Extractivismo es dependencia y desigualdad

En la práctica, el extractivismo, ha sido un mecanismo de saqueo y apropiación colonial y neocolonial. Este extractivismo, que ha asumido diversos ropajes a lo largo del tiempo, se ha forjado en la explotación de las materias primas indispensables para el desarrollo industrial y el bienestar del Norte global.

Extractivismo o autodestrucción

Extractivismo o autodestrucción

Por Sergio Federovisky. El combustible del crecimiento de la última década en América latina, y lógicamente en la Argentina, es el que deriva de las “ventajas comparativas”, es decir de la dotación de recursos naturales demandados desde economías centrales. Se lo bautice como “desarrollo independiente” (con demasiadas comillas) o como extractivismo puro y duro, es sencillo consensuar que se trata de un patrón de acumulación basado en la sobreexplotación de los recursos, principalmente no renovables, y en la expansión de las fronteras hacia territorios antes considerados “improductivos”.

Los resultados del modelo podrán ordenarse de acuerdo con el plazo en que interese analizarlos. El pensamiento predominante, tomando ya sin originalidad la crisis de 2001 como punto de partida, insiste en que los ingresos extraordinarios (de la soja o la minería) y la ampliación del gasto social “están relacionados”. Una lectura no coyunturalista detalla al menos tres elementos prácticos que relativizarían las bondades del modelo: una tendencia a la reprimarización de la economía –que no se compensa con el slogan desarrollista de “incorporar valor agregado”-, un comprobable deterioro de las variables ambientales presentes y futuras, y una alta conflictividad social desatada a partir de la resistencia a dichas consecuencias. Y un último elemento, quizás más ideológico, que altera las conciencias más progresistas que defienden este modelo: al ser la extracción y la comercialización el nudo del negocio, la propiedad de los recursos pasa a ser secundaria, con lo que la condición estatal de esa propiedad no garantiza soberanía a la hora de su explotación.

El extractivismo es una modalidad de acumulación que comenzó a fraguarse masivamente hace 500 años (2). Con la conquista y la colonización de América, África y Asia empezó a estructurarse la economía mundial: el sistema capitalista. Esta modalidad de acumulación extractivista estuvo determinada desde entonces por las demandas de los centros metropolitanos del capitalismo naciente. Unas regiones fueron especializadas en la extracción y producción de materias primas, es decir de bienes primarios, mientras que otras asumieron el papel de productoras de manufacturas. Las primeras exportan Naturaleza, las segundas la importan.

Para intentar una definición comprensible utilizaremos el término de extractivismo cuando nos referimos a aquellas actividades que remueven grandes volúmenes de recursos naturales que no son procesados (o que lo son limitadamente), sobre todo para la exportación. El extractivismo no se limita a los minerales o al petróleo. Hay también extractivismo agrario, forestal e inclusive pesquero.
En la práctica, el extractivismo, ha sido un mecanismo de saqueo y apropiación colonial y neocolonial. Este extractivismo, que ha asumido diversos ropajes a lo largo del tiempo, se ha forjado en la explotación de las materias primas indispensables para el desarrollo industrial y el bienestar del Norte global. Y se lo ha hecho sin importar la sustentabilidad de los proyectos extractivistas, así como tampoco el agotamiento de los recursos. Lo anterior, sumado a que la mayor parte de la producción de las empresas extractivistas no es para consumo en el mercado interno, sino que es básicamente para exportación. Pese a las dimensiones de esta actividad económica, ésta genera un beneficio nacional muy escaso. Igualmente gran parte de los bienes, los insumos y los servicios especializados para el funcionamiento de las empresas extractivistas, pocas veces provienen de empresas nacionales. Y en los países extractivistas tampoco parece que ha interesado mayormente el uso de los ingresos obtenidos. – EP

José Natanson ha escrito que el extractivismo ha sido más cuestionado por círculos intelectuales antes que políticos . Allí puede estar parte de la explicación acerca de la ausencia de un debate sobre este modelo en la actual campaña electoral. Claro que, aun sin pretenderlo, se desliza la idea de cierta futilidad en la discusión intelectual al tiempo que se sugiere que el pragmatismo de la política es el que define la ecuación a favor de “lo real” como sinónimo de “lo importante”.

Podría entonces presuponerse que el debate acerca del extractivismo está ausente no porque la política no se haya anoticiado de su trascendencia, sino porque quienes encarnan las candidaturas predominantes concuerdan en que del modelo imperante solo se pueden discutir matices y no su esencia. Es probable que por convicción, por conveniencia o por no correr el riesgo electoral de salir de la corriente, las distintas opciones políticas convoquen a esta presuntamente única opción de “desarrollo”. Y que por aquellos mismos motivos, descalifiquen cualquier cuestionamiento como fruto de la antimodernidad, la negación del progreso o el fundamentalismo ecologista.

A lo sumo, cuando se alerta acerca de las anomalías, los discursos electorales adjuntan menciones respecto del “cuidado del medio ambiente” o similares. Pero siempre dejando en pie la idea de que los problemas del desarrollo se resuelven acentuando este modelo: el extractivismo se combate con más extractivismo.

Consecuencias del extractivismo: Muchas y muchos se preguntaran, ¿Cuál el problema de que nuestra economía se base en la extracción de materias primas? de algo hay que vivir. El problema es que esta forma de organizar la economía, no nos permite alcanzar el bienestar y el desarrollo por las siguientes consecuencias:

– Alta dependencia económica y política de los países compradores de nuestras materias primas y del mercado mundial.
– Ensanchamiento de la desigualdad en el intercambio comercial (vendemos barato nuestras materias primas y compramos en caro esos productos ya transformados)
– Rentismo y corrupción del Estado: El Estado recibe ingresos por impuestos que no siempre son bien manejados y muchas veces se han despilfarrado.
– Se desincentiva otras áreas económicas: porque las actividades extractivas, como minería, atrae y concentra las inversiones y la mano de obra, en desmedro de otras actividades.
– Se generan enormes impactos ambientales, cuya reparación es costosa.
– Provoca distorsiones económicas e inflación por el ingreso de divisas de las exportaciones.

Lo que no se discute es si este modelo, entre cuyos atributos también están la desigualdad, el saqueo, el derroche y la contaminación escalofriante, solo requiere “retoques” o si en verdad se trata de un “maldesarrollo”, como muchos intelectuales se obstinan en señalar. Eduardo Gudynas, en representación de quienes ven las anomalías no como “problemas de praxis” del modelo sino como daños esenciales a su concepción, habla de la búsqueda de un “desarrollo otro”.

Básicamente, y no como eslogan, se trataría de un desarrollo sustentable en sus aspectos sociales, económicos y, por supuesto, ambientales. Pero al no integrar la batalla electoral, quizás haya que presumir que se trata de una mera jactancia de intelectuales.

[N. de E.] Artículo relacionado: Politica, Lacan y medio ambiente. Le Monde Diplomatique. [Enlace].

Sergio Federovisky es el presidente de la Agencia Ambiental La Plata y docente de “Política ambiental” en la Universidad Torcuato Di Tella, además de conductor del programa “Contaminación Cero” y columnista de política ambiental en “Tercera Posición” por América 24.

Fuente: Contaminación Cero

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