Mariano Rajoy debe dimitir

Mariano Rajoy debe dimitir, aunque en una democracia no tendríamos que esperar su decisión; los ciudadanos deberíamos tener mecanismos para destituirlo. Es preciso convocar así nuevas elecciones. Es más, los partidos políticos deberían facilitar un proceso constituyente donde su propia transformación esté incluida para ayudar a abrir el camino, esta vez sí, hacia la democracia.

Mariano Rajoy haciendo una reverencia al rey Juan Carlos

Mariano Rajoy haciendo una reverencia al rey Juan Carlos

Por Víctor Alonso Rocafort. Hermandades y corrupción. Mariano Rajoy debe dimitir. Hoy al Partido Popular se le exige que abandone el gobierno por un caso de corrupción que afecta de lleno a toda su cúpula, incluido al presidente.  Contrainfo.com

Ayer era la federación bipartita que gobierna Cataluña la que tenía grandes problemas con comisiones y cuentas suizas. Y el principal partido de la oposición, todavía con un largo historial a cuestas, no logra quedar exento de dificultades. Es preciso no generalizar y decir bien alto que otros partidos no se han corrompido a esos niveles. Que hay representantes, de unos y de otros, que se preocupan por mantener los vínculos democráticos con la ciudadanía. Sin embargo da miedo pensar que los partidos más acosados por la corrupción son, casualmente, los que han tocado poder.

Lo que quiero indicar aquí, partiendo de un modelo que hunde sus raíces en la Grecia antigua, es que los partidos de nuestro país funcionan como hermandades. Con las distinciones de intensidad ya indicadas. Esto nos permitirá comprender mucho mejor sus reacciones, previstas ayer casi al milímetro en el caso del PP por analistas como Carlos E. Cué (“reaccionarán como una piña”) o Isaac Rosa (“lo negarán todo”). Es el funcionamiento esencial de los partidos, por tanto, lo que se debe cambiar.

La némesis de la hermandad es la amistad, de ahí que la comparación entre ambas pueda iluminar mejor estas cuestiones. La amistad —como explican Aristóteles o Cicerón entre los clásicos, y Hannah Arendt, Jacques Derrida o Emilio Lledó entre los contemporáneos— permite vínculos selectivos y libres entre individuos. Su cultivo, como el de la democracia, depende del día a día; entre sus condicionantes está el que tu amigo no cometa lo que consideras una grave injusticia. La hermandad, por el contrario, se sustenta en vínculos de sangre inquebrantables; es por ello que si un hermano comete una injusticia, se silencia o se le apoya sin fisuras.

La amistad permite la diferencia; es más, la celebra, por lo que difícilmente surgirá a su alrededor una organización repleta de temores y silencios. Si mi amigo difiere en mi posición en algún punto, la doctrina clásica establece que el que pueda manifestarla y actuar conforme a ella engrandece nuestra confianza, nuestro entendimiento y nuestra libertad. La lealtad, al contrario que la fidelidad perruna, ofrece un apoyo sólido a la vez que permite un espacio para diferenciarse y no obedecer sin pensar. Es por ello que si mi amigo pretende incendiar el Senado, declara el republicano Cicerón, por muy leal que le sea no lo seguiré; es más, trataré de impedírselo o lo denunciaré. La ruptura de la amistad también es libre.

La hermandad sin embargo se basa en criterios tan ajenos a la libre elección como el sanguíneo. En ella se rinde culto a la homogeneidad y la obediencia. En una hermandad se promete el calor de un grupo cerrado donde —como en un escuadrón ante la batalla— “militar” supone abandonar la fría soledad moderna. Se marcha y se canta conjuntamente; la movilización es perpetua, se repudia al traidor que no repite bien la letra y se busca desesperadamente al enemigo. Tras el líder paternal —que, como todo ídolo, si cae es reemplazado enseguida por otro— solo hay jerarquías de hermanos mayores escalonados a los que obedecer entre soterradas pugnas por el delfinato. Y aquí hablamos de los puestos directivos del partido, tan desconectados del resto de seguidores como las estrellas de rock lo están de sus fans en un estadio. Siguiendo el modelo fraterno, los cuadros dirigentes de los partidos tratan de hablar con una sola voz, persiguen el disenso interno y defienden hasta la evidencia a cada culpable de una injusticia entre sus filas.

Desde tiempos inmemoriales las hermandades han sido un modelo de agrupamiento político entre los seres humanos. Los llamados tiempos heroicos, tan bien narrados por Homero, estaban dominados por fratrías (hermandades) de nobles varones que tenían derechos políticos exclusivos. Tierra, sangre y religión se unían en ellos: dominaban amplios latifundios, estaban ligados por un mismo linaje y solo ellos tenían funciones sacerdotales.

Ya en el siglo dieciocho, algunos ilustrados del Sur de Europa como Giambattista Vico, disconformes con el rumbo que tomaba la moderna construcción europea, criticaron el retorno de este modelo fraterno a los nuevos Estados-nación: se era ciudadano por razón de tierra, sangre y (extraoficialmente, en una secularización fallida) religión. El ius soli y el ius sanguini se marcaron a fuego en nuestros códigos civiles, mientras la matriz cristiana de Europa todavía la discuten sabios de la Unión Europea que se oponen al ingreso de los infieles turcos. Por eso tenemos Centros de Internamiento para Extranjeros que no son ciudadanos, por eso hay redadas xenófobas y deportamos.

Finalmente el modelo fraterno, tan unitario para los de dentro, tan exclusivo para los de fuera, se hizo puro en los movimientos totalitarios de la primera mitad del siglo veinte. Su influencia permeó sobre el resto de partidos de masas, entonces en expansión. El contigo o contra mí, las purgas y el terror al disenso interno, las rígidas jerarquías, el esquema de líderes idolatrados frente a seguidores, marcaron en diversos grados a unos y otros. El dogma o la marca religiosa se sustituía por la ideológica; la tierra se diluía en lo nacional mientras el componente sanguíneo se reforzaba: los militantes eran como hermanos de sangre. No había hueco para aquella amistad política que clásicos y humanistas tanto habían defendido. Con razón los espíritus más libres de aquel tiempo fueron asociados a la disidencia.

El modelo de partido imperante, que copian los sindicatos mayoritarios y otros grupos de poder en nuestras instituciones públicas, bebe de esas fuentes. Debe por tanto cambiar. En otros países se dieron cuenta de ello, y ciertas medidas han tratado de atemperar un modelo que sepulta el debate y la libertad interna. En España, sin embargo, todo se ha ido haciendo cada vez más cerrado, más jerárquico, más silencioso. Funciona la omertà. Incluso el partido más revolucionario, de plegarse al medio ambiente y replicar este modo de funcionamiento, antes o después se verá un día tapando algún escándalo de su dirección.

¿Será capaz una futura unión de izquierdas en este país, animada por las demandas ciudadanas, dar con la tecla para organizarse de un modo plural y democrático? ¿Calaría el ejemplo? ¿Seremos capaces de cultivar la amistad política, de respetar la libertad de cada cual y el respeto a lo que consideremos justo una vez nos agrupemos políticamente?

Hoy estamos todavía lejos de estas expectativas; unos más que otros. Por eso el Partido Popular, como la más férrea de las hermandades, trata de cerrar filas y que nadie repita mal la letra, que nadie se exprese en libertad para decir la verdad. Como los viejos mantras ideológicos de los más fanáticos, los argumentarios partidistas se alejan de la realidad. El que se atreva a murmurar que el emperador está desnudo quedará manchado, se le perseguirá por disidente. Pero las grietas son múltiples y ya hay quien se desmarca, las evidencias pronto darán lugar al juego de los ídolos caídos, de los traidores, de las nuevas fidelidades. Las sectas y las mafias son modelos extremos de hermandad. También las fraternidades estudiantiles, o las propias hermandades religiosas armadas sobre las que tanto sabemos en España. De todos ellos se pueden extraer lecciones para comprender lo incomprensible: que el Partido Popular no pida disculpas, que no destituya a su dirección para, acto seguido, reorganizar de un modo honesto a la derecha de este país.

Mariano Rajoy debe dimitir, aunque en una democracia no tendríamos que esperar su decisión; los ciudadanos deberíamos tener mecanismos para destituirlo. Es preciso convocar así nuevas elecciones. Es más, los partidos políticos deberían facilitar un proceso constituyente donde su propia transformación esté incluida para ayudar a abrir el camino, esta vez sí, hacia la democracia.

Fuente: Colectivo Novecento

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