Alfredo Zitarrosa no quiere lágrimas

La palabra de Alfredo Zitarrosa es un caso de escritura que se escribe con la voz, como decía Daniel Viglietti. No por nada los comienzos fueron de locutor en Radio "El Espectador" alternando después con notas periodísticas que publicaba en el semanario MARCHA de Montevideo.

Alfredo Zitarrosa decía que no se puede cantar llorando

Alfredo Zitarrosa, un canto por la unidad de Latinoamérica

Por Hernando Quagliardi. No se puede cantar llorando. De pie en el centro del escenario como quien sube un repecho o levanta el martillo por encima de la cabeza. Flaco, joven, con la guitarra que no era negra todavía y el traje y la gomina. Después en el exilio, un país de alcohol y soledad. Quedaría aun el regreso en el crepúsculo del vino, con las manos unidas de los orientales que lo siguen en caravana desde el aeropuerto de Carrasco, por la 18 de julio, para terminar cantando junto a él como miles de Prometeos que iluminan la masa oscura y apretada de un estadio repleto. Y entre esos términos fugaces, brutal como una saeta, vendrá la muerte.

¿Cuántos años tenía Zitarrosa?, le pregunté a mi padre en aquel mes de enero de 1989. Teníamos el disco del recital que dio en Obras, al fragor de la primavera democrática. Mi padre lo atesoraba junto a otros discos preciados, los de Gardel por ejemplo, ese gran compatriota. No sospechábamos todavía, no podíamos creer, el gesto de la muerte que es unánime. El Flaco asomaba en la tapa con una sonrisa inhabitual, destacando su rostro entre la hilada como un nuevo ladrillo en la pared. Luego, ceremonial y grave dice:

“La ausencia ha sido larga, el exilio es duro. Mi canción tiene una sola razón de ser y son ustedes.”

A la hora de cantar apenas si se deja caer en los bajos al cerrar la frase. Es un momento –de respiración, no de sollozo- para retomar la letra cortada en sílabas secas idéntica al habla de los hombres de trabajo. Oyéndolo bien, es una mano tajeada por el acero. Se llena de bronca y de ternura su voz al mezclar el amor y la protesta en la historia de Stefanie, la prostituta de San Pablo que junta dinero para casarse; de júbilo sibilante en las Décimas de Saludo al Pueblo Argentino, registro mayor de la crónica del coloniaje y la usurpación; de aérea dulzura, en el canto de El Violín de Becho.

La palabra de Alfredo Zitarrosa es un caso de escritura que se escribe con la voz, como decía Daniel Viglietti. No por nada los comienzos fueron de locutor en Radio “El Espectador” alternando después con notas periodísticas que publicaba en el semanario MARCHA de Montevideo. Por los años Sesenta, cobran vida unos versos que modulan el ser – para- la- muerte y las lecturas de Antonio Machado, César Vallejo y Horacio Quiroga. Juan Carlos Onetti alcanzó a entrever en ellos algún valor. Pero él ya había renunciando a la lírica, acumulaba libros sobre música popular latinoamericana y desvelaba energías en domar la guitarra.


“El violín de Becho”

Una noche de radio en el exilio de Madrid, con paciencia extraña, el Flaco le explica al locutor español que la milonga es “madre” que no es un género típicamente argentino como sostenía el anfitrión, sino un canto de la raza africana, del negro, que aún baila candoblé y tangó sobre un solo de parches, en tiempos del carnaval cuando regresan sus dioses.

Hay archivos que devuelven lo que en vida el cantor no quiso publicar. Un disco de tangos, -“para cantar tangos se necesita tener voz de hombre” le dice en broma a Chabuca Granda- registros de ensayos caseros con un fondo de pájaros a mitad de una conversación. Figuran entre ellas las canciones con letra del poeta Enrique Estrázulas: Barrio Sur, Explicación de mi amor, estampas de lo indecible porque es triste y es maldito; canciones “que no podría cantar porque lloraría si lo hiciera. Y no se puede cantar llorando”.

A ochenta años de su nacimiento el 10 de marzo de 2016, se prepara un homenaje a Alfredo Zitarrosa en el estadio Centenario de Montevideo. Ahí estará de nuevo justo en el centro de ese espacio que llamamos río-de-la-plata, de pie como corresponde a un solista, con la pose de junco enchalecado, ronco ante la miseria del continente. Ese es el Flaco que vuelve esta tarde cuando lo oigo nombrar la cifra:

“No hay más huella, canejo
Que la de Artigas
Y júgate el pellejo cuando la sigas”.

Disimulo la lágrima como puedo (esto me pasa por escribir en lugares públicos) y luego comprendo que hasta aquí he llegado con mi nudo en la garganta, con la sombra que acompaña a las pequeñas tragedias personales, aquella explicación de mi amor que él se atrevió a encontrar un día para nombrar a su padre y yo llevo a cuestas para recordar al mío, para inventariar lo que queda tras la ausencia y lo que dejamos en los otros: una flor crecida en la quinta cuerda, una milonga en Do.

Puede parecer anacrónico este regreso -cuantas cosas nos dirán que son anacrónicas por estos días- pueden resultar imperfectas las luchas y las pasadas conquistas. Seguramente se hará la historia de un estilo, es decir, de los defectos, las dudas y los demonios de este hombre. Pero todo es inútil: el cantor ya ha calado en el pueblo, es como un pájaro que silba una melodía larga en el aire apolillado de mariposas nocturnas. Cuando las guitarras le abran paso, se levantará otra vez con alas de águila libre. Por ahí nos ilumina el camino.

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