El arte de narrar según Augusto Monterroso y Ernest Hemingway

Por otra parte, todos los seres humanos estamos en condiciones de escribir cuentos, poemas, novelas, ensayos, etc. Y aún los que no aprendieron a leer ni a escribir, pueden construir relatos orales. Todo lo que escribimos obedece a diversas motivaciones.

Hemingway y su "Corona"

Hemingway y su “Corona”

Por Jorge Tobías Colombo. No existen las escuelas para escritores; tampoco existen universidades que otorguen títulos de escritores. Aprender Literatura o Lengua o Gramática para nada garantiza convertirse en escritor.

Por otra parte, todos los seres humanos estamos en condiciones de escribir cuentos, poemas, novelas, ensayos, etc. Y aún los que no aprendieron a leer ni a escribir, pueden construir relatos orales. Todo lo que escribimos obedece a diversas motivaciones. Muchos de esos escritos, cartas, reflexiones, mensajes, poemas, cumplen sobradamente sus intenciones: son una poderosa descarga emocional individual y/o resuelven relaciones complejas muchas veces en el terreno de los afectos-. Esos textos que se crean para necesidades específicas pueden provocar felicidad, dolor, asombro, lágrimas, risas, conflictos; grandes emociones como si de grandes obras literarias se tratara. Pero esos innúmeros escritos que se escribieron a lo largo de los tiempos gozan de una enorme fugacidad, y a lo sumo perduran tan efímeramente como sus hacedores y sus destinatarios. Digamos que con ellos nacen y con ellos mueren. Esos escritos, tras la muerte de los que en ellos están involucrados, de una u otra forma desaparecen. Pueden sobrevivir algún tiempo más que los seres que los motivaron en recónditos lugares, pero poco o nada significan para otros posibles lectores.
Pero lo que llamamos literatura: novela, cuento, poesía, está en manos de los que denominamos “escritores”, aquellos que la encaran como un oficio, una actividad que exige entrega, investigación, muchas lecturas, consultas y, sobre todo, muchas horas de trabajo.
Muchos escritores “profesionales” dejaron buenos y sencillos consejos para aquellos que intentan también pertenecer a esa categoría reducida e incluso ganarse el pan con este oficio. Para hoy escogí a dos de ellos: el estadounidense Ernest Hemingway y el hondureño, nacionalizado guatemalteco, Augusto Monterroso. También les dejo un minicuento de cada uno de ellos.

Ernest Hemingway:

Varios consejos

  • Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés vigoroso. Sé positivo, no negativo.
  • La jerga que adoptes debe ser reciente, de lo contrario no sirve.
  • Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como “espléndido, grande, magnífico, suntuoso”.
  • Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas.
  • Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.
  • Los escritores deberían trabajar solos. Deberían verse sólo una vez terminadas sus obras, y aun entonces, no con demasiada frecuencia. Si no, se vuelven como los escritores de Nueva York. Como lombrices de tierra dentro de una botella, tratando de nutrirse a partir del contacto entre ellos y de la botella. A veces la botella tiene forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa. Pero una vez que están en la botella, se quedan allí. Se sienten solos afuera de la botella. No quieren sentirse solos. Les da miedo estar solos en sus creencias…
  • A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.
  • Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

Vendo zapatos (Minicuento de Ernest Hemingway):
Vendo zapatos de bebé, sin usar.

Augusto Monterroso:

Decálogo del escritor

Augusto Monterroso

Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: “En literatura no hay nada escrito”.

Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.

El dinosaurio (Minicuento de Augusto Monterroso):
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Tags: , , , , , , , , , , ,

Compartir:

GoogleRSS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *