No, no estamos unidos

No, no estamos unidos los argentinos. Y es por esto que el poder de gobierno y la ciudadanía con conciencia social, debemos organizarnos y actuar, cada uno desde su ámbito y con la mayor celeridad. Acaso porque este poder es prepotente y se maneja de manera inmisericorde. Y se asienta en un odio enraizado, que ha sido regado por décadas y décadas, y cuya naturalización se manifiesta igual que los odios en tiempos de guerra, cuando exacerbados por la propaganda, los pueblos son empujados a cometer los actos más inmisericordes e inmorales.

No estamos unidos

No estamos unidos

Por Marcos Doño. (*) Uno le busca la vuelta por aquí, el otro le busca la vuelta por allá, unos cuántos se juntan y debaten y explican cómo sortear económicamente la crisis que ha provocado la pandemia del coronavirus. Y lo único concreto es que nos seguimos mordiendo la cola.
Conciudadanos, ¡plata hay y de sobra! Es más, hay como para que los asalariados puedan comer bien aunque no vayan a trabajar durante el tiempo que dure esta crisis sanitaria. Crisis que, además, hay que decirlo, no durará más de unos meses.

En este ínterin, las grandes fábricas, las corporaciones y las empresas financieras, llámese bancos y otras yerbas opiáceas, pueden aguantar sin que el parate les haga siquiera cosquillas.
Sin dudas, la cosa no pasa ni por aquí ni por allá ni por más allá, sino porque el 1% más rico de la Argentina, al igual que el 1% más rico del mundo, suelte los dineros mal habidos. Y digo mal habidos porque nada que tenga que ver con la honestidad y el trabajo lleva a que un puñado de empresarios logre concentrar de manera regular la misma riqueza que 3 mil millones de personas. ¿Un poco difícil, no?
Y lo peor es el argumento que usan siempre: “¡Mi fortuna la hice trabajando!” ¡Pero que hay que ser caraduras!
Entonces, la única salida será que de una buena vez, dentro de las prerrogativas que nos permiten las leyes y la Constitución Nacional, les hagamos entender que estamos ante una situación extrema. Y situaciones extremas exigen y nos dan derecho a soluciones extremas. Todo lo demás es sucedáneo de una realidad que se irá volviendo más compleja y tortuosa si las medidas que se tomen no contemplen radicalmente que la torta ya no podrá repartirse en porciones tan desiguales como hasta ahora.
Todos quieren y tienen derecho a comer. Sobre todo si, como se sabe, estas fortunas no se lograron con el trabajo sino con las prebendas y los subsidios de un Estado que, paradójicamente, ha sido siempre el blanco de sus críticas y sus ataques.

Como ejemplo, quiero recordar alguno de los juegos que jugaba, en los años dulces de su dominación, cuando nos llamaban el granero del mundo, la oligarquía terrateniente.
Me refiero a los comienzos del siglo XX, cuando los patrones de estancia se codeaban con la aristocracia y la alta burguesía europea; con la inglesa para sus negocios y con la francesa para la moda y la cultura. Por esos días se erigieron los grandes palacios que hoy son visitados por el turismo local e internacional. La mayoría de ellos son copia de otros del viejo continente, de donde se traían los arquitectos, los planos y hasta los materiales para su construcción. También una época en la que esa oligarquía insaciable viajaba en barco llevándose algunas de sus vacas lecheras y de faena para el viaje y la estadía, porque, claro, cómo no hacerlo cuando se siente ser, y de hecho lo eran, propietarios de un país que les dio esas tierras a fuerza de fusiles y asesinatos en masa de sus verdaderos dueños, los pueblos originarios.
Pero hubo un día en que las cosas ya no fueron tan bien como ellos querían, tiempos de crisis internacional, años de caída de las bolsas del mundo, sobre todo la norteamericana, y del inicio de los golpes de Estado en la Argentina, con la destitución de Hipólito Irigoyen, quien, entre otras medidas y en defensa de la soberanía energética de la Nación, se había enfrentado con su dictamen del 6 de septiembre de 1930 a los Estados Unidos, más propiamente a la empresa petrolera Standard Oil, que estaba detrás de este negocio.
Tal como lo consignara en aquel momento el escritor y periodista Raúl Scalabrini Ortiz, luego de participar en la trama del golpe, la Standard Oil le cedió al gobierno de facto de José Félix Uriburu a uno de sus empleados jerárquicos, el abogado Matías Sánchez Sorondo, quien venía desempeñándose nada menos que como consejero legal de la empresa norteamericana. Por sus servicios prestados, el abogado, perteneciente a una de las familias más conspicuas de la oligarquía, fue nombrado Ministro del Interior. Y completaron la indecencia los nombres de Ernesto Bosch, Octavio Pico y Horacio Varela, todos miembros jerárquicos de empresas petroleras británicas. Así, la energía de la Argentina, estuvo a “buen resguardo” de los dos imperios.

Sigamos con los “hogares” de los estancieros. Los negocios que a estas familias les habían permitido construir sus palacios, se vieron enfrentados a una crisis internacional, la de 1930, con lo cual el mantenimiento de semejantes lujos se había transformado en una carga que no estaban dispuestos a sostener. ¿Pero para qué están los amigos, no?
Así es, los amigos no les fallarían porque estaban en el lugar justo y en el momento justo: el gobierno de facto. Uno a uno, esos palacios fueron adquiridos por el Estado Nacional, que pagó fortunas, salvo por algunos que pasaron a manos de embajadas como las de Francia, Brasil y Estados Unidos. Claro que la compra de esos inmuebles se pagaría con el trabajo y los impuestos de la ciudadanía. A partir del «éxito logrado», esta práctica se repetiría en los sucesivos gobiernos cívico-militares, tal como ocurrió con la estatización espuria que llevó adelante el Ministro de Economía Domingo Cavallo con las deudas de las empresas de Macri, La Serenísima, y tantas otras en la década del 70.
Hoy, una vez más, sin importarles la gravedad de una crisis sanitaria que nos ha colocado en un virtual estado de guerra, es esta misma clase social y esta misma mentalidad empresarial, la que ha vuelto a comportarse con la misma insolidaria indecencia. Claro que en otros tiempos geopolíticos y con el apoyo de países como los Estados Unidos, Inglaterra y Francia, sus pretensiones se saldaban con las botas y a los tiros. Eso les había garantizado siempre el orden social para la aplicación de su tan amado modelo socioeconómico de concentración extrema de la riqueza.
Pero hoy ya no hay golpes de Estado, chocan al imaginario social. Y una vez más: ¿para qué están los amigos, no?
Y los amigos están y son más poderosos que otrora. Y mejor vistos. Son amigos que esperan y conspiran agazapados. Y si es necesario, vociferan ante la opinión pública. Estos amigos y ellos mismos trabajan en conciliábulo, de maneras sutiles y también descarnadas, de ser necesario. Y tienen a la mentira como la verdad. Y se sirven de las armas más poderosas y refinadas, las de la violencia simbólica, que la tecnología permite expandir de manera exponencial.
Este es un poder de facto innominado, que se mueve más rápido que el contagio de un virus que ha trastocado la vida de todos en este planeta. Este poder actúa como el canto de las sirenas y debe ser detenido. Es una ilusión pueril creer que el país esta vez se ha unido ante un enemigo común: el coronavirus. Esta ingenuidad nos llevará a un camino sin salida.

La Guerra de Malvinas ya demostró que este poder no sólo es insaciable sino infinitamente inescrupuloso. Recuerdo esos días aciagos, esto se supo mucho tiempo después, que nuestros soldados eran tratados en el frente como esclavos, sin la más mínima aprensión, ajenos a cualquier sentimiento patriótico. Y la sociedad creyó y llenó la Plaza de Mayo vitoreando a uno de esos dictadores, el borracho general Fortunato Galtieri, que nos mandó a la aventura de la muerte sólo por perpetuarse en el poder de facto. Y por esos días, la devoción genuinamente patriótica de la ciudadanía fue llamada a ayudar y llovieron los objetos de valor y los alimentos de la solidaridad. Pero nada perturbó a los ausentes corazones de una clase social que ya había deshecho al país en beneficio de sus negocios. Y así, la ayuda en la gesta por Malvinas, fue saqueada por quienes se creían los dueños del país. Como el pus, el tiempo sacó a la luz el maltrato, la desidia y la bajeza de una clase social y un poder que maltrató y hasta se robó las joyas donadas por el pueblo tras la convocatoria que se había hecho en un programa de televisión. Iniquidad que fue descubierta cuando una de las personas que había tenido el gesto solidario descubrió que su donativo lucía en el cuello de la esposa de uno de aquellos generales asesinos, mientras esperaba en la cola de un cine.  Hay un pueblo con conciencia y un pueblo que está siendo empujado a jugar con fuego.

No, no estamos unidos. Y es por esto que el poder de gobierno y la ciudadanía con conciencia social, debemos organizarnos y actuar, cada uno desde su ámbito y con la mayor celeridad. Acaso porque este poder es prepotente y se maneja de manera inmisericorde. Y se asienta en un odio enraizado, que ha sido regado por décadas y décadas, y cuya naturalización se manifiesta igual que los odios en tiempos de guerra, cuando exacerbados por la propaganda, los pueblos son empujados a cometer los actos más inmisericordes e inmorales.

Publicado con la autorización de su autor, el periodista Marcos Doño.

(*) Reseña curricular.
Marcos Doño: escritor, periodista, músico.
Ex preso político de la última dictadura cívico-militar.
Me desempeñé en distintos medios gráficos, radiales y televisivos.
-Redactor colaborador de Revista La Semana, dirigida por Ismael Viñas.
-Redactor de LA VOZ y la Opinión.
-Redactor investigación de Nueva Sión.
-Guionista de programas especiales y documentales de C5N y Canal 9.
-Director y fundador de Alt164, la eñe, revista de literatura (ya no se publica. Hoy
existe una sucedánea belga).
-Colaborador investigador junto al periodista-historiador Carlos De Nápoli (obras: “Los Científicos Nazis en la Argentina”; “El pacto Churchill – Hitler”; “Mengele”)
-Creador del primer proyecto de medios y programa de radio para niños y adolescentes de la Argentina “ALDEA GLOBAL”, auspiciado por la UNESCO y la OEA.

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2 Respuestas en No, no estamos unidos

  1. Pedro 4 abril, 2020 en 8:34 pm

    Como me abre la cabeza señor.

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  2. Marcelo 4 abril, 2020 en 7:10 am

    Que excelente nota la de Marcos Doño. Lo explica todo tan clarito.

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