Jim Morrison, espíritu libre

Un artista sensible que logró encender el fuego de toda una generación. Eso era Jim Morrison. Un personaje creado en base al mercado naciente, pero tan auténtico como su nombre, que quedó grabado a fuego en todos los que vinieron después y en todos los que podemos escucharlo. Y leerlo.

"El espíritu de Jim Morrison" por ivankorsario

“El espíritu de Jim Morrison” por ivankorsario

Por Fabricio Velázquez. Desde que se hizo famoso, a Jim Morrison le lavaron la cabeza: “vos sos The Doors”. Un personaje indescifrable, una generación entera detrás de él. Contrainfo.com

Un artista sensible que logró encender el fuego de toda una generación. Eso era Jim Morrison. Un personaje creado en base al mercado naciente, pero tan auténtico como su nombre, que quedó grabado a fuego en todos los que vinieron después y en todos los que podemos escucharlo. Y leerlo. Porque el arte tiene ramificaciones tan importantes, tan relevantes para la historia de la humanidad, que no puede reducirse a la idea de un cuadro colgado en la pared. Entonces, pensaremos en una nota musical, pero a la vez, en una poesía.

La fascinación que produce en las almas vagabundas y sin hogar la literatura, puede traer consecuencias graves. Una de ellas, es el pensamiento crítico, imposible de encasillar, fiero como las olas del mar crecido. No se puede enjaular, no se puede categorizar. El problema es que, casi como todo, puede domesticarse ese fervor. Sin embargo, en Jim estuvo siempre presente, debido a las idas y venidas de pequeño, con su familia dispersa, con los libros al lado, con la música encendida, con la poesía a flor de piel. Todo es poesía.

¿Cuántos de nosotros, en algún momento de la vida (o en este mismo instante), decimos “me voy”? Por lo general, viene acompañado de un lugar físico asociado a lo escatológico. Un típico insulto a la idiosincrasia misma, que cultivamos desde pequeños y cuando se cosecha, advertimos que no era lo que pensábamos. Le hacemos jaque a nuestra historia y a quienes la escribieron; pero pocas veces conocemos a la gente que lo gritó y que lo cumplió. Porque para hacerlo hay que tener bien claro los objetivos, sean cuales fueren: uno puede ser “vivir tranquilo” y computa tranquilamente. Morrison se fue a los 19 de su casa. Estudió y aprendió. Compartió generación con Francis Ford Coppola, que triunfó por talentoso también, pero un poco más apegado a las reglas establecidas. Se cansó de todo. Y, en clara diferencia con la actitud de quienes nos sentimos exhaustos para seguir acumulando paz interior, abandonó una vez más lo que creía no le servía para nada. Pero no por el nivel de rigor académico de la Universidad de Cine de Los Ángeles, sino por una cosa que pujaba dentro de él.

Un artista sensible que logró encender el fuego de toda una generación. Eso era Jim Morrison.

Así es que nos hace fantasear a todos: viviendo de la poesía, recitando al cielo cualquier cosa que le venga a la mente (con un valor literario incalculable), saltando techos y residiendo en ellos, acosando a jovencitas que sólo querían oírlo decir. ¿Decir qué? Decir verdades teñidas con metáforas, decir angustias y decir frivolidades. Escucharlo prevenir los fines del mundo solidario y anunciar la venida más inescrupulosa de la industria cultural. Todos somos Jim Morrison, si sólo de hablar se tratase.

¿Quién quiere escribir sus propias reglas? La gran mayoría. ¿Hay datos estadísticos certeros? La verdad que no. Sin embargo, mi afirmación tiene que ver con lo que se escucha en el día a día, de cualquier boca. Bocas que no sabrían qué decir si se les permitiera crear una cosmovisión. Bocas totalmente faltas de criterio. A “Jimbo” criterio le sobraba.

Decir verdades teñidas con metáforas, decir angustias y decir frivolidades. Todos somos Jim Morrison

El nihilista por excelencia que adora nuestro costado más primitivo. El mismo que admira y se divierte con los hippies aún cuando no comparte ciertas creencias, como la astrología, y se regocija en su “no-sentido” de las cosas. El drogadicto maquiavélico que utilizaba el peyote para cruzar del otro lado, para pasar a otra dimensión, para hacernos entender que era-es-será posible vivir de otra manera. El incoherente que disfrutaba la obra de Baudelaire. El eterno viajero que escapaba de todos y se refugiaba en ningún lado cual Rimbaud. El adolescente espiritual que seguía a Huxley, ese autor que pasó de escéptico a místico y explotó la cabeza de Morrison parloteando sobre la Mezcalina, abriendo “Las puertas de la percepción”, bautizando a una de las más grandes bandas de rock de la historia.

Tres pibes más, que aman la música, se topan con un poeta rebelde que no quería ganar su millón de dólares (aún), sino que sufría con la decadencia de L.A. y con su gris porvenir. Tres pibes que no entendían, muchas veces, la manera de interpretar el “playlist” (“The end”) que poseía Jim: una ensalada de improvisaciones, pánico escénico que lo obligaba a cantar de espaldas, estado de ánimo cambiante, drogas de diseño y alcohol, que arrojaban como resultado una performance que hacía vibrar al público. La música suena sin parar. Experimentan ruidos y sonidos desconocidos, pero que suenan familiares. Se miran a las caras y miran a los fanáticos, enloquecidos con las monerías del cantante. Son parte de algo grande, más allá de que comprendan o no el verdadero mensaje que se esconde detrás de las morisquetas de un pelilargo carismático. Se dice que se caracterizaba por sus pequeños bailes al estilo indio-chamánico, y que, al llegar a la ciudad de Los Ángeles, vio la muerte de un indio en un accidente. La leyenda dice que, si ves a un indio morir, su espíritu se encarna en aquel que lo vio.

Tres pibes más, que aman la música, son parte de algo grande, más allá de que comprendan o no el verdadero mensaje que se esconde detrás de las morisquetas de un pelilargo carismático.

Sófocles nunca hubiera imaginado dónde terminó su obra. Es más, ni siquiera tenía en mente el largo recorrido que hizo y los destinos que le esperan aún. Porque Edipo Rey, además de darle nombre a una teoría de la Psicología, también fue versionada por Morrison. También fue objeto de polémica en “Whisky a Go Go”. También les abrió las puertas a los Doors, paradójicamente, a su contrato con la discográfica Elektra. He aquí el trágico momento consagratorio. Y digo trágico porque todo pierde su naturalidad, su esencia se agota cuando se populariza o, mejor dicho, cuando alcanza niveles incontenibles de popularidad. Porque esa bandita que hacía delirar a todos tenía su grupo de seguidores con el famoso “boca en boca”. Pero no contaban con la astucia del Capitalismo (ni con la poca resistencia que ofreció Jim para decir que sí).

Morrison dejó una huella. Tan grande, que los jueces norteamericanos tuvieron largas sesiones para decidir si esa marca debía ser condenada: porque el legado de un concierto es el descontrol, la masturbación en público (o su simulación, al menos y más allá de la falta de pruebas para la Justicia), la incitación al desastre. Un cóctel preciado por aquellos que necesitaban liberar su caudal emocional y veían en The Doors la excusa perfecta, la banda inimputable.

El miedo a perder la libertad (digamos, la física) hizo que “El Rey Lagarto” diga basta y quiera escaparse a París, abandonando a la banda cuando en Europa eran los únicos que “competían” con los Beatles y los Stones. ¿Alguien dudaría de un espíritu noble que deja de lado la lucha, aun ganando, por cumplir lo que su cuerpo y su alma le dictan? Uno piensa que no, que esas son las personas verdaderamente rescatables.

“(…) Un cóctel preciado por aquellos que necesitaban liberar su caudal emocional y veían en The Doors la excusa perfecta, la banda inimputable.

Sobre su muerte francesa, siempre junto a Pamela, se han dicho muchas cosas. Incluso, que no murió cuando dicen, aumentando la estadística del “Club de los 27”. A pesar de todo, cobra relevancia el hecho de que se haya ido alguien tan influyente, tan original y tan conceptual. Porque Morrison en sí mismo era un libro abierto, era una banda de rock, era un vagabundo de familia bien. Como reza su epitafio en griego antiguo: “fiel a su propio espíritu”.

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