Intolerable injerencia de la Iglesia en la vida de España

Si no conociéramos la desvergüenza y la indignidad de la Iglesia catolicorromana nos habría dejado perplejos leer la declaración de los obispos madrileños, con su arzobispo al frente, el integrista cardenal Rouco. Se solidarizan con el obispo nocturno, por emplear sus adjetivos, de Alcalá, el abyecto Juan Antonio Reig Pla, autor de la memorable homilía del viernes que la caterva clerical considera santo, en la que arremetió contra los homosexuales.

Orgullo gay e Iglesia

Por Arturo Del Villar. Intolerable injerencia de la Iglesia en la vida de España – Si no conociéramos la desvergüenza y la indignidad de la Iglesia catolicorromana nos habría dejado perplejos leer la declaración de los obispos madrileños, con su arzobispo al frente, el integrista cardenal Antonio María Rouco Varela. Se solidarizan con el obispo nocturno, por emplear sus adjetivos, de Alcalá, el abyecto Juan Antonio Reig Pla, autor de la memorable homilía del viernes que la caterva clerical considera santo, en la que arremetió contra los homosexuales. Eso lo hizo el representante de la secta que tiene condenados ahora mismo a sus secuaces en todo el mundo, como autores de innumerables casos de abusos sexuales a menores.

Anatole France: “La Iglesia romana se lamenta de estar perseguida cuando no puede perseguir a las demás.”

Rouco y su pandilla califican de “lamentable injerencia en la vida de la Iglesia” el hecho de que la homilía de su colega haya sido criticada negativamente por algunos medios de comunicación, y por las autoridades civiles de Alcalá. Eso lo dicen los dirigentes madrileños de una secta que lleva veinte siglos inmiscuyéndose en la vida de las gentes y de los estados, imponiendo a sangre y hoguera su voluntad.

 Afirman también que esas críticas “conculcan la libertad religiosa”, algo que la Iglesia romana conculcó siempre, alegando que es la única verdadera, y en consecuencia no tiene por qué permitir la existencia de ninguna otra confesión religiosa. Me gusta recordar una certera frase de Anatole France: “La Iglesia romana se lamenta de estar perseguida cuando no puede perseguir a las demás.” Exacto.

 Añade la chusma episcopal madrileña que es “una intolerable violación de los derechos humanos” criticar a su deslenguado cofrade alcalaíno. Eso lo dice esta secta que ha exterminado a pueblos enteros, como los albigenses o los valdenses, y que ha quemado vivos en las hogueras de la Inquisición a los que consideraba disidentes, científicos con ideas propias, apóstatas, herejes, judaizantes, mahometanos, brujos, traductores e impresores de la Biblia a idiomas vulgares, y desde luego a los acusados de cometer el que ellos llaman pecado nefando, el predilecto de los papas, cardenales, curas y frailes, para cometerlo con los seminaristas y monaguillos víctimas de su insaciable lujuria.

Las injerencias del cardenal Gomá

 Hay que ser muy cínicos para atreverse a decir tales insolencias, y más aún para darlas a conocer el 19 de mayo, al cumplirse 73 años de la celebración por las calles madrileñas del llamado desfile de la victoria: lo organizó en su propio honor el dictadorísimo, con la bendición y colaboración de los jerarcas catolicorromanos. En la tribuna presidencial, levantada entre las calles de Lista y del Marqués de Villamagna, estaban los genocidas del pueblos español: el dictadorísimo, los exgenerales sublevados, el Gobierno criminal, el general nazi Von Richthofen, el gran visir de Marruecos, y el cardenal Isidro Gomá, arzobispo de Toledo y primado de las Españas, como se decía entonces. Todos los que contribuyeron a causar la muerte de un millón de españoles y el exilio de otro medio millón.

 Los jerarcas catolicorromanos se habían injerido en la vida de la República Española desde antes de su proclamación, exigiendo a sus esbirros que en las elecciones del 12 de abril de 1931 votasen a favor los candidatos monárquicos ultraderechistas. No aceptaron nunca a la República, y fueron causantes en buena medida de su fracaso, porque la estuvieron torpedeando desde antes de su constitución, por suponer que reduciría sus privilegios de todo tipo.

 Concretándonos en el infame Gomá, el 12 de julio de 1933, a los diez días de su toma de posesión de la archidiócesis primada de Toledo, como sucesor del desterrado Pedro Segura, publicó una carta pastoral en el Boletín Eclesiástico titulada “Horas graves”, que ha resultado histórica porque en ella convocó por primera vez a los catolicorromanos a una cruzada contra la República, palabra que se apropiaron con gusto los exgenerales rebeldes: “Es la verdadera ‘Cruzada’ de los tiempos modernos, porque en ella pueden alistarse todos los hijos de la cruz.” Esto sí es una “lamentable injerencia” en la vida de los españoles, pero el retrógrado Rouco es seguro que la suscribe y la hace suya para hoy mismo.

Este fanático criminal servía de corresponsal entre el loco cardenal Segura, desterrado en el Vaticano, y los prelados españoles, a los que transmitía instrucciones del cardenal secretario del presunto Estado Vaticano, el superintegista cardenal Eugenio Pacelli, que sería tristemente célebre con su alias de papa Pío XII. Le agradecieron sus servicios creándole cardenal el 16 de diciembre de 1935, y el 2 de enero de 1936 se le confirmó como primado de las Españas.

Tras la victoria del Frente Popular dirigió toda su actividad a imposibilitar el normal desarrollo de la vida en España, lo que sin duda en una “lamentable injerencia” de la Iglesia romana en los asuntos civiles españoles. El 10 de marzo publicó otra pastoral, convocando a los clérigos a una “generosa cruzada de evangelización”. Es decir: a terminar con la República.

Beligerantes durante la guerra

Gomá abandonó Toledo pocos días antes de la rebelión militar, y se instaló en Belascoain, cerca de Pamplona, en contacto directo con el traidor exgeneral Mola, el director de la sublevación militar. El 6 de agosto regurgitó otra pastoral, en la que prohibía absolutamente a los catolicorromanos prestar ninguna ayuda al Ejército leal. Utilizó los micrófonos de la rebelde Radio Navarra para arengar a sus sicarios a participar activamente en la guerra contra la República elegida libremente por la mayoría del pueblo español como forma de Estado.

Sus ideas genocidas continuaron vomitándose en el folleto titulado El caso de España, del que hizo varias ediciones en cinco idiomas la Diputación Foral de Navarra, como propaganda de su campaña bélica. Continuando su tesis, aseguraba que la sublevación militar era “una verdadera cruzada en pro de la religión católica”, y arengaba a los lectores a participar en ella. Esto es más que una “lamentable injerencia”, es un acto criminal por incitar a la guerra de exterminio.

 En diciembre viajó al Vaticano, para hacer propaganda de los sublevados, e implicar a los dirigentes de la Iglesia en la guerra. Con la credencial como “encargado oficioso confidencial” ante la Junta Militar rebelde, se entrevistó con su jefe el exgeneral Franco, y desde entonces fue su colaborador en cuestiones religiosas. Juntos derogaron toda la legislación republicana en las materias juzgadas de su competencia, como el matrimonio y el divorcio.

 El resultado más importante fue la llamada Carta colectiva del Episcopado español, redactada íntegramente por Gomá y firmada además por dos cardenales, seis arzobispos, 35 obispos y cinco vicarios capitulares, con fecha del 1 de julio de 1937:  va a cumplir, pues, 75 años en breves días. Constituía una justificación de la cruzada contra los que no acataban su religión. Los rebeldes hicieron 36 ediciones ese mismo año, en varios idiomas, para utilizarlas como arma propagandística. Eso sí es una “lamentable injerencia” en la política española, y una defensa del genocidio llevado a cabo por los militares sublevados.

Oración al dios de la guerra

Era inexcusable, por todo ello, que el canallesco arzobispo de Toledo presidiera el llamado desfile de la victoria, junto a los exgenerales rebeldes y a sus patrocinadores extranjeros. Y también lo fue que al día siguiente, 20 de mayo de 1939, presidiera un acto irreligioso en la iglesia de las Salesas o de santa Bárbara, al que asistieron tres arzobispos, 19 obispos, y el nuncio del supuesto Estado Vaticano, para dar gracias a su dios criminal de la guerra por el genocidio triunfante contra el pueblo español.

El dictadorísimo llegó rodeado de la guardia mora que lo servía, y que él se había traído de Marruecos. Las cruzadas medievales las había organizado la Iglesia catolicorromana contra los musulmanes, pero la llamada por Gomá cruzada española contó con la colaboración de los musulmanes contra el pueblo español, y es sabido que su comportamiento fue de una crueldad inenarrable.

Sobre al altar se colocaron las imágenes del Cristo de Lepando y de la Virgen de Atocha. El dictadorísimo entró en el templo bajo palio, en solemne procesión, un ritual hasta entonces reservado para la hostia consagrada que, en opinión de esta secta, es el verdadero cuerpo de Jesucristo a tamaño reducido. El dictadorísimo pronunció una oración para agradecer a su dios monstruoso que le hubiera ayudado a vencer “al enemigo de la verdad en este siglo”. A continuación Gomá le dio su bendición, pidiendo al mismo dios belicoso que siguiera protegiéndolo.

El exgeneral traidor le entregó su espada, con la que, al parecer, había combatido, y el primado le dio un abrazo que resultó abrumador: el cardenal era un gigantón, mayor aún con sus ropas rituales, y el militar un enano, por lo que desapareció de hecho durante unos minutos entre los brazos bendecidores. Ordenó Gomá que la espada fuese colocada en el tesoro de la catedral de Toledo, junto a la del rey Alfonso VI, que sí luchó con espada para conquistar la ciudad a los moros allá en el año 1085. Por comparación, el rey respetó las vidas, posesiones, religión y costumbres de los mahometanos vencidos, mientras que el dictadorísimo asesinó a los derrotados que le plugo, obligó a otros a exiliarse, encarceló a un número indeterminado pero elevadísimo de contradictores, les privó de sus posesiones, impuso como única religión de su Estado la catolicorromana, conocida desde entonces acertadamente como nacionalcatolicismo, y decretó unas reglas de convivencia en las que los vencidos carecían de derechos, incluso el de sentarse en los medios de transporte público.

La Iglesia catolicorromana es aniquiladora de las libertades, y tiene una historia criminal que ahora continúa con sus acosos pederastas.

Los templos son del pueblo

Si Rouco y sus secuaces tuvieran algo de vergüenza no apoyarían las insolencias del obispo de Alcalá, y menos todavía se atreverían a mencionar la palabra injerencia, porque la secta criminal que representan es la que se ha injerido siempre en la vida de los españoles.

Es preciso tener en cuenta la actuación de los asesinos en nombre de su dios inclemente, para impedirles que continúen cometiendo sus habituales crímenes contra el pueblo. Todos los templos existentes en la geografía española han sido construidos con dinero robado al pueblo mediante engaños, como el de asegurar un asiento de primera clase en el reino de los cielos, con derecho a concierto angelical,  a quienes compren indulgencias para salvar su alma. Hasta los años sesenta del siglo pasado, los crédulos españoles que deseaban comer carne los viernes debían comprar cada año la llamada bula de la santa cruzada, que se vendía en las iglesias.

En consecuencia, todos los templos, desde las catedrales hasta las ermitas, son propiedad del pueblo español, que tiene el derecho de tomarlos y utilizarlos para los usos públicos pertinentes, una vez limpios de las imágenes sacrílegas con que los han llenado, porque estos depravados se han atrevido a eliminar arteramente el segundo mandamiento de la ley dada por Dios a Moisés, el que prohíbe hacer imágenes y adorarlas.

La Iglesia catolicorromana es aniquiladora de las libertades, y tiene una historia criminal que ahora continúa con sus acosos pederastas. Hay que extirparla de la sociedad. No se puede tolerar que esta cuadrilla salvaje continúe cometiendo todas las tropelías que le convengan. Puesto que son enemigos del pueblo, el pueblo debe librarse de ellos. Recordemos siempre su intervención en favor de los militares sublevados contra el pueblo español, bendiciendo sus armas, entregándoles escapularios para detener las balas enemigas (sí, eso creía su fanatismo), recaudando dinero en sus iglesias por todo el mundo, y justificando la rebelión como una cruzada religiosa.

Arturo del Villar es Presidente del Colectivo Republicano Tercer Mileni0

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