Miguel Hernández y su destino poético.

Eran las cinco y media en todos los relojes de las cárceles españolas, aquella madrugada del 28 de marzo de 1942: hace setenta años murió Miguel Hernández en el Reformatorio de Adultos de Alicante, por el delito de ser un poeta republicano... Su sino le obligó a ser poeta, uno de los más inspirados de su tiempo, y además a ser perseguido por toda clase de calamidades desde su nacimiento hasta la muerte en la cárcel, a los 31 años...

Miguel Hernández

Miguel Hernández

Por Arturo del Villar / Desde España – Eran las cinco y media en todos los relojes de las cárceles españolas, aquella madrugada del 28 de marzo de 1942: hace setenta años murió Miguel Hernández en el Reformatorio de Adultos de Alicante, por el delito de ser un poeta republicano. Así puede asegurarse, porque él mismo lo explicó: fue la necesidad de lanzarse a defender los ideales de la República lo que le enseñó a utilizar la poesía como un instrumento al servicio del pueblo. En una entrevista que le hizo el poeta cubano Nicolás Guillén, llegado a España para defender a la República de sus enemigos internacionales, lo declaró paladinamente:

En lo que a mí se refiere –dice Miguel— podría asegurar que la guerra me ha orientado. La base de mi poesía revolucionaria, es la guerra. Por eso creo, y lo repito, que la experiencia de la lucha, el contacto directo con el dolor en el campo de batalla, va a remover en muchos espíritus grandes fuerzas antes dormidas por la lentitud cotidiana.

La entrevista, titulada “Un poeta en espardeñas. Hablando con Miguel Hernández”, figura en el libro de entrevistas firmadas por Juan Marinello y Nicolás Guillén con el título Hombres de la España leal, editado en La Habana por Facetas en 1938; la cita se encuentra en la página 117, y es tan explicativa de su motivación literaria que resulta forzoso recordarla. La sublevación de los militares monárquicos le convirtió en el portavoz de los defensores de las libertades amenazadas por los rebeldes. El 18 de setiembre de 1936 se enroló voluntario en el heroico 5º Regimiento, a las órdenes del Comandante Carlos, y su pluma y su pistola combatieron juntas, logrando así ejecutar el deseo expresado por Antonio Machado en su famoso soneto a Líster.
En tal sentido puede afirmarse que Miguel Hernández está identificado con la República Española en vida y escritura. Los dos tuvieron una historia corta y trágica, lo que el poeta juzgaba ser consecuencia de un sino negativo.

El sino sangriento

Desde la literatura de la Grecia clásica se acepta la inexorabilidad del sino con el que se ha nacido; muchas obras literarias elaboran en todas las culturas esa creencia, como un mandato ineludible de unos dioses que utilizan a los seres humanos para divertirse con sus penalidades, lo mismo el Edipo griego que nuestro Don Álvaro romántico. Parece que Miguel Hernández creía en la infalibilidad del sino, según demuestran sus poemas, un sino negativo en su caso, que le llevó a la poesía.
Precisamente tituló “Sino sangriento” uno de sus poemas más populares, y es cierto que el suyo lo fue, porque le llevó a morir en una cárcel de la dictadura a los 31 años y cinco meses escasos de vida, condenado a muerte por haber defendido con su pluma y su pistola la legalidad constitucional de su patria. Bien es verdad que el cumplimiento del sino es incapaz de exonerar de culpas a los criminales.
El poema fue compuesto en 1936, antes de la sublevación de los militares monárquicos, por lo que los sentimientos expresados en los versos se refieren solamente a la intimidad del poeta, inexcusablemente vinculada a la realidad externa, pero sin los razonamientos añadidos después a causa de la guerra. Su sino está descrito de esta manera trágica desde su mismo nacimiento:

[…] bajo el designio de una estrella airada
y en una turbulenta y mala luna. […]
me esperaba un cuchillo a mi venida, […]
y lo que vi primero era una herida
y una desgracia era.
Me persigue la sangre, ávida fiera,
desde que fui fundado,
y aun antes de que fuera […]
Me dejaré arrastrar hecho pedazos,
ya que así se lo ordenan a mi vida
la sangre y su marea,
los cuerpos y mi estrella ensangrentada.

Sigo la edición de sus Poesías completas preparada por Agustín Sánchez Vidal, Madrid, Aguilar, 1979, páginas 427 y siguientes. Se indicará la página tras la cita.
Tremendo es el resumen biográfico que se presenta al lector, y lo que nos conmueve es reconocer su exactitud. En la creencia popular se dice que una estrella guía a los seres humanos, buena o mala, y en el caso de Miguel Hernández se trató “de una estrella airada”, como un cuchillo que se le clavó en la vida, para indicarle que le iba a ser adversa. Por todo ello la denomina “estrella ensangrentada”
En otro poema del mismo período, que igual que el anterior no quedó recogido en libro por el poeta, “Me sobra el corazón” (pp. 421 ss.), insiste en considerarse sujeto a esa mala estrella que alumbró su nacimiento, la que le proporciona una continua mala suerte en cuanto pretende hacer:

No puedo con mi estrella.
Y me busco la muerte por las manos
mirando con cariño las navajas.

Tan harto estaba de soportar la sucesiva mala fortuna constitutiva de su biografía hasta los 25 años que debía de tener cuando compuso esos versos. Confiaba en la muerte liberadora para salir de aquella situación sin perspectivas, porque no es posible alterar el influjo de la estrella, o del sino, o del hado, o del destino: nombres variados para referirse a la suerte personal.

Una tragedia española

Nacido en un hogar pobre, hijo de un hombre colérico e inculto, sólo consiguió realizar unos estudios primarios, para ocuparse enseguida como pastor de ovejas. El sino de la pobreza le acompañó durante toda su vida. Trasladado a Madrid por el ánimo de su actividad literaria, desempeñó trabajos secundarios como colaborador de editoriales, siempre mal pagados, por lo que siguió pasando necesidades de todo tipo, miseria y hambre.
En enero de 1936 apareció su libro El rayo que no cesa, recibido por la crítica con los mayores elogios, así que parecía posible que su situación mejorase, aunque la poesía es el género literario menos apreciado por los lectores, y en consecuencia por los editores y los libreros. De todos modos, no tuvo tiempo de comprobar si cambiaría su suerte, porque en julio se sublevaron los militares monárquicos, y él sintió la obligación de acudir en defensa de la República, como un miliciano más que deseaba defender las libertades por fin alcanzadas después de siglos de sumisión a la doble dictadura del trono y del altar.
Se casó en 1937 aprovechando un permiso, para regresar al frente enseguida. Su primer hijo murió a los diez meses de nacer, en ausencia del poeta miliciano. La estrella ensangrentada que influía en su destino le fue adversa en todo, como si no tuviera derecho a la felicidad más vulgar y cotidiana.
Con la victoria de los militares sublevados se hizo más agudo el sino sangriento de Miguel Hernández: fue detenido, encarcelado, torturado, juzgado y condenado a muerte. Pasó por doce prisiones, hasta que en la de Alicante se cumplió finalmente su destino. Una historia corta y angustiosa, marcada por la pobreza y el sufrimiento, semejante a la de esos personajes de las tragedias griegas sentenciados por los dioses a la destrucción desde antes de su nacimiento.

El carnívoro cuchillo

Donde más abundantemente se explicita la idea tan arraigada en él de sufrir la mala influencia de un sino contrario es en su libro más reeditado, El rayo que no cesa. Ya desde la primera estrofa el lector encuentra narrada la incidencia de su sino sangriento sobre su vida pesarosa:

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida. […]
¿Adónde iré que no vaya
mi perdición a buscar? (Pp. 361 s.)

Al tener sometida su vida a ese destino maldito, simbolizado aquí por un cuchillo clavado en su carne, haga lo que haga, vaya adonde vaya o se esconda donde se esconda, siempre tropezará con el sino adverso, que será su perdición. Puesto que esos versos datan de 1935, bien podemos considerarlos una premonición de lo que sucedería con la guerra. Entonces no podía imaginar que iba a producirse la sublevación de unos militares contra la República, pero preveía que la mala suerte continuaría acompañándole el resto de su vida, como lo estaba haciendo desde su nacimiento.
En El rayo que no cesa se encuentran algunos de los poemas de amor más bellos de la literatura castellana, pero los inspirados por su examen del propio destino se superponen sobre el erotismo para infundir un tono triste al libro, incrementado por la añadidura de la excepcional elegía compuesta a la muerte de su amigo Ramón Sijé, el equivalente moderno de las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique.
Cuando expresa el dolor de saberse supeditado al destino incorregible, que en su caso sabe es contrario, lo hace doliéndose de sí mismo. Se considera el más pesaroso de los seres humanos: “donde yo no me hallo no se halla / hombre más apenado que ninguno” (p. 365), asegura como un nuevo “varón de dolores”.

Una palabra recurrente en el libro es “pena”, motivada por el conocimiento de su condena al dolor a causa de su destino ciego y terco en un mundo hostil. “Tengo estos huesos hecho a las penas / y a las cavilaciones estas sienes” (p. 368), sigue reconociendo ante le lector. Los biógrafos coinciden siempre en señalar que Miguel Hernández no era un hombre triste en su tato, y también lo confirmó su esposa. Debemos creerlo, por supuesto, porque ese carácter alegre no implica que sobre su pensamiento dejara de pesar la convicción de estar marcado desde su nacimiento por un sino trágico. Sus versos lo demuestran, y es imposible suponer falsedad en ellos.

Modelado en barro dolorido

Al leer El rayo que no cesa se advierte un dolor profundo que impregna los versos: lo motiva el saberse señalado por ese destino hostil. Al parecer, una adivinadora se lo había pronosticado, aunque probablemente la causa de esa escritura apesadumbrada radique más en una convicción íntima que en las palabras de una gitana. Lo seguro es que meditar acerca de su sino le obligaba a lamentarse de su condición:

Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame. (P. 371.)

En estos versos entendemos que alude a su destino mortal, a un retorno al barro del que, según cuentan algunas religiones, fue elaborado el primer hombre. Pero en el momento de la escritura se veía ya como barro, un barro capaz de manchar cuanto toca, que es su destino anunciado. Se sabe nacido para ello, y no logrará modificar su sino incorregible por mucho que lo procure:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado. (P. 378.)

Se refiere al toro de lidia, que es sometido en la plaza a toda clase de rituales sanguinarios, clavándole la puya para que agache la cabeza, ese “hierro infernal” que hasta los espectadores critican, según los cronistas. El color negro por regla general de los toros queda relacionado con el negro obligado en los lutos, al menos en la época de composición de esos versos, luto impuesto por la muerte de un familiar, de modo que el tono dominante es fatalmente mortuorio en esos versos.
El resto de su obra lírica es menos recurrente en ese tema, porque está escrita en la guerra o en la cárcel, situaciones en las que se hallaban involucrados muchos españoles, y por lo mismo el dolor se convertía en colectivo, aunque él sufriera sus consecuencias en primer lugar. En enero de 1937 publicó un poema no recogido en libro por él, “Las desiertas abarcas”, en el que resumía su historia infantil con tono entristecido:

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras;
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras. (P. 517.)

Es la historia de un niño pobre, como las que solía contar Andersen, un niño pastor de cabras que anhelaba ir a la escuela para aprender el conocimiento de todas las cosas. El sino fatal redujo su aspiraciones a sueños irrealizables. Alumno gratuito en un colegio jesuítico, sus buenas notas y su precoz inteligencia impulsaron a los frailes a concederle una beca para que pudiera ultimar los estudios, pero el padre se opuso, porque opinaba que un pastor no necesita adquirir cultura. Por eso dice que no tuvo palabras en su niñez, aunque sus dotes innatas para la poesía iban más tarde a convertirle en un verdadero pastor de las palabras.

Poeta del pueblo

En la dedicatoria a Vicente Aleixandre que figura al frente de su libro Viento del pueblo, editado en Valencia por el Socorro Rojo Internacional en 1937, expuso la demostración de su fe en la irresistibilidad del sino sobre los seres humanos, condicionador de sus circunstancias vitales:

Vicente: a nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, […] Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros. (P. 442.)

En su opinión, pues, alguien nace poeta y en consecuencia se ve obligado a escribir versos. De la misma forma, alguien nace dominado por un sino fatal y pasa toda la vida en la fatalidad. Así le sucedió a él, autor de algunos de los poemas más notables del siglo XX compuestos en castellano, que padeció una vida de miseria y tristeza hasta morir joven y encarcelado por defender a su patria de la traición de unos militares perjuros.
El segundo poema de este libro, “Sentado sobre los muertos” (pp. 449 ss.), dirigido al pueblo en armas para defender sus libertades frente a los militares rebeldes, explicita otra relación de su sino sangriento a lo largo de todos los días de su vida. En estos versos asume el sino fatal que le persigue desde su nacimiento, y proclama que puesto que ha de ser así inexorablemente, desea convertirse en el portavoz de los menesterosos semejantes a él por su situación vital.
Además de ser un hombre señalado por una estrella ensangrentada, cuyo nefasto influjo ha aceptado con resignación, es un poeta, y por eso quiere dedicar su escritura a cuantos padecen unas penas semejantes a las suyas y ni siquiera tienen voz para lamentarse. Como viento del pueblo llevará por el mundo el dolor de cuantos sufren, ya que para eso ha nacido poeta. Se somete resignadamente a padecer el sino sangriento de su estrella dolorosa, pero además de ello también acepta el destino de convertirse en portavoz del pueblo igualmente dolorido y amordazado por la ignorancia y el caciquismo, como lo estuvo él en su niñez. Lo dice con estos versos:

Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.

Es una poética de la pena, compartida por quienes sufren en el mundo y no aciertan a manifestar su sentimiento. De esa manera confesó Miguel Hernández que su sino le obligaba a ser el vocero de los parias de la Tierra, los que trabajan la tierra ajena y no tienen derecho a recibir sus beneficios, porque le corresponden por entero al amo. Esa obligación le impulsa a cantar, pero lo hace como un “ruiseñor de las desdichas”, para que le oiga “quien escucharme debe”, el señorito vividor que nunca supo de penas y desdichas debido a que ni siquiera mira a los trabajadores.
Otro poema muy divulgado del mismo libro, “El niño yuntero” (pp. 455 ss.), explica el destino del protagonista, que nació “carne de yugo” y está siempre “a los golpes destinado”. Ese niño es sin duda el propio Miguel Hernández, cabrero si no yuntero en su infancia, que hizo todo lo posible para superar su sino, aunque solamente lo logró a medias.

Un tiempo de crueldad

Su destino ferozmente negativo le obligó a padecer la etapa más sanguinaria de la historia de España. Su último poemario, Cancionero y romancero de ausencias, se gestó en los penales de la dictadura, mientras esperaba el cumplimiento de la sentencia de muerte impuesta por haber defendido con la pluma y la pistola la legalidad constitucional de su patria. Pensaba con tristeza en la esposa y en el segundo hijo, que se criaba con dificultades, penas y hambre, comiendo cebollas, y compuso para ellos esta canción que coloca a los tres bajo el mismo sino fatal:

Entre las fatalidades
que somos tú y yo, él ha sido
la fatalidad más grande. (P. 657.)

Ser hijo de un condenado a muerte en la posguerra equivalía a estar marcado por un estigma imborrable. El poeta sabía que también su hijo nació sometido por ello a un destino nefasto. En cuanto a la esposa, compartía las penas con el marido y los sufrimientos con el hijo. Los tres eran víctimas de la fatalidad del sino sangriento.
En el terror de la cárcel, esperando la llamada para los fusilamientos nocturnos, observando las ausencias de los compañeros llamados que ya no regresaban, Miguel Hernández siguió meditando acerca de su sino maléfico, y tuvo que preguntarse un día: “¿Qué hice para que pusieran / a mi vida tanta cárcel?” (p. 665). Era una cuestión que sabía muy bien cómo estaba planteada, ya que nació marcado por un destino contrario.

Su sino le obligó a ser poeta, uno de los más inspirados de su tiempo, y además a ser perseguido por toda clase de calamidades desde su nacimiento hasta la muerte en la cárcel. Nos conmueve doblemente leer esas confidencias penosas acerca de su estrella ensangrentada, porque conocemos la terrible verdad que relatan. Se merecía mejor fortuna el que es uno de los mayores poetas del siglo XX, pero su destino le hizo vivir en un tiempo de crueldad. Así lo describen sus poemas, para que las generaciones sucesivas sepan cómo fue aquella historia y procuren no repetirla.

De ese modo será vengado, conforme a la promesa que le hizo Pablo Neruda en el poema “A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”, dentro de su inmenso Canto general, publicado en 1950, cuando todavía era posible la esperanza:

Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre.
Que sepan los que te dieron tormento que me verán un día.

Queda el testimonio de su palabra como una arenga continua contra los crímenes de la dictadura, que todavía esperan una condena oficial cada vez más imposible.

Arturo Del Villar es PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

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