Subversión en el arte: entre el romanticismo y el surrealismo

El poeta es, por encima de todo, una conciencia crítica que denuncia toda forma de opresión y conformismo; que ataca toda orden cristalizado; que moviliza, de manera vital, energías sociales con la sola meta de que esas energías sobrevivan.

Recorte de una obra de Gurbuz Dogan Eksioglu, 1954

Recorte de una obra de Gurbuz Dogan Eksioglu, 1954

Por Ivonaldo Leite. Como se ha señalado Michael Löwy, el surrealismo es un movimiento de revuelta del espíritu y una tentativa eminentemente subversiva de re-encanto del mundo, es decir de restablecer en el corazón de la vida humana los momentos ‘encantados’ borrados por la civilización de las mercancías: la poesía, la pasión, el amor, la imaginación, la magia, el mito, lo maravilloso, el sueño, la revuelta, la utopía.

Dicho con otras palabras, se trata de una protesta contra la racionalidad obtusa, el espíritu mercantil, la lógica mezquina, el realismo liso de nuestra sociedad y la aspiración utópica y revolucionaría de ‘cambiar la vida’. Se trata de una aventura tanto intelectual como pasional, política y mágica poética y onírica, que empezó en 1924, en Francia, pero que aún no ha terminado. El surrealismo salió a luz pública en 1924 a raíz de la aparición del Primer Manifiesto Surrealista.Este Manifiesto, escrito pelo poeta André Breton, incluyó la asimilación del psicoanálisis freudiana y la llamada “escritura automática”. El acercamiento a la dimensión política se dio en 1925, debido a la intervención militar francesa en Marruecos, donde algunos de los principales creadores de la empresa onírica, a su manera, se interpusieron el camino de Francia, denunciando la perspectiva imperialista de la guerra. Esto marcó definitoriamente la ubicación del movimiento surrealista frente a lo que se ha llamado la civilización occidental.

El mismo año de la guerra en Marruecos, la publicación del movimiento (La Revolución Surrealista ) cuestionó el rol del ethos de la modernidad occidental: dondequiera que la civilización occidental ha predominado, todo contacto humano ha desaparecido, excepto el contacto que permite la generación del dinero. En el estado actual de la sociedad europea, seguimos siendo fieles al principio de cualquier acción revolucionaria. (NADEAU, 2007).

En 1931, ocurrió el primer sobresalto del movimiento surrealista sobre la cuestión racial durante la Exposición de Arte Colonial de París. La Exposición, organizada por la administración colonial, e que había causado un grande interés a las élites francesas, los surrealistas opusieron una contra-exhibición titulada La Verdad sobre las Colonias, bajo el lema ‘Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre’.

En los años cuarenta del siglo XX, con el movimiento surrealista venido a menos y desgarrado por sus disputas internas, miembros internos y angustiados por la catástrofe de la Segunda Guerra comenzarían un lazo más estrecho con otras regiones del mundo.

El movimiento surrealista surgió como una suerte de síntesis superadora, no sólo por las obras que dele de él derivaron, sino también por las problemáticas formales y éticas que intentó resolver desde una perspectiva integral. Como se indica Flavio Crescenzi, es un hecho irrefutable que todas las escuelas de vanguardia estuvieron signadas por una misma voluntad anti-realista, voluntad que motivó una búsqueda estética con resultados visibles en el campo de la emancipación: la construcción de un lenguaje escasamente referencial que multiplicara el poder significativo de las metáforas, y el culto a la imagen poética serían algunos ejemplos posibles de lo que ha pretendido expresar. Es así como, desde las sinestésicas correspondencias baudelaireanas, hasta los más arbitrarios cadáveres exquisitos, la imagen poética ha sido el elemento transformador por excelencia y, asimismo, el vehículo de conocimiento para aprehender una realidad mucho más compleja que aquella otra instituida.

El surrealismo supone, de algún modo, la continuidad y la culminación del romanticismo. La consciencia romántica reivindicaba y exploraba la subjetividad. Nada de esto fue ajeno al surrealismo, que extremará estas premisas valiéndose de los avances de la psicología profunda (en particular, la teoría de lo inconsciente de Freud) y de algunas de las formulaciones de la ‘filosofía de la praxis’. Los surrealistas parecieron vislumbrar mejor que nadie que el poeta es, por encima de todo, una conciencia crítica que denuncia toda forma de opresión y conformismo; que ataca toda orden cristalizado; que moviliza, de manera vital, energías sociales con la sola meta de que esas energías sobrevivan.

El espíritu surrealista, o, mejor dicho, el comportamiento surrealista, es eterno. Lo es entendido como una cierta disposición para profundizar lo real; a tomar una conciencia cada vez más clara y al mismo tiempo crecientemente apasionada del mundo. Supone un verdadero llamado de atención contra una civilización opresiva y un impulso de indudable eticidad hacia un más auténtico y libre modo de aprehender aquello profundamente humano; para ello, ha sabido exaltar el valor del ensueño, del humor, del juego, del deseo, del amor y de lo maravilloso como genuinas expresiones disruptivas.

Ivonaldo Leite es profesor de la Universidad Federal de la Paraíba – Brasil

Fuente: Rebelión

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