Un contrapoder global ha surgido

Existe una alianza tácita entre el capitalismo y la tecno-ciencia. El capitalismo se nutre de las corroboraciones que posibilitan la ciencia y la técnica, para producir y comercializar casi todo. La fascinación que generan esos productos casi perfectos es la pieza esencial del proceso.

"Soldado incipiente" de Jimmy Golden

“Soldado incipiente” de Jimmy Golden

Por Jorge Ballario. Ha surgido un nuevo contrapoder global. Tanto la salud humana como la de nuestro planeta se ven afectadas por una causa común: la vorágine cultural y mediática, vinculada al depredador turbocapitalismo actual, que como un agujero negro se devora tanto los recursos naturales como gran parte de las potencialidades del hombre. Él, en esas circunstancias, es sometido a una brutal competitividad, causante de estrés, desgaste, enfermedad, invalidez y muerte.

Es sabido que, por lo general, al fumador, cuando todavía goza de buena salud, le resulta difícil abandonar su hábito. En tal caso, debe renunciar al placer inmediato y concreto que le posibilita el acto de fumar, a cambio de evitar alguna hipotética enfermedad futura, relacionada con el tabaquismo, que tal vez nunca ocurra. Por eso, cuando un fumador se enferma —o, al menos, experimenta en su salud achaques, debido a ese vicio—, es mucho más probable que pueda dejarlo, pero muchas veces es demasiado tarde. Haciendo ahora una analogía con la contaminación planetaria, producto de la actividad humana, podemos decir que los terrícolas compartimos el trágico dilema del fumador: no hay tanta voluntad para el cambio preventivo, dado que tanto los países como las diversas industrias deberían enfrentar un costo actual a cambio de un incierto y gradual beneficio, muy difícil de cuantificar.

Si tuviésemos varios planetas, ¡bárbaro! Podríamos continuar actuando irresponsablemente, como si no pasase nada. Total si nuestro mundo se tornase inhóspito, nos correríamos al de al lado, y listo. Pero tenemos uno solo; por lo tanto, tenemos que cuidarlo, incluso aunque no tengamos la certeza de que le estamos haciendo un gran daño. Debemos actuar con madurez, dado que no estamos en condiciones de colonizar otro, ni lo estaremos por muchísimo tiempo. Tal vez nunca podamos hacerlo. Por ello, debemos hacer todos los preparativos para conservar el único albergue que poseemos, incluso preparándonos para el peor escenario.

Además, sería bueno que nos preguntásemos sobre el para qué, y el porqué de someter al planeta a los niveles de depredación y contaminación actuales. Se sabe que, en general, el bienestar de la población de los diversos países crece al compás del aumento del PBI, pero hasta un determinado punto, que ronda los U$S15.000 de ingreso per cápita: allí se estabiliza, y ya no crece. Si consideramos que el ingreso per cápita de los países desarrollados está por encima de los U$S35.000, y que llega incluso a picos de U$S80.000 en Suiza, U$S100.000 en Noruega o U$S110.000 en  Luxemburgo., podemos concluir que estamos estropeando el planeta en balde, porque, proporcionalmente, la mayor parte de la riqueza actual no cumple con el propósito básico que debería buscar: mejorar el bienestar de las personas. Así, ¿cuál es el sentido? ¿Enriquecer a un puñado de megamagnates, titulares de las principales multinacionales afines? Si este fuese el inconfesable motivo, conviene recordarle al lector que, menos de cien de estos niños mimados del sistema ya poseen más de la mitad de la riqueza mundial. Es realmente penoso que la imbecibilidad humana llegue a semejante punto: el de arriesgar la vida en el planeta en pos de perpetuar en el olimpo a estos camuflados semidioses contemporáneos. ¡Y pensar que nosotros creíamos que los faraones, reyes, emperadores y zares habían desaparecido! ¡Qué ingenuos fuimos! Resulta que estos modernos monarcas, al amparo de la ideología neoliberal, encarnaron nuevamente el lugar de las figuras tradicionales de poder, y continúan reinando a través de sus megaempresas globales. Estas, entre otras tareas, digitan gran parte de las necesidades, los deseos y hasta las potenciales adicciones tecnológicas de la especie humana. ¿Qué tal?

No es que los capitalistas sean malos: lo que ocurre es que la propia lógica del capitalismo hace que eso ocurra, casi con total independencia de las personas. Cuando, por ejemplo, una gran empresa necesita alguien para cubrir un puesto importante, demanda ciertas características anónimas. No importa tanto quién las tenga, sino que haya alguien, y si el elegido, al tiempo, pierde algunas de esas valiosas particularidades, es altamente probable que se lo reemplace por otro que las conserve.

Entonces “la culpa” por las consecuencias planetarias del modelo económico que aquí cuestionamos, en lo que atañe al desequilibrio ecológico, por un lado; y al malestar y enfermedad humanas, por el otro lado, corresponde al sistema. Por lo tanto, la responsabilidad, no es de ninguna empresa, ni de sus dueños, ni de ningún ejecutivo en particular. Nadie se puede sentir involucrado mientras continuemos parados en los paradigmas vigentes.

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Existe una alianza tácita entre el capitalismo y la tecno-ciencia. El capitalismo se nutre de las corroboraciones que posibilitan la ciencia y la técnica, para producir y comercializar casi todo. La fascinación que generan esos productos casi perfectos es la pieza esencial del proceso. Las multinacionales pueden lograr formidables negocios globales, concentrados en dos o tres pesos pesados por cada rubro, entre los que se reparte un significativo porcentaje del consumo mundial. Esos colosos económicos poseen tanto poder, que hasta pueden diseñar, como si fuese un producto más, al sujeto cultural que más le conviene para sus necesidades comerciales y estratégicas.

Por ejemplo, ¿por qué se ha popularizado tanto un buscador como Google? La respuesta parece obvia: porque vivimos en la sociedad de la información. ¿Será solo por eso? Sabemos que casi todas las cosas que nos rodean se prestan también para representar —con consciencia o sin ella— nuestros singulares y significativos asuntos mentales. Algunos de ellos devinieron significaciones compartidas, como en toda época y cultura. Podemos conjeturar, entonces, que el frenético googleo al que asistimos en este tiempo constituye, a su vez, un síntoma que nos indica que, por lo general, el hombre actual que tanto busca, se halla perdido, alejado de sus cuestiones profundas (su historia, sus afectos), aunque, irónicamente, pueda encontrar en forma rápida y racional lo que busca, y hasta  pueda ubicar su posición geográfica con total precisión, mediante el GPS, que es otro de sus chiches tecnológicos.

Podemos extender similar criterio analítico al fulgurante éxito de las redes sociales. Un verdadero altar de las vanidades, que nos genera la ilusión de que los demás se interesan por nosotros, pero que en realidad es un simulacro  con la finalidad de que cada uno muestre o diga lo que casi nadie está dispuesto a ver o escuchar.

El hombre actual, cuanto más se fascina por lo externo, más se aleja de lo propio. En general, procura colmar el vacío interno que este hecho le produce con sus adicciones informáticas, o con otras variantes consumistas. Casi todas nuestras obsesiones remiten en última instancia a carencias o conflictos mentales no elaborados. “Dime de qué alardeas y te diré de qué careces”, reza un sabio dicho popular.

Esta sociedad en vez de resolver los síntomas, los acentúa y los cronifica, para explotarlos comercialmente. Y hay muchísimo más todavía, dado que, de acuerdo a la ley de Moore, la capacidad de la computación se duplica cada dieciocho meses por la miniaturización de la memoria. No hace mucho, se presentó en algunos países un nuevo servicio para celulares que surge al combinar el GPS con buscadores y Wikipedia. Esto permite que el teléfono de alguien que esté caminando por una ciudad, le vaya describiendo la historia de los lugares por los que transita. ¿Para qué? ¿Quieren convertirnos en “wikipedias” vivientes? Pienso que si no fuese por esta marea de entretenimientos adictivos, podríamos estar más en contacto con nosotros mismos, recreándonos con nuestra imaginación y no tanto con la imaginación de otros industrializada.

Casi todos somos ricos en experiencias, pero pobres en teoría sobre dichas experiencias. Esa pobreza no es gratuita, sino que conlleva un costo. Justamente cuando abandonamos, o cuando directamente ni comenzamos, una actividad de ensimismamiento enriquecedor —como contemplar lugares desconocidos desde una perspectiva más relajada y algo ingenua, sin tanta intelectualización—, abortamos la posibilidad de integrarla de un modo inédito. Por lo general, los individuos de estas sociedades hipertecnificadas y consumistas reprimen el menor esbozo de conexión interna, por considerarla una pérdida de tiempo, o un divague pasivo desprestigiado. No es casualidad que existan tantos medios para que nos conectemos con lo externo. Cada vez son más los hogares que tienen varios televisores, radios, celulares, tablets  y hasta computadoras dispersadas por los ambientes. Ya casi no hay negocios en los que, cuando alguien espera a ser atendido, no se lo tiente a dirigir su mirada a un aparato de TV. Incluso, aunque la persona se resista, el ruido mediático no le permitiría concentrarse. ¡Ya está: misión cumplida!

Pensemos además en la nueva generación “zombi” que pulula por las calles de las ciudades en sus burbujas tecno-mediáticas (auriculares, iPad, celulares…). Si bien, mediante estos aparatos, se aíslan del mundo externo, no se puede considerar este aislamiento como una experiencia interna, debido a que  precisamente la reemplazan, y, si bien la vivencia mental también ocurre en el interior de la persona, en realidad el germen proviene de una industria que la pensó con anterioridad y que logró que al afectado se le torne irresistible, como una droga. Precisamente, los narcóticos son muy adictivos cuando recaen en individuos “vacíos”. Es muy raro que alguien que se sienta rico espiritualmente caiga en la adicción. Esa persona no requiere artificios químicos ni tecnológicos para sobrellevar su vida. Para felicidad de los muchachos de las multinacionales afines, esta clase de individuos escasea cada vez más.

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¿Cómo llegamos a esto, y que perspectivas tenemos? Veamos: al desaparecer la Unión Soviética como superpotencia económica y militar —luego de la Guerra Fría y de la caída del muro de Berlín—, el capitalismo, ya sin rivales ideológicos, emprende un libertinaje económico global. Este despliegue, que fue ideado y azuzado por el consenso de Washington, es conocido como neoliberalismo, y continúa vivito y coleando, depredando y contaminando por doquier. Si hasta ese entonces se podía considerar al expansivo estado comunista soviético como un freno natural a los abusos del capitalismo, a partir de su caída suena lógico —y para nada casual— que el capitalismo pierda los escrúpulos y se lance, como lo hizo, a la desaforada conquista del mundo. Sin embargo, luego de siglos de capitalismo —y especialmente en el último tramo de la historia, en el cual el consumismo creció de manera exponencial—, va irrumpiendo en el escenario global un potencial contrapoder inédito. Está vinculado con los desequilibrios atmosféricos que, en el contexto del mencionado modelo económico, fue gestando la mano del hombre. Al margen de las creencias religiosas, este implacable contrapoder —tal vez, el primero no humano de la historia— podría ser el más poderoso y el único capaz de “poner en vereda” al desquiciado capitalismo de esta era, de no existir sustanciales cambios que lo atenúen.

Este fenómeno actual posibilita una interesante analogía con lo que se dio de manera constante en la antigüedad: por lo general, nuestros antecesores de casi todas las culturas conocidas temían a los fenómenos atmosféricos perjudiciales, por considerarlos producto de la ira de los dioses. Por eso trataban de calmarlos con diversos rituales, como ofrendas y sacrificios. En la actualidad, el oráculo del mundo antiguo se apoderó del saber y devino un hombre de ciencia, y en nombre de ella vaticina calamidades si los hombres no cambian. ¡En fin…! Cambiando “dioses” por “ciencia” sigue casi todo igual.

En los tiempos primitivos, los pueblos procuraban vivir en armonía con la naturaleza, dado que eso gratificaba a sus dioses. Ahora, desmitificadas las fuerzas naturales, se pasó al mito de la economía y la rentabilidad. Ya son pocos los herejes que se animan a desairar a estas fuerzas mercantiles. El mito se trasladó al mercado, aunque no lo queramos admitir.

Lamentablemente, con las fuerzas naturales no se juega, porque —aunque no estén gobernadas por Dios— son progresivamente implacables, y pueden desatar su furia ilimitada. A veces se suman fenómenos astrofísicos, como el que dio lugar a la extinción de los dinosaurios. Esperemos que los muchachos de las multinacionales, que ostentan el poder real de este mundo, tomen debida nota y no corran la misma suerte, porque, si las calamidades ecológicas se precipitan y cambian drásticamente las prioridades de la humanidad, tal vez les resulte demasiado penoso colocar en el mercado el último smartphone o la última tablet. Además, tienen que tener en cuenta que con la naturaleza no se negocia, dado que no tiene deseos ni temores, ni es pasible de corromperse. Con ella se hacen los deberes… o, sencillamente, se pagan los platos rotos. Es duro, pero es la realidad que tan denodadamente esos caciques neoliberales han contribuido a construir.

De cara al cambio climático, podemos conjeturar sobre la existencia de dos escenarios opuestos: uno benigno, solidario y preventivo —por ende, más deseable—, en donde la humanidad haría una transición exitosa. Este escenario requiere que maduremos y nos pongamos a la altura de las nuevas exigencias ambientales, dosificando el cambio de manera que resulte lo menos traumático posible, y adecuando la producción industrial y el consumo a las nuevas reglas de juego. Este escenario, indudablemente, requiere que se ponga en vereda al capitalismo salvaje, haciéndolo mutar hacia un capitalismo mucho más moderado y equitativo para con la gente y para con el medio ambiente.

En el otro extremo, hallamos un escenario distinto: el maligno, que sería la continuación del actual sistema ultracompetitivo y consumista, casi inalterable. Al final, cuando ya no quede tiempo para los cambios y se desate la furia de la naturaleza, este devendría caótico. En tal estado, andaríamos de mal en peor, debido a que sería muy probable que surgieran guerras por los recursos, migraciones y hambrunas. Realmente patético.

Desde mi perspectiva, creo que, para enfrentar el desafío medioambiental, el mundo requiere un profundo cambio cultural, y no creo que este se vaya a dar antes que sobrevenga el caos. Me inclino a pensar en un escenario intermedio entre ambos extremos, y, por ende, con modificaciones insuficientes para enfrentar al nuevo contrapoder. Como consecuencia, será muy difícil evitar algunas de las calamidades del último escenario.

A nivel de los individuos, alguien, de tanto darse golpes contra la pared, puede madurar. Lo mismo le tendría que ocurrir al mundo: los jerarcas del capitalismo salvaje neoliberal y sus políticos testaferros, urgidos por el miedo a destruir el hábitat —y lo que más les interesa: el potencial de negocios—, deberían consensuar un cambio pro ambiente. En este punto, existe una analogía con lo que ocurrió algunas décadas atrás en el marco de la Guerra Fría: el temor a que no haya vencedores, ante una confrontación termonuclear entre las superpotencias, incrementó el arsenal en ambos bandos, pero evitó una devastación masiva a escala planetaria.

El hombre al fin deberá madurar y hacer prevalecer el bien común; deberá ejercer una especie de poder altruista, en contraste con el poder mezquino que hasta ahora casi siempre hizo prevalecer. Este ineludible cambio nos va a  beneficiar a todos. De no realizarse, es altamente probable que en el largo plazo tengamos que enfrentar muchos desastres naturales evitables que nos perjudicarán.

No sabemos cómo es la cadena de la vida, es decir, si volveremos a experimentar, o no, la vida como ahora. Por lo tanto, a todos nos convendría dejar un mundo más vivible y con la mayor equidad factible, para que las posibilidades positivas se maximicen. No solo les conviene a aquellos que son solidarios con las generaciones por venir, sino también a los egoístas, porque pueden volver a nacer en este mundo. Así que, ¡attenti, egoístas! Si regresan, les gustará encontrarlo en buenas condiciones.

Para contribuir a esa causa, es necesario que, en lo que se refiere a la productividad, se tenga en cuenta la diferencia que existe entre focalizar la producción solo en el producto industrial, y contextualizarla en el ecosistema. El primer caso es el que obsesivamente busca el neoliberalismo, sin tener en cuenta que cuanto más crece la productividad hacia el producto, más decrecen los cuidados al medioambiente.

Lo deseable sería un nivel de productividad tal que permitiera producir en una escala que no presione luego a un consumismo desenfrenado, a una contaminación amenazante, a una desocupación elevada, a una idealización tiránica y a una sintomatología explosiva. Una escala que sea, a su vez, un punto de equilibrio entre lo económico, lo humano y lo ambiental.

Jorge Ballario es Psicólogo

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