Conocimiento precario e inseguridad informativa
Si no podemos fiarnos de los medios de comunicación, terminamos por desconfiar de todas las evidencias y considerando evidentes, por contraste, todos los ruidos y todas las conspiraciones.
Por Santiago Alba Rico. ¿Precarios o laicos?. ¿Qué es lo contrario de “precario”? Firme, estable, seguro. ¿O laico? Recordemos que el término “precario” se cruza a través del latín con el verbo italiano “pregare”, que en español quiere decir “rezar” o “rogar” y está etimológicamente emparentado asimismo con “plegaria”. “Precario” es, por tanto, el que vive de plegarias, el que sobrevive rogando o rezando, el que no depende de sí mismo para mantenerse con vida.
Los trabajadores precarios -los que viven de plegarias y de ruegos- votan, como buenos rehenes, a los responsables de su precariedad.
Pero hay un tercer eje de precariedad. Tenemos el “temblor del aire”, que pocos advierten y mata ríos y ranas, y tenemos el “temblor del pan”, que sus víctimas asumen con naturalidad. Y tenemos también -digamos- el “temblor mental”, en virtud del cual, en el año 2016, en un marco social altamente tecnologizado, con naves en el espacio y pasmosos registros de “ondas gravitacionales”, a pesar de internet y de los avances contra el cáncer, la humanidad está menos segura que nunca de lo que debe creer, de lo que debe pensar y de lo que debe saber. En mi último artículo hablaba del “nihilismo de la sensación”; pues bien, esta precariedad del conocimiento, que acaba pudiendo demostrar y refutar cualquier cosa, es inseparable de la definición misma del nihilismo, según una fórmula que me atrevo a sugerir aquí: “nada puede ser conocido, todo merece ser destruido”, fórmula en la que las dos proposiciones no mantienen entre sí una relación de coordinación sino de yuxtaposición. Quiero decir que lo que afirma el nihilismo, y de ahí su peligrosidad, es que “puesto que nada puede ser conocido, todo puede ser destruido”. Si no se puede conocer la “verdad” del mundo, ni la “realidad” del hombre, el mundo y el hombre están completamente desprotegidos; y nuestra tentación es empujarlos al vacío. Hoy los seres humanos somos particularmente vulnerables porque no sabemos qué podemos ni qué debemos saber y, por lo tanto, acabamos desconfiando de todo y confiando, por eso mismo, en cualquier cosa.
La precariedad del conocimiento, que erosiona el “mundo” que el mundo lleva dentro, genera y alimenta la credulidad. La credulidad, lo sabemos, es un gran negocio.
La “precariedad del conocimiento” tiene una dimensión muy evidente relacionada con los medios de comunicación. Es lo que Ignacio Ramonet ha llamado “inseguridad informativa”, que conduce por igual al escepticismo y a la credulidad. Si no podemos fiarnos de los medios de comunicación, terminamos por desconfiar de todas las evidencias y considerando evidentes, por contraste, todos los ruidos y todas las conspiraciones. Pero la inseguridad informativa, que es una de sus fuentes, se inscribe en una precariedad más amplia y, se quiere, más radical, como resultado de la -por otro lado saludable- “desacralización” del mundo. El problema es que no ha sido ni la ciencia ni la razón -ni la compasión humana- la que ha despojado al mundo de su “prestigio” -la que ha despojado al mundo de su “mundo”- sino el relativismo acuciante del mercado. ¿Cómo decirlo? El escepticismo es el umbral de la credulidad y, si no creemos en nada, entonces estamos en peligro de creer en lo que sea (al igual que los pollos consideran su madre al primer objeto con el que entran en contacto al nacer). Durante siglos la fe nos ha protegido de la superstición: Dios, por decirlo así, nos ha protegido de la astrología y, en el terreno social, la “lucha de clases” nos ha protegido de los extraterrestres. Quizás Dios no era una buena idea y quizás la “lucha de clases” no era un concepto bien afinado, pero Dios no ha sido sustituido por Darwin ni la lucha de clases por un concepto más explicativo y movilizador. A las preguntas “qué podemos conocer” y “qué podemos creer” ha respondido el mercado con una rapsodia de identidades cortas, placeres intensos y creencias desechables e intercambiables. Nunca -desde el final del imperio romano- la sociedad ha sido más escéptica respecto de la razón y más crédula respecto de los Annunakis o del Talismán de los Siete Ángeles.
La precariedad del conocimiento, que erosiona el “mundo” que el mundo lleva dentro, genera y alimenta la credulidad. La credulidad, lo sabemos, es un gran negocio. El imaginario mercantil, fuente de nihilismo, convierte el nihilismo en una fuente mayor de beneficios. Digamos que convierte en capital los propios efectos desestabilizadores del capital. Es difícil encontrar datos globales, pero en los últimos años la proliferación de videntes y curanderos ha convertido las “consultas psíquicas”, por teléfono o incluso en televisión, en el más rentable fraude legal de la crisis global. El 50% de los estadounidenses -muchos sin seguro médico- recurre, por lo demás, a la medicina alternativa, que mueve más de 35.000 millones de dólares al año.
Paradójicamente el mismo mercado que ha desacralizado el mundo lo ha vuelto “precario”, es decir religioso. Esta triple “precariedad” -ecológica, económica y mental- confía nuestro sustento y nuestros derechos a una instancia exterior, pero tan caprichosa e imprevisible que no es de extrañar que, frente a ella, la tentación del fanatismo recupere las versiones más rotundas y normativas del Dios monoteísta, bíblico o islámico. Contra la precariedad del mercado y la seguridad contrapuntística del fanatismo (dos formas de religión), sería quizás mejor desempolvar y afinar la lucha de clases -o como queramos llamarla- y reivindicar un mundo realmente laico y republicano. Y conservar nuestras supersticiones, inevitables y a veces hermosas, para el amor y para la muerte, que en cualquier otro mundo posible seguirán demandando nuestras “plegarias”.
Fuente: Rebelión