Significado de JIHAD y JIHADISTA

De la adjetivización como "jihadista" en los medios de comunicación occidentales del terrorismo ejecutado por este tipo de fanáticos se derivan varios problemas. Primero, no se tiene en cuenta esta división olvidando la acepción, impecable, de la que para el ciudadano musulmán es la jihad "mayor", la importante.

¿Cual es el significado de Jihad y Jihadista?

¿Cual es el significado de Jihad y Jihadista?

Por César Gil Gustavo. A vueltas con el error sobre el uso en los medios de comunicación del término “jihad” y de calificar ciertos atentados terroristas como “jihadistas”. Uno de los grandes problemas en los medios de comunicación occidentales en lo que respecta al trato del terrorismo perpetrado por miembros de organizaciones como Al Qaeda o Isis proviene directamente de su denominación, su etiquetado como “jihadista”.

Para entender esto hay que entender el origen de la palabra en árabe. En esta lengua, las familias de palabras se forman a partir de raíces triconsonánticas: a partir de una raíz triconsonántica, mediante el añadido de prefijos, sufijos, variación vocálica, se obtiene una familia de palabras cuyo significado suele estar relacionado con el sentido de la raíz original. Por poner un par de ejemplos que pueda resultar conocido, a partir de la raíz DRS, “estudio”, podemos obtener: DaRaSa (él estudió), DiRASa (lección, estudio), MaDRaSa (escuela), MuDaRRiS (profesor)… Y a partir de la raíz KTB, obtenemos KaTaBa (él escribió), KiTAB (libro), KATiB (escritor), MaKTaBa (Biblioteca), MaKTaB (oficina)…

En el caso del término JiHAD, su origen es la raíz árabe JHD –la J se pronuncia como la J francesa, no es la Y, como suele escribirse– cuyo sentido original es “esfuerzo”. Al igual que en castellano, el sentido, la connotación de esta raíz y sus derivados son muy positivos. De ahí una serie de palabras de mucho uso en la lengua árabe: MuJTaHiD (aplicado), IJTiHaD (esfuerzo)… Y las dos palabras de las que vamos a hablar: JiHAD y MuJaHiD.

La primera, para empezar, tiene dos acepciones, existiendo dos tipos de “jihad”, denominadas jihad mayor y menor.

La jihad “mayor” es el esfuerzo personal que se exige a quien se considere musulmán por mejorar día a día, de forma individual, en todo aspecto relacionado con la moral: el esfuerzo por ser más generoso y más amable con quien le rodee, por estudiar, por alejarse del vicio, por aprovechar el tiempo: en definitiva, por mejorar como persona.

La segunda, la jihad “menor”, sí es la que en castellano suele denominarse “guerra santa”, pero cuya visión correcta no encaja con la visión que tenemos en Occidente. Estrictamente, la jihad es un tipo de guerra en defensa de otros musulmanes y bajo un conjunto de preceptos definidos y limitados, digamos unas “normas de conducta”: ha de ser defensiva, contra combatientes, no puede llevarse a cabo contra inocentes, niños, exige respetar a los prisioneros… Completamente incompatible con el terrorismo.

Es justo añadir además que en la lengua árabe esta palabra es de género masculino: si en las lenguas europeas con género tendemos a denominarla así es por cuestiones históricas, por tener su origen en la traducción directa a “guerra santa”, en femenino. Es una curiosidad. Esta palabra llevamos ya usándola en nuestra cultura mucho tiempo como femenina. Elegir un uso u otro no me parece muy importante, sí entender estos matices.

Por ello de la adjetivización como “jihadista” en los medios de comunicación occidentales del terrorismo ejecutado por este tipo de fanáticos se derivan varios problemas.

Para empezar no se tiene en cuenta esta división olvidando la acepción, impecable, de la que para el ciudadano musulmán es la jihad “mayor”, la importante.

Otro error que se comete es calificar una actividad criminal y aberrante con un adjetivo que en lengua árabe tiene una connotación completamente positiva, por las razones explicadas. Ello añadido a un escaso conocimiento de la religión islámica conduce a confusión. Como vemos continuamente cada vez que se produce un atentado de este tipo, en muchas ocasiones, los que lo efectúan suelen ser personas radicadas en Occidente, puede que con orígenes árabes, de segunda o tercera generación, carentes de educación islámica y con un nivel muy bajo o mínimo de árabe pero que sí conocen esta acepción positiva. Por tanto, pensemos que estas personas se pasan la vida, sin conocer la religión islámica, viendo los mismos medios de comunicación que nosotros, en los que este tipo de actos son calificados de forma positiva. Es como si estuviéramos viendo aquí día a día que cualquier tipo de atentados terroristas son cometidos por “terroristas esforzados”, o que es un “terrorismo esforzado“.

Y el tercer gran error, es, obviamente, conceder a esos terroristas “presunción de veracidad”, en tanto que se les califica como ellos quieren calificarse. Ellos sí se consideran jihadistas o mujahidines, en el sentido bueno de la palabra –y ese es el quid: es una palabra con connotación positiva en lengua árabe–, cuando no son sino ignorantes y fanáticos. Cuando los medios de comunicación occidentales les denominan como ellos quieren, les están dando aire, reforzando su irracionalidad de una forma incomprensible: a todo el mundo se le vendrá a la cabeza comparaciones adecuadas a este razonamiento.

En los medios árabes este término se ha usado históricamente de forma interesada. Los medios de comunicación han tendido a denominar como “jihad” a aquellas guerras que consideraban legítimas y a “jihadistas” a aquellos combatientes que eran de su cuerda: un ejemplo es la denominación como mujahid (el combatiente que lleva a cabo la jihad) de aquellos combatientes afganos que lucharon contra la Unión Soviética en Afganistán por parte de los medios de comunicación de los países árabes aliados de Occidente en aquella época.

Sin embargo, actualmente, para designar este tipo de terrorismo en los medios de comunicación de los países árabes generalmente se usan otros términos, rara vez se denominan estos atentados terroristas como “jihadistas”, o a esos terroristas como “mujahidines”, de entre ellos, el más extendido –creo, este es un tema que tengo que estudiar, esto es un comienzo– es “takfiri“. Esta es una palabra con connotación negativa y que implica una gran radicalización e irracionalidad, proveniente de la raíz KFR, “no ser creyente”, que se transforma en KFFR, “acusar a alguien de no ser creyente”, por lo que “takffiri” es, basicamente, “quien acusa a otros de no ser creyentes”. Con ello, se deslegitima radicalmente su pensamiento pues en el Islam ese juicio es algo que sólo puede llevar a cabo Allah.

Ello salvo en las guerras internas entre unos países árabes y otros. Como parte de la estrategia de manipulación mediática sí lo usan en ocasiones.

¿Cómo solucionar este problema?

En esto, todos tenemos responsabilidad: países árabes y países occidentales.

Respecto a los medios de comunicación de los países árabes, es fundamental que dejen de usar esos términos para justificar aquellas guerras o crímenes con los que en ocasiones puedan estar de acuerdo para “azuzar” a su opinión pública o de dar cancha a aquellos clérigos que lo hacen. Pues si bien el uso del término “takfirí” se va extendiendo, aún en ocasiones, cuando interesa, pasan a denominar a esas personas que cometen actos de terrorismo o entran en guerra que ellos consideran justas como “jihadistas”: con ello meten la religión en escena.

Respecto a nuestros medios occidentales, suponiendo que no quieran obrar igual metiendo de forma interesada en escena la religión en actos cometidos por fanáticos para fomentar una enfrentamiento interreligioso o intercultural –y yo, sinceramente, me niego a creer que así sea: es simplemente una cuestión de ignorancia y de reminiscencias de épocas pasadas– veamos qué hacer.

Los actos de terrorismo son actos terroristas con independencia de la educación, origen o motivos enarbolados por los que los efectúan. Aquí en España ya pasamos por este debate a raíz del terrorismo de ETA: durante un tiempo se denominó “independentista”, incluso “vasco”, luego se dejaron de usar esas denominaciones y llegamos a la conclusión de que el terrorismo es terrorismo. Pasamos a nombrarlo “terrorismo de ETA“, o “terrorismo de la banda terrorista ETA”. Con ello excluíamos de la definición a aquellas personas que, legítimamente puedan ser independentistas: el crimen no está en la ideología, la religión o el trasfondo de que esos terroristas pretendan apropiarse, o en su origen cultural o geográfico, sino en los actos. De la misma manera, por suerte, hemos ido sustituyendo la principal adjetivación de estos atentados inicialmente llamados “islámicos” por “jihadistas”: es un avance pues es obvio que al denominarlos islámicos se cometía una injusticia y un error que podía reforzar la imagen de que la religión islámica podía tener relación con los mismos, lo que en vez de contribuir a eliminar el problema, lo agrandaba.

Sin embargo aún podemos afinar más. Lo ideal sería pasar a denominar este tipo de ataques terroristas como tales, sin más, identificando a sus autores por su pertenencia: “atentado terrorista de Al Qaeda“, “terroristas de ISIS“, etc. El mayor problema es que en estadios iniciales de la información no se puede saber de qué tendencia pueden ser los terroristas o a qué organización pueden pertenecer, por lo que los medios de comunicación al usar ese adjetivo intentan informar de que ese terrorismo ha sido perpetrado por individuos radicalizados de “cultura islámica” –incluso esto es discutible: estrictamente, por ejemplo, los últimos atentados cometidos en París han sido cometidos por personas de educación occidental, la educación y la cultura la recibe uno en gran parte del entorno y no de sus antepasados o religión– o que toman como pretexto una visión extremista y retorcida de esa religión.

Por lo tanto, buscando una unidad de acción con los países árabes, creo que a lo que se debería tender es a, en caso de ser necesario “etiquetar” la razón de un atentado terrorista, y suponiendo que sea necesario indicar que sus autores enarbolan –falsamente– el pretexto de un islam mal entendido para ejecutar tal barbarie, como “takfiris”, hablar de “terrorismo takfiri”. Si bien, como dije, puede ser que haya otros términos que se puedan considerar. No sé tanto al respecto.

Es claro que sustituir la utilización del término “jihadista” por “takfiri”, u otro de consenso, llevará tiempo. Pero de la misma manera se fue sustituyendo el adjetivo “islámico”, mucho más injusto y erróneo, por “jihadista”. Hemos recorrido una parte del camino: hay que seguir avanzando.

Fuente: Rebelión

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