Carta de una enfermera. La otra cara del coronavirus

Nadie jamás sabrá lo que puede oler o llegar a tocar. Ningún ser humano, que no sea profesional sanitario, puede llegar a imaginar lo difícil que es sonreír a un paciente, cuando en la habitación de al lado se te acaba de morir otro.

Carta de una enfermera

Carta de una enfermera

La emotiva carta de una enfermera que muestra la otra cara del coronavirus. La horrible epidemia del coronavirus, ha puesto patas arriba nuestra vida, nuestras emociones, nuestra economía y nuestra libertad como individuos pero, nos está haciendo reflexionar y tomar conciencia de la poderosa idea de comunidad y sociedad que tan olvidada teníamos.

Cada día, en cualquier metro cuadrado de nuestro país, están sucediendo miles de micro historias conmovedoras y se están librando miles de batallas personales que protagonizan héroes anónimos que nadie sabe cómo sienten y cómo padecen.

Nos hemos conmovido fuertemente con esta carta que una enfermera ayer leía, con la voz entrecortada, en el programa de radio «La Brújula» de Onda Cero y queríamos transcribirla para que, durante 4 minutos, pensemos, sintamos y nos pongamos en el lugar de los demás. ¿Quién cuida a quien cuida?

La emotiva carta de una enfermera

Martes, 17 de marzo de 2020

«Nadie sabe, ni podrá jamás imaginar, lo que los ojos de una enfermera pueden llegar a ver.

Nadie jamás sabrá lo que puede oler o llegar a tocar. Ningún ser humano, que no sea profesional sanitario, puede llegar a imaginar lo difícil que es sonreír a un paciente, cuando en la habitación de al lado se te acaba de morir otro.

Pero como no quieres pararte a llorar, porque eso te quita tiempo para atender a los que siguen vivos, sigues haciendo tu trabajo sólo que un poco más seria y a veces casi sin hablar porque si hablas te tiembla la voz y lo que tú no quieres es que te tiemble nada porque si no, esos pacientes que siguen vivos luchando por recuperarse, pueden notar tu tristeza y ponerse ellos también tristes.

Y como tú sabes que eso no les ayuda, pues mejor te callas para que no te lo noten y sigan fuertes. Pero entonces pasa algo curioso, esos enfermos te miran raro, y dicen que la enfermera es antipática, una bruja, incluso te ponen una reclamación.

Y tú, te callas, porque sabes todo lo que ellos ignoran, sabes que no eres antipática, si no que, para cuidarlos mejor, y que no noten tu dolor, no has hablado demasiado o has respondido más seria hoy.

Y eso, sin contar, que en momentos como los que corren, una siente miedo pero claro, nadie te lo puede notar porque si no los pacientes tendrán miedo también y eso no es bueno para ellos, así que te haces la valiente.

Y cuando llegas a casa, todos quieren que sigas siendo valiente y amable, porque eres enfermera y eso significa para todos que tienes que ser tierna 24 horas al día; y entonces tratas de serlo porque ya has perdido la esperanza de que alguien se de cuenta, de que tú también necesitas que alguien te cuide, que alguien sea cariñoso contigo, que sea valiente por ti.

Porque a ti, después de dar tanto amor en tu trabajo, ya te queda muy poco dentro para cuidarte a ti misma, y tienes que vivir siendo valiente y ocultando tu miedo a que tu paciente te contagie gravemente y haces como si nada.

«…ya no hay nada malo en tu vida de pequeña enfermera porque ahora resuena un aplauso dentro de tu alma y te hace sentir reconfortada, amada, querida, fuerte y ya para siempre valiente»

Pero nadie ve eso, todo siguen siendo exigencias: «Has tardao en traerme el antibiótico», «¿Cuánto tarda el desayuno?», «Tu compañera de ayer no lo hacía así», «¿Cómo es que aún no me has hecho la cama?»; ¡Timbre! «Dame agua» ¡Timbre! «Enciéndeme la tele» ¡Timbre! «Bájame la persiana» ¡Timbre! «¡Ah!, no me acuerdo para qué llamé».

Y sigues cuidando y cuidando y cuidando y nadie te cuida, hasta que un día, sin saber bien cómo ha pasado, escuchas un aplauso precioso de tantas personas que nunca antes habían reparado en que te estaba faltando un poquito de eso.

Y entonces ya no ves lo difícil, tan difícil, ya no ves el peligro tan peligroso, ya no temes nada de tu paciente ni de lo que mañana verás, ni de lo que sufrirás; ya no hay nada malo en tu vida de pequeña enfermera porque ahora resuena un aplauso dentro de tu alma y te hace sentir reconfortada, amada, querida, fuerte y ya para siempre valiente.

Nunca, he llorado tan bonito.»

Ahora, si lo consideramos, podemos seguir quejándonos de no poder ir a tomarnos algo al bar, a pasear por el campo o ver un partido de fútbol por la tele, podemos seguir haciéndolo desde la comodidad mucha o poca de nuestros hogares.

Fuente: CulturaInquieta 

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