El Borbón pegón

Vestido con el divino ropaje de la ubicuidad permanente, made in Edén, este real señor está en todas partes, trabaja (es un decir) a destajo, desprecia olímpicamente el chabolo de Marivent, se descojona a mandíbula batiente (siempre se ha reído mucho este hombre/dios que hace ya treinta siete años nos colocó en el renacido trono de España el diablo franquista) cada pocos días en sus encuentros con el “rey de los mercados” y socio de la Merkel, señor Rajoy, y no para de moverse de un lado para otro, sobre su cadera de titanio motorizada y su rodilla de cerámica de giro retardado, poniendo en evidente peligro lo poco que le queda ya virgen (entrepierna, aparte) de su castigado esqueleto.

Rey Juan Carlos Borbón - Pegón

Rey Juan Carlos Borbón – Pegón

Por Amadeo Martínez Inglés. Monarquía, caca. El Borbón pegón. – Nuestro muy amado líder coronado, nuestro “escopeta de oro” sudafricano, nuestro relaciones públicas internacional, nuestro cosmopolita bragueta global, señor Borbón, está que se sale este tórrido verano hispano que presagia un incendiario otoño económico, social y político.

 Tal vez esta insufrible crisis que padecemos sea la catalizadora, el amanecer, de un nuevo mañana, lejos de políticos corruptos e ineptos y de reyes bobalicones y trasnochados. 

Vestido con el divino ropaje de la ubicuidad permanente, made in Edén, este real señor está en todas partes, trabaja (es un decir) a destajo, desprecia olímpicamente el chabolo de Marivent, se descojona a mandíbula batiente (siempre se ha reído mucho este hombre/dios que hace ya treinta siete años nos colocó en el renacido trono de España el diablo franquista) cada pocos días en sus encuentros con el “rey de los mercados” y socio de la Merkel, señor Rajoy, y no para de moverse de un lado para otro, sobre su cadera de titanio motorizada y su rodilla de cerámica de giro retardado, poniendo en evidente peligro lo poco que le queda ya virgen (entrepierna, aparte) de su castigado esqueleto.

Todo esto, sufrido ciudadano de a pie de la nueva España rescatada (o a punto de serlo), no deja de ser una huída hacia delante de nuestro alicaído y controvertido jefe del Estado en busca de su particular arca/estima, perdida a lo largo de sus dos o tres últimos “annus horribilis” y, con toda seguridad, en la sabana sudafricana de Botsuana, en abril pasado, con la germana Corinna Larsen de recoge balas real. Todos lo sabemos y respondiendo, como respetuosos súbditos que somos y que queremos lo mejor para nuestra patria, a su inédita petición de perdón social suscrita en los pasillos de la clínica San José de Madrid a los pocos días de su affaire paquidérmico, deberíamos ser generosos con él y perdonarlo de una vez por todas para que deje de darnos el coñazo con tanto acto protocolario y tantas gaitas regias poniéndonos previamente, eso sí, una pinza, no en la nariz sino en los testículos.

Porque lo que de verdad nos apetece a todos, o por lo menos a una gran mayoría de ciudadanos de este país, y no nos atrevemos a hacer (de momento) es darle una patadita en los idem (perdón en el idem) y mandarlo de una vez a freir puñetas. Pero, estimados ex monárquicos y sempiternos republicanos de este país, lo de este señor el pasado jueves a las puertas de la Dirección General de Tráfico en Madrid se sale ya de madre (democrática, por supuesto), es de aurora boreal, de armas tomar, de parte urgente a las Cortes Generales para que tomen medidas para recomponer el prestigio de la más alta institución de la antigua España creadora de pueblos, y ahora misérrimo Protectorado Ibérico de la Unión Europeo/Germana de la fürher Merkel. ¿Pero que coño le pasa a este hombre que se permite arribar, ubicado en el asiento del copiloto de su coche y sin abrocharse el cinturón de seguridad, a la DGT con el estúpido propósito de poner en marcha la “Operación Retorno Verano 2012” (singular operativo de alto nivel al que normalmente le da el OK el mileurista de turno); se descojona, una vez más, de los funcionarios que protestan en la puerta del complejo por los recortes sufridos en sus pagas; aprieta después, mirando a cámara, el puñetero botón que activa unos de los numerosos paneles viarios que rezan: “Papá, no corras”; y, por último, agarra el micro y les espeta a los guardias de tráfico que son muy buenos chicos, que los admira, y que deben afanarse mucho en vigilar a los conductores que son muy malos y conducen casi siempre con copas, con drogas y sin puñetera idea de mecánica?

Todo eso, después de soltarle al sufrido conductor que lo había llevado hasta allí una bronca de muy señor mío y que finalizó, como han recogido los medios de comunicación audiovisuales, con una hostia light, un pescozón regio, una colleja de alto estanding, un “leche que te pego” o como queramos llamarlo, a cargo de su flamante puño derecho. Este hombre, obviamente, está, y no creo descubrir nada nuevo a estas alturas, para que lo encierren y cuanto antes mejor.

Estamos ante una más de este último Borbón que nos avergüenza a diario a todos los españoles, una nueva borbonada, estúpida y sin sentido como todas. 

Si las Cortes o el Gobierno no encuentran otra solución más constitucional, yo apuntaría ésta: Se le podría dotar de la tarjeta sanitaria que hoy mismo, primero de Septiembre, habrá entregado con total seguridad algún inmigrante ilegal procedente de Botsuana, y con el mismo chofer de la reprimenda regia al volante de una furgoneta de Prosegur y escoltado por unos cuantos alabarderos en traje de gala, llevarlo a alguna clínica de alto prestigio para que le hagan un chequeo de verdad, de los vinculantes, no de los que acostumbra a hacerse a cargo de médicos cortesanos que le ríen las gracias cuando, después de recibir el alta, vuelve a descojonarse de su desgraciada rodilla, de su muleta electrónica, de su recompuesto tendón troyano o de sabe Dios que bobada.

Bueno, amigos, termino. Pues estamos ante una más de este último Borbón que nos avergüenza a diario a todos los españoles, una nueva borbonada, estúpida y sin sentido como todas. ¿Hasta cuando vamos a seguir aguantando esta anómala situación los desgraciados ciudadanos de este país arruinado, humillado, avergonzado, despreciado…? El sabio refranero español acoge en su seno una popular sentencia que todos conocemos: “No hay mal que por bien no venga”. Tal vez esta insufrible crisis que padecemos sea la catalizadora, el amanecer, de un nuevo mañana, lejos de políticos corruptos e ineptos y de reyes bobalicones y trasnochados.

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