Luis Ángel Firpo, “El toro salvaje de las pampas”: la leyenda

Firpo y Dempsey se saludan con un golpe seco de puños y se retiran a sus rincones. ¡Segundos afuera! es la orden seca y contundente para que todos se retiren y dejen desnudos y definitivos a los míticos protagonistas.

Firpo versus Dempsey

Firpo, la leyenda…

Por Viviana Demaría y José Figueroa. En el anochecer del viernes 14 de septiembre de 1923 una multitud de porteños se agolpaba frente a las pizarras del diario Crítica. Adentro, por medio de altavoces se transmitía la lectura de cables informativos y amenizaba la jornada un ignoto joven llamado Chavero. Era nada menos que Atahualpa Yupanqui.

El Aguante

Yo tenía nueve años, vivía en el pueblo de Banfield, y mi familia era la única del barrio que lucía una radio caracterizada por una antena exterior realmente inmensa, cuyo cable remataba en un receptor del tamaño de una cajita de cigarros pero en el que sobresalían brillantemente la piedra de galena y mi tío, encargado de ponerse los auriculares para sintonizar con gran trabajo la emisora bonaerense que retransmitía la pelea.
Buena parte del vecindario se había instalado en el patio con visible azoramiento de mi madre; y el patriotismo y la cerveza se aliaban como siempre en esos casos para vaticinar el aplastante triunfo de aquel que los yanquis habían llamado el toro salvaje de las pampas, y que era sobre todo salvaje (…).
Fue nuestra noche triste; yo, con mis nueve años, lloré abrazado a mi tío y a varios vecinos ultrajados en la fibra patria.” – Julio Cortázar

En el anochecer del viernes 14 de septiembre de 1923 una multitud de porteños se agolpaba frente a las pizarras del diario Crítica. Adentro, por medio de altavoces se transmitía la lectura de cables informativos y amenizaba la jornada un ignoto joven llamado Chavero. Era nada menos que Atahualpa Yupanqui. El diario La Nación dispuso un complejo aparato telegráfico que permitía contar la noticia al “instante”. Allí hubo más de diez mil porteños en vilo. En el Palacio Barolo, su enorme faro daría las novedades a toda la ciudad de Buenos Aires mediante luces de color: roja si triunfaba Dempsey; verde, si vencía Firpo. El Diario los Andes de Mendoza colocó una pantalla donde se escribía el desarrollo del combate round por round y haría sonar su sirena antiaérea dos veces si Firpo ganaba y sólo una si ganaba Dempsey. En lejanos pueblos, los jefes de Correos y Telégrafos junto a los radioaficionados ayudaban a los vecinos a armar receptores para escuchar las dos radios porteñas que lo “transmitirían”: Sud América y Cultura. Un mar de gente optó por hacer el aguante en el Luna Park: pagaron 50 centavos para escuchar codo con codo una retransmisión de Sud América. Quienes tenían un receptor, recibían a decenas de vecinos que nunca se saludaron. En cada uno de los cien barrios, el estrés hacía estragos hasta que se escuchó la primera noticia: “21.56 El match está por comenzar”. Técnicamente, el sistema utilizado para irradiar las noticias era algo tortuoso. Intervenía en el país la Transradio Internacional en combinación con la Radio Corporation of America, que por medio de una poderosa estación transmisora en Rocky Point, Long Island, distante setenta millas de Nueva York, emitiría desde el “ring-side” de Polo Grounds.
Los mensajes se enviarían en sistema Morse para ser captados en Buenos Aires. Se trataba de una transmisión radiotelegráfica y no radiotelefónica en ondas cortas y para mayor complicación los radiogramas debían ser redactados en código especial. Iban dirigidos a Radio Sud América que se había reservado los derechos de publicación. El personal de descifradores de Radio Sud América se había ubicado en la estación Radio Cultura Estación Palermo, que era quien a la postre iba a irradiar la noticia. Un enorme rumor de algarabía se levantó por todos lados cuando por las radios se escuchó “Primer round empatado”. Nadie quiere recordar la última noticia que llegaría minutos después.

17 Segundos

En la ceremonia de pesaje, el Dr. William Walker advirtió que Firpo tenía una lesión en su brazo izquierdo. Para el médico, Firpo no podía competir y la pelea debía suspenderse. Pero el Toro estaba dispuesto a evitar cualquier cancelación. Todo el esfuerzo que había hecho para llegar allí no iba a ser postergado por ningún obstáculo, ni siquiera su propia dolencia. Fue así que frente a las interpelaciones del médico, Firpo cerró su puño y le asestó un golpe a un banquillo, partiéndolo. Con los dientes apretados, dibujando una sonrisa para ocultar el padecimiento, convenció con ese gesto al presidente de la Comisión Médica William Muldoon. Bañado en sudor y sin emitir queja alguna, toda su humanidad soportó el terrible dolor con el fin de no ser descalificado y llegar al día tan esperado. Finalmente, ese brazo dolorido e hinchado se mantuvo vendado hasta momentos antes de la pelea del siglo. Pelearía a lo guapo.

Las luces del estadio bajan su intensidad y toda la atención está puesta sobre el ring. Firpo estaba en su rincón, con su espantosa bata de color amarillo y negro con puños y cuello en color púrpura, agigantado por el damero de su tela. Camina por su rincón, observa, piensa su mente la apertura de la partida. Al instante sube Dempsey blanco e inmaculado como era deseable para el pueblo norteamericano de la primera posguerra. Ambos se saludan con un apretón de manos distanciadas prudentemente por el grosor de los guantes, pero el gesto es el mismo. Un instante de humanidad antes de la contienda. El árbitro convoca a los púgiles al centro del cuadrilátero y en un lenguaje mitad señas, mitad espanglish ágil e irreproducible le da las consignas que él mismo no cumplirá.

Firpo y Dempsey se saludan con un golpe seco de puños y se retiran a sus rincones. ¡Segundos afuera! es la orden seca y contundente para que todos se retiren y dejen desnudos y definitivos a los míticos protagonistas.

Las miradas no dejan lugar a dudas, medirse, encontrarse, entenderse y hallar la debilidad del contrincante. Para un Dempsey absolutamente formado en técnicas y disciplina pugilística, era la premisa. Para un jovencísimo Firpo puro coraje, fuerza y determinación, era la consigna de un duelo de honor.

Comienza el primer round y Dempsey avanza implacable sobre un Firpo sorprendido. Dempsey sabe que si logra aturdirlo, tendrá una oportunidad frente al “Toro Salvaje de las Pampas”. Firpo golpea, golpea y golpea. De tanto intentarlo, de tanta mano incierta, una llega, contundente y precisa sobre “El Asesino de Manassa” y lo desinfla. Con una derecha plena sobre las costillas, Firpo lo arrodilla al campeón y lo deja sin aire.

Dempsey no iba a admitir que un extranjero insolente, menos aún que el “plesiosauro argentino” le sacara alguna ventaja. Así, recuperándose como un resorte, pone toda su técnica al servicio de descolocar a Firpo. Siete veces lo tira en la lona, pero el Toro siete veces cae y siete se levanta.

Firpo avanza sobre Dempsey en forma implacable, es ahora o nunca. Como el Toro Salvaje -que sabe que es-, se abalanza sobre el campeón que retrocede ante uno, dos, tres… nueve golpes de derecha imparables. La novena es un martillazo que Firpo le conecta debajo del mentón desterrándolo del ring. El campeón sale despedido y cae despatarrado fuera del cuadrilátero. La imagen de su cuerpo que ya ha pasado entre las cuerdas media e inferior, con la cabeza colgando hacia abajo y los pies en el aire, queda inmortalizada. George Bellows, el anarquista de Woodstock, pinta al óleo ese instante irrepetible –del cual fue testigo– y que se convierte en un póster clásico americano.

Dempsey se derrumbó noqueado sobre la primera fila de la prensa, golpeando su cuello y su cabeza contra las máquinas de escribir. Sus casi cien kilos muertos cayeron -como una bolsa de papas- sobre un juez de la pelea: “Kid” McPartland y sobre los periodistas Jack Lawrence, Frank Menke, Walter Winchell; Perry Grogan (operador de telégrafos de la Western Union) y el cronometrista Hipe Igoe. En su derrumbe, llegó hasta la falda del ilustrador George Bellows quien lo insultó a viva voz. Gracias a este último, Dempsey no se estrelló contra el suelo, dado que sus piernas frenaron la caída. Finalmente, ese grupo de siete personas lo levantan y lo ponen de nuevo sobre el ring, mientras el árbitro, Johnny Gallagher se hacía el pelotudo. Dempsey no hubiera reingresado al cuadrilátero de no mediar esa “ayuda” ilegal.

Luego del conteo, Dempsey recibió tres directos de parte de Firpo. La emoción de la pelea mantenía en vilo a los porteños. De esa manera culmina el primer round sembrando esperanzas en que el próximo campeón mundial de todos los pesos sería argentino.

Mientras tanto en los rincones se llevaba a cabo otro combate. Dempsey desarmado y con la visión doble, se desploma en el banco en medio del abucheo y silbatina de todo el estadio. Su manager Jack Kearns aúlla pidiendo por las sales para reanimarlo y el ruido no le permite escuchar los gritos del entrenador Jerry Ludvadis que le dice que él las tiene en su bolsillo. Finalmente las encuentran y logran reanimarlo lo suficiente como para volver a la pelea. “Yo estaba viendo doble. Cuando sonó el timbre, salí a golpear a cada uno de los Firpos que veía”.

Suena la campana y como si nada hubiera pasado, da comienzo el segundo round. Falla Dempsey un gancho izquierdo, y Firpo le conecta una derecha, Dempsey no cae porque se agarra de la cintura de Firpo, quien levanta los brazos e ingenuamente llama al árbitro, recibiendo en ese descuido, un potente gancho que lo tomó desarmado -Firpo se encontraba con la cabeza ligeramente vuelta hacia el árbitro Gallagher. Mientras Firpo lucha por levantarse y el árbitro Gallager está contando, Dempsey le pega –aún cuando el argentino estaba con los dos guantes sobre la lona-, cuando debería haber estado en un rincón neutral.

El cuerpo de Firpo se desploma sobre el cuadrilátero. Valientemente hizo dos esfuerzos para ponerse nuevamente de pie. 4,5,6… el juez seguía la cuenta de protección a ritmo constante y sonante. Firpo logra ponerse de rodillas. El hombre que había sido protagonista de la Pelea del Siglo, giró sobre el vientre y dobló su pierna derecha, luego la izquierda y 8,9… out!. El griterío se vuelve insoportable. Lo primero que aparece junto a él es la figura de Dempsey que se acerca sabiendo de las infracciones e injusticias que habían ocurrido en el combate. Y como queriendo conjurar a la historia, intentando borrar el deshonor, voluntariamente extiende sus brazos, lo toma a Firpo por la cintura y lo ayuda a levantarse.

Los colaboradores de Dempsey se lo llevan a su esquina en medio de una algarabía general. En el rostro de Dempsey, del campeón que ha logrado retener el título, no hay sonrisas, hay sí incomodidad, fastidio, preocupación, malestar. No deja de mirar al Toro, vuelve a ir al rincón de Firpo y lo saluda, le habla, algo se dicen. Firpo y Dempsey se miran, con una comprensión cabal de las circunstancias. El campeón no ha jugado limpio y mantiene su título mediante una escandalosa estafa; Jack lo sabe. La mirada firme y digna de un Luis que se la banca, le hace daño. Es vergüenza ajena.

Los separan nuevamente. A Firpo se lo llevan sus segundos. A Dempsey se lo llevan los fotógrafos. Es una gloria mal parida.

¿Cuántos segundos estuvo Dempsey fuera del ring?, se preguntó el periodista argentino Horacio Estol e inmediatamente fue en busca de Leo Britton (el gerente general para la Argentina de la compañía cinematográfica RKO). Lo encontró en los laboratorios e inmediatamente lo increpó “no me diga que van a cortar la película” a lo que Britton, suficientemente molesto, le juró que no. “Ya estuvo por aquí “Doc” Kearns exigiendo que lo hiciéramos pero lo eché de los estudios, a mi nadie me da órdenes”, dijo. “Las cámaras rodaban a sesenta pies de película por minuto, un pie por segundo. Dempsey estuvo fuera del ring, exactamente 17 segundos…eso nadie lo va a poder negar”, afirmó. Pero como a la historia la escriben los que ganan, finalmente a la película le recortaron doce segundos.

Aquí en Argentina, el desconsuelo no tiene fin. El locutor de Radio Sud América, no podía con su alma. Sin resignarse al final que la historia de la corrupción le diera a ese combate, desgarra su frase última para la afición que siguió atónita la Pelea del Siglo: ¡Luis Ángel Firpo, el futuro campeón mundial de todos los pesos, perdió por KO en el segundo round!”.

Cinco semanas después el árbitro Johnny Gallagher será suspendido por la Comisión Municipal de Nueva York, por seis meses, debido a su perverso desempeño en el evento deportivo más importante de todos los tiempos. En Buenos Aires, el 2 de octubre de 1954, Dempsey expresó que aún no entendía por qué Firpo no había sido declarado ganador de esa pelea, reconociendo así, que él había perdido -el 14 de septiembre de 1923 en el Polo Grounds de Nueva York-, su título de Campeón Mundial frente al Toro Salvaje de las Pampas.

Viviana Demaría y José Figueroa[email protected]

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