Trump aprieta a Rusia, pero no tendrá éxito

No tenía ningún sentido que Damasco empleara armas químicas, que por razones humanitarias agitaría al mundo en su contra y daría excusa a agresiones de EE UU.

Trump y Putin

Trump y Putin

Por Emilio Marín. Los misiles yanquis volaron sobre Siria pretextando que era autora de un ataque previo con armas químicas. No hay pruebas de ello, pero Trump atacó igual a un país soberano, sin autorización del Capitolio ni de la ONU. Ahora aprieta a Moscú, sin éxito.

Sobre el ataque con armas químicas a la población siria de Jan Sheijun, del 4 de abril, donde murieron 87 personas, hay dos versiones. La del norteamericano Donald Trump, que fue una obra terrorífica del presidente sirio Bashar al Assad, quien habría utilizado su aviación. Y la del gobierno acusado, de que su aviación atacó posiciones terroristas en aquella localidad, de la banda Al Nusra (rebautizada Frente para la Liberación del Levante) y que en esos escondites éstos tenían acumuladas armas químicas.
Quienes acusaron a Al Assad no proporcionaron pruebas de que haya sido el autor de tremenda fechoría; ni siquiera está probado que el gas empleado haya sido el sarín, salvo para una parte interesada como Turquía, que asegura era el material, según análisis sobre personas sobrevivientes. La Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), de las Naciones Unidas, no se ha pronunciado al respecto. Sin embargo al día siguiente del suceso los representantes norteamericanos, ingleses y franceses proponían en el Consejo de Seguridad una resolución condenatoria del presidente sirio.
Y lo peor de todo: dos días más tarde, entre la noche del 6 y madrugada del 7, 59 misiles de crucero fueron lanzados por Estados Unidos desde su flota del Mediterráneo e impactaron en la base aérea siria de Shayrat, supuesto lugar de partida del ataque de armas químicas.

Trump agredió a un país soberano sin contar con el visto bueno de las Naciones Unidas y sin consulta con el Capitolio. Él decidió el lanzamiento de los Tomahawk, en consulta con su ministro de Defensa, el general James Mattis, alias “Perro Rabioso”.
¿Por qué el jefe del imperio decidió tal ataque en forma imprevista y brutal? Ninguna de las hipótesis resulta benigna con él. El día del ataque, una encuesta de la Universidad Quinnipiac dijo que había establecido un récord: 6 de cada 10 estadounidenses desaprobaban su gestión. A tres meses de asumido, nunca un presidente había caído tan bajo. Y se sabe que hacer la guerra contra un gobierno extranjero demonizado provoca revitalización en las encuestas.
Otra versión lo deja aún peor parado. Según la revista Time el verdadero motivo del ataque con misiles fue la influencia de su hija Ivanka Trump. Otro hijo del magnate, Eric Trump, dijo a Time que su hermana estaba “devastada y enfurecida” por el ataque químico y ella pudo haber reclamado a su padre una represalia. Ivanka y su marido Jared Kushner, ambos judíos ortodoxos, tienen oficinas en la Casa Blanca y forman parte del círculo íntimo del presidente, ahora más reducido tras el apartamiento del asesor especial N° 1, Steve Bannon, un supremacista blanco y ultraderechista.

Venden humo

La acusación contra Al Assad fue un montaje para justificar la agresión. Ya se detalló en esta columna (LA ARENA, 8/4), que el sirio venía ganando la guerra contra el terrorismo, sobre todo contando con la ayuda de Rusia, Irán y la organización libanesa Hizbollah, al punto de controlar actualmente el 80 por ciento del territorio. Uno de los emblemas de los grupos terroristas, una parte de la ciudad de Aleppo, había sido liberado. La debacle del ISIS o Daesh en Siria también se produjo en Irak, la otra pata del califato. En simultáneo con las victorias de Al Assad, la ciudad iraquesa de Mosul también era liberada del ISIS, habiendo huido el califa.

En esas condiciones tan ventajosas no tenía ningún sentido que Damasco empleara armas químicas, que por razones humanitarias agitaría al mundo en su contra y daría excusa a agresiones de EE UU.
Además había otro elemento reseñado en la nota citada: Siria se desprendió de todo su armamento químico en 2013, por consejo de Moscú, para quitar argumentos al montaje de esas operaciones terroristas que se le imputaban falsamente. Siria no posee armas químicas desde hace cuatro años.

Teniendo en cuenta esas circunstancias, Washington y sus aliados europeos, árabes, turcos y sionistas debieran haber contado con fuentes seguras para formular tamañas acusaciones, previas a cualquier acción militar. Y no lo hicieron.
Un despacho del corresponsal de Prensa Latina en Siria, echa gran claridad sobre el ataque químico en Jan Sheijun. Pedro García Hernández informó desde Damasco, el 12 de abril, que “las más recientes noticias indican que Shajul Islam, seudónimo del ‘médico’ que tuiteó continuamente desde un hospital no identificado sobre el hecho, fue juzgado por terrorismo en el Reino Unido y pertenece al grupo que secuestró al periodista británico John Cantlie en el 2012. Tal información, proporcionada y divulgada a partir del sitio web suizo Observateurs, va más allá, pues Shajul no fue condenado porque Cantlie no quiso declarar. Sin embargo, su derecho a ejercer la medicina fue revocado al tiempo que Razul, su hermano, de 21 años, se unió en Siria a la milicia terrorista wahabí Estado Islámico, Daesh. Vale señalar además, que durante el presunto ataque químico medios de comunicación occidentales como Le Parisien y Le peuple.be transmitieron los tuits de Shajul Islam sin ninguna precaución ni verificar quién era el autor”.

Esas fuentes tan contaminadas de “información” hicieron la falsa acusación contra el gobierno sirio y también implicaron a las fuerzas rusas. El Observatorio Sirio de Derechos Humanos con sede en Coventry, Reino Unido, otro de los propaladores de aquellas mentiras, afirmó que quienes habían arrojado las armas químicas eran aviadores sirios y rusos. De un tiro o tuit mataban dos pájaros: Al Assad y Vladimir Putin.
Lo de Trump y sus aliados, así como de los medios que encubren sus crímenes, es humo tóxico. Asfixian la verdad pues es tan mortal como el sarín.

Aprietan a Moscú, sin éxito

El gobierno ruso salió a defender a su aliado sirio. Putin cuestionó las falsedades con que se pretendió justificar a los Tomahawk, negando que Al Assad hubiera empleado armamento prohibido. Incluso recordó las acusaciones similares de 2003 contra Irak para justificar la invasión y ocupación del país árabe. Manifestó que se trataba de “una agresión contra un Estado soberano basado en pretextos inventados”.
La cancillería rusa declaró que el bombardeo obedecía a internas entre sectores políticos y militares dentro de la administración Trump. Si así fuera querría decir que la Casa Blanca toma de imbéciles al resto del mundo y a Siria como víctima de sus misiles.
Apenas supo de aquella agresión, Putin convocó a su Consejo de Seguridad y entre las varias medidas decidieron mover una de sus fragatas con misiles hacia la costa siria. El “Admiral Grigorovich”, de la flota rusa del mar Negro, puso proa hacia la base de Tartús. Fue una advertencia a la contraparte norteamericana y a sus destructores como el USS Porter, uno de los dos que lanzaron los 59 misiles la semana pasada.
Por otro lado hubo comunicaciones entre Putin y Al Assad, así como entre ambos y el mandatario iraní, Hassan Rohani, reforzando su alianza política y militar. La opinión del terceto fue que el lanzamiento de aquellos misiles cruzó “una línea roja” y hay determinación de no permanecer de brazos cruzados si se repite la historia.
Sería problemático para el Pentágono alimentar dos conflictos simultáneos en frentes diversos como Siria y Corea del Norte. Al último enviaron el portaaviones USS Carl Vinston en medio de bravatas belicistas de Trump de que “solucionaremos nosotros” el conflicto con Pyongyang si China no colaborara.

Para enfrentar conflictos y en particular guerras una potencia necesita aliados firmes. Y en ese sentido la gira del canciller estadounidense Rex Tillerson, actualmente de visita en Moscú, no fue muy auspiciosa.
Primero hizo escala en la localidad italiana de Lucca, donde se realizó una reunión de cancilleres de los países del G-7 (EE UU, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Canadá y Japón), centrada en la situación de Siria. Aunque el norteamericano y su colega inglés querían adoptar sanciones económicas contra Rusia, acusándola de proteger “al dictador” Al Assad, y avanzar en planes de agresión contra Siria, el resto de los países prefirió mantenerse por ahora en el plano de medidas políticas contra Damasco y de reclamo a Moscú, pero sin romper relaciones.

Y de allí ex CEO de Exxon viajó a Rusia, donde se reunió con su par Serguei Lavrov, cosechando su primer fracaso. Es que Tillerson en la previa había apremiado a Moscú diciendo que debía elegir entre quedarse con Al Assad o tener una relación constructiva con EE UU y Occidente. “No nos pongan en la falsa disyuntiva de estar con ustedes o contra ustedes”, le contestó Lavrov al comenzar su encuentro. Luego le reiteró que Moscú no admitirá nuevos bombardeos de EE UU contra Siria.
Al cierre de esta edición, Lavrov y Tillerson entraban al Kremlin para una reunión no agendada con Putin, de donde es difícil que el secretario de Estado pueda llevarse alguna felicitación presidencial. Antes de las elecciones norteamericanas se cree que Rusia tenía preferencias por Trump, respecto a Hillary Clinton. A la luz de los hechos, Putin debe estar haciendo su autocrítica y tomando sus recaudos.

Texto enviado por el autor, Emilio Marín,  para su publicación.

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