Burguesía nacional argentina, mercado y Patria Grande

La mal llamada “gran burguesía argentina” es, al igual que su referente, la oligarquía, una clase capitalista pero no burguesa, por lo que se autoexcluye de toda perspectiva revolucionaria. La lucha por un mercado común en el seno de la Patria Grande sólo puede ser entonces la consecuencia de una alianza plebeya entre la clase obrera, buena parte de las capas medias y los sectores históricamente excluidos.

Burguesia

Burguesia

Por Alberto J. Franzoia. Desde hace tiempo vengo poniendo en duda la vigencia del concepto “burguesía nacional”, por lo menos si el concepto es aplicado como prolongación en nuestra tierra de aquella clase social surgida en Europa como negación de la vieja sociedad feudal y conductora de un proceso de transformaciones revolucionarias que darían origen a la sociedad capitalista. Contrainfo.com

Esa clase se caracterizó por reinvertir en el proceso productivo una parte significativa de sus ganancias con el objeto de ampliar la producción (y por lo tanto el mercado de consumidores), no por altruismo sino para multiplicar sus propios beneficios. La reinversión constante trajo aparejado un abaratamiento de los costos al incorporar nuevas tecnologías al proceso productivo, y ello redundó en más mercados para sus productos, ergo en mayores ganancias para los burgueses. Como consecuencia de este circuito virtuoso (cuya base de sustentación está en la plusvalía generada por la clase obrera, claro está) el capitalismo logró un crecimiento avasallante.

Burguesia Nacional

Burguesia Nacional

Por eso, cuando la expansión del capital operada en los países de capitalismo temprano trascendió fronteras nacionales, llegó hasta tierras tan lejanas como nuestra Latinoamérica en busca de materias primas, tierras y fuerza de trabajo. De esa manera el capitalismo europeo encabezado por Inglaterra (y el estadounidense después) transformose en imperialismo. Aquellos rincones del mundo periféricos que en otros tiempos eran sometidos y explotados a partir del uso de la superioridad militar (tiempos del colonialismo puro) comenzaban a sufrir las consecuencias de otro tipo de opresión (semicolonial), gestada desde una abrumadora superioridad económica y la convivencia desarrollada entre las clases dominantes de las dos caras de una misma moneda. Efectivamente, el mundo comenzaba a dividirse entonces en países desarrollados y países subdesarrollados, pero en ambos casos como producto de una relación dialéctica entre las caras de esa moneda única: el capitalismo mundial. Al interior de dichos países se establecía una perdurable alianza entre las burguesías expansivas de los países opresores y las oligarquías parasitarias de los países oprimidos.

Algunas teorías dieron cuenta de esa realidad contradictoria entre países tanto como de la contradicción entre clases explotadoras y explotadas hacia el interior de los mismos. La teoría de la dependencia y la teoría desarrollada por la Izquierda Nacional, que no son en lo esencial excluyentes sino complementarias, al punto de que un referente de la IN como Jorge Spilimbergo gestó uno de los capítulos más significativos de la teoría de la dependencia, fueron (y son) las expresiones teóricas más acabadas de semejante panorama mundial. Decía en el trabajo que publiqué en septiembre de 2006 para dar cuenta del mencionado aporte de Spilimbergo:

“Si bien la teoría de la dependencia está inexorablemente vinculada a un paradigma como el materialismo histórico y dialéctico, y en su seno con la teoría del imperialismo desarrollada por Lenin, no todos sus exponentes son marxistas, y no todos los análisis hacen hincapié en los vínculos orgánicos entre la dependencia y la estructura de clases al interior de los países dependientes. El trabajo de Spilimbergo tiene el mérito de exponer estos vínculos en el capítulo que analizamos, no por primera vez en el seno de la teoría considerada, pero sí con mucha precisión y claridad conceptual, además de hacerlo en una apretada pero a la vez rigurosa síntesis” (1).

Ver Spilimbergo y su mirada alternativa sobre la comunidad organizada

Estas teorías estaban respondiendo por otra parte a la teoría de la modernización o desarrollista, que desde los años 50 venía cabalgando sobre un supuesto distinto, según el cual el subdesarrollo no sería consecuencia de la relación de dependencia que los países periféricos (según conceptúa esta teoría) tienen con los países desarrollados, sino un retraso técnico que puede y debe ser superado siguiendo el ejemplo histórico de ellos e inclusive recurriendo a su ayuda (capitales, asistencia técnica y otras yerbas) durante una primera etapa. Además, si bien esta teoría destaca el rol de un estado interventor para conseguir el objetivo “desarrollo”, no deja de apostar a la importancia que adquiere la burguesía nacional en dicho proceso. Es decir, forma parte de los supuestos centrales de la teoría modernizadora asumir que si la burguesía con su creciente productividad cumplió un rol modernizador en Europa, EE.UU. y luego Japón, también debería hacerlo en espacios como América Latina. De ser cierto este supuesto resulta atendible que los frentes nacionales y populares pueden ser conducidos por dicha clase. Sin embargo entre lo que un desarrollista teoriza y lo que la realidad latinoamericana realmente es, existe un abismo demasiado grande que se suele pagar con derrotas políticas y nuevos fracasos económicos.

Si tomamos como caso paradigmático a la “burguesía nacional” argentina podemos observar un comportamiento histórico por lo menos curioso para una burguesía. Es cierto que su surgimiento no está vinculado con ninguna inversión de capital excedente realizado por la oligarquía tradicional o agraria, ya que se desarrolla tanto cuando la Argentina agroexportadora entra en crisis a partir de los años treinta, como con el apoyo del gobierno industrialista de Perón a partir de mediados de los años cuarenta. Sin embargo sus pasos posteriores poco tuvieron que ver con una conciencia de clase burguesa que le permitiese asumir el papel de transformadora de estructuras arcaicas e impulsora de un capitalismo desarrollado, tal como había ocurrido en Europa y EE.UU.

Su vinculación directa con la producción industrial no le impidió asumir como propio el comportamiento de clase que históricamente tuvo la oligarquía agraria, que se ha caracterizado por maximizar sus beneficios a partir no de la reinversión en el circuito de la producción sino a través de la especulación. Si esta última clase ha contado para ello con el control oligopólico de la renta diferencial de la tierra, nuestra “burguesía” ha contado a su vez con el control oligopólico de ciertos sectores del mercado industrial. Dicho control privilegiado determina que no exista de su parte ningún interés por ampliarlo en busca de nuevos beneficios, ya que los mismos son consecuencia de una actividad circunscripta a un mercado menor pero seguro ante la falta de competidores. Arturo Jauretche había sentenciado con enorme razón que esta burguesía, por su escasa o nula conciencia de clase forma parte del medio pelo argentino, ya que su grupo de referencia es precisamente la oligarquía. De ella copia no sólo un estilo de vida sino también lo que resulta más problemático para el futuro desarrollo de la Argentina: un comportamiento económico de clase, que no es burgués sino oligárquico.

Esta cuestión que en principio constituye un problema esencial cada vez que se pretenda desarrollar nuestra economía apostando a la conducción de esta clase, ya que ha renunciado a su origen para integrarse como fracción industrial de la oligarquía (donde la excepciones no hacen más que confirmar la regla), resulta extensivo al ámbito de la Patria Grande. Por lo que el problema inicial multiplica sus efectos nocivos.

Con demasiada frecuencia se escuchan voces surgidas del bloque que integramos, el nacional y popular, que sueñan con un rol conductor para esta “burguesía nacional” en el proceso de unificación latinoamericana. Se supone que una actividad burguesa necesita de un mercado ampliado (de Argentina a Suramérica y Latinoamérica) para la concreción de sus intereses de clase, los que terminarían coincidiendo con los intereses de los sectores populares, ya que la unidad de una Patria balcanizada es el objetivo que colmaría las expectativas generales mediante la realización de la Nación. Y si la burguesía es débil para hacerlo sola entonces estará el estado nacional y popular para apoyarla o llamarle la atención cuando se “distraiga”.

Algunos compañeros que militaron en otros tiempos en el socialismo latinoamericano han creído últimamente en las bondades de una visión policlasista. Burguesía nacional y sectores populares unidos en un frente único (y sin contradicciones internas) luchando por la reconstrucción de esa Patria Grande que fue balcanizada por el imperialismo y sus socios nativos. Sin embargo queda un pequeño gran enigma por responder: ¿por qué razón, una burguesía que ha renunciado a ampliar el mercado argentino para maximizar sus beneficios, acompañaría estratégicamente (y hasta conduciría) el proceso de construcción de otro mercado aún mayor como es el suramericano y latinoamericano? Si su beneficio surge del control oligopólico de mercados reducidos, comportamiento por otra parte de claro contenido especulativo y oligárquico, no hay ninguna razón valedera que nos permita inferir seriamente que nuestra supuesta “burguesía” puede ser protagonista de dicho proceso más allá de alguna coyuntura favorable.

Bien sostenía Jorge Enea Spilimbergo en el citado aporte a la teoría de la dependencia: “La lucha contra el subdesarrollo es una lucha de clases y sólo puede llevársela por medios revolucionarios”. La mal llamada “gran burguesía argentina” es, al igual que su referente, la oligarquía, una clase capitalista pero no burguesa, por lo que se autoexcluye de toda perspectiva revolucionaria. La lucha por un mercado común en el seno de la Patria Grande sólo puede ser entonces la consecuencia de una alianza plebeya entre la clase obrera, buena parte de las capas medias y los sectores históricamente excluidos, es decir, una alianza de las mayorías contra los minoritarios sectores abonados al privilegio.

La Plata, 15 de mayo de 2013

Referencias:

(1) “Spilimbergo y la Teoría de la Dependencia” , Alberto J. Franzoia, publicado además en “Reconquista Popular” y en “Investigaciones Rodolfo Walsh” en 2006. Integra el trabajo presentado en el Congreso del Pensamiento Iberoamericano de Holguin (Cuba) y se basa en un análisis de “Subdesarrollo y dependencia colonial”, capítulo primero de uno de los tres trabajos (“La guerra civil en EE.UU. y el ‘subdesarrollo”) incluidos en la edición de 1974 de la “Cuestión Nacional en Marx”, Jorge Enea Spilimbergo, Editorial Octubre.


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