¿Qué es hoy la cultura?

"Puede definirse la cultura como la totalidad de las reacciones y actividades mentales y físicas que caracterizan la conducta de los individuos componentes de un grupo social, colectiva e individualmente, en relación a su ambiente natural, a otros grupos, a miembros del mismo grupo, y de cada individuo hacia sí mismo. También incluye los productos de estas actividades y su función en la vida de los grupos"

Cultura

Por Guillermo Mayr. ¿Qué es hoy la cultura? Parte 1. Una prescindible introducción
Hay conceptos que permanecen sin alteraciones por largos periodos de tiempo y luego mutan o evolucionan en cuanto a su sentido y significación. Estas variaciones pueden deberse a los cambios sociales, políticos, económicos y tecnológicos que inciden de manera directa en las sociedades, y también a la teorización y reinterpretación que de ellos realizan los cientistas sociales. El concepto de cultura es uno de ellos, y su interpretación es variada y variable, aunque el término tradicionalmente suele ser utilizado para referirse a todo el conocimiento que es adquirido por el hombre desde de su nacimiento, a una educación formal dentro de la sociedad y hasta a la sofisticación o refinamiento del gusto, haciendo una clara distinción entre lo culto y lo ignorante. Contrainfo.com

La propiedad que tenía un campo de ser cultivado se comparaba a la que tenía una persona de aprender, así como a una sin educación se la asemejaba a un campo sin cultivar.

La palabra “cultura” (del latín “cultüra”, cultivo) apareció en el idioma inglés tempranamente, hacia principios del siglo XIII. El término se empleaba para designar una parcela cultivada y, tres siglos más tarde, adquirió una connotación metafórica al extenderse su significado al de cultivo de cualquier facultad. La propiedad que tenía un campo de ser cultivado se comparaba a la que tenía una persona de aprender, así como a una sin educación se la asemejaba a un campo sin cultivar. Hacia fines del mismo siglo, el concepto de cultura era entendido por las clases altas como la tenencia de una buena educación, gusto por las bellas artes, un determinado arquetipo de comportamiento y ciertas normas de urbanidad. De cualquier manera, la acepción figurativa de cultura recién se extendió durante el siglo XVII, cuando comenzó a aparecer en algunos textos académicos.

Más adelante, en el siglo XIX, la cultura era asociada también a las actividades lúdicas que las personas bien educadas realizaban. Pero, desde mediados del siglo XX, la cultura se fragmentó en una serie de disciplinas complejas y diversas, lo que hace sumamente difícil abarcarlas en su conjunto. Según el “Diccionario de la lengua española” editado por la Real Academia Española, la cultura es “un conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social”, una definición que bien podría provenir de la que el antropólogo evolucionista inglés Edward Burnett Tylor (1832-1917) acuñara en 1871 en su ensayo “Primitive culture” (Cultura primitiva): “La cultura o civilización, en sentido etnográfico amplio, es ese todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de una sociedad”.

Pero, a través de los años, las definiciones de cultura fueron multiplicándose en las distintas ciencias sociales. En 1952, los antropólogos estadounidenses Alfred Kroeber (1876-1960) y Clyde Kluckhohn (1905-1960) publicaron “Culture. A critical review of concepts and definitions” (Cultura. Una revisión crítica de conceptos y definiciones), obra en la que analizaron ciento sesenta definiciones de diversos antropólogos, sociólogos, psicólogos, psiquiatras y otros científicos, y las agruparon en seis grupos: las descriptivas enumerativas, las históricas, las normativas, las psicológicas, las estructurales y las genéticas. La más representativa de las definiciones descriptivas enumerativas proviene del antropólogo relativista estadounidense de origen alemán Franz Boas (1858-1942), quien expuso en “The mind of primitive man” (La mente del hombre primitivo) en 1938: “Puede definirse la cultura como la totalidad de las reacciones y actividades mentales y físicas que caracterizan la conducta de los individuos componentes de un grupo social, colectiva e individualmente, en relación a su ambiente natural, a otros grupos, a miembros del mismo grupo, y de cada individuo hacia sí mismo. También incluye los productos de estas actividades y su función en la vida de los grupos”.

Las definiciones del segundo grupo, las históricas, se basan en la selección de alguna característica de la cultura proveniente de la herencia o las tradiciones sociales. En ese sentido, el antropólogo estadounidense Ralph Linton (1893-1953) en su “The study of man” (El estudio del hombre) de 1936, proponía el estudio histórico del individuo, la sociedad y la cultura como medio para encontrar el trasfondo cultural de la personalidad. “Como término general, cultura significa la totalidad de la herencia social de la especie humana, mientras que como término específico, una cultura significa una clase particular de herencia social”.

Entre las definiciones normativas sobresalen las del psicólogo canadiense Otto Klineberg (1899-1992) en “Race differences” (Diferencias de razas) de 1935: “Cultura es aquella forma de vida total que es determinada por el medioambiente social”; y la del sociólogo ruso radicado en Estados Unidos Pitirim Sorokin (1889-1968) que, en “Society, culture and personality” (Sociedad, cultura y personalidad) de 1947, la definió como “el conjunto de significados, valores, normas, su interacción y relaciones, sus grupos integrados y no integrados, tal como son objetivados a través de acciones encubiertas y de otros vehículos en el universo empírico”.

En el cuarto grupo, el de las definiciones psicológicas, la cultura es vista como un conjunto de formas tradicionales de resolver problemas, de respuestas que han sido aceptadas porque han tenido éxito. Géza Róheim (1891-1953), antropólogo y psicoanalista húngaro, escribió en su “The riddle of the Sphinx” (El misterio del Fenix) de 1934: “Por cultura entendemos la suma de todas las sublimaciones, todos los substitutos o formaciones de reacciones. En definitiva, todo lo que en la sociedad inhibe los impulsos o permite su satisfacción distorsionada”. Dentro de las definiciones de tipo estructural, la cultura es vista de manera abstracta e interpretada como la interrelación organizada de las formas de comportamiento.

En “The science of cultura” (La ciencia de la cultura) de 1949, el antropólogo norteamericano Leslie White (1900-1975) expresa que “la cultura es un sistema derivado históricamente de diseños para la vida, explícito e implícito, los que tienden a ser compartidos por todos los miembros especialmente designados por un grupo”. O también como una respuesta a las necesidades elementales del hombre. Ilustrativa de esta idea es la proposición del antropólogo polaco Bronisław Malinowski (1884-1942), quien en “The scientific theory of cultura” (Una teoría científica de la cultura) publicada póstumamente en 1944, se refería a la cultura como “el conjunto integral constituido por los utensilios y bienes de consumo, por el cuerpo de normas que rige los diversos grupos sociales, por las ideas y artesanías, las creencias y costumbres”.

Por último, la definición genética de la cultura busca explicarla yendo a sus orígenes, preguntándose cuáles son los factores que hicieron posible su existencia. Esta interpretación desarrolla el intento de establecer el concepto de cultura como resultado de un proceso de coevolución genético-cultural. En ese sentido, el semiólogo ruso Iuri Lotman (1922-1993) propone en “Eine semiotische theorie der kultur” (Semiótica de la cultura) de 1952, que la cultura “se construye, desde el punto de vista genético, sobre la base de la lengua natural, utilizada por el hombre en el trato cotidiano. Las predisposiciones genéticas se introducen en la cultura, ésta afecta a la supervivencia y a su vez la supervivencia y la reproducción determinan qué genotipos se extienden entre la población. En otras palabras, existe un abrumadoramente complejo intercambio entre la transmisión genética y la cultural”.

Como síntesis, los propios Kroeber y Kluckhohn ofrecieron su propia definición de cultura: “La cultura consiste en patrones de comportamiento, explícitos e implícitos; adquiridos y transmitidos mediante símbolos, que constituyen los logros distintivos de los grupos humanos, incluyendo su plasmación en utensilios. El núcleo esencial de la cultura se compone de ideas tradicionales (es decir, históricamente obtenidas y seleccionadas) y, sobre todo, de sus valores asociados”.

En conclusión, el concepto de cultura involucra una multiplicidad de significados que abarcan desde aquellas expresiones que utilizan el individuo común o los miembros de una comunidad hasta las definiciones dadas por los científicos, muchos de los cuales la consideran su objeto de estudio y llegan a resultados a veces contradictorios entre sí. Desde Martin Heidegger (1889-1976) en adelante, hay filósofos que afirman que el hombre ha perdido el saber acerca de cómo habitar el mundo, ya que no se transmite de generación en generación ese saber que permite la supervivencia. La cibernética y la biología buscan información cifrada en un código, que permitiría dar una respuesta a lo inexplicable. En ese sentido, es innegable la importancia de científicos como el británico Richard Dawkins (1941), el italiano Luigi Cavalli-Sforza (1922) o los estadounidenses William Durham (1937) y Daniel Dennett (1942) por sus aportes al concepto científico de cultura a partir de sus investigaciones sobre los memes, los métodos matemáticos en la genética de poblaciones y los avances en la compresión del cerebro y del aprendizaje. De todas formas, para el psicoanalista argentino Germán García (1944) no se trata de idealizar la cultura. “Ser culto hoy -dice-, es conocer qué del pasado se actualiza en nosotros bajo la forma de una memoria. En cambio, la ciencia es el arte del olvido, en el sentido de que está ligada a la tecnología, y el último celular deja en el olvido al anterior. El sueño positivista es unificar la cultura bajo la égida de la ciencia. Pero es en el interior de la ciencia donde este sueño se cae. El científico no es un sabio sino alguien que se ha alienado en un saber toda su vida. Y que no tiene que leer nada más que lo que compete a su ámbito”. Algo que comparte la periodista científica argentina Alejandra Folgarait (1960) cuando afirma que, aunque la ciencia se arrogue el saber sobre el mundo, “pocos premios Nobel de medicina, química o física se autocalificarían de cultos. Encerrados en sus laboratorios, muchos apenas tienen contacto con lo que otrora se entendía por cultura. Son genios, sí, pero en su especialidad. Precisamente esa fragmentación de los saberes y de las técnicas hace que la figura de la persona culta se disuelva en el fango de la televisión cada vez más explícita y simple, al punto de que un programa desafía al público a saber más que un chico de quinto grado. Eso sí: hay que reconocer que la televisión no engaña a nadie; no promete cultura sino entretenimiento”.

Sin hombres no hay cultura por cierto, pero igualmente, y esto es más significativo, sin cultura no hay hombres”.

En su libro “El capital de la cultura”, el ensayista hispano-argentino Octavio Getino (1935-2012), planteaba que a partir de los años ’80 se generó una división entre alta cultura y cultura de masas, relacionando a la primera con la cultura de tipo tradicional, y a la segunda con la promoción y distribución de bienes y servicios culturales a niveles sin precedentes. Este fenómeno llevó a relacionar a las industrias culturales con las demás de consumo masivo, a la cultura destinada a ser consumida como cualquier otro producto de consumo. “Sin embargo, estas industrias se articulan sobre la base de cuatro fases o procesos: creación, producción, distribución y consumo de determinados bienes culturales, quedando de manifiesto que se diferencian de cualquier otro proceso industrial o de reproducción seriada, en el sentido que el bien cultural conlleva un acto creador, que le otorga su valor simbólico”. Con la irrupción de la cultura de masas, transmitida por los medios de comunicación, se ha extendido el consumo intensivo e inmediato de productos culturales de diversa calidad, desde aquellos que configuran el nivel de cultura superior, hasta los que representan el nivel cultural más bajo. La crisis de valores, el debate sobre la división entre “alta cultura” y “cultura popular”, la aparición de Internet, las discusiones acerca de la posibilidad de establecer en los institutos educativos una formación común, obligan a interrogarse sobre el criterio que separa a las personas cultivadas de las que no lo son. Así, en la actualidad, se redefinen permanentemente los límites entre lo que se considera culto y lo popular. “La globalización hace inabordable el saber total y, donde hay desigualdad social, la cultura y los públicos quedan fragmentados -dice la socióloga argentina Ana Wortman (1961)-. El vertiginoso estilo de vida actual hace juego con la cultura del entretenimiento momentáneo que propone la televisión. Prima la banalización de los temas y el ser culto ya no importa tanto”.

El filósofo alemán Peter Sloterdijk (1947) definió la cultura de fines del siglo XX como producto de la razón cínica, de una mala conciencia iluminada que critica con hipocresía. En “Kritik der zynischen vernunft” (Crítica de la razón cínica) afirma: “La cultura humanística, basada en el libro y en una educación monopolizada por el sacerdote y el maestro, ha perdido definitivamente su capacidad para moldear al hombre”. Sloterdijk define a los hombres como criaturas de civilización (o cultura). “Pero hay diferentes modos de civilización -añade- y por ello podemos hablar de ruptura de una época. La pedagogía que formaba al hombre con lo escrito y por la palabra de Dios ha sido sustituida por otra en la que impera la voz del mercado y del dinero”. Es así que, en los tiempos que corren, en los que los intelectuales se dedican a cambiar conocimiento por dinero y se han tornado ambiguas las diferencias entre “alta cultura” y “cultura popular”, la cultura ya no es manejar discursos ni escribir bien. Es una curiosidad, un movimiento tan vital como el aire que se respira, un recorrido individual que ni siquiera implica saberes técnicos, incluyendo al libro dentro de estos saberes. En cuanto a este punto, el del libro como transmisor del conocimiento, el filósofo español Fernando Savater (1947) ha dicho: “Falsearíamos la realidad diciendo tan sólo que los libros son el más destacado de nuestros productos civilizados, pues resulta ya más justo señalar que nosotros, los que hoy nos tenemos por civilizados, somos ante todo el productos de muchos libros. Lo que ahora oímos repetir hasta el hartazgo es que vivimos en la era de la imagen y que la palabra escrita es actualmente cosa subordinada. Nos hemos mudado de la Galaxia de Gutemberg a la Galaxia Lumiere”.

La noción de cultura, como ya se ha dicho, es ciertamente vaga y confusa. El escritor y periodista argentino Fabrizio Volpe Prignano (1975-2005) decía en “Comunicación y cultura en el siglo XXI” que ésta “se asocia con el concepto de libertad, con la representación de dignidad e incluso con la edificación y manifestación de la propia identidad: hay quienes dicen que la cultura nos libera y que el hombre es un animal cultural. Según la mayoría de los antropólogos, la cultura perfecciona el estado natural al que estaría sentenciado el hombre como primate; la solución es semejante a un órgano artificial: nos completamos por obra y gracia de la cultura. A pesar de su vaguedad, aquello que podemos reconocer como lo más sugestivo de la idea de cultura, es que su aura, su prestigio, es tan evidente que no necesita de exactitudes representativas”. En “The interpretation of cultures” (La interpretación de las culturas), el antropólogo estadounidense Clifford Geertz (1926-2006) desarrolló una concepción sintética de cultura, es decir que los factores biológicos, psicológicos, sociológicos y culturales se tratan como variables dentro de un mismo sistema (el ser humano). Esta concepción está basada en la noción de que la cultura “no es sólo un ornamento de la existencia humana, sino que es una condición esencial de ella”. Explica Geertz que el desarrollo físico y la evolución cultural fueron simultáneos, que los cambios biológicos más importantes se produjeron en el cerebro y en el sistema nervioso central y, por último, que el ser humano “es un animal incompleto, un animal inconcluso. Sin hombres no hay cultura por cierto, pero igualmente, y esto es más significativo, sin cultura no hay hombres”.

Fuente: El jinete insomne

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