Disparen sobre la sensibilidad y la poesía

Muchos aprendimos que la sensibilidad poética resuelta por medios sencillos convierte en íntima la comunicación compleja. El “asunto” exige rigor y, tal parece, cada vez tiene menos adeptos. Y ese rigor, también obliga a defenderlo no sólo con consignas. Vieja y difícil tarea que se teje sobre el cuerpo de la imagen simbólica.

El poeta pobre (1839). Carl Spitzweg

El poeta pobre (1839). Carl Spitzweg

Por José Antonio Cedrón. Poética y libros. Apuntes sobre la producción actual. Cuando me invitaron a participar en esta mesa me asignaron como tema referirme al “libro en el contexto actual”, una propuesta que supera mi responsabilidad. Entonces, por respeto a mi ignorancia, voy a decir algo acerca de lo que creo tener opinión, la poesía, la misma que de un tiempo a esta parte sigue esperando (y merece) una atención más plena a los interrogantes que tienen lugar en la cultura.

La poesía puede ser uno de los pájaros de nuestra memoria pasada y presente dada la velocidad del viento en el tiempo que nos toca. Pero por todo ello, advierto que apenas tenemos borradores donde seguimos apuntando y corrigiendo. Porque el poema se hace con palabras que no ausentan el mundo que hubiera pensado.
Pero “hubiera” es una suerte de contemplación benemérita del deseo. Ante su reiteración, recuerdo, en la revista Plural, de México, alguna vez llegamos a la conclusión de que “el hubiera es el tiempo pluscuanpendejo del verbo ni modo”.

Visto así, el afuera parece haber dejado de pertenecer al adentro en un segmento considerable de la producción actual, observando cómo responde el autor a las nuevas subjetividades, que compartimos como lectores en esta especie de resumen general de los olvidos. Y también observamos cómo la audiencia crítica (que alguna vez tuvo referentes) se ha empobrecido.
La expansión del librismo culturoso hecho sólo de palabras es una más de las expresiones que ocupa la desolación del arte contemporáneo.
Esto habla del mercado y del lector, de sus escuchas.

Edward Albee hace unos años estuvo en México. Entonces, nos dijo que “el público está entrenado para la mediocridad (para lo superficial y lo estúpido)”, pero también dijo algo más inquietante: “que en su país existe una política dirigida expresamente a destruir la educación estética. La democracia es muy frágil y los políticos están asustados; como consecuencia los intelectuales y artistas creativos están siendo sometidos a una censura que será difícil de parar. De momento, agregó, el teatro, el arte de calidad, han tenido que refugiarse en pequeños foros porque sus espectadores, sus lectores, están siendo capacitados para exigir cada vez menos”.
Por esta y otras razones (de no menor peso) me siento habitante de un mapa determinado por el compromiso al que se refiere el dramaturgo.
Más recientemente, y audaz, el español Ballester Moreno me dejó a la intemperie: “el arte se separó tanto de la vida que ya no representa nada”, dijo.

La fidelidad conservada por Canetti en «La conciencia de las palabras» se pierde como se pierden los oficios.
El árbol de la vida no puede leerse construyendo artificios. La poesía tiene un follaje que no se alimenta sólo de palabras, sino de todo aquello que habita en ella y con ella, entonces cobra peso y significado.
Quinientos años después de que nos trajeran a Dios, con el mismo incentivo de progreso, los patrones culturales dominantes la verbalizan y descompletan hasta colmarla de muletillas contractuales. Son los nuevos guionistas del espíritu. Que se pueden leer como ráfagas inconclusas que se suceden cuadro a cuadro en una pesadilla.

Muchos aprendimos que la sensibilidad poética resuelta por medios sencillos convierte en íntima la comunicación compleja. El “asunto” exige rigor y, tal parece, cada vez tiene menos adeptos. Y ese rigor, también obliga a defenderlo no sólo con consignas. Vieja y difícil tarea que se teje sobre el cuerpo de la imagen simbólica.

El territorio de la poesía es un lugar al que van pocos, y llegan menos, como los pasajeros de una diáspora.
En simultáneo, existe una defensa ingenua, superficial, que trae consigo la educación meramente instrumental que se ha venido construyendo casi sin oposición o con indiferencia del proceso donde tiene lugar y desarrollo. Y la multiplicación de talleres donde la subjetividad no excede la exposición rudimentaria.
Hace veinte, treinta años (un pestañeo en la Historia, una vida en nosotros) muchos que escribían, pintaban, cantaban… decían tener un hobby. Hoy publican, exponen, realizan conciertos, sin el humilde reconocimiento de entonces como pasatiempo reservado a los ratos de ocio.

Con el desarrollo exponencial de los medios y las redes, un segmento considerable de promotores, asistentes, participantes, califica sus eventos como “noche mágica”: una franquicia de Disney que saca a pasear versos que siempre llegan tarde donde nunca pasa nada.
La devaluación de la moneda, escuchamos, devalúa la vida. Por lo que no sería aventurado suponer que los comportamientos del lenguaje quedan fuera de esa devaluación.

La tecnología impuso la aceleración de la imagen y redujo los caracteres hasta pulsiones primarias.
La edición de libros no escapa a este fenómeno, se ha convertido en uno más de los artefactos de certificación que conceden pertenencia. Legitimación ilusoria que a mucha gente le permite confundir un poeta con quien escribe poemas, por ejemplo.
Sin dejar de reparar en la responsabilidad que le cabe a buena parte de la docencia en esta domesticación anunciada.

En medio de una diversidad engañosa, en horario Triple A (más cerca de las creencias que de la reflexión), la habituación a los modos de comunicación dominantes ha sumido a la escritura (como a otras expresiones del arte) en un espacio del tilingüismo cultural tal vez irremediable. La opción (sin decirlo expresamente) elude aquello de que las preguntas valen tanto como las respuestas que puede ahorrar.
Me temo que el atajo (menor exigencia crítica, responsabilidad, compromiso…) nos trajo hasta aquí. Y nos informa acerca de la fortaleza que ejercen las voluntades ajenas sobre la vida y el destino individual.
Celebrando las paradojas que nos asaltan con frecuencia (en esta encrucijada) podríamos inferir que el presente se ostenta tan ignorante como pretencioso. No tomar nota de lo que ofrece su escenario es, “sería”, como exigir que el fuego no se entere del viento.

Participación en la mesa organizada por el colectivo del Encuentro de Escritores La luna con gatillo, en el Centro Cultural de la Cooperación en la Ciudad de Buenos Aires

José Antonio Cedrón nació en Buenos Air46es, donde comenzó a publicar en la década de los años 70, e integró la mesa directiva de la Agrupación Gremial de Escritores Argentinos. Vivió varias décadas en diversos países de Latinoamérica, la primera de ellas en calidad de exiliado. En Venezuela trabajó como docente (educación básica) y en la revista Los Libros. En México fue coordinador de Bibliotecas de Investigación en el Archivo Histórico de Puebla. Luego trabajó cinco años en la Universidad Autónoma de Puebla.
Regresó a su país y, posteriormente, en los años 90, en la Ciudad de México, fue coordinador de Ediciones del diario unomásuno y se desempeñó como editor de la revista Este País. Integró el Consejo Editor de la revista Plural, dirigida por Jaime Labastida. Publicó los poemarios La tierra sin segundos, De este lado y del otro, Actas, Vidario, Circuito interior, Antología personal –pequeña cosa. Y el reportaje novelado El Negocio de la Fe.
Parte de su obra fue traducida al francés, inglés, portugués, italiano y catalán.
Obtuvo el II Premio Concurso Cincuentenario del Periódico Alberdi, en Buenos Aires; la Primera Mención Honorífica Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío, en Nicaragua; Mención Premio Carlos Pellicer para obra publicada en México, y el Premio Nacional de Poesía de México, Sinaloa.
Trabajos suyos fueron musicalizados en Argentina, México, España, Nicaragua y Costa Rica. Realizó espectáculos de café-concert con poemas y canciones y grabó discos con la participación de los músicos Carlos Díaz Caíto, Rolo Taubas, Nobilis Factum, Helio Huesca, Ofilio Picón, Nimbus Jazz, Raquel Oyola, Marianne Friederichs, Delia Caffieri, Horacio De Tomaso, Adrián Goizueta y el Grupo Experimental, entre otros.
Es coautor de libros de texto de Español para la Secretaría de Educación Pública
—secundaria a distancia para adultos.
Trabajó en el área de Educación e Investigación Artísticas del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) durante cuatro años. Como docente, impartió en el Diplomado de Creación Literaria de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem), y tuvo a su cargo la cátedra Lengua y Comunicación para maestros que cursan Docencia en Artes en el Centro Morelense de las Artes (CMA) de la Ciudad de Cuernavaca, Morelos. Actualmente reside en Buenos Aires.

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