Qué fue la “Semana Trágica” de Buenos Aires

Al comienzo del gobierno de Yrigoyen, mientras los socialistas conseguían, gracias al apoyo de la bancada radical, la sanción de algunas leyes favorables a los trabajadores, lo que no les impedía sostener una feroz oposición, los sindicalistas revolucionarios se acercaron a Yrigoyen, a quien no obstante su “carácter burgués”, le reconocían la voluntad de mejorar las condiciones de vida del pueblo.

La llamada "Semana Trágica", transcurrió en enero de 1919

La llamada «Semana Trágica», transcurrió en enero de 1919

Por Teodoro Boot. La llamada “Semana Trágica” de Buenos Aires fue, junto a los fusilamientos de los peones rurales de la Patagonia en los años siguientes, una de las dos mayores matanzas de la historia argentina, por encima de los degüellos de confederados por las tropas mitristas de Venancio Flores en Cañada de Gómez y del bombardeo a Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955. Y ambas matanzas se produjeron, paradójicamente, durante el gobierno nacional y popular de Hipólito Yrigoyen. Hoy, 7 de Enero, se cumple un siglo del inicio de la masacre.

Cronología de la «Semana trágica» de Buenos Aires

Semana trágica: cuarenta días negros

Un siglo después, el episodio que marcó a sangre y fuego al gobierno de Yrigoyen ofrece lecciones para el presente. “El desarrollo de los acontecimientos demuestra cuánto costó cada uno de los derechos laborales que en los tiempos que corren son considerados “privilegios”´, afirma el autor.

En el marco de un conflicto entre los Talleres Metalúrgicos Pedro Vasena e hijos y la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos (SRMU), el martes 7 de enero de 1919 se desataba la ola de violencia, asesinatos y represión que será conocida como Semana Trágica. Junto a los “fusilamientos” de los obreros patagónicos del año siguiente y la salvaje represión a la huelga de los trabajadores de la Forestal, constituye una negra mancha en la historia del yrigoyenismo en la que algunos han querido ver una muestra de proverbial vacilación radical, y otros, la demostración de su verdadera naturaleza, el “desenmascaramiento” definitivo de uno de los grandes caudillos populares argentinos (y, en consecuencia y por extensión, de todos ellos).

Sin ser ni una cosa ni la otra, es útil observar que en los tres conflictos intervinieron los mismos actores: un poder económico (y mediático-judicial) empeñado en domesticar a Yrigoyen (o, en su defecto, desplazarlo del gobierno); un socialismo liberal enfermo de antiyrigoyenismo, obsesionado con destruir la anomalía de un presidente preocupado por la cuestión social; la incomprensión sectaria del anarcosindicalismo, cultor del todo o nada y convencido de la inminencia de la revolución social, y un gobierno de naturaleza e inspiración populares que, apremiado por la campaña de miedo y odio a la reciente revolución soviética, abandona su papel de árbitro y moderador de los conflictos sociales para inclinarse por el mantenimiento del orden y la salvaguarda a sangre y fuego de las instituciones de un Estado que no termina de serle propio.

Contexto

Hipólito Yrigoyen había llegado a la presidencia en octubre de 1916, hacía apenas dos años, luego de participar con reticencia en elecciones en las que no creía, presionado por sus propios partidarios, algunos de los cuales, desobedeciendo sus directivas, en 1914 habían intervenido exitosamente en las legislativas de Santa Fe y Capital Federal, las primeras realizadas según la Ley Sáenz Peña. Luego de veinte años de abstención revolucionaria, se abría ante los radicales la posibilidad de obtener diputaciones, concejalías y empleos. Un número significativo de dirigentes se negaba a desperdiciarla debido a la tozudez y los pruritos incomprensibles de su líder.

Es así que Yrigoyen acaba asumiendo el gobierno con un Senado controlado por la oligarquía, gobiernos provinciales adversos, electos según los tradicionales métodos fraudulentos, un poder judicial manejado por sus enemigos y una prensa casi unánimemente alineada en su contra, tributaria de los intereses oligárquicos y rectora de una porción significativa de la intelectualidad y las clases medias.

El caudillo radical no llegaba al frente de un partido apegado a programas y plataformas sino de una “unión cívica”, un muy amplio y heterogéneo movimiento de “reparación nacional”, de recuperación de la soberanía popular y de cumplimiento de la Constitución, indiferente al hecho de que ésta fuera el pliego de condiciones que los vencedores de la guerra civil impusieron a los vencidos. Su propósito era moralizar la vida pública a través del cumplimiento de las leyes y del normal funcionamiento de las instituciones.

“Con la autoridad que le confería el plebiscito reciente y el aura popular que lo envolvía –censurará Ernesto Palacio en la cómoda lucidez que brinda el paso de cuatro décadas– pudo Yrigoyen arrasar con las situaciones provinciales viciadas, cerrar el Congreso y convocar a nuevas elecciones (…) a fin de renovar todos los poderes (…) Con sorpresa y decepción de muchos, Yrigoyen eludió el golpe de estado salvador que habría sido la garantía de su éxito. En lugar de proceder rápidamente contra los culpables (…) los indultó en masa (…) Ante esta imprevista legalización de sus situaciones espurias, los representantes del régimen derrotado (…) levantaron cabeza y se abroquelaron en sus posiciones para obstaculizar la obra gubernativa. Desde ese momento, el gobierno radical debería soportar la oposición más implacable de que haya memoria en los anales parlamentarios argentinos”.

Esa oposición implacable del Congreso y la prensa era además alentada por los representantes de los intereses británicos y norteamericanos que, luego de la incorporación de Estados Unidos a la guerra europea, comenzaron a exigir que también Argentina declarara la guerra al imperio alemán.

En septiembre de 1917 el Senado votará la ruptura de relaciones con Alemania por una abrumadora mayoría en la que revistarán varios radicales, entre ellos Leopoldo Melo, quien más adelante liderará la escisión antipersonalista, colaborará con el golpe de Uriburu y será el eje articulador de la Década Infame, y por entonces matizaba sus ocios legislativos y sus afanes belicistas con la defensoría legal de la Argentine Iron & Steel Manufactury formerly Pedro Vasena e hijos. Poco después, la Cámara de diputados, donde el bloque radical era primera minoría, también se inclinará por la ruptura.

El presidente, sin embargo, se mantuvo inconmovible.

“Cuando Yrigoyen ratifica la neutralidad –escribe Jorge Abelardo Ramos– el país presencia una desaforada campaña que se prolonga a lo largo de toda la guerra contra el neutralismo oficial (…) En esa oposición torrencial nadie se excluye: desde la gran prensa mercantil hasta los prohombres de los partidos tradicionales y de izquierda, como el Partido Socialista, numerosos radicales, las ‘fuerzas vivas’ en pleno, la magistratura, y el profesorado universitario, los estudiantes y los intelectuales”.

Los soviets al poder

Para sorpresa general, el pueblo de Moscú y San Petersburgo se rebela y con el apoyo de soldados y marineros acaba con el imperio de los zares. Entre febrero y octubre de 1917 se plasma la revolución proletaria “que conmoverá al mundo” y que redefine las relaciones entre las viejas tendencias del movimiento obrero y alienta el surgimiento de otras. La utopía de una sociedad sin clases, sin explotadores ni explotados, parece estar al alcance de la mano. Ya no se trata sólo de la disputa entre los partidarios de la acción directa y los gradualistas, y precipita dentro del Partido Socialista la ruptura que con el tiempo dará origen al Partido Comunista.

Tanto respecto a la neutralidad como al gobierno de los soviets y el derecho de los pueblos latinoamericanos a la autodeterminación, Yrigoyen mantuvo tenazmente su línea de conducta. Y será contra la opinión y aun los actos de sus representantes (Honorio Pueyrredón y Marcelo de Alvear) que Argentina se retirará de la Liga de las Naciones. Para Yrigoyen, en la Liga (que insiste en llamar de Naciones) debían estar todas, tanto las vencedoras como las vencidas, las fuertes como las débiles, las capitalistas o la proletaria, en ese momento cercada por los poderosos ejércitos triunfantes en la guerra interimperialista.

Anarquistas, socialistas y sindicalistas

El enclenque movimiento obrero (debido al poco desarrollo industrial, una ínfima minoría dentro de las masas populares del país) se encontraba dividido en tres grandes tendencias, agrupadas en dos centrales: la FORA V Congreso, exclusivamente anarquista y partidaria de la huelga insurreccional y la acción directa, y la FORA IX Congreso, donde había logrado imponerse la posición “sindicalista”, según la cual el movimiento obrero no debía dividirse por “temas filosóficos, científicos o políticos” y en la que los mayoritarios sindicalistas revolucionarios y los socialistas coincidían en la necesidad de luchar por mejoras sociales por medio de la acción gremial. Disentían en que mientras los socialistas apostaban a la vía parlamentaria, los sindicalistas revolucionarios confiaban únicamente en la acción sindical. A la vez, los sindicalistas revolucionarios del IX Congreso coincidían con los anarquistas del V en su desconfianza hacia el “Estado burgués” y su desestimación de las vías parlamentarias, pero disentían respecto a la acción directa y la vía insurreccional.

A inicios del gobierno de Yrigoyen, mientras los socialistas conseguían, gracias al apoyo de la bancada radical, la sanción de algunas leyes favorables a los trabajadores, lo que no les impedía sostener una feroz oposición, los sindicalistas revolucionarios se acercaron a Yrigoyen, a quien no obstante su “carácter burgués”, le reconocían la voluntad de mejorar las condiciones de vida del pueblo. De hecho, el Presidente había “mediado” en favor de los trabajadores en las huelgas de ferroviarios y marítimos.

“Esto se produce a tal punto –cuenta Norberto Galasso– que algunos gremialistas de esa tendencia, como el gallego García, dirigente sindical de los marítimos, acuerda con Yrigoyen, lo cual provoca la crítica de La Nación, que se escandaliza de que este obrero portuario entre y salga de la Casa Rosada como si fuera la suya propia”.

Consecuentemente con la estructura económica, las principales organizaciones obreras argentinas de la época eran los sindicatos ferroviarios y marítimos, afiliados a la FORA del IX Congreso. Estos sindicatos, si bien críticos del gobierno radical, tenían una postura favorable a la política yrigoyenista de mediación en los conflictos laborales, para que se resolvieran a través de la negociación colectiva.

La actitud del sindicalismo revolucionario refleja, “es un símbolo” precisa Norberto Galasso, de una política social. Según recordará Gabriel del Mazo, el desempleo se reduce del 19,40% en 1917 a 7,20% en 1920; el salario promedio (en tiempos en que la inflación era un fenómeno desconocido) asciende de $ 3,50 en 1916 a $ 7 en 1922, la jornada laboral se reduce de 9, 10 y hasta 11 horas (como era el caso en los Talleres Vasena) a 8 horas en 1920, y los cotizantes a las organizaciones gremiales se elevan de 40.000 en 1916 a los 700.000 de 1920.

El “caos social”

No es únicamente la oposición socialista y los medios conservadores las que, a raíz de su apego a la neutralidad, tildan a Yrigoyen de “enfermo delirante”, “loco”, “primitivo” o “arrogante”. Tal como ocurrirá con los partidarios de la represión a los reclamos obreros, los rupturistas están metidos dentro del aparato mismo del gobierno y del propio movimiento radical. El antiyrigoyenista Benjamín Villafañe (diputado nacional por la UCR y futuro gobernador de Jujuy) dirá: “Los que estudian la personalidad del señor Yrigoyen creen, unos, que se trata de un hombre orgánicamente perverso; otros lo consideran un caso patológico, digno de la atención del alienista (…) Debo decir que para mí, el señor Yrigoyen no es loco ni perverso, sino un ser primitivo, poco evolucionado”.

La postura internacional de Yrigoyen y su actitud “condescendiente” ante la ola de huelgas y reclamos reivindicatorios que alienta su llegada al gobierno, provocará la furia de la oligarquía. “La prensa de oposición, que es toda la prensa –puntualiza Ramos–, encuentra en la agitación obrera nuevos motivos para abrumar al gobierno con su odio: se pone de moda hablar del caos social”.

Las “estúpidas mayorías”

En sus dos primeros años de gobierno, Yrigoyen había promovido negociaciones entre los trabajadores y las patronales, favoreciendo la firma de convenios colectivos, lo que a su vez alentó el surgimiento de los grandes gremios por sector en desmedro de las débiles asociaciones por oficios. El 24 de agosto de 1917 el Review of the River Plate se lamenta: “Los huelguistas han triunfado. El capital extranjero ha sufrido una humillación. Ahora se aclama al gobierno como el protector de los humildes”. Y, en línea con el poder económico, la oposición oligárquica y las disconformidades internas del radicalismo, La Nación fustiga: “El gobierno es débil ante los reclamos obreros”.

Este es, muy sucintamente, el contexto dentro del cual se desarrollarán los hechos de la Semana Trágica. Se reprochará a Yrigoyen que, al igual que hará luego de los fusilamientos de la Patagonia y tal como había procedido con los personeros del Régimen, al concluir estas sangrientas jornadas se niegue a investigar y castigar a los responsables.

Con simétrica desaprensión y olvido de las circunstancias de que hace gala Ernesto Palacio, Rodolfo Puiggrós hará hincapié en una recriminación que se ha vuelto lugar común: “Yrigoyen ofreció a los oligarcas las flores marchitas de las libertades del liberalismo salvadas por él de ser tronchadas por la guadaña de la democracia proletaria. La luna de miel duró lo que el miedo. Pronto volvió el caudillo a encontrarse como intruso en el Estado liberal y a descubrir de nuevo que sin el contrapeso de las gentes humildes sería fácilmente derribado por una minoría rica experimentada y sin escrúpulos”.

Sin embargo, no es verdad que los negros sucesos de la Semana Trágica –durante la que, como se verá, los obreros de Vasena contaron con la simpatía y entusiasta apoyo de las barriadas plebeyas de San Cristóbal, Patricios y Pompeya– le hayan enajenado a Yrigoyen el apoyo de las gentes humildes. Tal como apunta Galasso, reducir la política social de Yrigoyen a la Semana Trágica y los fusilamientos de la Patagonia puede “generar el aplauso de la clase media pseudoprogresista”, pero el enfoque tiene un grave defecto: supone que las mayorías populares son ignorantes, estúpidas y fácilmente manipulable por la “demagogia”. Años después, esas mismas gentes humildes que se solidarizaron con los huelguistas y según algunos habrían abandonado al caudillo radical, plebiscitarán a Yrigoyen como a ningún otro gobernante, y a su muerte, las manifestaciones de dolor popular serán comparables únicamente con las que provocarán los fallecimientos de Eva y Juan Domingo Perón.

Cronología de la «Semana trágica» de Buenos Aires

Fuente: Pájaro Rojo

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