El menor esfuerzo y la felicidad

En 1949 se publicó Human behavior and the principle of least effort. Escrito por el lingüista George Kingsley Zipf, el libro sostenía que el comportamiento humano se rige por la minimización del esfuerzo: en una situación de opción entre medios alternativos para fines múltiples, el hombre actuará en base a la ley del menor esfuerzo. Si la distancia más corta entre dos puntos es una recta, entonces construirá calles rectas; si comer una langosta requiere una suma de complicadas técnicas, y una hamburguesa sólo un mordiscón, entonces comerá hamburguesas.

Ley del menor esfuerzo

Por Marcelo Pisarro. El menor esfuerzo y la felicidad. – Basta con prestar atención a todos los malabarismos necesarios a la hora de comer una langosta para entender el éxito del fast-food: quite las tenazas, rompa las tenazas, retire la cola, saque las aletas, separe el lomo, inserte el tenedor, parta lo que queda, succione el resto. No, mucho lío. Comer una hamburguesa requiere una técnica más sencilla: morder y tragar. Perfeccionamientos científicos y mercadotécnicos mediante, carne, verduras, pan y aderezos se incorporan al organismo en un mismo acto, un único tarascón. No lo digo con aires laudatorios aunque tampoco de reproche; lo digo como miembro asumido y con las cuotas al día de una generación de comodones.

La comodidad ya no está mal vista, la flojera no tiende a asociarse con algún pecado bíblico.

La consigna sería: ante todo, el menor esfuerzo.

De todos los posibles iconos de nuestra vida cultural, de todas las figuras sociales que podrían convertirse en símbolos de esta época histórica, el cocacolero juega el papel más significativo. Cocacolero –de Coca Cola, no de coca- se llama a la persona encargada de la venta ambulante de bebidas gaseosas en los grandes espectáculos deportivos o musicales, en los entretenimientos a gran escala que congregan multitudes.

Aunque su función no acaba allí. El cocacolero traza su derrotero histórico como antepasado folk de un orden social basado en el entumecimiento del trasero como índice de buena vida, emergiendo como figura heroica de una nueva era de pereza institucionalizada. La comodidad ya no está mal vista, la flojera no tiende a asociarse con algún pecado bíblico, delegar la mayor cantidad de tareas cotidianas es un índice de cuán insertado está uno en el siglo XXI. Hasta no hace mucho, “hacer algo” y “salir” eran sinónimos; ahora, cada vez más, se puede “hacer algo” sin “salir”. Pero el gran quiebre llegó cuando “hacer algo” se transformó en “hacer todo” y “salir” cedió ante el “llamar”: con sólo una llamada usted puede hacer todo sin salir de su domicilio.

Coca-Cola !

Coca-Cola !

¿Y el delivery dónde está? Nótese el buen trabajo de producción. Lo más fácil era asomarse a la calle y fotografiar los carteles de “entrega a domicilio” y “delivery”, y sin embargo, aquí estamos, retratando la excepción que confirma la regla. Un lujo. (Foto: M. Pisarro)

Los domingos en la cancha hay sólo dos opciones: o bien uno baja de la tribuna en busca de su gaseosa, o bien espera el paso valiente del cocacolero. Ahora la vida urbana está repleta de cocacoleros actuando en nombre de un neologismo formidable: el delivery.

La ciudad está invadida por sus descendientes, repartiendo pizzas, helados, películas, fotos, choripanes, verduras, libros y repuestos para automóviles. En la puerta de cualquier edificio puede verse siempre a un repartidor a la espera; frente a casi cualquier comercio se estacionan las motitos de baja cilindrada que le harán la vida más fácil a los clientes. Todo es “servicio a domicilio” y “entrega sin cargo”, uno abre la puerta de su heladera y debe pasarse las tres horas siguientes recogiendo imanes del suelo.

El otro día tocaron timbre, atendí y era el delivery de la tintorería. ¿A esto hemos llegado? “Buenas tardes, vengo a entregarle sus calzoncillos limpios”. Es terrible. No quiero sonar melodramático, o al menos no quiero sonar demasiado melodramático, pero cada día asisto entre satisfecho y horrorizado a la desaparición de todas esas actividades triviales que enriquecen la vida cotidiana (esperar una pizza en el mostrador comiendo una empanada, mirar pacientemente las cajitas de las películas en el videoclub, escuchar los comentarios de las vecinas viejas en la panadería). Y todo en nombre del bienestar, la eficiencia y el progreso. Nunca falta alguien que me acuse de campesino. O de pueblerino. O de cavernícola. Puede ser, pero prefiero lavarme los calzoncillos solo.

La invención de los repartidores-de-todo es una contingencia histórica, fruto de esta sociedad de especialistas en nada. Las entregas varían, pero lo que se mantiene constante es la premisa que anima el fenómeno: la vida urbana supone sedentarismo.

Dos características distinguen al hombre del resto de los primates: bipedismo y encefalización. Profesionales de todo tipo concuerdan en que caminar en dos patas y tener el cerebro más grande que una remolacha le dieron al homo sapiens
a] manos libres,
y b] la capacidad de construir cosas maravillosas con ellas.

Ahora bien, lo que más me sorprende es que hayamos usado nuestro gran encéfalo y hábiles manos para crear
a] la manera correcta de comer una langosta,
y b] alguien encargado de llevar la langosta hasta nuestro hogar.

Y que se entienda que no tengo nada personal contra las langostas, sólo que esta generación de comodones ha recibido también los constantes embates de la ecología y la semiótica. Entre tanto manoseo cultural uno acaba teniéndole cierta aprehensión a la idea de succionar las tenacillas de un bicho tan feo y poco elaborado estéticamente. Quiero decir: a uno no le sirven la vaca entera sobre el plato para que le rompa la caja torácica y le chupe los intestinos.

La invención de los repartidores-de-todo es una contingencia histórica, fruto de esta sociedad de especialistas en nada. Las entregas varían, pero lo que se mantiene constante es la premisa que anima el fenómeno: la vida urbana supone sedentarismo.

Cuanto más pegado a la silla tiene uno el trasero, más aires cosmopolitas puede darse.

George Zipf y su curva. Habría que hacerle un monumento. O una estampilla al menos. Bah, mucho laburo…

En 1949 se publicó Human behavior and the principle of least effort. Escrito por el lingüista George Kingsley Zipf, el libro sostenía que el comportamiento humano se rige por la minimización del esfuerzo: en una situación de opción entre medios alternativos para fines múltiples, el hombre actuará en base a la ley del menor esfuerzo. Si la distancia más corta entre dos puntos es una recta, entonces construirá calles rectas; si comer una langosta requiere una suma de complicadas técnicas, y una hamburguesa sólo un mordiscón, entonces comerá hamburguesas.

El libro fue recibido con sorpresa, asombro e incredulidad. En el fondo nadie acabó de tomárselo en serio. Si los hombres aplicaran la ley del menor esfuerzo, argumentó el economista Robbins Burling, entonces no podrían comprenderse los eventos atléticos o la costumbre de salir a dar un paseo para despertar el apetito.

Debe recordarse que Zipf venía de la lingüística. Aplicada en un texto, la ley determina que los hombres escribirán artículos, guiones, prospectos de remedios o este blog con el mínimo esfuerzo, es decir, con una economía de palabras, usando términos cortos. Zipf murió en 1950 y no tuvo tiempo de defender su hipótesis. Tampoco hubo muchos voluntarios dispuestos a defender lo indefendible.

El paso de los años no le dio la razón a Zipf, aunque su modelo matemático sí ha tenido una moderada utilidad en algunas áreas del conocimiento. La posmodernidad, el caos y el auge por los fractales le dieron una increíble sobrevida a sus hipótesis. La ley de Zipf, que hoy se emplea en algunas áreas de estadística, biología, comunicación o física, remite al tamaño de ocurrencia de un evento en relación con su rango: pocos elementos de alto valor, muchos elementos de bajo valor (pocos terremotos grandes, muchos pequeños; pocas ciudades grandes, muchas pequeñas).

En un texto, el tamaño de la enésima aparición más grande del evento es inversamente proporcional a su rango: mientras mayor sea el rango de una palabra, menor será la frecuencia con que aparece. Si uno toma un texto y ordena las palabras que contiene decrecientemente según su número de ocurrencias, se obtiene que el producto de la frecuencia de la palabra con la posición que ocupa en la lista es una constante. Habrá muchas palabras cortas y pocas largas: muchos “en”, “la” o “el”, y pocos “epigramatario”, “otorrinolaringólogo” o “australopitecos”, aún cuando uno hable sobre epigramas, gargantas o evolución humana.

Basta tomarse la molestia de emplear este texto como ejemplo. Tiene 1377 palabras. Las palabras de mayor frecuencia son “de” (aparece 78 veces), “la” (56 veces), “el” (46 veces) y “que” (32 veces). Pero esto no prueba que Zipf tuviera razón; prueba más bien que no podemos escribir sin conectores, conjunciones, disyunciones y demás palabras de contención. Prueba que pasarse toda la tarde contando palabras para demostrar semejante pavada es una decisión poco económica.

O muy, muy estúpida.

Los modelos matemáticos aplicados a la conducta humana tienen la pretensión -escribió el antropólogo Clifford Geertz- de “hacernos comprender a los hombres sin conocerlos”. Es cierto que ahora que el mundo es tan moderno y tan cómodo, en una guía de comercios gastronómicos los términos que más se repiten –si se ignoran los “el”, “la”, “de” y demás palabras de contención- son “delivery”, “entrega” y “domicilio”. De nuevo, esto no prueba nada, sólo ser un buen método de indización para bibliotecólogos. O una curiosa manera de perder el tiempo con el mayor esfuerzo.

Pobre Zipf, debe estar revolcándose en su tumba.

Por suerte hay gente que se encarga de reacomodarlo en el cajón por uno.

Fuente: WeblogsClarin

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