Los intelectuales y el compromiso con la liberación

La verdadera negación de la opresión (de naciones y clases sociales) es producto de la rebelión de los oprimidos, nunca ha sido de otra manera. En el campo de la política, la ciencia y el periodismo luchar por realizar la utopía significa entonces renunciar a la filosofía positivista que nos han transmitido los intelectuales que nos formaron durante años, esa fracción de intelectuales que producen y difunden las ideas que les han permitido a las clases dominantes perpetuar la opresión.

Liberación

Por Alberto J. Franzoia*. – Estudiar la realidad, describirla y si es posible explicarla, supone desarrollar en forma explícita o implícita una filosofía acerca de qué condiciones ha de cumplir dicho proceso. – La concepción más difundida por coincidir con los intereses de las clases dominantes es aquella que presupone la posibilidad de gestar un conocimiento caracterizado como “la objetividad pura”, con ausencia total de condicionantes; en donde objetividad, además, se correspondería con neutralidad valorativa, imparcialidad o independencia. Contrainfo.com

En el campo de la política, la ciencia y el periodismo luchar por realizar la utopía significa entonces renunciar a la filosofía positivista que nos han transmitido los intelectuales que nos formaron durante años

En otras oportunidades trabajé este tema destacando que grados importantes de objetividad son posibles pero nunca la objetividad absoluta, ya que se presentan condicionantes que deben ser reconocidos y explicitados como condición necesaria de rigurosidad; mientras la neutralidad es algo bien distinto. La primera tiene que ver con la construcción de un conocimiento verdadero sobre el objeto abordado; la segunda se vincula con la posición que (siempre) adoptamos ante el mismo.

Desde esta perspectiva puedo hacer una descripción y explicación del objeto lo más cercana posible a su realidad (y hay técnicas para validar esa cercanía), pero por otra parte ante el objeto adopto una posición favorable o contraria, es decir: no neutral; y eso es independiente de que se lo explicite o se lo niegue.

Para un positivista lo que es “es” (por lo tanto la realidad no encierra su propia negación dialéctica) y el investigador, político o periodista serio es aquel que se limita a mostrar eso que “es”. Decimos que esta versión del conocimiento coincide con los intereses de las clases dominantes, porque esa actitud contemplativa ante la realidad excluye toda posibilidad de negación crítica de la misma y por lo tanto cierra los caminos alternativos para la transformación (lo cual supondría un compromiso con ella).

Si el sistema de opresión mundial logra presentarse como aquello que es “natural”, la realidad es lo que hay, entonces pensar en superar esa realidad se presenta como un delirio subjetivo cuyos propietarios son los ilusos revolucionarios de la política, los ideólogos que pretenden hacer ciencia y periodismo careciendo de rigor, los psicológicamente desequilibrados o los socialmente resentidos.

Desde esta perspectiva ser políticamente correcto es hacer política realista, de allí que en los noventa para buena parte de la dirigencia y comentaristas “independientes” de turno Menem era el político posible de una etapa de la historia argentina inmodificable.

De la misma manera la ciencia seria era la positivista, los sujetos de psiquismo sano eran los adaptados que no deseaban más de lo que las condiciones objetivas (establecidas siempre por un terapeuta “sensato” cuyo mundo no supera los límites del diván) le permitían desear, ser socialmente normal era desempeñar sin chistar el rol que a cada uno le correspondía en una sociedad integrada (según la entienden claro está los sociólogos funcionalistas), y si uno se quedaba finalmente afuera, sobretodo en la periferia del sistema global, debía aceptar su condición de excluido para ir en busca de la caridad practicada con cuentagotas por un Estado mínimo.

Pero como la historia se construye con flujos y reflujos, avances y retrocesos, llegó el siglo XXI y los comportamientos comenzaron a modificarse en busca de esos ideales que parecían perdidos pero que de pronto comenzamos a visualizar allá lejos, en un horizonte todavía borroso, pero aún así posible. De la forzada certeza de lo que “es” vamos transitando, a paso lento pero cada vez más firme, hacia la negación de mucho de lo que ese “es” encierra. Entonces la política conservadora del “realismo”, la ciencia y el periodismo neutrales por lo tanto garantizadores del continuismo liberal, el sujeto adaptado a la funcionalidad del sistema o a la exclusión mitigada por una caridad paternalista, son subvertidos por el regreso largamente esperado de la utopía.

Pero como la utopía fue descalificada o ridiculizada durante los años del pragmatismo, resulta necesario recordar cómo la definimos los que trabajamos con compromiso y seriedad (o por lo menos lo intentamos) por otro mundo posible. Utopía no es el lugar imaginario al que nos escapamos para no asumir una realidad que nos frustra; no es la fantasía de tarambanas caminando a varios centímetros por encima de la tierra y con los ojos entornados para contrariar la ley de la gravedad; no es sinónimo de ideas irrealizables. Pero tampoco está tan devaluada en nuestra percepción como para reducirla al logro sólo de pequeñas cosas, esas que nos hacen más soportable la vida cuando se ha renunciado a cambiar las condiciones que generan grandes tragedias humanas. La utopía comenzó a volver durante este siglo XXI en América Latina con la fuerza de los grandes proyectos colectivos aún no realizados pero realizables si se evalúa con rigor la relación entre fines, medios y condiciones. Es la certeza de que otra realidad es posible sólo si tenemos la suficiente voluntad como para comenzar a construirla sin desconocer los factores objetivos sobre los que debemos actuar; conscientes además de que la historia es independiente de la voluntad individual de cada uno pero nunca de la voluntad colectiva de los pueblos.

Para que los pueblos de nuestra América Latina puedan disfrutar una vida distinta es evidente que ante todo debemos derrotar al imperialismo y sus aliados internos. Eso ocurrirá si contamos con medios indispensables, entre las cuales el más importante es la voluntad de cambio para hacerlo posible, porque nadie más lo va a hacer por nosotros.

No hay cambio estructural sin lucha, ni lucha con posibilidades de éxito sin conciencia. Hemos comenzado a traer de regreso a casa esa gran realidad que aún no terminamos de concretar. No es un sueño, es lo objetivamente posible si somos capaces de modificar la supuesta “naturaleza de las cosas” trascendiéndolas hacia su propia negación, esa que está contenida precisamente en la realidad objetiva.

La verdadera negación de la opresión (de naciones y clases sociales) es producto de la rebelión de los oprimidos, nunca ha sido de otra manera. En el campo de la política, la ciencia y el periodismo luchar por realizar la utopía significa entonces renunciar a la filosofía positivista que nos han transmitido los intelectuales que nos formaron durante años, esa fracción de intelectuales que producen y difunden las ideas que les han permitido a las clases dominantes perpetuar la opresión.

Para los que trabajamos con las ideas ha llegado un tiempo más propicio para que produzcamos y difundamos otras ideas. Las ideas que se corresponden con los intereses estratégicos de las clases y sectores mayoritarios y hasta ahora dominados. Pero para ello es imprescindible renunciar a la supuesta neutralidad valorativa como condición necesaria para gestar un conocimiento no sólo verdadero sino transformador
¿Para qué puede servirnos el conocimiento si no es para modificar las condiciones de la vida, haciéndola más justa, más libre y más bella? La neutralidad es una de las tantas farsas engendradas por los intelectuales de las clases dominantes o los que a ellas sirven; los mismos que a lo largo de nuestra historia actuaron como integrantes de la alianza oligarco-imperialista pero disfrazados de independientes.

En América Latina la necesidad objetiva de esta etapa de la historia pasa por derrotar a nuestros opresores y para ello es necesario que los sectores populares cuenten también con los aportes de aquellos que ejercen como intelectuales, quienes deben rever no pocos postulados de su actividad profesional.

El rechazo a la neutralidad valorativa y su reemplazo por un compromiso transformador, identificado con las clases y sectores oprimidos por el imperialismo y sus socios nativos, no supone renunciar al rigor metodológico y conceptual. Pero sí es la condición para concretar la construcción de otra realidad posible, es decir, para que la utopía se instale como el nuevo escenario de nuestras vidas.

Los procesos populares de la Patria Grande que transitan no sin dificultades y contradicciones por ese camino alternativo de liberación, son la justa medida actual del compromiso que cada uno asume.

Aquí se puede apoyar (y si es con críticas que sirvan para mejorar la construcción bienvenidas sean), o ponerse en la vereda del enemigo histórico. Lo que no se puede es ser indiferente alegando una neutralidad o independencia que en los hechos expresa hipocresía o estupidez, ya que enmascara una alianza, consciente o no, con el opresor.

El compromiso con los sectores populares asumido por el intelectual no significa entonces renunciar a un conocimiento lo más objetivo posible, ni escaparle a la crítica constructiva con el pretexto de servir con “lealtad” a un conductor, sólo es poner el conocimiento riguroso al servicio de un proyecto explícito sin temores ni complejos.

Oscar Varsavsky (“Ciencia, política y cientificismo”, 1969, Centro Editor de América) al referirse a sus colegas lo dijo con claridad meridiana cuando, ante la falsa alternativa entre el científico “neutral” y el politizado (que por serlo decide abandonar todo intento científico), optó sin dudarlo por el que pone su formación profesional al servicio de un proyecto de liberación.

Desde ya este planteo excede el terreno de la ciencia y sus cultores, en tanto es aplicable a todo aquel que ejerciendo una actividad intelectual pretenda resultar creíble y útil para su pueblo.

La Plata, Buenos Aires, Argentina, 21 de agosto de 2012

*Alberto J. Franzoia es Sociólogo

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Una respuesta en Los intelectuales y el compromiso con la liberación

  1. Federico Rangnau 14 Mayo, 2013 en 10:43 am

    todos los sociólogos de la plata son como franzoia? y… cristian castillo? con razón gobierna el pero-pro-fascismo de estado?

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