Patricia Bullrich, la conversa

La deshonestidad de Patricia Bullrich se basa en obturar el sentido de lo moral y lo justo al servicio de lo estratégico. Así trabaja sobre el odio ciudadano, aplicando el secesionismo como una forma de arriar a ingenuos y a deseosos. Y si para algunos su andar y su decir son sólo desvaríos grotescos, debemos saber que esto no ha sido nunca un escollo para la carrera hacia el poder ni tampoco para ejercerlo.

Patricia Bullrich, el rostro de la derecha Argentina

Patricia Bullrich, el rostro de la derecha Argentina

Por Marcos Doño. Una breve semblanza. Patricia Bullrich hace terrorismo verbal. Y lo sabe. Las medidas adoptadas por el gobierno Nacional debido a la pandemia son puestas por su boca en duda, instalando una falsa dicotomía entre libertad y cuarentena. Es su objetivo inmediato, el de generar confusión. Y la confusión alimenta su liderazgo, tanto en el seno del PRO como en una porción no despreciable de la ciudadanía. Pero lo suyo no es sólo convicción ideológica sino una actuación política premeditada, en lo que considera su posible carrera electoral hacia el sillón de la Rosada.

La ex ministra de Seguridad del gobierno saliente sabe muy bien el escozor que representa para los votantes del gobierno de Alberto Fernández; es parte de su estrategia.
En esta etapa, y no le importa qué escrúpulos deba vender para lograrlo, su objetivo ideológico es el de transformarse en el vórtice político que reúna a lo más duro de la derecha argentina. En este sentido, con la ayuda inestimable de la prensa corporativa y el ala más dura del PRO y los aliados radicales, Bullrich se ha ido transformando en un referente del histórico conservadurismo vernáculo y de las nuevas huestes de una clase media, educada en las consignas de la prensa canalla.

Es en este clima que se aprovecha sin pudor alguno del sentido degradado de las palabras, y le habla al mundo de democracia, libertad y republicanismo, como sus valores esenciales. La confusión de sentido se ha vuelto el arma más efectiva en la construcción de un poder que ya no puede abrevar en el golpe de estado, por carecer de consenso internacional y local. Hoy el método es sembrar el caos verbal, anudar y desanudar, erigirse en libertaria y republicana, a sabiendas de que esas consignas no la representan. La alevosa destitución del sentido de la verdad y la justicia que se viene ejerciendo en estos últimos años, ha logrado hacer del entendimiento público un marasmo casi irrecuperable. Aquí radica el mayor peligro, en hacer del lenguaje, de la comunicación, una imagen especular de lo real y sin que se pueda discernir cuál es cuál.

La deshonestidad de Patricia Bullrich se basa en obturar el sentido de lo moral y lo justo al servicio de lo estratégico. Así trabaja sobre el odio ciudadano, aplicando el secesionismo como una forma de arriar a ingenuos y a deseosos. Y si para algunos su andar y su decir son sólo desvaríos grotescos, debemos saber que esto no ha sido nunca un escollo para la carrera hacia el poder ni tampoco para ejercerlo. Quienes denostaban a Hitler, se mofaban diciendo de él que era un hombrecito de bigotito grotesco. También Mussolini y sus gestos grandilocuentes fueron tipificados de grotescos. ¿Y qué mejor ejemplo que los actuales presidentes de los Estados Unidos y Brasil?

Hay algo en el espíritu de Patricia Bullrich que quiere ser la Margaret Tatcher argentina. Tanto se ha mimetizado con la dama de hierro inglesa, que hasta ha llegado a adherir, con total impudicia, a la antipatriótica idea de que los argentinos deberían abandonar cualquier lucha por la soberanía de las Islas Malvinas. Es pueril, por ello, criticarla moralmente por lo que exhibe, ya que es justamente lo que quiere que de ella se vea, que es el referente reaccionario y violento de una argentina entroncada con lo más oscuro de nuestra historia.
Su falta de pudor deviene de la fe del converso, que es la fe del fundamentalista. Es en este sentido que siempre hará lo posible para que no queden dudas sobre cuál es la religión a la que se ha unido. Y si es verdad que su conversión lleva años ya, nunca con tanta devoción desde que se mudó al hogar del PRO. Así son los conversos, como aquel que se volvió el mayor inquisidor, Torquemada, el confesor de la reina Isabel la católica. Porque el converso convive con un plus de fe que lo empuja a escapar de su pasado, de cualquier vestigio que pueda sembrar dudas sobre su verdadero amor. Sin embargo, Patricia Bullrich es un raro caso de doble conversión, ya que años atrás, por los 70, ya había dado un salto de fe cuando campeaba la JP y Montoneros, y con ellos se paró en la vereda de enfrente de su apellido tradicional, tan de la oligarquía estanciera argentina. Apellido que no es cualquiera ni sólo el de un suntuoso shopping. Sólo hay que revisar un poco en la historia de la Argentina para encontrarse con las andanzas de esta familia de la autoproclamada aristocracia, que se enriqueció con el robo a los fusilazos de las tierras de los pueblos originarios, que escrituraron como propiedades privadas, en un acto de moral grotesca en nombre de la civilización.

De ahí viene Patricia, de esos tiempos, de esa escuela de altivos. Y de estos tiempos también, los de la aceptación de un modelo de explotación en el que el 1% de los más ricos del mundo acumula el 82% de la riqueza global. Ese impase en su vida, que la puso al lado del pueblo, acaso fue sólo un juego pasional de juventud. La verdadera Patricia es ésta y se ha confesado ante la historia como la Bullrich de la oligarquía rimbombante. Es la Bullrich de la represión a los campesinos de la Patagonia lanera, la del poder que reprimió a las clases trabajadoras en la Semana Trágica. A no confundirse que su borrachera verbal no es la que sale de una botella. Le viene del olor de la bosta estanciera, de ese aroma que siente como natural del poder, que le funciona como estimulante. Es allí donde se siente cómoda. Y si hubo un tiempo no muy lejano en el que algún prurito todavía le agobiaba el discurso, hoy ya está definitivamente perdido. Por fin se ha animado a asumirse como una Bullrich de pura cepa. Después de todo: ¿qué otra cosa podría esperarse de alguien tan afecta a las uvas… de la ira?

Texto enviado por el autor para su publicación.

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