura y se mantiene todo limpio. Hasta las 8 que se limpia todo de nuevo y se suma la cocina. Eso todos los días una mesa diferente y en orden. Es decir que cada ocho días nos toca «la causa», es un trabajo que produce tensión porque siempre hay alguien que hace más que otro para hacerse ver y quien no hace nada entonces trae conflictos. También «la causa» se le llama a lavar los platos. Y en cada ranchada como para hacer la comida se turnan. Es decir que un dicho común es decir: «estoy de causa». Es un momento en que tenés que socializar quieras o no porque hay que hacerlo organizado. Uno hace una cosa y el otro otra, sino nos chocaríamos. Otro hecho social identificado en este contexto es «la cabida». Se le dice así al grado de relación personal que tengas con otra persona, vos le das la cabida a quien quieras pero eso incluye cargadas muy comunes y si cargás y pasás la cabida, bancate las consecuencias. Eso puede traer problemas porque no todos los días son iguales y si tuviste problemas en tu casa y estás mal y alguien que tiene cabida te jode capaz que no bancás y te podés enojar y terminar peleando. Acá hay un estado de tensión constante, no te podés relajar nunca, hay que estar atento porque a pesar de que es un pabellón tranquilo nunca se sabe.

APU: ¿Qué significa para un interno recibir visitas?

Carlos: La visita comienza una semana antes, en la que la persona empieza a juntar productos para cocinar algo, en general es algo dulce: tortas, pastafloras, postres, gelatinas, flan, galletitas, pepas y en algunos casos la comida también es preparada por el interno. Pero lo más general es que la familia traiga la comida, «comida de la calle» que tiene otro gusto y está hecha por la familia. Si no se tienen los elementos para realizar estas cosas, se piden. Es común escuchar «¿Tenés un producto para visita?» o «¿Tenés un flan para visita? Después te lo devuelvo», si es para visita sí. Azúcar, yerba de la piola. Para la familia lo mejor. Así también la ropa, se pide prestado si no se tiene algo lindo o para cambiar y no ir con lo mismo. En general se tiene una muda de ropa exclusiva para visita. Como también el bolso de visita, un implemento de mucho valor social, es lo primero que se acomoda en «mono» (bulto hecho con una frazada que contiene todas las pertenencias del preso) cuando se sale de traslado. En el bolso de visita están todos los cubiertos, platos, bandejas, servilletas, manteles, sal, azúcar, yerba, vasos, jarras, etc. Todo lo que hace falta para una comida que no sea la comida. Con ese bolso que lleva lo mejor que tiene o lo que pide prestado sale el preso. Sobre ese bolso por lo general se acomodan frazadas y cubrecamas para que se siente la familia. Todo perfumado y limpio. En otras bolsas lo que se cocinó y si se tiene que cocinar algo en el momento se lo manda a pedir al pabellón que seguro los compañeros están haciendo la comida. Para estas ocasiones en las que se cocina en el pabellón para la visita es realizada con el mayor de los respetos porque es para la familia.

En visita el ambiente es de una mezcla de alegría, tristeza y tensión. Porque es un lugar donde se juntan muchos y puede haber algún problema. Por lo que nunca se está del todo relajado. Los sentimientos están presentes pero el preso no demuestra mucho porque no puede demostrar debilidad. Y por eso es de tensión la situación. En caso de ser la pareja la visita, en algunos casos hay «carpas», lugares confeccionados por los de limpieza del lugar de visitas con frazadas y colchones en los que la pareja puede tener intimidad por unos minutos. Al terminar la visita se retira el «bagallo», bolsas con mercadería que trae la familia y al llegar al pabellón se devuelve lo pedido y se comparte algunas cosas de la comida que sobró entre los más cercanos.

APU: ¿Cómo es tu experiencia como estudiante en contexto de encierro? ¿Cómo arrancaste a cursar las carreras de Comunicación Social y Antropología Social?

Carlos: Me enteré que había universidad y terciario, pero ni idea qué carreras ni qué era el terciario. Después me anoté en la carrera de Comunicación Social y en terciario Técnico Especializado en Trabajo Social. Llegué hasta el cuarto año y a su vez me anoté en la carrera de Antropología Social. Como el primer año son casi las mismas materias que las de Comunicación, las hice equivalencias y empecé a rendir una materia de cada carrera. La modalidad es de estudiante libre. Me tengo que anotar y pedir permiso para salir a la mesa con toda la custodia. En todos esos años participé activamente del centro y fui presidente por tres años. En esos tres años en el centro tuvimos muchos avances y llegamos a tener 60 estudiantes. Realizamos muchos proyectos, incluida la radio. Accedió a venir un profesor de radio y se realizó un taller, pero como ya teníamos una idea nos sumamos al programa “Telarañas” que ya se venía realizando desde otras unidades penales. Y así pudimos grabar e ir a la radio a hacer programas en vivo. Muchas satisfacciones. Al mismo tiempo salía a rendir varias materias y actualmente tengo aprobadas catorce materias entre las dos carreras. Desde hace casi un año y medio participo del centro de acá como bibliotecario, haciendo a su vez muchos proyectos y la radio.

APU: ¿Cómo están viviendo la pandemia?

C: En esta época de pandemia el servicio nos convocó para ayudar a hacer escritos judiciales para toda la población, para calmar el clima de tensión que había en el penal. Hasta ahora venimos haciendo cerca de 400 escritos. A su vez nos nombraron facilitadores educativos con el trabajo de organizar, repartir, orientar y juntar la tarea de nivel primario y secundario en toda la población. Trabajamos todos los días de 8 a 15 hs. Participé de un taller en el que se nos instruía en el manejo de una biblioteca móvil. Cuando empezó la pandemia presentamos un proyecto para poner la biblioteca en funcionamiento y hasta ahora se han leído más de cincuenta libros.

Códigos de cárcel

Daniel tiene 28 años y es interno en la Unidad 39 de Ituzaingó. «El trabajo es casi imposible. De mil, solo trabajan cincuenta. La educación se extiende un poco más pero tampoco hay lugar para todos. Un preso se mantiene y sobrevive como puede. El servicio penitenciario no abastece a nadie de elementos de higiene ni comida. Por ese motivo, las familias de los detenidos llevan tantas cosas a los penales», describe.

APU: ¿Cómo son los lazos de comunidad entre los internos? ¿Hay códigos de respeto?

Daniel: Existen códigos que son solo de la cárcel. Códigos de convivencia. Cosas que están bien y cosas que están mal. La gente que vive y comparte la mesa con uno pasa a ser tu familia. Tu responsabilidad. La gente que roba solo se relaciona con esa misma gente. El que no roba es el gil. El código principal es que la cárcel se hizo para los chorros y homicidas. Por ese motivo se desprecia a los violadores, transas y “mata conchas” (asesinos de mujeres). Esa gente debe vivir refugiada en iglesias, pabellones de “hermanitos”, al cual los pibes que andan robando no pueden ir. Al ingresar a un lugar así estas quebrado. No te dejan levantar una faca, ya que solo pelean los delincuentes.

APU: ¿Qué significa para un preso recibir visitas?

Daniel: La visita es lo que más se respeta en este lugar. Sea quien sea, se le respeta. Más si es una madre o mujer, se le respeta a quien sea.

APU: ¿Cómo es el trabajo y la educación en contextos de encierro?

Daniel: El trabajo es casi imposible. De mil, solo trabajan cincuenta. La educación se extiende un poco más pero tampoco hay lugar para todos. Un preso se mantiene y sobrevive como puede. El servicio penitenciario no abastece a nadie de elementos de higiene ni comida. Por ese motivo, las familias de los detenidos llevan tantas cosas a los penales.

APU: ¿Y existe alguna veta artística dentro del penal? Quiero decir, reclusos que hagan música, actúen, pinten, etc.

Daniel: No. Solo manualidades que algunos hacen para intercambiar con cosas necesarias. Mirá, en algunos lugares hice talleres de música pero es muy difícil que te den un espacio. Y todo lo demás debemos conseguirlo nosotros.

APU: Me imagino que hay pocos recursos en ese sentido.

Daniel: En todos los sentidos no hay ningún recurso. Si a usted su familia u otro interno no le da una manta y un plato de comida no se lo va a dar nadie. Eso es seguro.

APU: Los descuidan mucho.

Daniel: Por ese motivo le pregunté si quería saber la realidad o la mentira que pasan en la tele.

APU: ¿Y cómo los afectó la pandemia de este año? ¿Qué cosas cambiaron para ustedes?

Daniel: La gente como yo ya no sale de transitoria ni tenemos visitas. Lo demás todo igual. Sanidad no te da ni una Bayaspirina.

APU: ¿Y con los guardias cómo es la relación?

Daniel: Respeto solamente. Si ellos respetan se les respeta.

APU: ¿Y deportes se practica algo?

Daniel: Sí, fútbol.

APU: ¿No hay problema con que estén comunicados? Usar celular, tener Internet, usar las redes sociales. Me imagino que está permitido.

Daniel: Ahora sí, por la cuarentena. Pero antes no. Se tenía igual. Porque sino no tenés forma de comunicarte con tu familia. O, en mi caso, ver crecer a mi hijo. Venía la requisa, te lo llevaba y se lo volvías a comprar. Así funcionaba.

APU: Se aprovechan de la necesidad.

Daniel: Claro. Esto es un negocio.

APU: Siempre se habla de la reinserción social, pero creo que no se termina de hacer mucho al respecto.

Daniel: Esa es una mentira grandísima. ¿Quién se ocupa de eso?

Fuente: Agencia Paco Urondo 

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