Los Cirigliano, un caso paradigmático de nuestra burguesía nacional

Si bien el concepto burguesía nacional es utilizado con frecuencia en producciones teóricas y discursos políticos de nuestro país, no es la primera vez que pongo en tela de juicio la validez del mismo dada la escasa correspondencia observable entre el concepto mencionado y aquella realidad que intenta representar.

 

Cirigliano - Cristina Fernandez

Por Alberto J. Franzoia *

Si bien el concepto burguesía nacional es utilizado con  frecuencia en producciones teóricas y discursos políticos de nuestro país, no es la primera vez que pongo en tela de juicio la validez del mismo dada la escasa  correspondencia observable entre  el concepto mencionado y aquella realidad que intenta representar.

Si en la burguesía nacional incluimos a quienes constituyen una clase social no sólo por el lugar objetivo que ocupan en la estructura productiva de la sociedad capitalista, sino también por su comportamiento histórico de clase (que debería consistir, tomando los parámetros históricos pertinentes, en maximizar sus beneficios recurriendo a la reinversión productiva de los mismos), sostengo que dicha burguesía es de dudosa existencia en Argentina. En realidad lo observable a lo largo de nuestra historia es un comportamiento esencialmente parasitario, copiado de la clase social dominante (la oligarquía); clase que maximiza sus ganancias recurriendo a distintas variantes de la especulación económica. Desde luego dicho comportamiento lejos ha estado de favorecer el desarrollo sostenido del capitalismo como ocurrió en los países dominantes.

El ferrocidio y los caranchos

Tradicionalmente nuestra oligarquía ha actuado en el sector rural, como propietaria de grandes extensiones de tierra (latifundios) y en el comercio de exportación-importación, sin embargo con el paso de los años extendió sus actividades al sector industrial y financiero. En cada caso especuló siempre, tanto con la renta diferencial de la tierra en la pampa húmeda, como con el control monopólico u oligopólico del mercado industrial, o con la especulación lisa y llana en la actividad comercial- financiera.

La confusión conceptual surge porque algunos de nuestros teóricos y políticos llaman burguesía a todo grupo propietario de medios de producción industriales (incluyendo la industria del transporte), como si esa única condición los acreditara al respecto. Sin embargo una clase no se define sólo por el lugar que ocupa en la estructura productiva (ante todo como propietaria o no de los medios de producción y comercialización), sino también por su comportamiento histórico de clase. Y es allí donde buena parte  de nuestros grandes propietarios industriales no han actuado como burguesía, ya que la eterna especulación que los caracteriza nunca podrá generar el desarrollo sostenido de las fuerzas productivas. Y sin desarrollo productivo no hay capitalismo desarrollado sólo hay subdesarrollo del mismo. Desde luego la otra pata necesaria para que el subdesarrollo tenga un carácter estructural es el vínculo histórico entre esta clase nativa y el imperialismo ejercido por las burguesías de los países dominantes y desarrollados.

Ahora bien, si hay un ejemplo emblemático del fallido comportamiento burgués de nuestros empresarios (me refiero a la gran empresa no a la pequeña burguesía) el mismo se expresa en la actual situación de nuestra red ferroviaria; y si un grupo es paradigmático sobre comportamientos esencialmente especulativos ése es el de los Cirigliano.

Ellos, los hermanos Mario y Claudio, conforman uno de los grupos económicos más poderosos de nuestro país. Son propietarios del Grupo Plaza, integrante del holding Cometrans, empresa de empresas que en la actualidad transporta miles de pasajeros por día en Capital Federal, Gran Buenos Aires y ciudades de otras provincias. El Grupo Plaza comenzó con un colectivo comprado por  Nicola Cirigliano, padre de Mario y Claudio, quien  arribó desde Italia huyendo de la segunda guerra imperialista y el hambre. Uno de los primeros trabajos de Nicola en la Argentina fue en la municipalidad porteña como conductor de camiones. La experiencia que fue adquiriendo en el rubro transporte lo llevó en 1959 a comprar el colectivo interno 16 de la línea 295. Pasados algunos años los Cirigliano adquirieron las Líneas 61 y 62, con las que la empresa familiar comenzó a crecer hasta que en 1975 Nicola les cedió la gestión a sus hijos. Pero  la expansión más sorprendente viene de la mano de los noventa, cuando las oscuras privatizaciones del abanderado nativo del fin de la historia proclamada por Fukuyama,  el riojano Carlos Menem (con quien los hermanos solían jugar al golf), les permitieron obtener la concesión de los servicios de trenes y quedarse además con la explotación del subte de Buenos Aires. Más tarde ganaron también la licitación del predio donde se fabrican y reparan los vehículos,  obtuvieron las concesiones de otras líneas de pasajeros interurbanas y, además, de una compañía para el mantenimiento de la estructura ferroviaria abandonada durante el proceso neoliberal. Hacia 2003 incorporan transportes de larga distancia, una agencia de viajes y una empresa de publicidad. Como se observa el círculo del control omnipotente de un mercado específico se iba cerrando.

Ahora bien, si hay un ejemplo emblemático del fallido comportamiento burgués de nuestros empresarios (me refiero a la gran empresa no a la pequeña burguesía) el mismo se expresa en la actual situación de nuestra red ferroviaria; y si un grupo es paradigmático sobre comportamientos esencialmente especulativos ése es el de los Cirigliano.

Pero los Cirigliano se vieron favorecidos no sólo por el proceso privatizador de los noventa que les permitió constituirse como empresa oligopólica del transporte público de pasajeros, también accedieron a una generosa política de subsidios sin los controles estatales necesarios que garantizaran la reinversión para ampliar y mejorar la calidad del servicio. Ambas cuestiones han resultado por lo tanto  condición necesaria para dar rienda suelta al comportamiento inescrupuloso de este grupo de “burgueses nacionales”, el mismo que acaba de protagonizar (como propietario de TBA y principal responsable de la seguridad del servicio que presta) una enorme tragedia nacional en la estación de Once con un saldo de 51 muertos y más de 700  heridos.

Los Cirigliano constituyen un caso paradigmático sobre el comportamiento de clase registrado a lo largo de nuestra historia por esta supuesta “burguesía nacional”.  Jauretche la clasificó como parte constitutiva del medio pelo argentino por su nula conciencia de clase que le genera un fatal (para la Nación y su pueblo) apego a comportamientos y valores típicamente oligárquicos. Actúa en el terreno industrial como propietaria del medio de producción, pero sus beneficios se multiplican no como consecuencia de un comportamiento empresarial productivo sino al amparo del control oligopólico de un mercado específico y de subsidios generosos (actuales) no reinvertidos en el rubro que los generó; de allí el tremendo deterioro observable en la red ferroviaria o la insuficiente frecuencia de trenes (como de colectivos) en horarios pico.

Estos comportamientos demuestran que la especulación prevalece como criterio generador de espectaculares ganancias, copiando por lo tanto la conducta histórica de la oligarquía, a la que nuestros “burgueses” toman como grupo de referencia. Pero además, igual que esa oligarquía, diversifican dicho comportamiento especulativo en busca de las mejores oportunidades para ciertas “ganancias rápidas” que les ofrece el mercado. Así Claudio Cirigliano es titular de Yaniel SA, dedicada a la cría de ganado, la inversora Invercla Sociedad Anónima y la empresa dedicada a transacciones inmobiliarias Ibancor. Mario, por su parte, es titular de Travel shop Sociedad Anónima, una compañía de marketing. Ambos figuran en la nómina de socios de la inversora BCAUSTRAL.

En trabajos anteriores dedicados al abordaje de nuestra oligarquía señalé que está compuesta por varias fracciones, desbordando el tradicional anclaje en la actividad agraria y comercial (como ocurrió durante el siglo XIX y principios del XX); también hice referencia a que sus expresiones más concentradas se dan el lujo, gracias a la cantidad de capital líquido del que disponen, de cambiar rápidamente de arias donde invertir y a veces hasta actúan simultáneamente en varias (agraria, comercial, industrial y financiera). Pero ocurre que aquella clase que algunos identifican como “burguesía nacional” no difiere en nuestro país del clásico comportamiento evidenciado por la oligarquía, con lo que la sentencia realizada por  Jauretche  en “El medio pelo” mantiene plena vigencia: el fracaso histórico de nuestra burguesía es una constante ya que hasta nuestros días sigue careciendo de conciencia de clase.

En tanto la quinta esencia de este grupo social es el enriquecimiento fácil a partir de un comportamiento económico que evita la reinversión productiva (como lógica para multiplicar beneficios que desde luego tienen su origen en la apropiación de la plusvalía gestada por los trabajadores) constituiría un serio error que el gobierno apueste a ellos para profundizar el modelo con un desarrollo autosostenido y mayor justicia social. En las condiciones descriptas, y más allá de toda visión voluntarista de la historia que intente estimular a dicho grupo social para que actúe como clase productiva,  sólo el Estado podrá cumplir la función que nuestro gran empresariado no esta en condiciones de asumir porque siempre ha  sido capitalista pero no burgués.

La Plata, marzo de 2012

* Producido para Cuaderno de la Izquierda Nacional, publicación quincenal de El Ortiba.

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