Miami: una visión de los Estados Unidos del mañana

Desde el principio, Miami ha estado signada por dos divisiones fundamentales: negros contra blancos, y nacidos en los Estados Unidos vs. inmigrantes. La primera se estableció en los albores de la ciudad y persiste hoy. La segunda surgió recientemente, pero no deja de ser profunda, ya que proporciona respuestas a las viejas preguntas de quién gobierna, quién se beneficia y cómo encajan los inmigrantes.

Los contrastes de Miami, la "ciudad modelo" del futuro en Estados Unidos

Los contrastes de Miami, la “ciudad modelo” del futuro en Estados Unidos

Por Guillermo J. Grenier. Miami, la ciudad más grande de la Florida, es única, llena de contrastes, contradicciones y extremos. Muchas aspiraciones presidenciales han comenzado y terminado allí. La guerra de los contras en Nicaragua fue trazada en restaurantes y cafeterías en la zona llamada Sweetwater y, durante décadas, ataques contra Cuba fueron lanzados desde Miami.

Resumen:
Miami ofrece un laboratorio en el que se puede estudiar el futuro de los Estados Unidos. Las diferencias económicas y demográficas, de clase y luchas políticas que tienen lugar allí constituyen un microcosmos de las transiciones actuales que ocurren a lo largo de la nación.

Abstract:
Miami offers a sort of laboratory where the future of the United States can be studied. According to him, the economic, demographic and class differences, and the political clashes taking place there represent a microcosm of the current transitions going on all over the nation.

Miami, la ciudad más grande de la Florida, es única, llena de contrastes, contradicciones y extremos. Muchas aspiraciones presidenciales han comenzado y terminado allí. La guerra de los contras en Nicaragua fue trazada en restaurantes y cafeterías en la zona llamada Sweetwater y, durante décadas, ataques contra Cuba fueron lanzados desde Miami. Ha servido como refugio para famosos e infames, incluyendo gánsteres durante la Prohibición, asesinos, dictadores latinoamericanos depuestos, jeques, estrellas del rock, escritores y artistas, atletas y casi cualquier persona que quiera comenzar de nuevo. Cuando las condiciones políticas en el hemisferio occidental fluctúan, Miami se convierte en el destino favorito para las olas de refugiados. Con una historia de atraer a los jubilados de los estados del noreste, los afroamericanos del sur y los migrantes del Caribe, es un terreno disputado donde los recién llegados siempre han enfrentado a los residentes establecidos para asegurar un lugar en el cambiante entorno urbano. Este artículo presenta un resumen de su historia y algunas de las dimensiones conflictivas que han resultado en la creación del Miami contemporáneo.

Geografía, gobierno, demografía

Generalmente, cuando se habla de Miami, se hace referencia al condado de Miami-Dade, no a la municipalidad (ciudad) incorporada más pequeña que forma su eje. Dentro del condado existen 34 municipios incorporados. Miami es el más grande, pero otros bien conocidos son Miami Springs, Hialeah, North Miami, North Miami Beach, Miami Beach, Coral Gables, Homestead y Florida City. La mayor parte de la población del condado se encuentra fuera de estas comunidades.[1]

La estructura gubernamental más grande es el Condado Metropolitano Miami-Dade, constituido por la reforma del «buen gobierno», en 1957, un movimiento que alentó el establecimiento del gobierno «fuerte» para asistir al desarrollo de las ciudades. Tiene un gerente designado, un alcalde electo y comisionados por distritos metropolitanos. Cada municipio conserva cierta autonomía, aunque tenga que aceptar las normas establecidas por el Condado en áreas como seguridad social y transporte.

En 2016, la población estimada de Miami-Dade superaba los dos millones y medio (2 712 945) y el área se ha vuelto verdaderamente multicultural. Los residentes nacidos en el extranjero representan 53% de la población. Aproximadamente 66,2% del total es hispana. De ella, los cubanos representan más de 35% y cerca de 60% de los hispanos. Aproximadamente 17% de los residentes se declara de la raza negra, y cerca de 20% de ellos nació en el extranjero. Miami-Dade es el hogar de unos 271 000 haitianos, 150 000 jamaicanos y muchos negros de Puerto Rico y República Dominicana.

Historia

Miami nunca ha sido ordinaria. No se estableció a lo largo de una ruta bien transitada por un río o ferrocarril, y nunca atrajo capital industrial, ni surgió como una ciudad portuaria importante. Desde sus inicios, a principios del siglo xx, hasta la Segunda Guerra Mundial, fue fronteriza. Más reciente y menos tradicional que otras urbes estadounidenses, su cultura desafiaba la clasificación como del sur o del norte. Con una población en gran medida transitoria y una alta proporción de residentes de primera generación, siempre ha carecido de una estructura sociopolítica consolidada. En la mayoría de los aspectos, ha acogido con beneplácito a los recién llegados, sobre todo si poseían dinero y aspiraciones de hacerse ricos.

Miami creció a partir de las visiones de especuladores excéntricos. En la década de 1880, Henry Flagler, socio millonario de John D. Rockefeller, se trasladó a Palm Beach por razones de salud y estableció una nueva carrera como magnate de ferrocarriles y bienes raíces. Una década más tarde, Julia Tuttle, una viuda poco convencional que había venido de Cleveland, Ohio, lo persuadió para que extendiera su ferrocarril a Miami. Ella construyó una casa en la orilla norte del río del mismo nombre, que eventualmente se convirtió en el eje del desarrollo de la ciudad. Sus sueños y persistencia fueron esenciales para ello. Miami es la única ciudad del país concebida por una mujer. Su tenacidad, en combinación con una oferta de tierra gratis, convenció a Flagler de extender su ferrocarril hacia el sur, y proporcionó el enlace necesario para las emergentes industrias turísticas y de producción de cítricos (Allman, 1987).

La zona creció a un ritmo vertiginoso entre 1910 y 1925, al pasar de 5 000 a 146 000 habitantes. Después de construir una calzada en la bahía de Biscayne, y desecar un pantano para desarrollar Miami Beach, el crecimiento se aceleró y la zona se cubrió pronto con las palaciegas mansiones de la burguesía norteña. En el interior, los grandiosos planes del desarrollador George Merrick produjeron el suburbio de lujo de Coral Gables. La agricultura comercial se desarrolló al sur, en lo que serían las ciudades de Homestead y Florida City.

Las crisis económicas siempre han desempeñado un papel importante en la conformación de Miami. Su primer auge terminó abruptamente en 1926 cuando un gran huracán devastó la ciudad. Pronto siguió la Gran Depresión de 1929. Un efecto de esta recesión fue que los judíos, previamente excluidos de muchos hoteles y clubes privados de Miami Beach, fueron recibidos con los brazos abiertos, ahora que sus recursos fueron necesarios. Ya a mediados de los 30, la zona había acogido una importante afluencia de inmigrantes judíos de las clases obrera y media, del noreste de los Estados Unidos. Su llegada condujo a la proliferación de pequeños hoteles y apartamentos, particularmente en el extremo sur de Miami Beach, que se convertiría en el distrito Art Deco cuarenta años después.

El siguiente auge económico comenzó con la Segunda Guerra Mundial y se fortaleció durante la posguerra. Muchos militares estacionados en el sur de Florida durante la conflagración regresaron para vivir allí. Se inició el transporte aéreo comercial con el establecimiento de Pam American y Eastern Airlines, y comunidades como Miami Springs y Hialeah surgieron cerca del aeropuerto. Los jubilados llegaron para escapar de los inviernos del norte. Mientras que los ricos continuaron construyendo casas de invierno, el transporte barato hizo que las vacaciones de Miami fuesen asequibles para las familias de clase media e impulsó el desarrollo de una industria turística capaz de recibir clientes los doce meses del año. Las nuevas posibilidades de empleo atrajeron a negros del sur rural y del Caribe. Entre 1940 y 1950, la población metropolitana casi se duplicó, y ascendió a 505 000. En la década de los 60, ya había llegado a casi un millón. Miami se estaba convirtiendo en un «caldero étnico».

La siguiente ola de desarrollo, responsable de la fundación del Miami actual, fue impulsada por la migración de América Latina y el Caribe, generalmente como resultado de la aparición o caída de regímenes políticos.

La creación del Miami actual

El sur de la Florida siempre ha mantenido estrechos vínculos con Cuba. En 1948, la Isla fue el país con el mayor volumen de pasajeros intercambiados con los Estados Unidos. Dos presidentes cubanos depuestos vivieron y fueron enterrados en Miami. Fidel Castro pasó un tiempo allí en los 50, y algunos de sus familiares viven ahí hoy. Después de la Revolución de 1959 y la fallida invasión de Bahía de Cochinos/Playa Girón, los exiliados cubanos comenzaron a llegar en masa. Algunos se establecieron en Nueva York y Nueva Jersey, pero la mayoría prefirió la atmósfera ya latina de Miami. Para 1980, 52% de los cubanoamericanos vivía en el Condado de Dade (ahora Miami-Dade). Hoy el número asciende a más de 60% (Grenier y Pérez, 2002; Prieto, 2009).

La emergencia de Miami como la «capital del Caribe» fue el resultado de estas migraciones. A partir de Empezando en los 60, se convirtió en el destino preferido de migrantes del Caribe y Centroamérica, especialmente para las élites y clase media. Al terminar la guerra de los contras en Nicaragua, a finales de los 80, un flujo de inmigrantes de la clase trabajadora comenzó a llegar a esa ciudad; primero de ese país, luego de otras naciones centroamericanas, así como de Colombia, República Dominicana y Puerto Rico. Mientras tanto, la frustración de la democracia en Haití aumentó las presiones de emigración, a pesar de las políticas estadounidenses para desalentar los cruces haitianos (Grenier y Stepick, 1992; Stepick et al., 2003).

Al mismo tiempo que esta inmigración aumentaba dramáticamente, la afluencia de los «anglos» norteños —nombre usado para referirse a todas las poblaciones no minoritarias, en conjunto— se desaceleró y se volvió negativa después de 1970. Este cambio demográfico fue evidente dentro de la población judía. En 1950, por ejemplo, Miami Beach era 50% judío, pero en los 90 había caído a 40% y hoy es solo 21%, de los cuales aproximadamente 30% proviene de América Latina o el Caribe. La población de 65 años o más ha disminuido a 15%, en gran parte porque los jubilados comenzaron a establecerse en partes más asequibles de la Florida. Al mismo tiempo, muchos residentes «anglos» reaccionaron al creciente multiculturalismo abandonando el Condado —24% de reducción entre 1980 y 1990. Desde su punto máximo de 85% en los años 50, se encuentra actualmente alrededor de 15%, según un informe del censo de 2016. Esta tendencia es más dramática en el centro de la ciudad, pero se ha producido en toda el área metropolitana (Boswell y Curtis, 1984; Grenier y Stepick, 1992).

Mientras el sur de la Florida se convertía en una gran metrópolis, su economía se diversificó y el puerto de Miami devino importante punto de acceso para los mercados del Caribe y América Latina. En los 70, desplazó a Nueva Orleans como principal puerto comercial del país con esa región. En los 80, cien corporaciones tenían su sede en Miami, y se colocaba solo detrás de Nueva York como centro financiero internacional. Hoy en día, dos bancos —Wells Fargo y Bank of American— se encuentran entre los diez principales empleadores privados de la zona.

Mientras que los inmigrantes, en particular los cubanos, han ascendido a posiciones de poder, los «anglos» siguen controlando las empresas más grandes. Los principales periódicos y emisoras de radio y televisión siguen siendo propiedad de y operados por ellos. Curiosamente, la salida de los residentes blancos («White flight») del condado de Miami-Dade ha sido selectiva en términos de clase social; los obreros y trabajadores anglosajones se han marchado, y los ejecutivos y gerentes han tendido a permanecer o incluso a mudarse al área. Coral Gables sigue siendo principalmente anglo, y la influencia judía se mantiene fuerte en Miami Beach.

En el proceso de la diversificación a nivel nacional, la población afroamericana ha luchado continuamente para aumentar su poder económico y político, pero esa lucha ha tomado una forma particular en Miami. Para entender el clima sociopolítico allí, es necesario considerar dos de sus rasgos demográficos significativos: el enclave cubano y el continuo aislamiento y subyugación de los miamenses negros.

El enclave cubanoamericano

La comunidad cubana de Miami es considerada como el primer ejemplo en los Estados Unidos de un verdadero enclave étnico, entendido como «una formación económica distintiva, caracterizada por la concentración espacial de inmigrantes que organizan una variedad de empresas para servir a su propio mercado étnico y a la población en general» (Portes y Bach, 1985: 203. Traducción del autor). La base del enclave no es su tamaño o escala, sino su naturaleza altamente diferenciada. Los números que señalan su amplitud son, sin embargo, impresionantes. En 1990, 42% de todas las empresas en el condado de Miami-Dade eran de propiedad hispana, y la cifra absoluta de sus negocios en la zona fue segunda después de Los Ángeles, que cuenta con una población de ese origen mucho más grande. La tendencia continúa: más de la mitad de las empresas en el condado son hispanas y la mitad de ellas están controladas por cubanos.

La segunda característica más importante del enclave es su rango institucional. La variedad de ventas y servicios controlados por cubanos, así como su penetración en las profesiones, son tan extensas que algunos afirman que pueden vivir solos, dentro de su propia comunidad étnica. Esto no es del todo cierto. Casi todos los cubanos interactúan extensamente con las principales instituciones estadounidenses, en especial el Estado, al que pagan impuestos y que educa a la mayoría de sus hijos. Pero la afirmación refleja algo sobre la extensión del enclave (García, 1996; Grenier y Pérez, 1998).

Su carácter relativamente generalizado aísla y protege a los recién llegados inmigrantes cubanos frente a las vicisitudes habituales del mercado laboral secundario. Por ejemplo, a diferencia de los mexicanos, que se incorporan a los sectores periféricos de la economía dominados por los anglos, muchos cubanos ingresan a través de negocios pertenecientes u operados por otros cubanos. Aunque los salarios suelen no ser más altos, los bonos étnicos proporcionan redes informales de apoyo que facilitan el aprendizaje de habilidades, el acceso a más recursos y el proceso general de ajuste. Estas implicaciones positivas han ayudado a los cubanoamericanos a alcanzar una posición socioeconómica relativamente alta en comparación con la mayoría de los inmigrantes (Pérez, 1992).

Si bien el espíritu empresarial cubanoamericano es impresionante, cabe señalar que la mayoría de sus empresas son pequeñas y de propiedad familiar. Aunque los hispanos controlan 60% de las entidades privadas en el condado, únicamente 13% tenía empleados en 2007, y juntas generaron solo 169 000 empleos, con una plantilla promedio de seis trabajadores (Metro-Dade County, 2010). Mientras que los cubanos poseen cerca de 50% de todas las empresas hispanas, otros latinos siguen subrepresentados en las industrias de más rápido crecimiento, especialmente los servicios financieros. Aunque su representación ha aumentado, continúan siendo superados por los anglos en ocupaciones profesionales y ejecutivas. Los cubanos en Miami siguen sobrerrepresentados en las ocupaciones manuales.

El poder político cubanoamericano

La influencia que los cubanoamericanos ejercen sobre las elecciones en el sur de la Florida no se logró de la noche a la mañana. El punto de partida fue la candidatura de Ronald Reagan. La ideología del republicano, sobre todo hacia la política exterior, resultó atractiva para muchos cubanos y sirvió para vincular la política del «exilio histórico» con la nacional. La participación en el sistema político estadounidense, por lo tanto, fue en realidad una extensión de las preocupaciones del exilio (De la Garza et al., 1992; Pérez, 1992).

Durante los 80, los cubanos en Miami establecieron un poder local fundamental, ejercido a través del creciente número de funcionarios electos y organizaciones como la Fundación Nacional Cubano Americana, la Asociación de Constructores Latinos, la Asociación de Constructores Hispanos y la Cámara de Comercio Latino. El tamaño de esa comunidad en el Gran Miami y sus tasas de participación, bastante altas, en las elecciones produjeron un auge en el número de cubanos en todos los niveles de gobierno. A finales de la década, Miami tenía un alcalde cubano, y los gerentes de la ciudad y del condado también eran de ese origen. Los cubanos controlaban la Comisión de la Ciudad y constituían más de un tercio de la delegación de Dade a la legislatura estatal. Después de la muerte del congresista Claude Pepper en 1989, Ileana Ros-Lehtinen ganó su asiento en la Cámara de Representantes. Ella anunció en abril de 2016 que no se iba a postular en 2018, marcando el final de una carrera política de veintiocho años, la más larga de todos los congresistas de Florida.

A inicios de los 90, cubanoamericanos eran alcaldes de Miami, Hialeah, Sweetwater, West Miami y Hialeah Gardens, y había diez cubanos en la legislatura de la Florida, siete en la Cámara y tres en el Senado. A Ileana Ros-Lehtinen se le unió Lincoln Díaz-Balart durante el ciclo electoral de 1992. A comienzos del siglo xxi, seis de los trece comisionados de Miami-Dade fueron cubanos, incluido el alcalde, Alex Penelas. En ningún otro lugar de América, ni siquiera en la historia de los Estados Unidos, los inmigrantes de primera generación se apropiaron tan rápidamente del poder político (Grenier y Stepick, 1992).

Black Miami

Miami ha crecido y se ha desarrollado sobre la base de la superioridad de la raza blanca, aunque la economía siempre ha dependido de la mano de obra negra. Los trabajadores que construyeron el ferrocarril de Flagler eran bahamenses, y los emigrantes negros del norte de la Florida, de Alabama y de Georgia, formaron el núcleo de la mano de obra agrícola. Durante los años anteriores a la migración cubana y latina, la mayoría de los empleados del sector turístico —en hoteles y restaurantes— eran negros. Pero mientras su trabajo era necesario, sus voces no eran deseadas (Shell-Weiss, 2009; Mohl, 1990).

La estricta segregación fue impuesta en Miami, y su legado ha sido difícil de borrar. Al principio, la mayoría de los negros vivían en «Colored Town» (más tarde renombrado Overtown), al norte del centro de Miami. Cuando Overtown se hizo demasiado pequeño, un nuevo barrio negro, Liberty City, fue construido al noroeste, con una pared para separarlo de los barrios blancos. Una pared similar acordonaba la sección negra de Coconut Grove, al sur de Miami. A medida que se desarrollaban otros asentamientos negros, como Brownsville, Opa Locka, Perrine, Princeton, Goulds y Florida City, se mantuvo la segregación. Antes de la legislación federal de los derechos civiles de los años 60, los únicos negros que tenían permitido vivir en Miami Beach eran los criados que vivían con sus patrones. Los trabajadores de hoteles y restaurantes debían llevar tarjetas de identificación y regresar a sus casas cruzando la bahía cada noche. Estrellas del entretenimiento que se presentaban en hoteles de Miami Beach, como Nat King Cole y Sammy Davis, Jr., tuvieron que pernoctar en hoteles del barrio predominantemente negro de Overtown. Este tipo de apartheid duró hasta principios de los 60, cuando Miami puntuó cerca de 99 en el índice de segregación residencial (donde 100 significa segregación total), o sea, el área metropolitana más segregada de los Estados Unidos. En 2010 el índice de aislamiento había bajado a 73%, aunque todavía figura en el top ten de ciudades más segregadas (Logan y Stults, 2011).

Los avances de los miamenses negros han palidecido en comparación con el éxito económico de los cubanos. Cuando Martin Luther King, Jr. visitó la ciudad en 1966, notó la hostilidad racial y advirtió que la comunidad negra iba a tener que enfrentarse a la cubana en una competencia por empleos y poder político (Porter y Dunn, 1984). En la advertencia surgió el entendimiento implícito de que dado el carácter intratable del racismo norteamericano, los cubanos blancos y educados, que proporcionaban mano de obra barata, podrían reemplazar a los afroamericanos en el mercado de trabajo. Si bien este tipo de desplazamiento es difícil de documentar, como explican Portes y Stepick, «no hubo sustitución uno a uno de los negros por los cubanos […] Sin embargo, hubo una nueva economía urbana en la que los inmigrantes pasaron por delante de otros grupos, dejando atrás a la minoría nativa» (1993: 43).

Cuatro disturbios violentos durante los 80 cristalizaron una ira generalizada entre los negros de Miami sobre su incapacidad de establecer igualdad económica y política con otros grupos minoritarios, específicamente los cubanos (Herman, 1995). La respuesta de las élites fue diseñar una serie de programas para mejorar las condiciones dentro de los barrios negros (Reveron, 1989). La tarea de rejuvenecer a la comunidad negra fue desalentadora, pero hubo algunos éxitos. En comparación con la década anterior, a finales de los 80 el número de negocios negros se había más que triplicado. Bajo un programa especial para incrementar la participación en proyectos de construcción gubernamentales, los contratistas negros comenzaron a recibir trabajo en el condado. En general, los proyectos de desarrollo tuvieron un éxito limitado y las ganancias en el empleo fueron modestas (Dunn y Stepick, 1992). Se puede decir que la mayoría de los beneficios de los programas especiales y los incentivos han ido a los profesionales negros y a los pocos negociantes de clase media. Los pobres no vieron muchos.

En los contratos gubernamentales, los cubanos predominaron claramente sobre los negros. Entre 1968 y 1980, la Administración de Pequeños Negocios (SBA, por sus siglas en inglés) dispersó de manera acumulativa 46,6% de los préstamos del condado a los hispanos, mayormente cubanos, y solo 6% a los negros. La situación empeoró después de los disturbios, cuando casi 90% de los préstamos fueron otorgados a hispanos o blancos. El Plan de Acción de Metro Miami, creado para aprovechar los recursos públicos y privados para el desarrollo de la comunidad negra, tuvo solo logros modestos y sus organizadores, la élite anglo, pronto perdió interés (Dugger, 1987).

Otra área de conflicto y división es la actividad empresarial. Según la Oficina del Censo de 2015 en su encuesta de propietarios (datos de 2012), hay 51 285 negocios de propiedad negra en el condado, pero solo 2% (2 115) tiene empleados activos. Incluso estas cifras subestiman el estancamiento dentro de la comunidad empresarial negra (Metro Dade County, 2016). En 1982, los afroamericanos poseían 1% de todas las empresas del condado. Ahora el número está en 11%. Los hispanos, por su parte, ya poseían 11% en 1987 y ahora, casi 60%. Este antagonismo tiene eco en toda la comunidad. Hasta hace poco, los líderes negros han sostenido que los hispanos no deberían ser incluidos en la distribución de fondos diseñados para ayudar a las empresas minoritarias. Pero los cubanos de Miami se apresuran a señalar que la difícil situación de la población negra del área fue creada antes de la llegada de los cubanos. En un capítulo titulado «Lost in the Fray», Portes y Stepick documentan que «la historia de los negros en Miami siempre ha sido de impotencia, sufrimiento y frustrados intentos de resistencia» (1993: 178).

El poder político negro

En su mayor parte, el Movimiento de los Derechos Civiles llegó tranquilamente al sur de la Florida, eliminando las instituciones formales de segregación. Pero justo en el momento en que comenzaron a surgir nuevas oportunidades para la movilidad ascendente de la minoría negra de Miami, la ciudad se transformó por la repentina llegada de refugiados cubanos. En 1960, los negros norteamericanos eran mucho más numerosos que los hispanos. En 1990 había mucho más del doble de estos (987 394) que de aquellos (371 691) en el condado de Dade.

Esa tendencia no ha cedido. El cambio demográfico se reflejó proporcionalmente en la economía, la política y la cultura. En contraste con el caso cubanoamericano, la búsqueda de la fuerza política de los negros ha enfrentado dos condiciones debilitantes: liderazgo comunitario débil y un sistema político que no responde a sus necesidades. El primero fue un subproducto de los típicos programas de renovación urbana de 1960, especialmente la construcción de autopistas. Estos prácticamente destruyeron Overtown, un vibrante centro de pequeñas empresas y profesionales que servían a la población negra local. El resultado fue el desplazamiento de gran parte de la clase media negra a suburbios como Richmond Heights, o lejos de Miami, a menudo a ciudades del sur, como Atlanta. Dado que las comunidades negras se extienden por todo el condado y no tienen fronteras contiguas, es mucho más difícil desarrollar agendas comunes y una acción política unificada.

En comparación, las comunidades hispanas se unen en una amplia banda que se extiende hacia el oeste desde el centro de Miami. Por esta razón, las comunidades cubanoamericanas han logrado establecer sólidos bloques de votación. En la actualidad, 60% de la población negra reside fuera de ciudades; es decir, en la parte del condado no incorporado, y la mayor parte del resto dentro de Miami, con su gran mayoría hispana. La posibilidad de generar una representación política negra efectiva es extremadamente baja. La combinación de estos factores de fragmentación ha sido descrita como el «Síndrome de Miami» (Stack y Warren, 1992: 167); una comunidad negra dividida por clase, cultura y espacio, que debe funcionar bajo doble subordinación a anglos y cubanos. No es de extrañar que el liderazgo haya tardado en desarrollarse y que el ascenso cubano a la cima haya estado acompañado de resentimiento y frustración. Las perspectivas para salvar estos conflictos a través de coaliciones son pequeñas. Todos los legisladores negros de Miami, al nivel estatal o federal, son demócratas. Todos los cubanos son republicanos. Esto a menudo eleva los conflictos políticos a ser interpretados como étnicos.

Los otros refugiados: haitianos en Miami

El segundo gran grupo de inmigrantes en Miami-Dade es el negro caribeño. En gran parte debido a esa inmigración, la población negra creció 47% entre 1970 y 1980 (una tasa superada solo por Atlanta) y otro 42% en la década siguiente. En 1990, alrededor de 14% de la población negra de Miami era de haitianos. Ahora esa cifra está cerca de 20%. Los primeros refugiados de la represión y la pobreza en Haití llegaron en barco en 1963. Su solicitud de asilo político fue denegada, y otra embarcación no llegó hasta diez años más tarde. Como las condiciones en ese país empeoraron entre 1977 y 1981, se estima que hasta ochenta mil haitianos vinieron en barcos o aviones. Aquellos que no regresaron forzadamente a su nación de origen recibieron una bienvenida fría en el sur de la Florida. No reconocidos oficialmente como refugiados, la mayoría eran inelegibles para recibir servicios sociales o permisos de trabajo. Mal equipados para tener éxito en un ambiente tan competitivo, los inmigrantes haitianos tenían un promedio de menos de seis años de educación formal y pocas habilidades comercializables. Ningún enclave bien establecido los recibió, y la mayor parte de la asistencia inicial vino de iglesias y organizaciones privadas (Portes y Stepick, 1985).

En un aspecto la inmigración haitiana se pareció a la cubana. La primera ola fue de refugiados de clase media y alta en los 60 y los 70, seguida por inmigrantes más pobres. Pero la realidad es que aunque tiendas, restaurantes y otras pequeñas empresas han proliferado en el Pequeño Haití, como se llama el barrio comercial de esa comunidad en Miami, los haitianos no han tenido el éxito del enclave cubano. La realidad de su situación, incluidas las políticas de inmigración que les impiden obtener el estatuto oficial de refugiados, con su concomitante asistencia social y financiera, y la discriminación vinculada con el hecho de ser negro en los Estados Unidos, han dado lugar a una estructura de oportunidades muy diferente.

Por otro lado, las relaciones entre los haitianos y los negros nativos de Miami han sido tensas. En lugar de reconocer el racismo experimentado por los haitianos, muchos afroamericanos los ven como competencia no deseada en un apretado mercado de trabajo. En general, los haitianos han tratado de evitar ser identificados con los negros de Miami porque quieren elevarse por encima de lo que perciben como un grupo oprimido.

«Los cubanos son blancos que hablan español»

Cuando, en 1993, una mujer cubanoamericana fue nombrada para suceder a Janet Reno como abogada estatal para el condado de Dade, consolidando así el control cubano de las principales instituciones de Miami, un prominente líder negro fue citado diciendo que en Miami los hispanos son simplemente blancos que hablan español. Dada la naturaleza segregada de las dos comunidades creadas por el enclave cubano, así como sus diferencias ideológicas, no es sorprendente que cada grupo tenga percepciones estereotipadas y hostiles hacia el otro.

En 1999, Max Castro y yo analizamos el contenido de la prensa étnica de 1960 a 1992, y encontramos que estas percepciones han cambiado con el tiempo y no en una dirección favorable. Durante la década de los 60 y principios de los 70, Black Miami vio a los cubanos como posibles aliados en las batallas por el empoderamiento de las minorías en el condado. La llegada de los refugiados cubanos fue señalada y comentada en la prensa negra y en ocasiones se expresó simpatía por su difícil situación. Sin embargo, el foco principal de la comunidad negra estaba en las dinámicas asociadas con las luchas clásicas por los derechos civiles y la derrota de la segregación institucionalizada, específicamente la integración de las escuelas.

Mientras que el nivel de atención de los negros a la cuestión de los refugiados cubanos era limitado, desde el inicio de la inmigración cubana de los 60 surgieron preocupaciones acerca de posibles consecuencias negativas para los negros en el empleo y el trato preferencial a aquellos por los funcionarios locales. Como indicador, los editoriales en el Miami Times (el diario negro publicado desde 1923) que mencionan el caso aumentaron drásticamente en los 70. En los 80, la visión inicial de simpatía o de ambivalencia fue reemplazada por un claro antagonismo (Grenier y Castro, 1999).

En la prensa negra, el cambio a una línea más dura hacia los cubanos se ha extendido a cuestiones de derechos civiles. En 1975, un editorial apoyó el bilingüismo y aconsejó a los negros que aprendieran español. En 1980, el periódico se opuso al referéndum de «English Only» (solo inglés), caracterizándolo como racista. Pero en 1988 comunicó a sus lectores que las condiciones habían cambiado. Con los cubanos ahora sosteniendo lo que se consideraba un poder opresivo, el periódico declinó oponerse a la enmienda constitucional que institucionalizó el inglés como el idioma oficial del estado.

Por otro lado, los negros ven a los puertorriqueños y a los mexicanos con más simpatía. Un líder cívico afroamericano entrevistado por mí calificó a los puertorriqueños de Miami como «una comunidad invisible», y describió a los negros y los puertorriqueños como «aliados naturales» que, sin embargo, casi nunca trabajaron juntos. Otro líder político afroamericano del extremo sur de Miami-Dade, zona que tiene la mayor concentración de mexicanos, opina que estos y los negros comparten características culturales similares, mientras que una mexicanoestadounidense, que trabaja para una organización de defensa de migrantes en la misma área, declaró que se llevan bien por circunstancias económicas compartidas (Grenier y Castro, 1999).

Si la prensa negra refleja cada vez más un discurso adverso hacia los cubanos, los diarios en español están marcados por una aparente desatención o desinterés cuando se trata de la comunidad negra. Existe poca preocupación evidente en la comunidad cubana de que la negra pueda afectar negativamente su destino, excepto por los disturbios que podrían dañar la imagen y la economía de Miami.

Sin embargo, hay un discurso cubano más encubierto hacia los negros: en las páginas de tabloides y boletines, en programas de radio, en conversaciones e interacciones diarias. Sus elementos incluyen la negación del racismo y de cualquier responsabilidad en su reparación, la identificación de los negros con el crimen, un fuerte apoyo a la policía y una comparación entre el avance económico cubano a través del trabajo duro, la familia y la autosuficiencia, y la dependencia del negro de los programas de welfare y otros. Ilustrativa de la naturaleza encubierta de algunos de estos discursos, así como de sus temas principales, es la cita en un boletín no firmado de 1993, emitido por un grupo entonces desconocido: la Federación de Empleados Hispanos del Condado de Dade. El comentario, una respuesta a un editorial del Miami Times que acusaba a los cubanos de insensibilidad ante los negros, reúne la negación del racismo y la comparación infame:

Bajo esta etiqueta [insensibilidad], el periódico lanza contra los cubanos la variedad de cohetes normalmente reservados para los anglos. Nuestra respuesta es que esto puede estar bien con los anglos, ya que, históricamente, son culpables de esclavizar y degradar a los negros durante siglos. Ellos les deben a los negros. Pero, amigos, los hispanos no les debemos nada a los negros: ¿de qué somos culpables? ¿De trabajo duro, no solo como banqueros y empresarios? ¿De ser humildes trabajadores y vendedores ambulantes? Mantenga claro en su cabeza que nunca hemos coaccionado la asistencia de nadie, pero mucho más bien vagar por las calles de Miami vendiendo limas, cebollas, flores, cacahuetes, etc. Algunas personas deben probar esto, es un trabajo duro, pero no está mal.

Un caso ejemplar: el incidente de Mandela y el boicot turístico

La estructura étnica triádica de Miami —negro, latino, anglo— a menudo subyace y confunde la relación aparentemente diádica negro/cubano. En el caso de los negros, hay evidencia de que algunos líderes intentan conscientemente emplear una estrategia pragmática de alianzas cambiantes para maximizar su influencia como comunidad.

Un incidente ilustrativo fue el tratamiento que Nelson Mandela recibió cuando visitó Miami en 1990. A diferencia de los honores otorgados en sus otras escalas, la recepción oficial allí fue decididamente fría, como reacción al «ultraje cubano» (y, en menor medida, judío). Mandela era, para cubanos y judíos, el hombre que les dio la mano a Fidel Castro y a Yasser Arafat. Los alcaldes de Miami Beach y Miami, así como la Comisión Miami-Dade, se negaron a rendirle homenaje o a reunirse con él, a pesar de la quejas expresadas por los líderes negros. La mayoría de los funcionarios negros electos no tomaron partido sobre esta cuestión.

Cerca de una semana después de la visita de Mandela, una pelea entre un propietario cubano y un cliente haitiano en una tienda de Little Haiti causó disturbios públicos. Decenas de haitianos se manifestaron frente a la pequeña tienda, lo cual requirió la intervención de las autoridades y resultó en cargos de brutalidad policial. Esa misma semana, un grupo de profesionales negros y líderes comunitarios, que incluía a la Asociación de Abogados Negros, encabezada por H. T. Smith, organizó un boicot y llamó a las organizaciones nacionales con convenciones programadas en Miami a que llevaran sus negocios a otra parte. El grupo presentó tres demandas a los representantes del condado: 1) una disculpa a Mandela de los funcionarios electos; 2) una investigación sobre la conducta policial en la manifestación haitiana; y 3) una serie de medidas económicas para promover los intereses económicos negros, especialmente en la industria turística.

El boicot tuvo impacto. Antes de finalizar 1990, trece organizaciones, entre ellas la Unión Americana de Libertades Civiles y la Organización Nacional de Mujeres, habían cancelado sus conferencias en Miami. En total, se estima que la ciudad perdió más de sesenta millones de dólares en negocios relacionados con la realización de esos eventos. Después de largas negociaciones entre las élites económicas angloamericanas y los líderes del boicot negro, de las cuales se excluyó a los cubanos a propósito, se llegó a acuerdos: la Oficina de Convenciones y Visitantes del Gran Miami, con patrocinio corporativo local, finalmente estableció un programa de becas en la Universidad Internacional de la Florida para que los estudiantes negros recibieran capacitación y posteriores empleos de nivel gerencial en la industria turística local; la Comisión de Miami Beach acordó promover el desarrollo de un nuevo hotel establecido por un negociante negro; el alcalde de Miami Beach y la Comisión Miami-Dade emitieron declaraciones retroactivas en honor a Mandela, y el alcalde cubanoamericano de la ciudad de Miami admitió que la situación podría no haber sido bien manejada. El boicot fue levantado en 1993.

Aparentemente, el tema principal del boicot fue un problema ideológico que enfrentó a los cubanos y los negros. Pero su verdadero objetivo, como lo demostraron los acontecimientos posteriores y las declaraciones de su líder, era arrebatar concesiones económicas a la élite corporativa anglo. La cuestión de Mandela, según el principal organizador de las acciones, fue aprovechada con gozo como punto de reunión simbólica para movilizar a la comunidad, alistar la solidaridad exterior y dramatizar la difícil situación de los negros en Miami. En este caso, se utilizó una disputa negro-hispana para inspirar un boicot dirigido al establecimiento blanco local.

A modo de conclusión: el futuro

Miami continuará siendo un centro metropolitano multicultural y con vínculos muy estrechos con Cuba y el Caribe. Aunque muchos afroamericanos han avanzado en puestos profesionales y ejecutivos desde la llegada de los cubanos, la mayoría sigue siendo pobre y se siente culturalmente marginada. Igualmente importante, a pesar de la falta de evidencia, es que muchos culpan a los cubanos por el relativo fracaso de los afroamericanos. Las tensiones étnicas son extremas, revolotean, y periódicamente explotan.

El contraste entre las comunidades cubana y afroamericana de Miami revela la coincidencia fortuita del éxito cubano —la inmigración creada por una confrontación de la Guerra Fría que produjo una acogida benevolente, incluyendo una masiva ayuda estatal. Confluyeron en este éxito el hecho de asentarse en una ciudad geográficamente perfecta y preparada para un nuevo papel como nexo con América Latina; una población con un perfil de inmigrantes que comenzó con una selectividad social y económica que les ayudó a integrarse al mundo blanco y clasista de los Estados Unidos, y la hegemonía de una ideología de derecha que creó una solidaridad interna que pudo combatir los prejuicios negativos de otras comunidades. La ausencia de cualquiera de estos factores fácilmente podría haber cambiado todo el perfil de la comunidad cubana y, quizás, sus relaciones con otros grupos étnicos, y el desarrollo de Miami.

Desde el principio, Miami ha estado signada por dos divisiones fundamentales: negros contra blancos, y nacidos en los Estados Unidos vs. inmigrantes. La primera se estableció en los albores de la ciudad y persiste hoy. La segunda surgió recientemente, pero no deja de ser profunda, ya que proporciona respuestas a las viejas preguntas de quién gobierna, quién se beneficia y cómo encajan los inmigrantes. Aunque el futuro es difícil de predecir, podemos esperar que los cubanos van a seguir aumentando su número y su poder demográfico, económico, político y cultural. Latinoamericanos de todo el continente también estarán más presentes. Y las poblaciones negras, inmigrantes o no, seguirán creciendo y sintiendo el legado del racismo norteamericano con un sabor latino.

Al igual que la mayoría de las grandes áreas urbanas, Miami no es una comunidad integrada de manera coherente y armoniosa. Las luchas, la diversidad y el cambio social la marcan, así como sus componentes constitutivos: anglos, americanos negros, cubanos, haitianos y todos los demás. En toda su diversidad y luchas, esta ciudad nos ofrece un laboratorio en el que podemos estudiar el futuro de los Estados Unidos. Las diferencias económicas y demográficas, de clase y luchas políticas son un microcosmos de las transiciones actuales que ocurren a lo largo de la nación. Miami nos ofrece ahora una visión de los Estados Unidos de mañana.

[1] La diferencia entre municipalidades (ciudades) incorporadas y áreas no incorporadas es que las primeras poseen sus propios gobiernos locales, que proveen los servicios más importantes a la población que habita en esas zonas, mientras que las segundas están sujetas a la administración central del condado y no poseen gobiernos locales. A su vez, el gobierno del condado provee los servicios más importantes a los habitantes de municipalidades incorporadas que por su pequeño tamaño no poseen la infraestructura para ofrecer estos servicios.
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Fuente: Temas

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