El suicidio según Karl Marx

El número anual de suicidios, aquella cifra que entre nosotros está considerada como una media normal y periódica, debe ser considerado como un síntoma de una organización deficiente.

El suicidio por Karl Marx

El suicidio por Karl Marx

Por Karl Marx. Sobre el suicidio. La Crítica francesa de la Sociedad (französische Kritik der Gesellschaft) posee, en parte, la eminente cualidad de haber demostrado las contradicciones (Widersprüche) y la monstruosidad de la vida moderna, ya no exclusivamente en las condiciones de clases particulares, sino en todas las esferas y las formas de las relaciones sociales actuales. Y, hay que decirlo, en su descripciones se descubre la espontaneidad y el calor de la vida, una gran riqueza intuitiva, una precisión mundana, una audacia y originalidad de espíritu que será en vano buscar en otras naciones.

Si uno la compara, por ejemplo, con las exposiciones críticas de Owen y Fourier, cuando éstas se ocupan de las relaciones sociales en su viva realidad, y uno se podrá hacer una idea de esta superioridad de los franceses. Y esto no es exclusivamente atributo de los escritores franceses propiamente “socialistas”, de los cuales se espera una exposición crítica de las condiciones sociales (kritische Darstellung der gesellschaftlichen Zustände) sino de los escritores no importa a qué género literario pertenezcan, en especial de las novelas y las memorias. Estos extractos sobre el “suicidio”, escogidos de las Mémoires tirés des archives de la police etc. par Jacques Peuchet, nos va a dar un ejemplo precisamente de ésta crítica francesa, y nos va a demostrar al mismo tiempo hasta qué punto está fundada sobre la ilusión la pretensión de los filántropos burgueses (philanthropischen Bürger) que se esfuerzan solamente por dar a los proletarios un poco de pan y un poco de educación, como si exclusivamente fueran los obreros los que se marchitan bajo el estado actual de la sociedad, mientras para el resto el mundo actual es el mejor de los mundos posibles.

En Jacques Peuchet, como en muchos otros viejos militantes franceses, hoy ya casi todos desaparecidos, que pasaron por varias revoluciones desde 1789, por innombrables ilusiones, entusiasmos, constituciones, clases de gobiernos, derrotas y victorias, la crítica de las relaciones de propiedad (Kritik der bestehenden Eigentums), de la familia y de las diversas relaciones privadas, en una palabra: de la Vida privada (Privatlebens) surge como el producto necesario de sus experiencias políticas.

Jacques Peuchet (nacido en 1760) pasó de las Bellas Artes a la Medicina, de la Medicina a la Jurisprudencia, de la Jurisprudencia a la Administración y a la Policía. Antes de la irrupción de la Revolución Francesa, trabajó con el abbé Morellet en un Dictionnaire du Commerce, del cual sólo fue publicado un prospecto, y se dedicó preferencialmente a la Economía Política y a la Administración. Por un período corto de tiempo, Peuchet fue partidario de la Revolución Francesa; con rapidez se pasó al partido monárquico, ocupó durante un buen tiempo la dirección de la Gazette de France, y más tarde recibió de las manos de Mallet-du-Pan la redacción del famoso diario monárquico Mercure. Incluso de esta manera, atravesó de forma muy astuta el período de la revolución, en algunos casos siendo perseguido, en otros trabajando en la Administración y la Policía. En 1800 publica Géographie commerçante (cinco volúmenes in folio) que atrae la atención de Bonaparte, Primer Cónsul, quien lo hace nombrar miembro del Conseil de commerce et des arts. Más tarde, bajo el ministerio de François von Neufchâteau, asumió un cargo administrativo más elevado. En 1814, la Restauration le nombra censor de la prensa. Durante los 100 Días se retira. Con la restauración de los Borbones, conquistó el puesto de archivista de la Prefectura de Policía de París, cargo que ejerció hasta 1827. Peuchet tenía influencia, y no sólo como escritor, en los discursos de los oradores de la Constituyente, en la Convención, en los Tribunales, como también en la Cámara de Diputados bajo la Restauration. Entre sus muchas obras, la mayor parte sobre Economía, se centran, aparte de la ya citada geografía sobre el comercio, su Estadística de Francia (1807), la más conocida.

Peuchet escribió sus memorias después de alcanzar la vejez, con el material que en parte había recogido de los archivos de la Policía de París y en parte con su dilatada experiencia práctica en la Policía y en la Administración. Sólo permitió que ellas se hicieran públicas después de su muerte, de modo que nadie pudiera incluirlo entre los “prematuros” socialistas y comunistas (“voreiligen” Sozialisten und Kommunisten), que, como es bien sabido, carecen por completo de la maravillosa profundidad y de los conocimientos universales de la mayor parte de nuestros escritores, burócratas y burgueses prácticos.

¡Escuchemos a nuestro archivista de la Prefectura de París qué nos dice con respecto al Suicidio!

El número anual de suicidios, aquella cifra que entre nosotros está considerada como una media normal y periódica, debe ser considerado como un síntoma de una organización deficiente, porque es justamente en el momento de la detención de la industria y sus crisis, en épocas de alimentos más caros y duros inviernos, cuando este síntoma es más evidente y adquiere un carácter epidémico. La prostitución y el latrocinio aumentan, entonces, en una similar proporción. En principio, aunque la miseria sea la mayor causa de el suicidio, lo hallamos en todas las clases, tanto en los ricos ociosos, como en los artistas y en los hombres políticos. La diversidad de sus causas parece burlarse de la censura uniforme y carente de caridad de los moralistas.

Las enfermedades de malnutrición, contra la cuales la ciencia actual se encuentra inerte e insuficiente, de las falsas amistades, los engaños en el amor, la ambición sin aliento, las dolencias familiares, la competencia sofocante, el disgusto de una vida monótona, un entusiasmo frustrado y reprimido, son seguramente ocasiones de suicidio para las naturalezas de una cierta riqueza, y hasta el propio amor a la vida, esa fuerza enérgica de la personalidad, es frecuentemente capaz de llevar a una persona a librarse de una existencia detestable.

Mme. de Staël, cuyo mayor mérito es haber estilizado los lugares comunes con el más bello estilo mundano, intentó demostrar que el suicidio es una acción antinatural y que no se lo debe considerar como un acto de coraje; en especial ella sustentó la idea que es más digno luchar contra la desesperación que el hecho de sucumbir a ella. Razonamientos similares a ése afectan en muy poco las almas de quienes domina la infelicidad. Si tienen creencias religiosas, ellas especulan sobre un mundo mejor; si, por el contrario, no creen en nada, entonces buscan el reposo de la nada. Las diatribas filosóficas (tirades philosophiques) no tienen a sus ojos ningún valor y son un débil recurso contra su sufrimiento. Antes que nada, es un absurdo el pretender calificar a un acto que se consuma tan frecuentemente de antinatural; el suicidio no es, de modo alguno, antinatural, pues a diariamente somos testigos de él. Lo que es contra la naturaleza no sucede. Por el contrario, está en la naturaleza de nuestra sociedad generar muchos suicidios; tanto que los Tártaros jamás se suicidan. Las sociedades no tienen todas los mismos productos; y eso lo que necesitamos tener en mente para trabajar en pos de la reforma de nuestra sociedad, para hacerla elevar en un escalón superior del género humano. En cuanto al tema del coraje, si se considera que éste existe en aquel que desafía a la muerte a pleno día en un campo de batalla, estando bajo el imperio de todas las excitaciones reunidas, nada prueba que el coraje falte cuando uno se entrega a la muerte misma en medio de las tinieblas. No es con el insulto a los muertos con lo que se enfrenta a una cuestión controversial.

Todo lo que se dice contra el suicidio gira en torno al mismo círculo de ideas. Se le opone al suicidio los decretos de la Providencia. Pero la misma existencia del suicidio es una abierta protesta contra los Decretos indescifrables. Nos hablan de nuestros deberes para con la sociedad, sin que, mientras tanto, nuestros derechos en relación a esa sociedad hayan sido efectivamente definidos y establecidos; y finalmente se termina por exaltar el mérito mil veces mayor de dominar el dolor que el de sucumbir a él, un triste mérito de una triste perspectiva. Brevemente, se hace del suicidio un acto de cobardía, un crimen contra las leyes y el honor.

¿Cómo se explica que a pesar de tantos anatemas, el hombre se mate? Es que la sangre no corre del mismo modo en las venas de las personas desesperadas que en la sangre de los seres fríos, que se entregan en el tiempo libre a proferir estériles razonamientos. El Hombre se asemeja a un misterio para el Hombre; sabe apenas censurarlo, pero no se lo conoce.

Cuando se observa la forma tan liviana con la que las instituciones, bajo cuyo dominio vive Europa, disponen de la sangre y vida de los pueblos, y, así como la forma en que la justicia civilizada se distribuye con un rico material de prisiones, de castigos y de instrumentos de suplicio para la sanción de sus designios inciertos; cuando se ve la cantidad increíble de clases abandonadas por todos lados en la miseria; y los parias sociales que son golpeados con un desprecio brutal y preventivo, tal vez para dispensarnos del esfuerzo de arrancarlos de su fango; cuando observamos todo esto, entonces comprendemos con qué derecho se podría exigir al individuo que preserve en sí mismo una existencia que nuestros hábitos, nuestros prejuicios, nuestras leyes y nuestras costumbres en general, pisotean.

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