“A desalambrar, que la tierra es nuestra, tuya y de aquel…”

No somos los extranjeros Los extranjeros son otros; Son ellos los mercaderes Y los esclavos nosotros. Yo quiero romper la vida, Como cambiarla quisiera, Ayúdeme compañero; Ayúdeme, no demore, Que una gota con ser poco Con otra se hace aguacero.

Daniel Viglietti

Daniel Viglietti

Por Juan José Salinas. Viglietti, el tupa, cumpa del Chueco Maciel. Pasan tantas cosas que no escribí ni una línea sobre la muerte de Daniel Viglietti (Montevideo, 24 de julio de 1939 – Montevideo, 30 de octubre de 2017), que fue tan importante en mi adolescencia. 

Pasan tantas cosas que no escribí ni una línea sobre la muerte de Daniel Viglietti, que fue tan importante en mi adolescencia. Por entonces solía pasar el mes de enero en Montevideo con mi familia, y con más precisión en Malvín, sobre la calle Aconcagua, a un tiro de piedra de la Playa Honda y del molino de Pérez, y muy cerca tanto del club Malvín (mi ídolo era su pívot, Poconé Fossa), de Punta Gorda y del cine de la playa.

“Viglietti fue un cantor fundamental para los años 60 y 70, un hombre con una conducta intachable y una actitud política de gran compromiso. Sus canciones son y serán siempre de gran significación para la memoria política latinoamericana. Su obra, su canto, y sobre todo su actitud, fueron decisivos. Al igual que muchos otros, como Paco Ibáñez por ejemplo, Viglietti fue un relator y un cronista de la época. En ese sentido lo recuerdo con cierta melancolía y con mucha gratitud”. – Liliana Herrero.

Tenía 15 y había comenzado el 68 cuando con mi hermano Luis nos hicimos amigos de unos muchachos un poco mayores que eran de la parroquia y que tenían todos los números publicados en Buenos Aires de la revista Cristianismo y Revolución. Poco después, los botijas nos dijeron que estaban vinculados al MLN Tupamaros, que eran mis ídolos, junto con Los Beatles (por encima de Los Gatos, el Bambino y Toscanito Rendo, lo que es muchísimo decir). Antes de que finalizara el año entre algunos chicos del Nacional Buenos Aires y otros compañeros del Pueyrredón formaríamos un pequeño grupito vinculado a las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) al que bautizamos pretenciosamente como Acción Revolucionaria Estudiantil (AREN). Por entonces nos unificaba la música y descubrimos a Serrat, Los Olimareños y al Flaco Viglietti, cuyos discos prestábamos y reclamábamos.

Conocí a Viglietti en Barcelona y lo entrevisté en las mesas de la vereda de “El Berretín”, el bar de mis amigos y convivientes argentinos que casualmente quedaba en la calle Concejo de Ciento, frente a la redacción del Diario de Barcelona, que me hizo de Universidad. Creo recordar que gracias a Gloria Guerrero, a quien se la envié por carta sin conocerla, la entrevista fue publicada en la revista Humor.

Supe siempre que Viglietti era muy cercano a mis queridos tupas, pero hasta leer el texto que sigue, no sabía hasta qué punto… lo que no es de extrañar ya que también tenía dudas de que el Chueco Maciel fuera más que una construcción literaria siendo, como es, una historia rigurosamente cierta.

Este texto de Guillermo Cieza me desasnó.

El rol de Daniel

El flaco Arturo me dijo que todo empezó por una ocurrencia.

Alguien dijo que estaban prontos, pero el Bebe (Senic. N. del E.) dijo que faltaba algo importante. No tenían un cantor.

El hombre tenía esas cosas y encima era porfiado; así que le dieron el gusto.

Arrimaron un gurí flaquito de pocas palabras, que empezaba a frecuentar las peñas del nuevo canto oriental.

La historia que me contó el Flaco sucedió años después, cuando ya los Tupamaros empezaron a hacerse famosos.

Ocurrió en una reunión y el gurí, que se llamaba Daniel, agregó un punto en el temario: “rol”. Estaba como de moda esa palabra a finales de los 60: “Rol de militante”; “rol de la organización”.

Cuando le llegó el turno, Daniel fue directo al asunto:
–O robo, o canto. La semana pasada cuando fuimos a asaltar el Banco hubo clientes que me saludaban.

Y por decisión de los compañeros, Daniel siguió cantando.

Cantando para llenar nuestros huecos del alma, para recordarnos que apenas perdimos unas pocas batallas, para volver a convocarnos al combate.

He guardado en la memoria ese cuento durante treinta años.

Ahora que Daniel Viglietti se fue a cantar a otro barrio, y que seguro volvió a juntarse con Raúl Sendic y Arturo Dubra para seguir conspirando, me animo a recordarlo.

Fuente: Pájaro Rojo

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