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Un fantasma recorre Argentina

Otra vez la palabra comunismo introducida desesperadamente como eje de la guerra cultural.

Otra vez la palabra comunismo -ante la carencia de argumentos- introducida como anatema en el seno de la guerra cultural.

Por Ricardo Peterlín. La controversia oculta. El 2020 no solo trajo una situación excepcional que trastocó todos los ámbitos de nuestra vida, sino que además resucitó ciertas discusiones, aparentemente perimidas, que vuelven a poner en el centro del debate núcleos sensibles de la vida democrática argentina.

No solo el país se encuentra atravesando uno de los puntos más críticos de la pandemia en lo que respecta al número de infectados, sino que además el “veranito” que todo nuevo gobierno goza a los pocos meses de asumir parece haber terminado hace un tiempo, y se suceden diversas manifestaciones desde distintos sectores sociales que parecen ver en el gobierno de Alberto Fernández una amenaza para sus derechos y el de las futuras generaciones; veamos de que se trata.

El monstruo cambia de nombre

Durante muchos años escuchamos en el debate político nacional una palabra poco conocida para la mayoría de la sociedad y muy utilizada por está para identificar ciertas prácticas e ideas políticas, el término en cuestión era el de “populismo”. Este concepto complejo, muy trabajado en la comunidad académica, fue totalmente vaciado de contenido, asumiendo una connotación claramente negativa y siendo utilizado frecuentemente de manera peyorativa. De esta manera, el fantasma del “populismo” comenzó a utilizarse sin ningún tipo de rigor teórico para atacar a los diferentes gobiernos que intentaron trastocar el orden neoliberal en América Latina. Cualquier medida o iniciativa que buscaba redistribuir la riqueza, lograr una mejora para los sectores populares y obreros, otorgar derechos a grupos diversos de la sociedad civil y por sobre todo regular la actividad económica era tildada de “populista”. De esta manera se logró imprimir en el imaginario social una relación entre este término y el “autoritarismo”, el “clientelismo” y el “despilfarro”.

En las últimas semanas hemos visto en reiteradas ocasiones que existe una nueva palabra maldita que viene a instalarse en la comunidad como la principal amenaza, el monstruo cambió de nombre: “comunismo”.
A partir de ciertas iniciativas que el gobierno evalúo tomar en medio de una crisis sin precedentes, generada en gran parte por los 4 años de un verdadero saqueo de los recursos públicos en favor de los sectores concentrados de la economía representados por el gobierno de Mauricio Macri y siendo agravada por una pandemia sin precedentes que está derrumbando la actividad económica del país, las clases dominantes vuelven a disputar el sentido común social, identificando como “comunista” al gobierno nacional y sus seguidores.

La primera medida que se evalúo fue un impuesto a las grandes riquezas para poder obtener recursos que puedan transferirse a los sectores más vulnerables de la sociedad en medio de este duro momento. Seguido de esta iniciativa, en las últimas semanas el gobierno se mostró a favor de la expropiación de la empresa Vicentin, realizadora de una brutal estafa en el último período del gobierno de Cambiemos, debiéndole al estado una suma enorme de dinero, poniendo en peligro los puestos de trabajo de miles de personas y pudiendo derivar en la compra de la empresa por multinacionales extranjeras concentrando aún más la producción nacional y fugando nuestros recursos.

Estas dos iniciativas sumadas a la extensión de la cuarentena, convirtiéndose en la más larga del planeta, parecen representar para ciertos sectores de la sociedad civil, un avance sobre la propiedad privada y las libertades individuales, tan difundidas por el neoliberalismo y sus intelectuales orgánicos en las últimas décadas. Pero de lo que se trata en realidad es de una discusión basada en premisas falsas que no debemos tomar como natural ni espontanea.

Caído el muro de Berlín y terminada la Guerra Fría, el movimiento revolucionario mundial sufrió una dura derrota y no se vislumbra (por ahora) la capacidad de un proyecto anticapitalista de instalarse en el imaginario social con anclaje en la realidad efectiva. En nuestro país fue necesario para que esto ocurra la desaparición de 30.000 personas, la tortura y el terror como métodos de disciplinamiento social. De esta manera el “consenso democrático” que se abre en nuestro país en 1983 es hijo de un enfrentamiento en donde un sector fue vencido y los vencedores inauguran una etapa de “tregua” donde el horizonte del capitalismo y la propiedad del gran capital aparecen como “insuperables”.

Pero nunca un proceso de generación de consenso y obediencia es inquebrantable y perfectamente hermético, siempre surgen hendijas por donde se filtran desviaciones y rebeldías con respecto al orden establecido. En nuestro continente este proceso tomó forma desde la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela, seguido de distintos gobiernos populares que lograron cuestionar el orden neoliberal y el fin de la historia.
La discusión central que llevaron a cabo estos gobiernos y que es en gran parte la discusión real que existe hoy en el mundo, es la importancia del estado como herramienta de distribución de la riqueza e intervención en la economía o como instrumento de concentración y desregulación del mercado. La falsa dicotomía entre sectores que buscan la presencia del estado interventor y quienes buscan el “estado mínimo” no es la piedra de toque para entender lo que se juega el mundo después del COVID-19, sino la disputa por dirigir y administrar ese estado en favor de las mayorías o en favor de la concentración del gran capital.
De esta manera la falsa discusión entre, “propiedad privada- democracia” y “comunismo-autoritarismo” esconde el verdadero sentido de la controversia actual, la imposición de un determinado proyecto de estado y hegemonía social en los marcos de una fenomenal crisis capitalista.

Estado, hegemonía y dominación

Desde muy chicos nos enseñan que el estado es “neutral” es decir un conjunto de instituciones a cargo del ordenamiento jurídico de una nación ejecutadas por una burocracia imparcial al estilo Weberiano. Pero existen diferentes miradas que buscan complejizar la teoría del estado y enriquecer el debate.
Como bien plantea Lenin en su libro “El estado y la revolución” no podemos comprender cabalmente el funcionamiento del estado y sus instituciones si le sacamos el componente clasista que este tiene, no solo en su origen histórico sino también en su funcionamiento concreto. De esta manera otra interpretación que caló muy hondo en el sentido común social, esa que expresa que “el estado somos todos” queda suprimida por el planteo leninista. El estado nunca es una herramienta en manos del pueblo, sino que funciona a través de la monopolización del mando y la centralización de la toma de decisiones en manos de minorías que las llevan a cabo y que no son precisamente “neutrales”.

Es interesante desde esta óptica utilizar la metáfora empleada por Marx y recientemente divulgada por el ex vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, que define al estado como una “comunidad ilusoria”, es decir como un sentimiento de identificación de la sociedad con el estado como garante de los recursos comunes y públicos que se administran para preservar el bien común (comunidad) pero que no funciona en estado de asamblea permanente o democracia directa sino que sus estructuras están monopolizadas por una minoría especializada (ilusoria).

Aclarado ese carácter clasista y monopólico del estado, es menester analizar ciertos puntos que ilustran la importancia del mismo para consolidar un proyecto hegemónico y resguardar los intereses populares en el marco de un moderno sistema-mundo imperialista que avanza sobre la soberanía de los estados periféricos.
Según la lógica que Antonio Gramsci aportó al debate sobre el estado desde el pensamiento crítico, el estado no está constituido solo como una “sociedad política” separada de la “sociedad civil”. El italiano derrumba la famosa separación contractualista entre “estado” y “sociedad”, por el contrario comienza a entender a estos espacios de manera complementaria con la renombrada categoría de “bloque histórico”. De esta manera el estado no es solo la mera administración de la riqueza, la ley, el parlamento, y demás estructuras, sino que es fundamentalmente un espacio de reproducción de hegemonía, de difusión de ideas y generación de valores éticos en la sociedad. Cualquier proyecto que busque imponerse transformando un tipo de sociedad y cultura determinadas necesita del ámbito del estado para difundir sus valores y lograr que estos se expandan al resto de la comunidad, es decir obtener legitimidad en la imposición de determinado consenso.

Es por todo esto que el estado tiene un rol fundamental en el panorama mundial actual, sin dejar de ser un estado asimétrico, desigual y que no es susceptible de resolver todas las demandas por igual sino que a menudo reproduce desigualdades propias del modo de producción capitalista, los estados-nación siguen teniendo vital importancia como “campo de batalla” donde se generan múltiples relaciones de fuerza y de poder. Dependiendo del proyecto político que logre hacerse del poder del estado, este puede derivar en un proceso beneficioso para las mayorías o en un proyecto servil al imperialismo y los sectores concentrados del poder económico mundial. Así como también dependiendo del grado de democratización que pueda llevar adelante un proyecto político, el estado puede ser atravesado por las clases populares sin cooptar su autonomía, pero incorporando nuevos sectores a su funcionamiento, esa lógica que alguna vez Evo Morales llamó “poder obediencial”, donde el mandatario es el pueblo y quien obedece es el dirigente, inversión del planteo de Max Weber.
Es por esto que la falsa discusión entre “democracia” y “comunismo” esconde la verdadera pulseada que existe por el carácter que va a adquirir la salida a una fenomenal crisis que deja el COVID-19. ¿Se impondrá un proyecto de estado que cuide las grandes riquezas afectadas por la crisis mundial o un estado que confronte contra esos intereses oscuros para paliar las necesidades de los sectores más humildes de la sociedad?

La disputa por el sentido

Como última reflexión, un hecho muy ilustrativo de las ideas que buscan imponer las clases dominantes en la comunidad, sucedió hace muy poco cuando en la localidad donde radica la empresa Vicentin mucha gente salió a defender a este grupo de estafadores bajo la consigna “Todos somos Vicentin”. Está claro que esta reacción no fue espontanea, sino que es un producto del miedo generado a través de diversos medios de comunicación con el supuesto avance de una “dictadura comunista” que vendría por la “propiedad privada” y las “libertades individuales” del conjunto de la población. Situación que plantea un interrogante: ¿Es el comunismo sinónimo de dictadura y totalitarismo? ¿Debemos resignar esa palabra como ya hemos resignado muchas aceptando la derrota ideológica frente a nuestros adversarios?
Sería largo de explicar porque no resulta escandaloso que se vuelva a hablar de las teorías de Milton Friedman o Von Hayek a manos de los economistas “libertarios” tan famosos en la actualidad, después de todo el daño que le han causado al país en la historia reciente. Sin embargo, pareciera que debemos resignarnos a que la palabra “comunismo” o “socialismo” sean convertidas en “malas palabras” para el común de la gente.

Desde mi punto de vista creo que no deberíamos resignar las verdaderas ideas libertarias y democráticas que radican en el pensamiento marxista y que como le refutó Galvano Della Volpe a Norberto Bobbio no tienen nada que ver con el liberalismo sino todo lo contrario.
Sería un error enorme entregarles gratuitamente esos conceptos a los defensores del neoliberalismo mundial y aceptar como horizonte insuperable esta forma de orden social catastrófico que está llevando al planeta a una situación límite. Rescatando los valores humanistas, democráticos, libertarios y revolucionarios del pensamiento marxista como una “filosofía de la praxis” en donde la acción del hombre es la principal herramienta para transformar la realidad, es que podemos emprender una verdadera “creación heroica” para lograr una nueva humanidad y ponerle fin a esta lamentable etapa de la historia.

Ricardo Peterlin: Licenciado en Ciencias Políticas. Ayudante adjunto de la cátedra Análisis del Discurso Político durante el año 2016; asistió a la «Cumbre de las Juventudes Antiimperialistas» organizado por la vicepresidencia de Bolivia como miembro del partido Nuevo Encuentro en 2016.

Artículo enviado por el autor para su publicación
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