Tensión arterial: ¿una medida de la presión psicológica?

El discurso médico, al enunciar que la hipertensión tiene algunas causas desconocidas, y paralelamente, que el hipertenso es una especie de condenado de por vida a tomar pastillas, incurre en una aparente contradicción lógica. ¿Porque no puede ocurrir que se remueva/n, espontáneamente o de otro modo, alguna/s de las causas desconocidas que la desencadenaron, y en tal caso el afectado deje de ser hipertenso?

Tensión arterial

Tensión arterial

Por Jorge Ballario. Tensión arterial: ¿una medida de la presión psicológica?. El discurso médico, al enunciar que la hipertensión tiene algunas causas desconocidas, y paralelamente, que el hipertenso es una especie de condenado de por vida a tomar pastillas, incurre en una aparente contradicción lógica. ¿Porque no puede ocurrir que se remueva/n, espontáneamente o de otro modo, alguna/s de las causas desconocidas que la desencadenaron, y en tal caso el afectado deje de ser hipertenso?. Contrainfo.com

La prisión arterial

El discurso médico, al enunciar que la hipertensión tiene algunas causas desconocidas, y paralelamente, que el hipertenso es una especie de condenado de por vida a tomar pastillas, incurre en una aparente contradicción lógica. ¿Porque no puede ocurrir que se remueva/n, espontáneamente o de otro modo, alguna/s de las causas desconocidas que la desencadenaron, y en tal caso el afectado deje de ser hipertenso? Esto puede darse, por ejemplo, a raíz de una nueva posición del sujeto frente a su mundo afectivo-emocional; o, con otras palabras, al entablarse una nueva relación entre el ser y sus límites, dado que: “La presión sanguínea es expresión de la dinámica del ser humano. Se deriva de la interacción del fluido sanguíneo y las paredes de los vasos que lo contienen. (…) Si la sangre refleja al ser, las paredes de los vasos representan las fronteras a las que se orienta el desarrollo de la personalidad, y la resistencia que se opone al desarrollo.” (1)

El ser humano es entre otras cosas un ser simbólico. La capacidad metafórica opera plenamente en él, por consiguiente la sensación de falta de libertad real, como la que vimos en los presidiario, también la pueden vivenciar otros individuos supuestamente libres, pero que estén viviendo algún tipo de opresión psicológica que no les permite desplegar su potencial.

En base a lo citado, propongo hacer un pequeño ejercicio imaginativo que nos podría aportar más claridad sobre este punto. Si un individuo se hallase en una gran residencia, con todas sus necesidades satisfechas, y a su vez con muchas posibilidades recreativas y de entretenimiento a su disposición, muchas más de las que ambiciona, si no hay otro factor que se la eleve, su tensión arterial debería ser baja, dado que sus límites están distantes, ya que en esa situación puede hacer todo lo que le plazca. Ahora, si en nuestra fantasía vamos achicando gradualmente los espacios y las posibilidades de ese lugar, hasta que nuestro hombre quede confinado a una especie de celda con escasas opciones, podríamos vislumbrar algo distinto: si esta persona –que conforme a la cita señalada representaría al ser–, mantiene sus antiguas pretensiones, seguramente su tensión arterial le aumentaría, dado que las “paredes” de la edificación –que en este caso representan a las paredes arteriales– lo encorsetarían, y su libertad se vería seriamente cercenada. De hecho, esto es lo que le ocurre a los presidiarios: la mayoría no pueden desplegar sus proyectos vitales y expresarse plenamente mediante ellos.

Es frecuente que la tensión arterial se les eleve a las personas que están privadas de su libertad. Es muy común que estas obtengan valores que están por encima de los habituales, fuera de los correccionales. La sensación de exclusión, el sentimiento de impotencia, de culpa o de frustración, como asimismo la impaciencia y la hostilidad, e incluso la inhibición de la ira, son estados que influyen negativamente en la presión arterial, y son usuales entre los reclusos. Obviamente que estos sentimientos también se pueden experimentar fuera de la cárcel, y muy bien puede elevarles la tensión arterial a los individuos constitucionalmente proclives.

Veamos. El ser humano es entre otras cosas un ser simbólico. La capacidad metafórica opera plenamente en él, por consiguiente la sensación de falta de libertad real, como la que vimos en los presidiario, también la pueden vivenciar otros individuos supuestamente libres, pero que estén viviendo algún tipo de opresión psicológica que no les permite desplegar su potencial. Como vemos, por una vía metafórica también podemos arribar a una cárcel, a una cárcel mental.

A veces, casi contradictoriamente, el propio despliegue de un impulso vital, como una vocación, o la necesidad de realizar algún deseo, pueden enfrentar al sujeto a peligrosos callejones sin salida y hacerlo sentir oprimido entre sus estrechos límites, más allá de que estos sean reales o imaginarios. No esta de más aquí hacer hincapié en que la cuestión de los límites es muy subjetiva. Alguien, por ejemplo, en tal o cuál circunstancia puede sentirse agobiado por sus límites, y sin embargo no verse así desde una supuesta óptica más objetiva como la del sentido común. Lo contrario también es válido.

En una misma persona pueden existir diversas vicisitudes psicológicas capaces de generarle un determinado sentimiento de opresión. Dichas configuraciones mentales pueden sufrir toda clase de variaciones o resignificaciones en el transcurso del tiempo, como asimismo cierto estancamiento melancólico. En estos casos, el deseo profundo del afectado queda como desalojado de su vida psíquica. Esto es equivalente a haber perdido el sentido por el cuál vivir, y constituye, metafóricamente hablando, una prisión casi sin esperanza de libertad.

Existen otras formas de aislamientos que, por lo general, no producen el sentimiento de encierro que acabamos de ver. Los mismos, no sólo no aumentan la tensión arterial, sino que hasta pueden contribuir a disminuirla, o al menos a no alterarla.

Por ejemplo, las celebridades: muchas de ellas viven recluidas en una glamorosa burbuja sin el cotidiano contacto con la gente común que posee el resto de los mortales. Sin embargo, este tipo de encierro figurado, que podríamos tildar de benigno, no les altera la tensión arterial como es el caso de los aislamientos malignos en los presidiarios que vimos antes.

Para diferenciar el aprisionamiento benigno del maligno tenemos que ponerlo en relación a la subjetividad, y no tanto a lo corporal. Un artista muy famoso puede sentirse en déficit en algunas áreas de su vida, pero no en cuanto a su deseo vocacional, ya que esto último es lo que más eficazmente consigue desplegar y expresar. Es precisamente en este punto donde reside gran parte de la libertad singular que marca la diferencia. Por lo contrario, un presidiario hipertenso, en ese síntoma, expresa más el atrapamiento subjetivo y mental que experimenta que el de su cuerpo.

En síntesis, la cárcel, por su siniestra realidad, como por todas las connotaciones negativas que posee en la cultura, la podemos considerar como el paradigma de la o-presión de la singularidad del afectado. La hipertensión arterial constituiría –tanto real como simbólicamente– un claro síntoma de esa angustiante vivencia de aprisionamiento de lo subjetivo. Es así entonces como “pri-sión” y “pre-sión” obtienen su participación concreta en un diagrama de causa-efecto, y a su vez se pueden religar en una diversidad de ocasiones metafóricas.

En cambio, con respecto al éxito de los famosos ocurre todo lo contrario: ellos logran expresar plenamente sus inquietudes artísticas e intelectuales, o sus destrezas físicas. Cierta sensación de encierro que algunos suelen experimentar, vinculada al precio de la fama, es algo secundario y se compensa con creces con los beneficios comentados.

Acerca de lo que describimos sobre el sentimiento de encierro en los presidiarios (maligno), y el correspondiente a las celebridades (benigno), podemos hacer una analogía con el estrés, dado que también existen dos: uno malo (distrés), que vincularemos en este ensayo al que sufren los presos, y el otro bueno (eustrés), mucho más especifico de los exitosos. El primero es causa de variados problemas de salud. La hipertensión arterial es uno de los principales de la lista de patologías. El estrés bueno, es el de los pequeños o grandes desafíos que nos ayudan a crecer profesionalmente o como personas, y que por lo general tiene consecuencias positivas para la salud. Aunque, si este estrés crece demasiado, puede cambiar de signo; es decir, devenir negativo.

También es sabido que en el Síndrome de la Bata Blanca, el afectado, por sentirse examinado y/o presionado a presentar valores normales frente a su médico, los altera, elevándolos.

La bata blanca

Sabemos que sobre la tensión arterial recaen muchos estímulos momentáneos, como asimismo determinadas circunstancias, capaces de alterarla. Por ejemplo, es conocido el poder benéfico que genera en alguien el vínculo con su mascota; es decir que el amor o la fidelidad incondicional de parte del animal hacia su amo, como asimismo la genuina reciprocidad afectiva del amo a su mascota, son capaces de reducirle los valores de su tensión arterial. Por lo tanto, el poder vincularnos afectiva y emocionalmente con animales contribuye paradójicamente a que podamos humanizarnos. También es sabido que en el Síndrome de la Bata Blanca, el afectado, por sentirse examinado y/o presionado a presentar valores normales frente a su médico, los altera, elevándolos.

Esta Hipertensión de Bata Blanca refleja lo que les ocurre a los pacientes que presentan una elevada tensión arterial en el ámbito médico, pero que obtienen valores normales en otros contextos. Tal vez este hecho se pueda relacionar con un sentimiento de autoexigencia. La autoexigencia o la excesiva responsabilidad de esos pacientes es análoga a la que experimentan los estudiantes frente a un examen. Por consiguiente, la figura del médico evaluador ubicaría a estos pacientes de cara a un examen, un examen médico. La autoexigencia, que hasta cierto punto es razonable, puede derivar en un afán perfeccionista, o una obsesión por resultados excelentes, incluso en todos loa ámbitos en que el afectado se desenvuelva, como por ejemplo la consulta médica. Puedo graficar la autoexigencia aludida con un ejemplo aparentemente contradictorio, pero que en realidad confirma la necesidad de un buen resultado, que por otro lado nunca deja de ser, hasta cierto punto, una apreciación subjetiva. El caso aludido es un paciente mío que cuando va a lo de un médico a chequear su presión, la misma le baja sensiblemente y los valores obtenidos no se corresponden con su presión habitual ni con su deseo de que esas cifras concuerden. Es decir que este caso es una variante inversa del Síndrome de la Bata Blanca que veíamos antes, en donde al paciente se le alteraba la tensión arterial elevándosele el resultado en contra de su deseo.

En cambio, en el caso de un alumno que se dirige a un examen con pocas expectativas de aprobarlo, seguramente que estará tranquilo durante la prueba, dado que no se siente exigido. Hay una dialéctica siempre subjetiva entre las aspiraciones de alguien, sus límites y sus representaciones simbólicas.

A raíz de cierta analogía con este ejemplo, recuerdo que una vez, mientras estaba midiéndome la tensión arterial y registrando un poco menos de 14 de máxima, alguien toca el timbre de mi casa y en ese momento yo no quería atenderlo. Me ofusqué por lo inoportuno. Lo atendí a regañadientes y luego volví para continuar con la medición interrumpida, pensando que seguramente se me había elevado sensiblemente; grande fue mi sorpresa cuando a pesar de mi palpable desarmonía la presión había descendido a 13. ¿Qué ocurrió? Aparentemente esta clase de estados nerviosos en donde uno puede descargar la energía que le genera el conflicto, no son tan contraproducentes. En esa ocasión, me saque la bronca protestando y atendiendo a esa persona de una manera poco amistosa y bastante expresiva de lo que sentía; quise que se percatara de que no era la hora adecuada para solicitarme por un asunto sin importancia. Posiblemente lo que ocurrió en ese momento libertario fue que el efecto positivo de dicha descarga: trascendió el mal momento vivido y se plasmó en una mayor liviandad mental, que de tal modo quedó registrado en el tensiómetro.

Situaciones como la que viví aquel día descomprimirían al ser humano, diluyendo en parte y de manera momentánea su nivel de autoexigencia. Por lo tanto, este alivio psicológico redundaría en un alivio tensional, en una reducción de la tensión arterial, aunque previamente pueda haber contribuido desfavorablemente con el sistema cardiovascular. Resumiendo, dicho desahogo psicológico sería análogo a lo que le ocurriría al paciente que está sufriendo el Síndrome de la Bata Blanca, si de pronto le pierde el respeto o el miedo al médico, normalizando con ese acto su tensión arterial.

Continuando con la idea del párrafo anterior, podemos aceptar que toda autoridad se deriva de una autoridad interna que los psicoanalistas denominamos Gran Otro, y que el sujeto constantemente proyecta en el exterior en la figura de algún personaje respetado, como puede ser el médico que lo atiende. En este proceso, el sujeto queda en una especie de invalidez frente a dicha autoridad poderosa que vela por él, como seguramente le ocurría cuando era pequeño y dependía de sus padres o de los adultos que estaban a su cargo. En ese estado sugestivo (proclive al efecto placebo o nocevo) la palabra del Gran Otro deviene una especie de sanción que inconscientemente sólo resta ser cumplida. Si dicha autoridad, luego de algunos estudios, concluye que el sujeto es ES HIPERTENSO, posiblemente el afectado asuma esa condición y pase a SER eso que el médico dice. De esta manera se subordina absoluta y definitivamente al lugar que el discurso médico le tiene asignado a esa patología. No es mi intención poner en duda el saber médico, sino simplemente redimensionarlo a la luz de estas consideraciones psicoanalíticas, que en algunos casos puede ser de gran utilidad.

En cada uno de nosotros existe una dimensión mítica. Casi todos los afectos y emociones que experimentamos se han generado espontáneamente en el trajín cotidiano de una infinidad de vivencias más o menos rutinarias, y algunas excepcionales, aunque casi todas atravesadas por valoraciones y significaciones míticas y automáticas.

Esa autoridad internalizada –que vimos en párrafo anterior–, denominada Gran Otro, es uno de los principales componentes míticos que los humanos poseemos en nuestra estructura mental, y sería el principal responsable de la hipertensión arterial por causas psicológicas. Por ejemplo, para los presidiarios hipertensos que vimos antes, la propia institución judicial y carcelaria, en forma abstracta y simbólica, como asimismo en forma concreta (celda, policías, guardiacárceles, etc.) toman el control de sus vidas, pero desde las propias estructuras psicológicas de los reclusos, porque estos, sin saber lo que les ocurre, inconscientemente permiten que sus fantasmas internos encarnen metafóricamente en las diversas y singulares representaciones de dicha institución.

En cambio, el sentimiento realista o desmitificador es capaz de posibilitarle al hombre relativizar lo simbólico; es decir, salirse un poco de esa metafórica esfera lingüística que, si bien nos posibilita nombrar casi todas las cosas o situaciones que nos rodean, como así también lo que sentimos y pensamos, en ocasiones nos oprime. Es entonces en el seno de esta atmósfera cultural en la que nacemos, vivimos y morimos, y en la relación que establecemos con todo lo que allí existe –mediatizado siempre por los símbolos lingüísticos–, como generamos las diversas significaciones que nos habitan.

A los fines de este análisis podemos conjeturar básicamente dos clases de sentimientos míticos: los positivos, vinculados a la ilusoria sobrestimación de ciertos aspectos y expectativas favorables. Y los negativos, en el que actuaría también lo ilusorio, pero volcado al pesimismo.

Existe en el ser humano una dimensión de microafectividad que considero muy importante en la etiología de la hipertensión arterial, sin desdeñar para nada las otras causas, que por lo general, en mayor o menor medida, también aportan su parte a esta dolencia. Propongo el concepto de microafectividad para incluir los sentimientos que por su naturaleza, fugacidad, o sutileza habitualmente escapan a nuestra percepción conciente.

En el mismo individuo e instantáneamente, puede variar mucho su presión conforme al sentimiento vivenciado. Si alguien en un momento dado se deja llevar por sus sensaciones mentales, se distrae y se pierde mirando, sin ver, algún punto del infinito, entregándose a ese estado, seguramente en tal caso su tensión arterial bajará, dado que en dicho estado se aleja por un momento de sus exigencias internas y externas. También el sentimiento de seguridad, confianza o autosuficiencia contribuyen a la baja. Por el contrario, los sentimientos de opresión, exceso de responsabilidad y minusvalía la elevarían en las personas susceptibles. Podríamos analogizar este último punto descripto con la existencia de un nivel sutil del Síndrome de la Bata Blanca en el afectado, aunque en otro contexto.

Esquema de la significación - Tensión arterial

Esquema de la significación – Tensión arterial

 

La moraleja de la microafectividad que acabamos de ver, y de la realidad onírica que veremos a continuación, es: conviene destacar los asuntos inconscientes involucrados en la hipertensión arterial.

Ya en el transcurso del día, es posible que irrumpa una variante que Sigmund Freud denominó: “ensoñación diurna”.


Sueño y vigilia

Me parece importante incluir en este trabajo sobre la hipertensión arterial, este subtema sobre la realidad onírica, dado que restos de la misma se inmiscuyen en la vigilia, y pueden contribuir a relajarnos, como cuando nos dejamos llevar por ensoñaciones, o a tensionarnos, como cuando nos sentimos confundidos o incapaces de llevar a cabo algún propósito.

La realidad onírica es la vinculada a lo alucinado por cada uno de nosotros mediante la actividad simbólica, sentimental e inconsciente que se expresa en nuestros sueños. Durante la vigilia, restos de la actividad onírica pueden entremezclarse con la realidad racional diurna y generarnos sensaciones raras, místicas o incomprensibles. El influjo de la realidad onírica suele prolongarse al despertarnos, o directamente puede despertarnos. De manera progresiva va disminuyendo su influencia hasta minimizarse, pero sin desaparecer en su totalidad, al tiempo que se va apoderando de nosotros la realidad diurna. Ya en el transcurso del día, es posible que irrumpa una variante que Sigmund Freud denominó: “ensoñación diurna”. La misma está referida a las fantasías de la vigilia, sobre las que tenemos un mayor control, y que suelen estar provocadas por los sucesos cercanos del ambiente o por estímulos internos.

Volviendo al momento del despertar, la perpetuación de nuestra realidad onírica como una especie de cuerpo extraño que persiste en lo mental dificulta por un tiempo que rearmemos nuestra identidad. En cambio, cuando logra imponerse en plenitud la lógica racional, nos reencontramos con nosotros mismos.

En la realidad onírica plena –es decir, mientras soñamos–, se suprimen momentáneamente la temporalidad y los condicionamientos lógico-racionales, y así se produce una especie de caricatura simbólica de la realidad diurna de la persona, con significación inconsciente. Por tal motivo, el soñante queda agobiado o perplejo, a la vez que alienado en esa realidad que desconoce, dado que en tales condiciones se convierte en una “caja de resonancia” de sus asuntos inconscientes.

Una variante positiva de la influencia de la vida onírica sobre la lógica racional diurna se da cuando el ser humano está muy entusiasmado con algo muy significativo para sus ilusiones. En tal caso, luego de abolirse en forma parcial lo temporal, se re-unirían en ese exaltado momento prácticamente sólo las referencias añoradas, generándosele una dichosa caricatura de la realidad. En tales condiciones, la estructura de un delirio gratificante se apodera del sujeto, quien goza de la feliz situación hasta que la creciente fuerza ordenadora de la lógica racional empieza a separar de nuevo los hitos delirantemente reunidos. Entonces, la posición mental eufórica e ideal, que había condensado sólo lo bueno, comienza a ceder, y, por contraste, a veces le sobreviene al afectado una transitoria depresión.

En este terreno, idealmente dos estados son posibles: a) el positivo, en el cuál, al diluirse la estructurante temporalidad y los condicionamientos lógicos-racionales, y condensarse todo lo bueno, tiene lugar –tal como vimos– el “delirio eufórico” o a la megalomanía; y b) el negativo, en el cuál, al contrario del anterior, la re-unión recae sobre todo lo malo. En este caso, el sujeto experimenta lo que Freud denominó “delirio de insignificancia”, propio de la depresión.

Cuando la persona simplemente está siendo, es decir cuando deja de lado espontáneamente todos sus condicionamientos, seguramente su tensión arterial disminuirá, dado que ese individuo se halla provisoriamente libre de condicionamientos; se halla en una especie de atemporalidad. Aunque es probable que, cuando retome su realidad subjetiva, nuevamente quede “sujetado”, “aprisionado” en su oprimente mundo simbólico.

Por lo general, los síntomas que tanto aquejan a los pacientes, en determinadas circunstancias desaparecen; por un tiempo, liberan de su insidiosa presencia al afectado. Es bueno poder detectar que esos espacios libertarios subjetivos casi siempre coinciden con súbitos momentos de armonía, de paz interior o de alegría. Entonces podremos evaluar la dimensión de significación que existe siempre en el síntoma, y que, cuando eventualmente aquella cambia, este se desvanece, pierde su razón de ser. En tal caso y mientras dure el recreo de la significación dominante, la persona se reencontrara en un apacible estado de conformidad consigo misma. Es justamente esto lo que busca el psicoanálisis, pero no de un modo fugaz, sino perdurable. Su objetivo supremo, en pos de ese saludable propósito, es la resignificación de los hitos fundamentales de la historia del paciente; de esta forma evita que lo que se inscribió en la mente del aquejado, durante su vida, se transforme en su siniestro, carcelario e inamovible destino.

Para finalizar, creo pertinente agregar la cuestión de la influencia que ejerce en nosotros la cultura actual de la tecnociencia que nos tocó en suerte. Las hazañas de la ciencia y la fascinación por los productos tecno-científicos facilitarían su adherencia identificativa a ese discurso, del mismo modo que los niños se identifican con sus padres. Por consiguiente, la hiperracionalidad, o el exceso de logicismo que el sujeto incorpora, excluye la sabiduría y lo condena a la deshumanización y a la unidimensionalidad mental: síntoma fundamental del que se desprenden los demás. El descrédito sobre la autoridad tradicional de esta era, el individuo lo supliría aferrándose a las certezas científicas. A raíz de esto se evidencia un asunto religioso en juego: el Gran Otro –instancia sólo mental que vimos antes– se proyectaría en la tecnociencia o sus representantes (instituciones o personas).

El hombre occidental, para lograr su armonía y paz interior –base esencial del bienestar y la salud–, debería lograr una sabia conjunción entre los aportes que el dominio de la tecnociencia le otorgó y los beneficios que el cultivo de su esfera simbólica y espiritual le depararían. Este objetivo es prioritario, debido a que en esta era hipermediatizada suele ocurrir que de nada sirve poseer casi toda la información existente a través de la PC, o de algún otro medio, si no sabemos que hacer con ella, o si directamente nos perdemos en ella. Aunque frecuentemente hay una consecuencia aún peor, y es que dicha avalancha de información, lejos de ayudarnos a cultivar nuestra espiritualidad, lisa y llanamente la sepulta.

Cuando la pulsión impulsa a actuar, y el medio social (real o internalizado) prohibe, se produciría la tercera respuesta a la agresión; propuesta por Laborit, como: “inhibición de la acción”.

Inhibición de la acción

“El estímulo externo es solamente secundario. No se reacciona al entorno, se reacciona primero al bienestar interior, para reaccionar y actuar sobre ese medio ambiente de manera de conservar el bienestar, lo que Calude Bernard llamó ‘la constancia de las condiciones vitales en el medio interno’, lo que Cannon llamó la ‘homeostasis’, lo que Freud llamó ‘principio del placer’, es lo mismo (…)

Cada vez que Ustedes establecen con el mundo que los rodea un contacto que llamamos gratificante, que mantiene vuestro equilibrio interno y les da placer, como han memorizado la estrategia empleada, van a reiniciarla. Llamamos a esto reforzamiento. Pero junto al haz de la recompensa hay otro llamado PVS (Periventricular System) (…) Llamo a este sistema haz de la punición. Lleva a un comportamiento que es el de la huida. Y cuando no se puede huir, a la lucha. El primero -MFB- llevaba a la repetición del acto gratificante y éste lleva a la huida (…) Un hombre que fabrica rulemanes todos los días del mes, todos los meses del año, que ve la cara de un jefe gruñón que siempre está buscando errores, y no puede escaparse porque se quedaría sin empleo, ni tampoco romperle la cara porque lo pondrían entre rejas, entonces entra en inhibición de la acción. (2)

” Toda amenaza a la constancia del medio interno provoca cambios fisiológicos que preparan al individuo para la lucha o la huida.

La percepción de dichos cambios produce en el hombre la vivencia de ansiedad.

Cuando la pulsión impulsa a actuar, y el medio social (real o internalizado) prohibe, se produciría la tercera respuesta a la agresión; propuesta por Laborit, como: “inhibición de la acción”. Esta alternativa se genera cuando el animal no tiene chance para escapar o atacar, debiendo inmovilizarse pera no excitar al agresor o para pasar desapercibido. También ocurre cuando el sujeto no puede detectar e identificar el peligro. En estos casos, el individuo se mantiene en una situación de tensión sin acción; de perpetuarse, el organismo reacciona descompensándose y enfermándose.

“Hay otro caso en el cual Ustedes están inhibidos en la acción y es cuando tienen lo que yo llamo un déficit informacional. En ese caso actuar es difícil porque no saben cuál será el resultado de su acción. Un déficit informacional es pues una fuente de angustias, de ansiedades (…) El miedo resulta de la puesta en acción del PVS y lleva a la huida o a la lucha y además por el hecho de impulsar a una acción, a un movimiento, va a atemperar ese miedo (…) cuando se hace algo, no se siente más miedo, porque el sistema nervioso sirve para eso: para actuar.

Hay otra razón para estar ansioso y se presenta cuando Ustedes tienen demasiada información y no tienen criterios suficientes para clasificarla.” (3)

El ruido, el bullicio, la comunicación hacen masa, generan comunidad, homogeneizan; en cambio, el silencio distingue, individualiza.

En el ruido se piensa poco, se actúa conforme a lo que se siente; en contraposición, en el silencio se puede pensar más, y por contraste surge la individualidad, la diferencia, con la saludable posibilidad de canalizar y expresar con producciones mentales y creatividad lo que, de no existir esta alternativa, se podría manifestar por ejemplo en: patologías psíquicas u orgánicas.

Pues, tanto el déficit como el exceso de información son fuente de estrés. Y éste, junto al mecanismo de la inhibición de la acción descripta, son la base para enfermedades o dolencias psicosomáticas. Sobre esto Laborit tiene algo más que contarnos:

“Yo estudié el efecto de un tóxico que es el cadmio. Sobre un animal en inhibición de la acción, es cien veces más tóxico que en un animal que está libre de preocupaciones. Todos tenemos células cancerosas que nacen a cada instante, en nuestro organismo. Si nuestro sistema inmunitario está bloqueado, se hará una evolución cancerosa (…) si Ustedes no están en inhibición de la acción, no van ha hacer una evolución cancerosa (…)

Se produce una hipertensión crónica en un 100% de los casos, en los animales con ocho días de inhibición de la acción (…)

¿Y qué resulta de la hipertensión? ¿Qué resulta de la liberación de adrenalina? Una perturbación del metabolismo de los lípidos; la arteriosclerosis, el infarto de miocardio, las hemorragias cerebrales, todo lo que se pueda conocer sobre las llamadas enfermedades de la civilización, que no son otra cosa que enfermedades por inhibición de la acción.” (4)

El hombre tiene miedo de no poder transformar su deseo en un proyecto, teme perder el sentido de su vida y no poder realizar su proyecto vital. Además, tiene necesidad de imponerse desafíos, de superarse, de ver y comprobar hasta dónde puede dar.

Si a esta base para el estrés y la ansiedad, que podríamos llamar “natural”, le sumamos el bombardeo continuo idealizado e informativo a que es sometida la población global, obtendremos un plus de malestar que impulsaría a muchos individuos a un más allá de la adaptación; a una “sobreadaptación” que degeneraría en enfermedades psicosomáticas y accidentes.

Referencias:

1. Dethlefsen y Dahlke. La enfermedad como camino. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2006. Pág. 231.

2. Laborit Henri. Agresividad e inhibición de la acción. Conferencia en Bs.As. 1993. Organiz. por Asociación Argentina de Psicofarmacología.

3. Laborit Henri. Idem anterior.

4. Laborit Henri. Idem anterior.

Jorge Ballario. Psicólogo. (jballario@coyspu.com.ar)

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4 Respuestas en Tensión arterial: ¿una medida de la presión psicológica?

  1. Barilia 24 Septiembre, 2016 en 6:48 am

    Muy cierto,aunque los doctores digan que no existe presión emotiva yo la padezco porq sube ante ciertas situaciones por eso opté por curar mi espíritu para q sabe mi cuerpo

    Responder
  2. Mauricio 27 Octubre, 2015 en 11:32 am

    No concuerda conmigo. Tengo presión arterial baja y vivo una vida de preocupaciones, estrés y mucha tristeza.
    O todo este artículo es falso o soy un alienígena.

    Responder
    • Barilia 24 Septiembre, 2016 en 6:50 am

      La tristeza suele bajar la presión y la cólera subirla.

      Responder
  3. Edda Ottonieri Maggi 10 Marzo, 2013 en 5:47 pm

    Muy buen análisis de una enfermedad que aumenta día a día en número de pacientes. La connotación dada por Jorge Ballario en tan detallado y positivo análisis, contribuirá, estoy segura, el tener en cuenta el aspecto psicológico en igualdad de condiciones que l lo físico y genético.
    Las cárceles impuestas por nuestra propia circunstancia, son realmente las que nos condiciones.
    ¡Felicitaciones! Jorge, por ver más allá de la simple conjugación de desencadenantes.

    Edda Ottonieri

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